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Cuento de viaje en el tiempo 11/12 años Lectura 16 min.

El disco del minuto cero y el pabellón de las invenciones

Nora descubre un Disco Minuto Cero que la transporta a un Pabellón de Invenciones, donde vive maravillosas pruebas y aprende sobre el respeto al tiempo y la responsabilidad.

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Nora, una niña de 12 años de rostro redondo y pecas, pelo castaño claro a la altura de la mandíbula algo despeinado, mirada decidida y una mano sobre un gran botón rojo mientras en el bolsillo sostiene un pequeño disco metálico; a su izquierda Leo, un chico de la misma edad, pelo negro alborotado y expresión sorprendida con las manos atrás, lleva una cazadora de aviador marrón; detrás, la señora Quirós, de unos 50 años, cabello gris recogido en un moño y gafas redondas gruesas, la observa con sonrisa seria y brazos cruzados; flota cerca del botón una pequeña esfera metálica con ojos azules iluminados llamada Pín; el lugar es un gran pabellón interior con techo de vidrio, mesas de inventos y máquinas de cobre y madera con engranajes visibles, guirnaldas y luz suave filtrada; la máquina de bobina que reproduce segundos vibra y emite destellos mientras objetos aparecen duplicados por un bucle temporal y Nora presiona el botón para restablecer el flujo del tiempo, escena cálida y dinámica en tonos pastel con azules, verdes suaves y toques cobrizos. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La llave que no era una llave

Nora tenía doce años, una mochila algo gastada y una costumbre: no pedir más de lo necesario. En casa decían que era “modesta”, como si la palabra fuera una bufanda suave que le quedaba bien.

Aquel sábado, la lluvia hacía un ruido de palomitas sobre el tejado del centro cultural del barrio. Nora había ido a ayudar a ordenar el trastero, porque la profesora de ciencias necesitaba materiales para la feria escolar.

—Si encuentras algo raro, no lo enciendas —le había advertido la conserje, Maribel, con una sonrisa—. Aquí lo raro se multiplica.

Entre cajas de cartón y un olor a madera vieja, Nora vio un objeto redondo, del tamaño de una galleta grande. Era de metal pulido, con un pequeño cristal en el centro. En el borde, unas letras diminutas: “MINUTO CERO”.

—¿Será una medalla? —murmuró.

Al tocarlo, el cristal se calentó, como cuando pones las manos en una taza de cacao. Dentro apareció una aguja fina, que no marcaba horas, sino… un solo número: 00:00.

Nora tragó saliva. En el trastero no había enchufes cerca. Sin embargo, el disco vibró suavemente.

—Vale, Nora. Respira. No es un dragón. Es… un cacharro con nervios —se dijo, intentando sonar valiente.

Entonces, el disco soltó un “clic” tan claro como el cierre de una maleta. Y el mundo, de pronto, se dobló como una hoja de papel.

La luz se estiró. El aire olió a hierro y a manzana recién cortada. Y Nora, sin moverse del sitio, dejó de estar en el trastero.

Capítulo 2: El pabellón de las invenciones

Cuando la sensación terminó, Nora abrió los ojos y se quedó sin palabras… lo cual, en ella, duró exactamente tres segundos.

Estaba en un pabellón enorme, con techo de cristal y banderines de colores que colgaban como cometas. Había mesas repletas de artilugios: engranajes que giraban solos, una lámpara que flotaba a un palmo del suelo, un paraguas que escurría la lluvia hacia arriba.

Gente de todas las edades caminaba con cuadernos y lápices. Algunos vestían ropa antigua: chalecos, faldas largas, corbatas. Otros llevaban monos con manchas de aceite. Y muchos tenían la expresión de quien acaba de descubrir un secreto delicioso.

Una voz metálica, amable, sonó cerca de su oído:

—Bienvenida al Pabellón de las Invenciones. Por favor, no toque el tiempo sin guantes.

Nora dio un salto. A su lado flotaba una esfera pequeña con ojos de luz azul.

—¿Quién… qué eres tú?

—Soy Pín, asistente cronológico número 3. —La esfera hizo un gesto que parecía una reverencia—. Usted ha activado el Disco Minuto Cero. Eso significa que está autorizada a una visita breve.

Nora apretó el disco en el bolsillo de su sudadera, como si fuera un amuleto.

—¿Dónde estoy? ¿En… el futuro?

—En un lugar fuera de su línea habitual. Un pabellón que aparece en épocas distintas. A veces en 1889, a veces en 2170, a veces… —Pín parpadeó— en martes. El tiempo es creativo aquí.

Nora soltó una risa nerviosa.

—Yo solo estaba ordenando cajas.

—Ordenar cajas también es una forma de inventar espacio —dijo Pín, muy serio—. Ahora, regla principal: nada de cambiar lo que todavía no ha pasado. Y nada de traer cosas vivas. Ni insectos. Los insectos se ponen dramáticos con los saltos temporales.

Mientras hablaban, un chico de su edad pasó corriendo con un gorro de aviador. Se frenó al verla.

—¡Eh! ¿Tú también vienes del “Minuto Cero”? —preguntó, señalando su bolsillo.

—Creo que sí… Me llamo Nora.

—Yo soy Leo. He venido dos veces. La primera casi me llevo un plano del dirigible —confesó, bajando la voz—. Pín me hizo devolverlo. Me miró como si yo fuera una tostadora rebelde.

—Las tostadoras tienen potencial —comentó Pín.

Nora miró alrededor, con el corazón rápido pero sin miedo. Era como estar dentro de un libro de aventuras, y que el libro oliera a metal brillante y a ideas nuevas.

—¿Qué se hace aquí? —preguntó.

—Se aprende a respetar al tiempo —respondió Pín—. Y a usted misma.

Capítulo 3: La sala de los minutos prestados

Pín los guió por un pasillo donde el suelo parecía una brújula gigante. Cada paso hacía un “tic” suave, como un reloj contento.

Llegaron a una sala circular. En el centro, una vitrina mostraba relojes rarísimos: uno con arena azul, otro con agujas de pluma, otro que no tenía números, solo pequeñas palabras: “ANTES”, “AHORA”, “CASI”.

Una mujer con gafas enormes y pelo recogido en un moño alto los saludó.

—Soy la señora Quirós, cuidadora de los Paradojillos —dijo, como si presentara mascotas—. ¿Quiénes son mis visitantes?

—Nora y Leo —dijo Pín—. Visita breve. Curiosidad alta. Responsabilidad en evaluación.

—¡Perfecto! —La señora Quirós aplaudió—. Vamos a jugar… con cuidado.

Sacó una caja transparente con un botón rojo y una etiqueta: “NO PULSAR (a menos que seas educado)”.

Leo abrió la boca.

—¿Cómo se pulsa siendo educado?

—Primero, pides permiso —respondió la señora Quirós, encantada.

Nora se enderezó. Sentía que la prueba era más importante de lo que parecía.

—Señora Quirós, ¿podemos pulsarlo? Prometemos seguir las reglas y devolver todo como estaba.

La cuidadora la miró con atención, como si leyera su tono, no sus palabras. Luego asintió.

—Muy bien. Un pulso breve. Solo un minuto prestado.

Nora pulsó el botón.

La sala tembló lo justo para que las ideas se despeinen. En la vitrina, el reloj de arena azul se detuvo. Y en una esquina apareció una versión de Nora… pero con el pelo recogido de otra manera y una libreta en la mano.

La otra Nora los miró, tan sorprendida como la original.

—¿Qué…? —dijeron ambas al mismo tiempo.

Leo soltó un silbido.

—¡Paradoja en persona!

Pín proyectó un círculo de luz entre las dos Noras.

—Atención. No se toquen. No intercambien objetos. No se cuenten secretos que aún no deberían saber.

La otra Nora dio un paso atrás.

—Yo estaba en… el pabellón, pero… ¿más tarde? —preguntó, mirando su libreta—. Tengo anotado: “No repetir el botón”.

Nora sintió un cosquilleo de risa.

—Eso suena a un buen consejo.

La señora Quirós levantó un dedo.

—Esto es un Paradojillo amistoso. Solo dura sesenta segundos. Es como mirarte en un espejo que ha caminado un poco por delante.

La otra Nora alzó la libreta, sin acercarse.

—Solo voy a decir una cosa: confía en que volverás al minuto exacto. Y… no seas dura contigo.

Antes de que Nora pudiera responder, la otra versión se deshizo como un dibujo borrado con goma. El reloj de arena azul volvió a caer, grano a grano, como si nada.

Nora se quedó quieta, con la piel tibia.

—¿He… recibido un mensaje de mí misma?

—No exactamente —dijo Pín—. Ha recibido un recordatorio. El tiempo se permite esas bromas cuando uno ha sido respetuoso.

Leo se rascó la cabeza.

—Yo quiero uno de esos, pero que mi yo del futuro me diga los resultados del examen de mates.

La señora Quirós lo miró severa.

—Eso sería una grosería temporal.

—Vale, vale —dijo Leo—. Grosería apuntada.

Nora respiró hondo. Sentía una mezcla de asombro y una responsabilidad nueva, como si llevara una pequeña linterna por dentro.

Capítulo 4: El invento que casi se desordena

En otra zona del pabellón había un escenario con un cartel: “Demostración: La Máquina de Repetir Segundos”. Un hombre alto con bigote y un delantal lleno de bolsillos hablaba al público.

—¡Señoras y señores! Con esta máquina, recuperaremos el segundo que se nos cae cuando estornudamos —anunció, orgulloso.

A su lado, un aparato parecía una bicicleta cruzada con un acordeón y una jaula de pájaros. Dentro, una bobina giraba con un zumbido alegre.

—¿Eso es seguro? —susurró Nora.

—Seguro es una palabra valiente —contestó Pín—. Aquí preferimos “cuidadoso”.

El inventor tiró de una palanca. La bobina brilló. Y, de pronto, la gente aplaudió… dos veces… y luego otra vez… como si el aplauso se hubiera atascado en un bucle.

—¡Eh! —gritó alguien—. ¡Mi estornudo se repite!

—¡Achís! ¡Achís! ¡Achís!

Nora vio cómo un vaso de agua caía… pero no terminaba de caer. Subía un poquito, bajaba un poquito, como si dudara.

Leo se agarró al borde de una mesa.

—Esto es como cuando el vídeo se queda pillado, pero en la vida real.

Pín emitió una alarma suave, como un campanillo educado.

—Bucle de segundos detectado. Riesgo de desorden temporal moderado. Se requiere intervención tranquila.

La señora Quirós apareció entre la multitud, con una expresión de “yo ya sabía”.

—¡Todo el mundo, respiración larga! —ordenó—. Nadie toque nada.

El inventor palideció.

—Solo quería recuperar un segundo…

Nora miró el disco en su bolsillo. Sentía un calor, como si el “Minuto Cero” estuviera atento.

—Pín, ¿cómo se arregla?

—Se devuelve el ritmo al tiempo —respondió—. La máquina está “mordiendo” el presente. Hay que darle un final claro.

Nora vio un pequeño letrero al lado del aparato: “APAGADO: pulsar y mantener tres latidos”.

—¡Tres latidos! —dijo, más para sí misma que para los demás.

Se acercó, despacio. La señora Quirós la observó.

—¿Sabes lo que haces, niña?

Nora pensó en la otra Nora, en la libreta imaginaria, en el consejo: no seas dura contigo. Se dijo que equivocarse no era el fin, pero saltarse las reglas sí.

—Sé lo que no debo hacer: correr, gritar, empujar. —Miró al inventor—. ¿Me deja intentarlo?

El hombre asintió, tragando saliva.

Nora puso la mano sobre el botón de apagado. No lo apretó como si fuera una victoria, sino como si estuviera cerrando un libro con cuidado.

Un latido. Dos latidos. Tres latidos.

El zumbido bajó, como un mosquito que decide ser amable. El vaso terminó de caer… y por fin se rompió, normal, en el suelo. Un estornudo salió una sola vez.

—¡Achís! —y ya.

La gente exhaló al mismo tiempo. Leo aplaudió una sola vez, comprobando que el mundo no se repetía.

—¡Funciona! —dijo.

El inventor se llevó una mano al bigote.

—Señorita… me ha salvado de convertirme en un chiste eterno.

—No era mi intención —respondió Nora, sonrojándose—. Solo… quería que todo volviera a su sitio.

La señora Quirós sonrió, satisfecha.

—Eso se llama respeto. Respeto por los demás y por el orden del tiempo.

Pín flotó cerca de Nora.

—Su evaluación de responsabilidad ha subido.

—Genial —dijo Leo—. ¿Hay un diploma?

—Hay algo mejor —dijo Pín—. Una salida segura.

Capítulo 5: El pasillo de las épocas y la lección escondida

Pín los condujo a un corredor con puertas altas. Cada puerta tenía una ventanita donde se veía una escena distinta: un taller con velas, una ciudad con coches que volaban, un aula antigua con pizarras de tiza.

Nora se quedó mirando una puerta donde aparecía su propio trastero. Maribel estaba allí, tarareando, como si el mundo fuera totalmente normal.

—¿Eso es… ahora? —preguntó Nora.

—Es su minuto inicial —confirmó Pín—. Está sujeto con pinzas. Si lo mueve, podría arrugarse.

Leo metió las manos en los bolsillos.

—Yo a veces quiero quedarme. Aquí todo es increíble.

Nora también lo pensó. En el pabellón, ser curiosa parecía una superpotencia. En su vida normal, a veces se sentía pequeña, como una nota al pie.

—¿Y si… me llevara algo? —preguntó, casi sin voz, señalando un destornillador que brillaba como plata líquida en una mesa cercana.

Pín no se enfadó. Solo bajó el tono.

—Si trae un objeto de aquí, su presente podría cambiar. No siempre de forma terrible, pero sí imprevisible. Además, sería injusto para quien lo inventó. Respetar también es devolver.

Nora retiró la mano. Se sintió un poco triste, pero también ligera. Como cuando decides decir la verdad y ya no tienes que esconder nada.

La señora Quirós les entregó a cada uno una pegatina con forma de reloj.

—No viaja quien corre más —dijo—. Viaja quien sabe parar.

Leo levantó la pegatina.

—¿Esto se puede llevar?

—Sí. Está hecha para eso —respondió ella—. No altera ninguna historia. Solo recuerda una.

Nora guardó la suya con cuidado.

Antes de irse, se acercó al inventor del bigote, que recogía cristales rotos.

—Su máquina es buena idea —le dijo—, pero quizá… el tiempo no quiere que lo muerdan.

El inventor rió, por fin.

—Quizá el tiempo prefiere que lo saboreemos.

Nora sonrió. Le gustaba esa frase.

Capítulo 6: Regreso al Minuto Cero

Frente a la puerta del trastero, el disco en el bolsillo de Nora volvió a vibrar. En el cristal, el 00:00 parpadeó.

—Tu visita termina —dijo Pín—. Recuerda: no cuentes esto para presumir. Cuéntalo si ayuda. Y si nadie lo cree, no pasa nada.

Leo hizo un saludo exagerado, como capitán de un barco invisible.

—Nos vemos… ¿antes? ¿después?

—En el orden correcto —respondió Pín.

Nora miró una última vez el pabellón: el techo de cristal, los banderines, el murmullo de inventores. Quería grabarlo todo en la memoria, como una foto que no se borra.

—Gracias —dijo, sin saber a quién exactamente.

Empujó la puerta.

La luz volvió a doblarse. Un segundo se estiró como chicle y regresó a su forma.

Nora estaba otra vez en el trastero. La lluvia seguía golpeando el tejado con su ritmo de palomitas. Una caja a medio abrir esperaba, paciente.

Maribel asomó la cabeza.

—¿Todo bien, Nora? ¿Encontraste algo útil?

Nora miró el disco en su mano. Ya no vibraba. Parecía una simple pieza de metal, aunque el cristal aún guardaba un brillo tímido.

En su bolsillo, la pegatina de reloj rozó sus dedos.

—Sí —respondió Nora—. Encontré… una manera de ordenar mejor.

Maribel arqueó una ceja.

—Eso suena misterioso.

—Es que… ordenar también inventa espacio —dijo Nora, y casi se rió al recordar a Pín.

Se puso a trabajar. Pero lo hizo distinto: con más calma, con más respeto por cada objeto y por cada momento. Sin prisas por terminar, como si el tiempo no fuera un enemigo, sino un compañero de equipo.

Y cuando el reloj del pasillo marcó exactamente el mismo minuto en que ella había tocado el disco, Nora notó algo dulce: había vuelto al principio sin perder lo aprendido.

El Minuto Cero no le había regalado un truco para cambiar el mundo. Le había enseñado algo mejor: que el presente, bien cuidado, es el invento más importante.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Trastero
Cuarto donde se guardan cajas y cosas que no se usan a diario.
Conserje
Persona que cuida un edificio y ayuda con tareas y orden.
Pulido
Superficie muy lisa y brillante por haberla frotado mucho.
Cristal
Material duro y transparente que deja pasar la luz.
Vibró
Se movió muy rápido y con pequeñas sacudidas, como un temblor.
Pabellón
Lugar grande y cubierto usado para exposiciones o reuniones.
Engranajes
Ruedas dentadas que encajan y hacen mover máquinas juntas.
Asistente cronológico número 3
Ayudante que controla o cuida el tiempo en ese lugar.
Vitrina
Caja de vidrio donde se muestran objetos importantes o frágiles.
Paradoja en persona!
Frase que señala algo sorprendente que parece contradecirse.
Bucle de segundos
Repetición corta y continua de un mismo instante en el tiempo.
Bobina
Objeto en forma de rollo que guarda hilo, cable o energía.
Zumbido
Ruido continuo y suave, como el de un insecto o una máquina.
Intervención tranquila
Acción para arreglar algo hecha con calma y sin prisa.

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