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Humor fantástico 11/12 años Lectura 46 min.

La niña que puso una tirita a la luna

Lucía descubre una grieta en la luna y, tras una mágica conversación, se embarca en una aventura para repararla utilizando una bicicleta voladora y una cinta especial, mientras aprende sobre el valor de los secretos y la amistad.

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Una niña de 12 años, Lucía, con cabello castaño despeinado y ojos brillantes de curiosidad, está sentada en un cráter lunar. Lleva un chándal azul y un casco de bicicleta, su rostro irradia emoción y determinación. A su lado, un pequeño conejo de polvo lunar llamado Polvo, con grandes orejas y ojos brillantes, observa la escena con una expresión traviesa. Al fondo, la luna brilla con un resplandor plateado, adornada con una tirita de colores, mientras estrellas centelleantes danzan a su alrededor. La superficie lunar está salpicada de cráteres y polvo, con nubes de caramelos de colores cayendo del cielo. Lucía está colocando una banda de luz brillante sobre una grieta en el suelo lunar, lista para reparar la luna con una sonrisa confiada. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La grieta en el cielo

La noche en que todo empezó, la luna salió con mala cara.

Lucía estaba tumbada en la azotea del edificio, con una manta a cuadros, un cuaderno lleno de garabatos y un vaso de leche que sabía peligrosamente a “se va a caer en cualquier momento”.

La luna, en cambio, sabía a problema.

No porque la luna supiera a nada, claro. Nadie había probado un trozo. Pero esa noche tenía una grieta. Una línea oscura que la cruzaba de lado a lado, como si alguien le hubiera dado un golpe con una pelota muy, muy grande. O con un dragón despistado.

Lucía entornó los ojos.

—Eso antes no estaba —murmuró.

Su gato, Calcetín, que era negro con cuatro patas blancas y cara de no creer nada de lo que veía, maulló con escepticismo.

—No, en serio. Es una grieta. Mira.

Calcetín miró hacia el cuenco vacío de comida. Después miró a la luna. Luego a Lucía. Claramente había un orden de prioridades y la luna no iba la primera.

Lucía sacó del bolsillo una linterna pequeña. Tenía pegatinas de estrellas, media batería y absolutamente ninguna posibilidad de iluminar un astro a 384 400 kilómetros de distancia. Pero ella apuntó igualmente al cielo.

—Señora Luna, ¿está bien?

Por supuesto, la luna no respondió. Pero lo raro fue que algo sí respondió.

En el oído derecho de Lucía sonó una vocecita:

—¿Hola? ¿Servicio de atención al cliente lunar? ¿Quién llama?

Lucía dio un brinco. La linterna salió volando, el vaso de leche también, y Calcetín decidió que era el momento perfecto para abandonar el barco y huir escaleras abajo.

—¿Quién ha dicho eso? —susurró Lucía, palpándose la oreja.

—Yo. —La voz sonaba un poco metálica y muy ofendida—. No hace falta chillar. Tengo satélites muy sensibles.

Lucía se quedó quieta. Luego miró su cuaderno. En la tapa había dibujado una luna con ojos y una tirita enorme.

—No puede ser… —musitó—. ¿Eres… la luna?

—Técnicamente soy una representación comunicativa simplificada de la luna —respondió la voz—. Pero puedes llamarme Luna. Todo el mundo lo hace.

Lucía tragó saliva.

—Eeeeh… Hola.

—Hola. —La luna suspiró—. Disculpa la interrupción, pero creo que has sido la primera persona en mirarme y decir en voz alta: “Eso antes no estaba”. Así que, según el Reglamento de Observadores, te toca.

—¿Me toca… qué?

—Arreglarlo, claro.

Lucía se sentó lentamente en la manta.

—¿Arreglar… la grieta? Pero si yo tengo doce años. Y suspendí plástica.

—No necesito un artista, necesito una tirita —replicó la luna—. Un buen pan… ¿cómo lo llamáis? ¿Pansement? ¿Pansamón? ¿Ponsom? Los humanos tenéis palabras muy raras.

—Pansement es francés —dijo Lucía, que se lo había aprendido por una aplicación en el móvil—. En español es “apósito” o “tirita”, pero todo el mundo dice “ponerse un pansement” en mi clase porque suena más guay.

—Eso. Necesito un pansement gigante. Me he rajado.

Lucía volvió a mirar la grieta. Era fina, sí, pero larga. La luna parecía un balón viejo.

—¿Qué te ha pasado?

La luna carraspeó.

—Verás… Estaba moviéndome a mi órbita laboral, lo normal, y… ¿conoces a los meteoritos?

—Más o menos.

—Pues son como las pelusas del universo, pero más maleducadas. Uno venía directo hacia mí, yo pensé “seguro que se aparta”, él pensó “seguro que ella se aparta”, y… —hubo un silencio cósmico de vergüenza—. No se apartó nadie.

Lucía se tapó la boca para no reírse. Un poco.

—Ay.

“Ay” dice. Tengo una grieta que se ve desde tu ciudad —rezongó la luna—. Es cuestión de tiempo que algún adulto la mire con un telescopio, haga un informe, se reúna una comisión, escriban ciento cincuenta páginas y concluyan: “Efectivamente, hay una grieta”. Pero nadie va a pegarla.

Lucía lo pensó. Pensar cosas imposibles era una de sus especialidades.

Había intentado hacer flotar un bocadillo usando solo la fuerza de la mirada (fallo), había querido entrenar a Calcetín para que le trajera las zapatillas (fallo con arañazos), y una vez había puesto “Si lees esto, dame un chocolate” en un papel dentro de un libro de la biblioteca, por si el futuro le enviaba chocolatinas (nadie sabe todavía si fue un fallo; el futuro es lento).

Pegar la luna con una tirita parecía completamente ridículo.

Y, por eso mismo, perfecto.

—Está bien —dijo—. Te pondré un pansement.

—Sabía que podía confiar en ti —dijo la luna, aliviada—. Tienes cara de persona que guarda tiritas de emergencia.

Lucía, de hecho, llevaba una pegatina de unicornio en la rodilla izquierda en ese mismo momento. No era exactamente una tirita, pero casi.

—Solo hay un problemita —añadió ella—. ¿Cómo se llega a la luna?

La luna se quedó callada un segundo.

—Detalles técnicos —dijo, al fin—. Seguro que en tu barrio hay alguien que sepa. Siempre hay alguien que sabe. Pregunta por un mago.

Lucía arrugó la frente.

—Aquí no hay magos. Hay el señor del kiosco, la señora que grita por la ventana, el vecino que canta en la ducha y…

—En todos esos sitios puede haber un mago —aseguró la luna—. Los magos ya no llevan túnica ni barba hasta el suelo. Están reciclados. Mezclados con la gente normal. Son como los calcetines desparejados: siempre hay uno, aunque nadie sepa cómo ha llegado ahí.

—Voy a parecer una loca —murmuró Lucía.

—Bueno, así pasarás desapercibida. —La luna volvió a suspirar—. Date prisa, por favor. Me está entrando fresquito por la grieta.

La voz desapareció. La noche se quedó tan silenciosa que hasta la ciudad pareció aguantar la respiración.

Lucía se levantó de un salto, recogió la linterna, el vaso vacío y alzó la vista.

—Te pondré el pansement —prometió—. Cueste lo que cueste.

Abajo, en el tercer piso, alguien gritó:

—¡LU-CÍ-A! ¡A CENAR YA!

Claro, lo primero sería acabar las lentejas. Luego ya salvaría la luna.

Capítulo 2: La tienda que no estaba ayer

Al día siguiente, Lucía se fue al colegio con una sola idea en la cabeza: encontrar a un mago.

Bueno, dos ideas.

La otra era: “¿Cómo se pide permiso para ir a ponerle una tirita a la luna sin que te quiten la tablet para siempre?”

En el recreo, se acercó a su mejor amiga, Nuria.

—Nur, tú que sabes de todo —empezó Lucía, muy seria—, ¿cómo reconoces a un mago en la calle?

Nuria se quedó mirándola, con la palmera de chocolate a medio camino de la boca.

—Hay tests en internet —dijo—. “Responde a estas diez preguntas y descubre qué tipo de mago eres”.

—No es eso. Necesito un mago de verdad.

—Ah —Nuria asintió—. Fácil. Los magos de verdad no pisan las rayas del suelo. Excepto cuando sí. Y siempre llevan cosas raras en los bolsillos. Excepto cuando no.

Lucía la observó.

—¿Eso te lo has inventado?

—Por supuesto —respondió Nuria con total naturalidad—. Pero suena convincente.

De todas formas, Lucía empezó a mirar los pies de la gente de camino a casa. Algunos pisaban las rayas, otros no, uno iba en patinete y esquivaba todo a la vez. No vio ningún sombrero puntiagudo, ninguna varita, ni bolsillos sospechosos… Bueno, el cartero llevaba tantos sobres que parecía capaz de conjurar facturas con chasquear los dedos, pero no parecía el tipo de mago que necesitaba.

Llegando a su calle, algo la hizo frenar en seco.

Entre la panadería y la ferretería, había aparecido una tienda nueva.

No un cartel nuevo. No una reforma. Una tienda entera, compacta, metida con calzador entre los dos locales. Ayer, allí solo había una pared con grafitis y una bicicleta encadenada. Hoy, había una puerta estrecha y un escaparate diminuto.

En el cristal estaba escrito:

“SERVICIOS MÁGICOS BARRIALES, S.L.

Hechizos a domicilio. Presupuesto sin compromiso.

No confundirse con la tintorería.”

Dentro, se veía un estante lleno de cosas extrañas: tarros con etiquetas (“Luz de farola reciclada”, “Suspiro de profesor de mates”), relojes que iban al revés, una escoba con casco, y un loro dormido boca abajo.

Lucía miró a un lado y a otro. Nadie parecía sorprendido. Dos señoras pasaron charlando sin ni siquiera mirar.

—Vale… —susurró—. Magia low profile.

Empujó la puerta. Una campanilla sonó, pero no de forma normal. Primero hizo “cling”, luego carraspeó y repitió, más afinada: “CLIIIING”.

—Un momentitooo… —canturreó una voz desde el fondo.

La tienda olía a polvo, a papel viejo y a algo dulce, como algodón de azúcar arrepentido. En las paredes colgaban cuadros de cosas que no terminaban de decidir qué eran: un dragón con gafas de sol, una serpiente que parecía un calcetín muy largo, una señora mayor montada en una aspiradora como si fuera una moto.

Detrás del mostrador apareció un hombre delgado, con gafas redondas y una camiseta que decía: “NO SOY UN MAGO (guiño)”.

Lucía lo miró. Miró la camiseta. Miró el cartel de la tienda.

—Usted es un mago —dijo.

El hombre suspiró.

—¿Ya empezamos? Soy… —carraspeó—. Técnico en soluciones extraordinarias.

—Eso es peor —dijo Lucía—. Suena a “mago con facturas”.

—Niña, si supieras lo que cuesta el alquiler… —El hombre apoyó los codos en el mostrador—. Me llamo Aurelio. ¿Qué se te ofrece? ¿Una pócima anti-exámenes? ¿Un amuleto anti-profesores? ¿Un hechizo para que tu gato te haga caso? Ese último aviso que sale caro. Y no funciona.

—Mi gato se llama Calcetín y no reconoce la autoridad —admitió Lucía—. Pero no he venido por eso. Vengo por… —respiró hondo— la luna.

Aurelio se quedó quieto. Una ceja se le levantó. Un reloj de pared, detrás, retrocedió tres minutos, confundido.

—¿La luna de queso o la luna de verdad?

—La de verdad. Se ha hecho una grieta y necesita un pansement.

Aurelio se quitó las gafas. Las limpió. Se las volvió a poner.

—Ajá —dijo, despacio—. Ajá, ajá. ¿Y cómo lo sabes?

—Anoche me habló por la oreja —explicó Lucía, como si fuera lo más lógico—. Me dijo que buscara un mago de barrio. Esa tienda ayer no existía.

El loro del fondo se despertó, se estiró y murmuró:

—Demasiado pronto. Demasiado pronto.

Aurelio le lanzó una mirada asesina al loro.

—A ver, Filemón, hemos hablado de esto.

—Demasiado pronto, digo —repitió el loro, tapándose con el ala.

Aurelio volvió a mirar a Lucía.

—Dime tu nombre, por favor.

—Lucía.

—Claro —murmuró él—. Tenía que llamarse “Lucía”. Le encanta hacer chistes con la luz. —Luego alzó la voz—. Escúchame bien. Si lo que dices es cierto, estás metida en un asunto serio.

—¿Serio de señor con corbata o serio de “el universo se rompe en dos”?

—Serio de “la luna está resfriada y puede ponerse peor”. —Aurelio entrelazó los dedos—. Desde hace años, los grandes magos dejaron de atender las cosas pequeñas. Prefieren los dragones, las profecías, las guerras épicas… Mucho brillo, mucha capa. Nadie quiere ir a poner tiritas al cielo.

—Pues deberían —dijo Lucía, indignada.

—Estoy de acuerdo. Por eso abrí esta tienda. Servicios mágicos de barrio. “Se le ha atascado el arcoíris en la chimenea, llame a Aurelio”. “Se ha deprimido el gnomo del jardín, pida cita”. Cosas así. —La miró con atención—. Eres la primera niña que entra sola y pide un viaje a la luna.

Lucía se encogió de hombros.

—Alguien tendrá que hacerlo. Además, le he prometido un pansement.

Aurelio se quedó pensativo un momento. Luego abrió un cajón. Sacó un cuaderno lleno de manchas de tinta y dibujos raros.

—Verás, ir a la luna no es difícil.

—¡¿No?!

—Lo difícil es volver con horario de cena. Los padres son peores que los dragones. —Pasó unas páginas—. Podríamos usar una escalera de humo… No, demasiado resbaladiza. ¿Un ascensor de estrellas? Está en reparación. Ah, ya sé.

Le mostró un dibujo. Parecía… una bicicleta.

—¿Una bici?

—Una bici voladora con rueda gravitatoria, sillín antibaches y timbre intergaláctico. —Sonrió con algo de orgullo—. Modelo “Luna Exprés”. Garantía de ida y vuelta. Bueno, casi garantía.

—¿Casi?

—El año pasado mandé a un chico a Júpiter y volvió hablando en verso. Pero ahora está bien. Por lo menos rima mucho.

Lucía miró el dibujo, luego a Aurelio.

—¿Y el pansement?

—Eso es cosa tuya —dijo él—. Yo pongo el transporte. Tú pones la tirita.

Lucía sacó de la mochila su estuche. Rebuscó dentro. Encontró cuatro tiritas pequeñas, una goma medio mordida, un boli sin tinta y un caramelo pegado a un papel.

—Creo que me falta… un poco de tamaño —admitió.

—Para curar lunas no sirve nada de farmacia —explicó Aurelio—. Necesitas un pansement cósmico. —Se giró hacia los estantes—. Filemón, ¿dónde dejé el catálogo?

El loro soltó un bufido.

—En la sección de “Ideas imposibles, edición barata”.

Aurelio rebuscó y sacó un rollo de cinta plateada que brillaba como si llevara dentro todas las estrellas que habían perdido el trabajo.

—Tela adhesiva de luz antigua —anunció—. Pegajosa, flexible y muy educada. Ideal para grietas lunares, agujeros en nubes y plátanos demasiado abiertos.

Lucía la tocó con un dedo. Notó un cosquilleo, como cuando te cuentan un secreto que todavía no entiendes.

—¿Cuánto vale?

—Normalmente, una fortuna —dijo Aurelio—. Pero la luna es clienta antigua. Y tú eres menor de edad. Lo dejamos en… —pensó un segundo— una condición.

Lucía se tensó.

—Si es vender mi alma, la necesito para los exámenes.

—No quiero tu alma. Menuda faena iba a ser eso. —Aurelio negó con la cabeza—. Solo quiero que, cuando seas mayor, no te olvides de mirar arriba. Ni de escuchar cuando las cosas raras te hablen. Los adultos dejan de hacerlo. Y así nos va.

Lucía se lo pensó. No era un trato tan malo.

—Acepto.

—Perfecto. —Aurelio dejó la cinta sobre el mostrador—. Luego vuelves a por la bici. Esta noche, cuando todos duerman. Viajar de día es demasiado aparatoso. Los helicópteros se ponen nerviosos.

Lucía apretó la cinta entre las manos.

—Esta noche.

—Ah, y trae casco —añadió Aurelio—. La luna está un poco resbaladiza.

Capítulo 3: Despegue desde la azotea

Esa noche, Lucía fingió que bostezaba en la cena, fingió que estaba muy cansada, fingió que se lavaba los dientes con calma.

En realidad, su corazón corría los cien metros lisos dentro de su pecho.

—Mañana tienes mates —le recordó su madre, mientras le apagaba la luz—. No te duermas tarde. Y no leas con la linterna debajo de la manta, que ya te conozco.

—Valeee —contestó Lucía, con su voz de “yo no haría nunca algo así” absolutamente nada convincente.

Esperó.

Diez minutos.

Veinte.

Treinta.

Cuando las voces de sus padres se apagaron en el salón y el edificio entero empezó a hacer esos ruiditos raros de noche (tuberías que suspiran, ascensores que se acomodan, vecinos que roncan), Lucía se levantó muy despacio.

Se puso el chándal, la sudadera con capucha, las zapatillas de deporte y el casco de la bici, porque si hay algo que un adulto puede entender es “me puse casco”.

Guardó la cinta de luz antigua en la mochila. También metió una linterna, una botella de agua, tres galletas y un paquete de chicles. Por si a la luna le olía el aliento.

Salió de su habitación con cuidado ninja. Calcetín la miró desde el sofá, donde había logrado colarse.

—Si maúllas, te convierto en gorro —le susurró.

Calcetín cerró los ojos. Hombre, amenazas mágicas no, por favor.

Lucía subió hasta la azotea. El aire nocturno estaba fresco y olía a ciudad dormida, con un toque de pizza fría.

Aurelio ya la esperaba. Tenía la bici apoyada en la barandilla. Era vieja, de color azul apagado, con pegatinas medio despegadas. Pero los ojos de Lucía se clavaron en las ruedas.

Las ruedas eran… raras.

La delantera brillaba un poco, como si tuviera dentro un pequeño remolino de luz. La trasera parecía normal, pero cada cierto tiempo hacía “tic” por su cuenta.

—Has llegado puntual —dijo Aurelio, con un termo en la mano—. ¿Has traído el casco?

—Sí.

—¿Miedo?

—Un poco.

—Perfecto. La gente sin miedo hace tonterías. —Le dio unas palmaditas a la bici—. Te presento a Cosmoleta.

—¿Cosmoleta?

“Cosmo” por el cosmos, “leta” por… bicic… Bueno, el nombre venía con ella, no preguntes. —Aurelio se metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño frasco—. Esto es para ti.

Lucía lo cogió. Dentro había algo que parecía… niebla. Niebla en miniatura, dando vueltas lento.

—¿Qué es?

—Gravedad de emergencia. Si en algún momento te sueltas, te caes, te pierdes o lo que sea, lo abres, lo respiras hondo y la gravedad te recuerda a dónde perteneces.

Lucía tragó saliva.

—¿A la Tierra?

—A tu casa, concretamente. —Aurelio sonrió—. Nada te arranca más fuerte que tus padres cuando se dan cuenta de que no estás en la cama.

—Genial —dijo ella, con una mezcla de miedo y risa.

—Sube —indicó Aurelio, serio ahora—. No te preocupes, Cosmoleta sabe el camino.

Lucía montó en la bici. El sillín era sorprendentemente cómodo. Puso los pies en los pedales.

—Cuando cruces la nube número tres, la luna empezará a oírte directamente —explicó Aurelio—. No dejes de hablarle. Le da miedo estar sola.

—¿Luna? —susurró Lucía hacia el cielo.

La voz que sonó en su oído parecía medio dormida.

—¿Mmm?

—Voy para allá.

—¿En serio? —Se despertó de golpe—. ¿Ya? ¡Qué velocidad! Los humanos sois lentos para fregar los platos, pero en algunas cosas… —Se aclaró—. Estupendo. Te espero.

Aurelio agarró el manillar un segundo.

—Antes de que te vayas, una cosa —dijo—. Arriba no todo es bonito. Hay piedras sueltas, pedazos de sueños rotos, satélites viejos… Y también gente que se cree muy importante solo por flotar cerca del vacío. Tú sigue a la luna. Y, si algo da miedo, hazle un chiste.

—¿Un chiste?

—El miedo odia los chistes. No sabe dónde meterse.

Lucía respiró hondo.

—Vale.

—Y recuerda: freno suave. No queremos dejar marca de rueda en un cráter famoso.

Sin darle tiempo a arrepentirse, Aurelio soltó la bici y le dio un pequeño empujón.

Los primeros metros fueron normales. La bici rodó por la azotea.

Luego, el borde del edificio llegó.

Y la bici siguió.

El estómago de Lucía se quedó atrás, golpeándose contra el pecho.

—¡AAAAH! —gritó, apretando el manillar.

Cosmoleta bajó un metro, dos, tres… y luego, con un “plop” suave, cambió de idea y empezó a subir.

La ciudad se quedó abajo, encogiéndose. Los coches parecían juguetes. Las farolas, velas diminutas. Los tejados, maquetas de cartón.

El viento le peinaba el pelo por debajo del casco. Lucía notó lágrimas en los ojos, pero no sabía si eran de miedo, de emoción o porque el aire frío le estaba dando una bofetada.

Pasó al lado de una bandada de pájaros que la miraron mal.

—¡Eh, esto es zona nuestra! —piaron.

—Es solo de subida, lo prometo —contestó Lucía, con los dientes castañeteando.

Cruzó una nube. Blanca, esponjosa, deliciosa. Cosmoleta la atravesó sin problema. Lucía, en cambio, tragó un poco de nube y se atragantó de risa.

—Nube número uno —murmuró.

La luna sonrió en su oído.

—Te veo. Eres muy pequeñita desde aquí.

—Y tú, muy grande desde abajo —replicó Lucía.

Cruzó la nube número dos. Esta olía a tormenta que se arrepiente.

En la nube número tres, algo cambió. El cielo se volvió más oscuro y las estrellas se encendieron, una a una, como luces de una fiesta.

—Bienvenida al tramo mágico —dijo la luna, su voz más nítida—. Aquí las leyes de la física se toman un descanso.

Lucía miró hacia abajo. No había abajo. Solo cielo, ciudad cada vez más diminuta y el vértigo tomando notas para luego vengarse.

—¿Cuánto queda?

—Poquito. Diez minutos de pedaleo fuerte.

—¿FUERTE? —Lucía estaba segura de que ya había quemado todas las galletas que se había comido desde los siete años.

Mientras pedaleaba, pasó al lado de un satélite que giraba despacio. Tenía pegado un imán con forma de vaca y una pegatina que ponía “Propiedad de Nadie En Concreto”.

—¡Hola! —saludó Lucía, porque la buena educación no entiende de alturas.

—Señorita —contestó el satélite con voz muy formal—, por favor, mantenga su órbita ordenada.

—Lo intento —jadeó ella.

Un meteoro pequeño, tiznado, pasó silbando a su lado.

—¡Perdóóóón, llego tardeeee! —gritó.

—Cuidado con las lunas, que se ofenden —le advirtió Lucía.

—¡Lo tendré en cuenta, lo tendré en cuenta! —y desapareció.

La luna estaba cada vez más cerca. Desde allí, Lucía podía ver la grieta con claridad. No era una herida sangrante ni nada espantoso. Parecía más bien una rajita en una porcelana antigua. Pero daba penita.

—Ya casi estoy —dijo Lucía—. Aguanta.

—Estoy aguantando desde hace millones de años, puedo aguantar un ratito más —respondió la luna, aunque se le notaba nerviosa.

Cosmoleta empezó a bajar la velocidad. Las ruedas chisporrotearon un poquito. El timbre hizo “clim”.

—Preparando aterrizaje lunar —anunció una voz robótica que Lucía no sabía que la bici tenía.

—¿Desde cuándo hablas? —le preguntó.

—Desde siempre. Pero nadie suele saludar a las bicis —se quejó Cosmoleta.

Lucía sonrió, a pesar del miedo, y se agarró fuerte.

El suelo de la luna se acercaba. Gris, polvoriento, lleno de pequeños cráteres.

—Freno suave, freno suave… —repitió para sí.

Y entonces, Lucía, doce años, vecina del tercer piso, coleccionista de pegatinas de unicornios, aterrizó en la luna sin caerse.

Casi.

Porque puso el pie en algo blando, resbaló un poco, dio un saltito y terminó sobre el trasero, levantando una nube de polvo lunar.

—Bienvenida —dijo la luna—. Has pisado mi pelusa.

Capítulo 4: Conversaciones a la luz del cráter

Lucía se levantó, sacudiéndose el polvo. El suelo lunar no era liso. Era como un enorme patio de recreo lleno de hoyos, piedrecitas y huellas viejas.

A unos metros, una bandera vieja se sostenía torcida, con cara de “ya no me importa nada”.

—Guau… —susurró Lucía.

El cielo era completamente negro, pero las estrellas brillaban alrededor como si fueran curiosas. La Tierra colgaba arriba, azul y blanca, como una canica olvidada por un gigante.

—No mires mucho para abajo —le aconsejó la luna—. O se te ocurren pensamientos raros como “soy pequeñísima” y “¿quién inventó los deberes?”.

—Eso ya lo pienso en clase —respondió Lucía.

Notaba la voz de la luna en toda la cabeza, no solo en la oreja. Como si estuviera dentro de ella y fuera, a la vez.

—¿Dónde está la grieta exactamente? —preguntó, sacando la cinta de la mochila.

—Gira a la izquierda en el cráter grande, luego todo recto hasta donde veas la sombra triste.

Lucía montó de nuevo en Cosmoleta y avanzó despacio. Cada pedaleo la hacía saltar un poco, más ligera que en la Tierra.

—Esto es como ir en bici en un sueño —dijo.

—Lo es —confirmó la luna—. Muchos sueños se me quedan pegados. Luego ya nadie viene a recogerlos y tengo que reciclarlos.

Pasaron junto a un montón de piedras.

—¿Son rocas lunares? —preguntó Lucía.

—Rocas, sí. Lo de “lunares” me parece un poco obvio —rezongó la luna—. ¿Cómo las llamáis cuando están en tu planeta? ¿“Rocas terrenales”? ¿“Pedruscos de calle”?

Lucía rió.

—En realidad, solo “piedras”.

—Claro. Qué poca imaginación —bufó la luna.

Un pequeño cráter se movió. Lucía frenó en seco.

—¿Eso se ha…?

Del cráter salió algo diminuto. Era como un conejito de polvo, con orejas alargadas y ojos luminosos.

—¡Ay! —exclamó Lucía—. ¡Un… conejo lunar!

El animalito se estiró.

—Técnicamente somos Leporidae Polvorientus —dijo con voz chillona—, pero puedes decirme “Polvo”.

—Hola, Polvo —saludó Lucía, encantada—. Soy Lucía.

—Ya lo sé —respondió el conejo—. La jefa ha hablado de ti.

—¿La jefa?

La luna aclaró:

—Los conejos lunares y yo tenemos un acuerdo: ellos se encargan de barrer los sueños rotos y yo les dejo usar mis cráteres de tobogán.

Polvo se sacudió las orejas, expulsando chispas plateadas.

—¿Vienes por la grieta, verdad? —preguntó—. Menudo disgusto se ha llevado. No paró de temblar en toda la noche. Se nos cayeron dos estrellas al suelo de la sacudida.

—Las recogí —murmuró la luna, azorada—. Están en su sitio.

Lucía sintió algo en el pecho. Era raro pensar que esa cosa enorme, fría y lejana pudiera tener miedo. O vergüenza.

—Voy a arreglarla —dijo—. Te lo prometo.

Polvo olisqueó la cinta de luz antigua.

—Buen material. Eso aguanta mínimo mil años. Y se limpia fácil.

—Tú también hablas mucho para ser un conejo —observó Lucía.

—Y tú para ser humana —replicó Polvo, ofendido, antes de saltar a otro cráter.

Siguieron andando hasta que, de repente, Lucía la vio.

Una línea oscura cruzaba el suelo, trepaba un poco por una colina de polvo y seguía, como un rayo congelado. No parecía peligrosa. Pero sí… fuera de lugar. Como una arruga en una sábana recién planchada.

Lucía dejó la bici a un lado. Se arrodilló al borde de la grieta.

—Hola —dijo, porque era la clase de persona que saluda hasta a las cosas rotas.

La luna guardó silencio.

—¿Te duele? —preguntó Lucía.

—No es dolor físico —respondió, despacio—. Es como cuando tienes una mancha en la camiseta que todo el mundo ve. Y piensas que no deberías preocuparte, porque sigues siendo tú. Pero ahí está. Y no puedes dejar de mirarla.

Lucía se quedó un rato callada.

—Yo tengo una cicatriz en la rodilla —contó, señalando la tira de unicornio—. Me caí en el parque cuando tenía cinco años. Lloré un montón. Me pusieron una tirita con dibujitos. Y luego otra. Y otra. Mi abuela me dijo que, cuando la herida se cure, lo que queda es una historia.

—A mí nadie me ha puesto tirita —dijo la luna, con voz pequeña—. Solo me han mirado mucho con telescopios.

—Pues vamos a cambiar eso.

Lucía respiró hondo. Sacó el rollo de cinta plateada. Al tirar de él, una suave luz pareció despertar dentro, como una luciérnaga gigante.

—¿Estás segura? —susurró la luna—. Es una grieta muy grande para una niña muy pequeña.

—Soy pequeña, pero tengo buena puntería con las tiritas —replicó Lucía, intentando sonar valiente—. Y además, tengo doce. No once. Eso suma experiencia.

Arrancó el primer trozo.

La cinta era más cálida de lo que esperaba. Se le pegaba a los dedos, pero sin hacer daño. Olía un poco a pan tostado, un poco a sábana limpia y un poco a los domingos por la mañana cuando no hay prisa.

Empezó por un extremo de la grieta. Puso la cinta con cuidado, apretando con los pulgares.

La luna soltó un suspiro tan grande que levantó polvo a su alrededor.

—Hace cosquillas —se quejó, riéndose un poco.

—Aguanta —dijo Lucía—. La primera siempre pica un poquito.

Avanzó despacio, tirita a tirita. No era un solo pansement gigante, sino muchos trozos, uno detrás de otro, como un enorme camino de plata tapando la línea oscura.

—Deberíamos hacer dibujitos —opinó Polvo, apareciendo de la nada—. Las tiritas con dibujitos curan mejor. Es ciencia.

—¿Y qué le dibujo a la luna? —preguntó Lucía, sin dejar de pegar.

—Cosas que quiera recordar —musitó la luna.

Así que, con un pequeño rotulador que encontró en la mochila, Lucía empezó a dibujar sobre la cinta: una bicicleta diminuta, un conejo de polvo, una casita con antena parabólica, una nube con forma de helado, una estrella con gafas de sol.

—¿Eso qué es? —preguntó la luna.

—Un helado —dijo Lucía.

—Nunca he probado uno.

—Yo nunca había pisado la luna —respondió ella—. Este es el trato: cuando bajes a probar un helado, yo vuelvo a subir y te traigo otra tirita por si acaso.

La luna rió. Era una risa rara, profunda, que hacía vibrar el polvo a kilómetros alrededor.

—Hecho.

Mientras trabajaba, Lucía se olvidó un poco del miedo. Se concentró en la línea brillante que iba creciendo, tapando la grieta. Cada trozo que ponía parecía cerrar un poco la vergüenza de la luna, coserle la frente con paciencia.

—Oye, Lucía —dijo de pronto la luna—. ¿Y si los adultos se enfadan porque he cambiado? Les gusta tenerlo todo medido. Mis manchas, mis sombras. Me han dibujado tanto que creen que soy de su propiedad.

Lucía se sentó un momento, el rollo de cinta en la mano.

—Cuando me corté el pelo, en verano, mi madre puso una cara… —recordó—. Luego dijo: “No pareces tú”. Pero sí era yo. Solo que un poco distinta. —Se encogió de hombros—. Si se enfadan, que se compren otra luna. Esta es tuya.

—Me caes bien —dijo la luna, emocionada—. La mayoría de humanos solo piden deseos cuando me ven.

—Yo también pido deseos —admitió Lucía—. Pero esta vez te tocaba a ti.

Terminaron de pegar la última parte. La grieta desapareció, cubierta por una banda de luz plateada llena de pequeños dibujos torcidos pero alegres.

La luna guardó silencio unos segundos.

Luego, habló con voz clara, redonda.

—Gracias.

El suelo tembló suavemente, como si hubiera dado un gran abrazo.

Del cielo empezaron a caer… chispitas. Eran como copos de nieve, pero brillantes, que se deshacían al tocarlos.

Polvo dio saltitos.

—Uy, uy, uy, fiesta, fiesta.

—¿Qué es esto? —preguntó Lucía, levantando la mano para tocar.

—Un efecto secundario —respondió la luna—. Cuando algo se cura de verdad, suelta un poco de luz sobrante.

Lucía dejó que las chispas le cayeran en el pelo, en el casco, en las manos. Le picaban, pero en el buen sentido.

—Te queda bien —dijo la luna—. Pareces una constelación pequeña.

Lucía miró la Tierra otra vez. Pensó en su cama, en su madre regando las plantas del balcón, en su padre viendo noticias y diciendo siempre: “El mundo está loco”.

—Por cierto —preguntó—. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

La luna hizo unos cálculos mentales complicadísimos que incluían mareas, rotaciones y el tiempo que tarda una lenteja en enfriarse en la mesa.

—Medio rato —contestó—. Si bajas ahora, los adultos solo sospecharán que te has entretenido en el baño.

Capítulo 5: El regreso y el secreto

Lucía montó de nuevo en Cosmoleta. El rollo de cinta estaba casi vacío, solo quedaba un trocito pequeño.

—Para emergencias —dijo, guardándolo.

—No te olvides de mí —pidió la luna—. Cuando estés ocupada creciendo, estudiando, haciendo exámenes horribles, sal alguna noche a la ventana y dime algo. Un chiste, aunque sea.

—Vale. Pero tú también responde —dijo Lucía.

—Prometido.

—Y no te metas con más meteoritos.

—Intentaré esquivarlos —respondió la luna, digna.

Polvo se acercó, dejando pequeñas huellitas.

—Si alguna vez necesitas que te barremos el patio de recreo, nos avisas —dijo—. Tenemos buenas escobas.

—Iré con cuidado de no pisar vuestros cráteres —prometió Lucía.

Cosmoleta vibró un poco.

—Salida programada. Destino: azotea de edificio gris, tercera planta, familia con gato insolente.

—Ese es —sonrió Lucía.

Antes de irse, miró alrededor. Todo era extraño y, al mismo tiempo, ya un poco suyo. El camino de tiritas brillaba suavemente. La luna parecía más… serenamente orgullosa.

—Adiós —dijo Lucía.

—Hasta luego —respondió la luna—. Y gracias por el pansement.

Cosmoleta arranqueó (si esa palabra no existe, a Cosmoleta le daba igual) y empezó a elevarse, alejándose del suelo lunar.

El viaje de vuelta fue diferente. El miedo todavía estaba, pero se mezclaba con algo nuevo: una especie de calma traviesa. Como cuando sabes un secreto que nadie más conoce.

Las estrellas la acompañaron un rato. Algún satélite la miró pasar, algo celoso.

—Eso de las bicis no existía en mi época —farfulló uno.

Al cruzar la nube número tres, el cielo se volvió más azul. La luna se quedó atrás, redonda y con tirita brillante, guiñando un ojo que nadie más notó.

—Lucía —susurró, ya más lejos—. No dejes de reírte.

—Solo cuando me manden deberes absurdos —contestó ella.

La ciudad crecía bajo sus pies. Las calles se llenaban de farolas encendidas, ventanas iluminadas, coches tardones. El bloque de pisos asomó, igual de gris de siempre, pero distinto para ella.

Aurelio estaba en la azotea, esperándola con una taza de algo humeante. El pelo se le movía un poco con el viento.

—Aterrizaje autorizado —gritó, haciendo un gesto con las manos como si dirigiera un avión.

Lucía bajó más o menos en línea recta. Cosmoleta rozó el borde de la azotea, botó una vez, dos, y aterrizó con un golpe que hizo sonreír a todas sus rodillas.

—¡AU! —se quejó, pasando por encima del manillar.

Aurelio la agarró del casco antes de que se estampara contra una maceta.

—Buen estilo. Nueve puntos sobre diez. —La soltó despacio—. ¿Y bien?

Lucía se quitó el casco. Tenía el pelo lleno de chispitas de luz. Sus ojos brillaban.

—Ya no hay grieta —dijo—. Tiene una tirita con dibujos.

—Sabía que dibujarías algo —murmuró Aurelio, satisfecho—. La luna es muy presumida.

—¿Lo sabías?

—La conozco desde hace siglos. Bueno, ella a mí no se acuerda tanto, tiene mucha gente en la agenda. —La miró de arriba abajo—. ¿Todo en su sitio? ¿Cabeza, brazos, piernas, sentido del humor?

—Sí. Creo que mi corazón igual se ha hecho un poco más grande.

—Eso suele pasar —asintió Aurelio—. No te preocupes, el pecho se estira.

Cosmoleta carraspeó.

—La próxima vez, un poco de aceite, por favor. El espacio reseca.

—Tomado nota —respondió Aurelio.

Lucía miró el reloj de su muñeca. Eran las… ¿las mismas horas que antes? ¿Un poco más tarde? El tiempo parecía haber hecho trampas.

—¿Cuánto he tardado? —preguntó.

—Lo suficiente para que tu madre piense que estabas en el baño peleándote con tu flequillo —dijo Aurelio—. Desde aquí parece que no ha pasado más de media hora.

—¿Magia? —preguntó Lucía.

—Burocracia temporal —aclaró él—. Pero queda feo decirlo.

Lucía rió. Luego se puso un poco seria.

—¿Cree que alguien notará lo de la tirita?

Aurelio se encogió de hombros.

—Las personas verán algo raro, comentarán en redes, harán memes, inventarán teorías. Dirán: “Es un reflejo”, “Es Photoshop”, “Son los extraterrestres”. Muy pocos pensarán: “A lo mejor solo es una tirita que alguien le ha puesto con cariño”.

—Qué pena —murmuró Lucía.

—O qué suerte —replicó Aurelio—. Los secretos bonitos están más protegidos cuando nadie los cree.

Se quedaron en silencio un momento, mirando el cielo. Desde allí, la luna parecía la de siempre. Pero si uno se fijaba bien, si entrecerraba los ojos, se veía un ligero destello, como un hilo de plata atravesando su superficie.

Lucía sonrió.

—Gracias por la bici —dijo.

—Gracias por demostrar que no abrí esta tienda para nada —respondió Aurelio—. Y recuerda nuestro trato.

—Mirar arriba. Escuchar las cosas raras. Y contar chistes al miedo —repitió ella.

—Eso es. —Aurelio le guiñó un ojo—. Ahora, baja antes de que tu padre venga a buscar los muebles a la azotea.

Lucía se colgó la mochila, bajó las escaleras de puntillas y entró en casa con mucho cuidado.

Calcetín la esperaba detrás de la puerta, con la cola alta.

—He ido a la luna —le susurró ella.

Calcetín olió su pantalón, lleno de polvo raro. Luego bostezó.

—Miau —dijo, lo que, traducido, significaba: “Mientras vuelvas a la hora de la comida, haz lo que quieras”.

En su habitación, Lucía se miró en el espejo. Tenía el pelo despeinado, las mejillas rojas y una especie de brillo raro en los ojos.

Sacó el trocito de cinta que le quedaba. Lo pegó en la tapa de su cuaderno, junto al dibujo antiguo de la luna con tirita.

En la calle, alguien gritó:

—¡APAGAD LA LUZ, QUE VAMOS A DORMIR!

Lucía apagó la suya, obediente. Pero dejó la cortina un poco abierta. Por si acaso.

Capítulo 6: Una lluvia de dulces

Al día siguiente, casi nadie habló de la luna.

En el telediario, un señor con corbata dijo alguna cosa de “fenómeno óptico interesante”. Un astrónomo en internet comentó que había detectado una ligera variación en la superficie, pero que necesitaba más estudios. En el patio del colegio, un compañero afirmó que la luna, en realidad, era un holograma.

—Todo mentira —murmuró Lucía, comiéndose su bocadillo.

Solo Nuria la miró raro.

—Tú sabes algo —dijo, estrechando los ojos—. Tienes cara de “yo sé algo y tú no”.

—¿Yo? —Lucía intentó poner cara de póker. Le salió cara de “me he comido el último donut y no quiero que se note”—. No sé de qué hablas.

—Ajá —dijo Nuria—. Cuando quieras contármelo, tráeme chocolate.

Las clases pasaron como siempre: problemas de mates que parecían sacados de un concurso sádico, dictados largos, profesores con ojeras. Pero algo había cambiado en Lucía.

Cuando la profe de ciencias explicó las fases de la luna, ella sonrió sola. Sabía un secreto que ni el libro decía: una fase nueva, la fase “con pansement”.

Cuando un compañero dijo: “La luna está llena de agujeros”, Lucía pensó: “Y de conejos de polvo que hablan mucho”.

Por la noche, subió un momento a la azotea. El viento olía a lluvia lejana.

—Hola —dijo, mirando hacia arriba.

—Hola —respondió la luna, al instante—. Hoy me pica un poco la tirita, pero en el buen sentido.

—Es que se te está curando.

—He descubierto algo —añadió la luna, intrigada—. Los telescopios de algunas personas enfocan justo a mi pansement. Y, cuando lo ven, sonríen. No saben por qué, pero sonríen.

—Perfecto —dijo Lucía—. Es una tirita contagiosa.

Se quedaron un rato calladas. A lo lejos, se veía un avión parpadeando. Una estrella fugaz pasó con prisa.

De pronto, una nube oscura se puso delante de la luna, como un telón.

—Oye —protestó Lucía—. ¡No la tapes!

La nube gruñó.

—Es mi turno. Llevo todo el día esperando. También quiero un poco de protagonismo.

—Déjala —rió la luna—. Le toca regar.

Empezaron a caer gotas. Al principio, normales. Luego, algo raro ocurrió.

Una de las gotas que cayó en la mano de Lucía no era líquida.

Era… pegajosa.

La miró. Era roja, brillante, con forma de corazón.

—¿Un caramelo? —parpadeó.

Otra gota le cayó en el hombro. Era verde, alargada. Y sabía a lima cuando, por curiosidad científica, la probó.

—¿Estás… lloviendo caramelos? —preguntó, incrédula.

La luna se quedó callada un segundo.

—Uy.

—¿Uy?

—Quizá, cuando puse mi luz en tu pansement cósmico, algo se mezcló con las nubes. Un residuo de cura emocional, tal vez. —Sonaba divertida—. Ups, he dulcificado la lluvia.

Lucía levantó la mano. Estaban empezando a caer pequeños caramelos por toda la azotea. No muchos. No tantos como para hacer daño. Pero los suficientes para que, en la calle, alguien dijera:

—¡Oye, me ha caído un sugus del cielo!

Desde un balcón, un niño gritó:

—¡Mamá, está lloviendo chuches!

—No digas tonterías —respondió la madre, justo antes de que un caramelo le diera suavemente en la nariz.

En la esquina, el señor del kiosco miró al cielo, calculó beneficios potenciales y decidió que la vida era hermosa.

Lucía se echó a reír.

—Creo que tu pansement tiene efectos secundarios —dijo.

—Los mejores remedios los tienen —replicó la luna—. No era mi intención, pero… ¿a alguien le molesta?

Un gato callejero recibió un bombón en la cabeza. Lo olió, lo ignoró y siguió con su vida. Un señor serio, con maletín, encontró una gominola en el bolsillo de la chaqueta, se quedó muy confuso y, al final, se la comió.

En la azotea, los caramelos caían cada vez más suaves, como una cortina dulce.

Lucía extendió la mano.

—¿Esto es para mí? —preguntó.

—Considera que es… —la luna buscó la palabra— un gracias pegajoso.

Lucía recogió un buen puñado de caramelos de distintos colores. Los apretó entre los dedos. Eran pegajosos, olían a fruta y a dentista preocupado.

—Voy a compartirlos —dijo—. Pero no diré de dónde vienen.

—Me parece justo —respondió la luna—. Los secretos saben mejor cuando se reparten un poquito.

Lucía bajó las escaleras de dos en dos, con los bolsillos llenos y el corazón ligero.

En la puerta del piso, se encontró con su padre, que salía con las llaves en la mano.

—¿Dónde ibas? —preguntó ella.

—A ver si llovía —respondió él—. El del tiempo siempre se equivoca.

Lucía abrió la mano y le mostró los caramelos, brillantes bajo la luz del pasillo.

—Ha llovido esto.

Su padre la miró, miró los dulces, miró el techo.

—¿De dónde han salido? —preguntó, divertido.

Lucía se encogió de hombros, con su mejor cara inocente.

—Del cielo —dijo—. A veces, cuando algo se cura, el mundo se pone dulce sin querer.

Su padre rió, le revolvió el pelo y le cogió uno.

—Pues que siga curándose lo que haga falta.

Esa noche, antes de dormir, Lucía dejó sobre la mesilla un pequeño montoncito de caramelos.

Uno para su madre, por sus plantas.

Uno para su padre, por sus chistes malos.

Uno para Nuria, por sospechar a tiempo.

Uno para Aurelio, por la bici.

Y uno, el más brillante, junto a la ventana, apoyado en el cristal.

—Por si alguna vez bajas —susurró, mirando la luna—. Te guardo uno.

La luna parpadeó suavemente, como quien acepta un regalo que, por muy pequeño que sea, pesa lo justo en el corazón.

En la ciudad, aquí y allá, niños y niñas encontraban caramelos en sitios imposibles: en el alféizar, en la mochila del cole, en el bolsillo del pijama. Nadie sabía muy bien de dónde venían. Algunos adultos fruncían el ceño. Otros sonreían en secreto.

Arriba, en el cielo, la luna lucía su pansement plateado, orgullosa y un poco coqueta.

Y, de vez en cuando, cuando la noche estaba muy callada, dejaba caer, distraída, una última lluvia de dulces, para quien siguiera mirando hacia arriba con los ojos bien abiertos y las manos listas para sostener, aunque fuera por un momento, una pequeña, pegajosa, luminosa parte de la magia.

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