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Humor fantástico 11/12 años Lectura 25 min.

El rocío luminoso y el permiso provisional de Evaristo

Lucía descubre y recolecta rocío luminoso con permiso burocrático, aprendiendo a tratar las gotas con respeto y paciencia mientras enfrenta pruebas divertidas entre un gato guardián, una lavandería y un duende administrativo.

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Niña de 12 años con trenzas desordenadas y pecas, expresión asombrada, sostiene una cuchara de madera bajo un pequeño frasco de vidrio del que pulsa una luz dorada; a su lado, un gato negro grande con una mancha blanca en el pecho y bigotes rígidos, sentado mirándola con aire entre escéptico y orgulloso, con una gota luminosa en el bigote; una mujer de unos 60 años con cabello gris recogido y bata floral observa desde la entrada de la lavandería exterior con una sonrisa indulgente y una pila de sábanas dobladas; cuerdas de tender largas con sábanas blancas que flotan y pinzas de colores como pajaritos sobre un suelo adoquinado húmedo; escena principal: la niña intenta recuperar la séptima gota luminosa con una pinza roja, la cuchara lista para recibirla, la luz dorada ilumina sus rostros en una atmósfera mágica y cómica con pequeñas chispas dibujadas alrededor de las gotas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La niña y la luz pegada a las hojas

Lucía tenía once años, una mochila con una cremallera que siempre discutía y una idea brillante: recolectar rocío luminoso.

No “rocío normal”, ese que solo moja calcetines. No. Rocío que brillara como si la noche hubiera olvidado unas cuantas estrellas en el jardín.

Lo descubrió una madrugada cuando se levantó a beber agua y vio el césped parpadear. Parpadear de verdad. Como un pez con sueño.

Se agachó, tocó una gota con la uña y la gota se le pegó, obediente, como un punto de purpurina educada.

—¡Ajá! —susurró—. Tú vienes conmigo.

La gota brilló más, como si estuviera orgullosa.

A la mañana siguiente, Lucía anunció su misión en la cocina, entre tostadas y el sonido de una cucharilla enfadada contra una taza.

—Voy a recolectar rocío luminoso.

Su hermano Tomás, que tenía trece y un talento especial para opinar sin ser llamado, levantó una ceja.

—¿Y luego qué? ¿Vas a abrir una discoteca para babosas?

—No —dijo Lucía con dignidad—. Voy a guardar la luz en un frasco. Para cuando haya apagones. O días tristes. O deberes de mates.

Su abuela Mirta, que parecía una abuela normal hasta que te fijabas en que sus plantas florecían cuando ella estornudaba, sonrió.

—La luz se recoge con respeto —dijo—. Y con paciencia. Y, a ser posible, sin enfadar al vecindario.

—¿El vecindario se enfada con el rocío?

—Con casi todo —dijo la abuela—. Pero el rocío, además, es tímido. Si lo tratas como un trofeo, se apaga. Si lo tratas como una visita, se queda un ratito.

Lucía asentó. Eso podía hacerlo. Tratar a las gotas como invitadas. Hasta les podía ofrecer… bueno, nada. No se puede ofrecer galletas a una gota. Aunque Tomás lo intentaría solo por llevar la contraria.

—¿Y cómo lo recolecto? —preguntó Lucía.

La abuela Mirta sacó de un cajón un frasco pequeño, una cuchara de madera y una etiqueta que decía “NO CONFUNDIR CON MERMELADA”.

—Con esto. Y con oído. El rocío luminoso hace un sonido, como un “clin” pequeñito, cuando cae sobre ciertas hojas.

Tomás se inclinó.

—Eso suena inventado.

—Casi todo lo bueno lo parece —contestó la abuela—. Lucía, ve al parque al amanecer. Busca la fuente vieja. Y saluda al guardián si lo ves.

—¿Qué guardián?

—Uno que se cree guardián —dijo la abuela, que era una manera muy precisa de describir a alguien.

Lucía apretó el frasco como si ya estuviera lleno de amaneceres.

Capítulo 2: El parque, la fuente vieja y un guardián con bigote

Al día siguiente, Lucía salió cuando el cielo todavía estaba en modo “gris con intención”. El aire olía a pan recién hecho y a tierra húmeda, una mezcla que parecía una receta secreta.

El parque estaba medio dormido. Los columpios crujían como si contaran chistes viejos. Las palomas caminaban con la dignidad de quienes creen que están en un desfile.

Lucía encontró la fuente vieja. Era una fuente sin agua, con una rana de piedra que tenía cara de estar esperando su turno para hablar.

—Hola —dijo Lucía, por si las ranas de piedra eran sensibles.

—Croa —dijo una voz.

Lucía pegó un salto. Detrás de un arbusto salió un gato enorme, negro, con una mancha blanca en el pecho como una corbata mal puesta. Tenía bigote. No de pelo, sino un bigote de expresión, de esos que uno pone sin querer cuando está convencido de algo.

—¿Tú eres el guardián? —preguntó Lucía, intentando sonar tranquila.

—Soy el supervisor de seguridad del rocío —dijo el gato—. Y de las migas. Y de todo lo que brilla, si me apetece.

—Ah —dijo Lucía, porque “ah” sirve para muchas situaciones peligrosas.

El gato la rodeó, oliendo el frasco.

—¿Vas a robar luz?

—No voy a robar —dijo Lucía rápido—. Voy a recolectar. Con respeto.

El gato entornó los ojos.

—Esa palabra me gusta. Respeto. Suena a que no vas a pisarme la cola.

—Prometido.

—Bien. Yo soy Don Bigotes. Hay quien me llama Don Bigotes I de la Fuente Vieja. No porque haya un segundo, sino porque suena importante.

—Encantada. Soy Lucía.

—Ya lo sabía. Los humanos llevan sus nombres pegados a la cara. —Don Bigotes se sentó, como si el suelo fuera un trono—. El rocío luminoso cae hoy en tres lugares: en la hierbabuena, en las hojas de un rosal y en el sombrero de un señor despistado.

—¿Sombrero?

—No preguntes. Los señores despistados atraen cosas raras. Como tú atraes planes.

Lucía miró alrededor. Allí estaba la hierbabuena, cerca de un banco. El rosal, junto al camino. Y un señor con sombrero… efectivamente, caminando como si buscara una tienda de sombreros en el parque.

—¿Cómo sé qué gotas son luminosas?

—Escucha el “clin” —dijo Don Bigotes—. Y no te quedes mirando demasiado tiempo. Las gotas se ponen nerviosas. Igual que los exámenes.

Lucía sacó la cuchara de madera y el frasco. Se acercó a la hierbabuena. Las hojas temblaban con un brillo suave, como si guardaran una risa.

Entonces lo oyó: “clin”.

—Hola —susurró a la hoja—. Solo te llevaré un poquito. Gracias.

Con la cuchara, recogió una gota. En el frasco, la gota iluminó el vidrio desde dentro.

—¡Funciona! —dijo, y el frasco pareció sonreír con ella.

Don Bigotes asintió.

—Una gota. Muy bien. No te emociones demasiado, que la emoción hace sudar y el sudor no es de buena educación con el rocío.

Lucía avanzó hacia el rosal. El brillo era más fuerte. Demasiado fuerte. Como si el rosal se hubiera tragado una luciérnaga.

“Clin. Clin. Clin.”

—Vale, vale —dijo Lucía—. Ya voy.

Y entonces alguien carraspeó.

—Disculpe, señorita —dijo el señor del sombrero, acercándose—. ¿Ha visto usted… eh… mi paraguas?

Lucía lo miró. No tenía paraguas. Tenía una expresión de “me he perdido incluso en mi propia cabeza”.

—No —dijo—. Pero su sombrero está brillando.

El señor se tocó el sombrero. Una gota luminosa cayó justo en su nariz.

—¡Oh! —dijo él—. ¡Una idea!

Y salió corriendo, dejando atrás una estela de “ideas” y de confusión.

Don Bigotes suspiró.

—Te lo dije.

Lucía se arrodilló junto al rosal, pero en cuanto la cuchara tocó una gota, el rosal… estornudó.

Sí. Estornudó. Una nube de pétalos salió disparada y las gotas se levantaron como si tuvieran piernas invisibles.

—¡No, no, no! —dijo Lucía—. ¡No os vayáis!

Las gotas, ofendidas por el estornudo, empezaron a saltar hacia la fuente vieja.

Don Bigotes se levantó de golpe.

—¡A la fuente! ¡Se van a meter en el conducto mágico!

—¿Conducto mágico?

—¡Luego te lo explico! —maulló el gato, ya corriendo.

Lucía corrió tras él, con el frasco vacío excepto por una gota que brillaba como un faro diminuto.

Capítulo 3: El conducto mágico y la burocracia del brillo

La fuente vieja tenía una rejilla oxidada en el borde, como una boca que intentaba no reírse. Las gotas luminosas se deslizaban hacia ella, una tras otra, como si estuvieran siguiendo una fila imaginaria.

—¡Parad! —gritó Lucía—. ¡No he terminado de pedir permiso!

Una gota hizo un “plin” indignado y aceleró.

Don Bigotes metió una pata entre la rejilla, como si fuera a taparla.

—¡No se tapa así! —protestó—. Esto es un sistema antiguo. Si lo bloqueas, se activa el protocolo.

—¿Qué protocolo?

La fuente hizo un sonido de garganta.

Y entonces apareció.

No un dragón. No un hechicero. Algo peor: una ventanilla.

Una ventanilla de madera, con un cristal y un cartel que decía: “OFICINA DE DISTRIBUCIÓN DE BRILLOS. TURNO: HOY NO”.

Detrás del cristal, una figura pequeña con orejas puntiagudas y gafas enormes bostezó.

—¿Otra vez? —dijo—. ¿Otra vez rocío escapista?

Lucía se quedó con la boca abierta.

—¿Eres un…?

—Soy un duende administrativo —dijo el duende, ofendido—. Y mi nombre es Evaristo. No “un”. “Evaristo”. Los “un” son las cajas.

Don Bigotes se acercó con dignidad felina.

—Evaristo, se nos van las gotas.

—Ya lo veo —dijo Evaristo, sin prisa—. Pero para tramitar una retención temporal de rocío luminoso hay que rellenar el formulario 7B: “Solicitud de no fuga por motivos de entusiasmo humano”.

Lucía apretó el frasco.

—Pero si se van, ¿qué pasa?

—Se redistribuyen —dijo Evaristo—. Van a lugares donde hacen falta. A veces a farolas cansadas. A veces a ojos de gente que no duerme bien. A veces a la sección de “Ideas repentinas” —miró hacia donde se había ido el señor del sombrero—. Ese departamento es un caos.

Lucía tragó saliva. Eso sonaba… útil. Importante. Y aun así, ella quería un poquito, solo un poquito, para tenerlo guardado.

—Yo solo quiero recolectar un frasco —dijo—. No para presumir. Para cuando haga falta.

Evaristo la miró por encima de sus gafas.

—¿Y cómo sé que no vas a usarlo para poner tu nombre brillante en la pared?

—Porque mi madre me haría borrarlo —dijo Lucía con sinceridad—. Y porque… no sería justo. La luz no es solo mía.

Don Bigotes emitió un “mrr” de aprobación.

—Además —añadió Lucía—, prometo tomar solo lo necesario. Y dejar el resto.

Evaristo tamborileó con un sello.

—¿Respeto?

—Respeto.

—¿Paciencia?

Lucía miró a las gotas, que seguían colándose.

—Bueno… intento.

Evaristo suspiró como quien ha visto demasiados lunes.

—De acuerdo. Te doy un permiso provisional. Pero con condiciones.

—¡Sí!

—Primera: recolectas solo siete gotas. No ocho. Siete es un número que no se cree jefe.

—Vale.

—Segunda: no le das rocío a gatos para que brillen por la noche.

Don Bigotes se hizo el distraído, mirando al cielo.

—Tercera: si una gota decide irse, la dejas. Nada de perseguirla con redes, aspiradoras o amenazas emocionales.

Lucía asintió.

—Cuarta: saludas a las plantas antes de tocar sus hojas. Las plantas tienen su orgullo. Y sus chismes.

—Lo haré.

Evaristo extendió un papel que apareció con un “puf” y un olor a tinta antigua. Lucía lo firmó, aunque su firma parecía la de un gusano que aprendía a bailar.

—Ya está —dijo Evaristo—. Ahora, ¿queréis una pista? Hoy el mejor rocío está en un lugar ridículo.

—Me encantan los lugares ridículos —dijo Lucía.

Evaristo sonrió con malicia de oficina.

—En la lavandería comunitaria. Las gotas se quedan pegadas a las sábanas tendidas. Brillan como fantasmas educados.

Don Bigotes se estremeció.

—Odio la lavandería. Huele a jabón y a… intenciones limpias.

Lucía guardó el permiso en su bolsillo.

—Vamos.

Capítulo 4: La lavandería comunitaria y el ataque de las sábanas valientes

La lavandería comunitaria estaba detrás de los edificios, donde el viento siempre parecía tener prisa. Había cuerdas con sábanas blancas ondeando como velas. Y pinzas de colores que parecían pájaros con mandíbula.

Lucía entró con Don Bigotes a su lado, pisando con cuidado, como si el suelo pudiera quejarse.

—Escucha —dijo el gato—. Las sábanas son traicioneras. Parecen blandas. Y lo son. Pero también tienen carácter. Sobre todo si hay brisa.

Lucía se acercó a una sábana enorme. Estaba húmeda, fresca, y tenía pequeñas chispas pegadas en los dobleces.

“Clin”.

—Hola, señora sábana —susurró Lucía—. Solo una gotita, por favor.

La sábana respondió con un latigazo de viento y le dio en la cara.

—¡Pff! —hizo Lucía, con el pelo en la boca—. ¡Qué respeto más… físico!

Don Bigotes se reía sin reírse, que es una habilidad felina muy desarrollada.

—Te está probando —dijo—. Las sábanas prueban. Si te enfadas, pierdes.

Lucía escupió un pelo, respiró y bajó la cuchara.

—Perdón —dijo a la sábana—. No quería asustarla.

La sábana se calmó. El brillo volvió a aparecer, tímido.

Lucía recogió una gota. Una, dos… el frasco ya tenía tres junto a la primera del parque. La luz dentro parecía una mini tormenta de luciérnagas.

—¡Cuatro! —susurró, feliz.

En ese momento, se oyó una voz desde el pasillo.

—¿Quién está ahí?

Era la señora Puri, la vecina del tercero, famosa por tener oído para las cosas “raras” y una colección de zapatillas con forma de animal.

Lucía se congeló.

Don Bigotes se metió bajo una cesta de ropa como si fuera un agente secreto.

La señora Puri apareció con una sábana doblada bajo el brazo. Miró a Lucía, al frasco, a la cuchara, y frunció los labios.

—Lucía —dijo—. ¿Estás… robando suavizante?

—No —dijo Lucía, demasiado rápido—. Estoy… recogiendo humedad.

La señora Puri parpadeó.

—¿Humedad?

—Sí. Para… ciencia.

—¿Ciencia con cuchara de madera?

—Es… ecológica —improvisó Lucía—. Cero metal. Respeto a la… humedad.

La señora Puri se inclinó, intrigada, y vio el frasco brillar.

—Ay, qué mono —susurró—. ¿Eso es una lámpara de juguete?

—Es rocío luminoso —confesó Lucía, porque mentir era como ponerse calcetines mojados por gusto—. Pero tengo permiso. Bueno, provisional. Y solo siete gotas.

La señora Puri la miró largo rato. Luego, sorprendentemente, sonrió.

—Mi abuela decía que el rocío tiene orejas —dijo—. Me alegra que lo trates bien. Pero ojo: si lo enseñas como un truco, se pone tonto.

—No lo haré.

La señora Puri señaló una sábana pequeña al fondo.

—Esa está recién tendida. Y a esa le gusta brillar más que hablar. Pero… salúdala.

Lucía se acercó, obediente.

—Hola —dijo—. Gracias por prestarme tu luz.

“Clin, clin”.

Dos gotas más cayeron con suavidad. Ya tenía seis en total.

—Me falta una —susurró Lucía, como si el número pudiera escaparse.

Don Bigotes salió de debajo de la cesta.

—La séptima siempre es la difícil —dijo—. Porque la séptima tiene personalidad. Es la gota que dice: “¿Y yo por qué?”

—¿Y dónde está?

Entonces la vieron: una gota más grande que las demás, colgando del borde de una pinza roja. Brillaba con descaro, como diciendo “mírame”.

Lucía se acercó despacio.

—Hola —dijo—. No quiero obligarte. Solo… me harías un favor.

La gota tembló. Luego, en vez de caer en la cuchara, dio un saltito y aterrizó… en el bigote de Don Bigotes.

El gato se quedó tieso.

—No —dijo, con voz grave.

La gota se acomodó en su bigote y empezó a brillar como una pequeña farola felina.

Lucía se tapó la boca para no reírse demasiado alto.

—Te queda… majestuoso.

—Soy un guardián, no una lámpara —murmuró Don Bigotes, pero se veía secretamente orgulloso, lo cual era lo más gracioso.

—Evaristo dijo que no podía darte rocío para brillar —recordó Lucía.

—Esto no es “dar”. Esto es “ser atacado por una gota con iniciativa”.

La gota hizo “plin” satisfecho.

Lucía levantó la cuchara con delicadeza.

—Señora gota… ¿podría…?

La gota brilló más fuerte, como si negara.

Don Bigotes se acercó a Lucía.

—Haz lo que haría un humano respetuoso: negocia.

Lucía respiró. Miró al gato, a la gota, al frasco que ya parecía un pequeño amanecer embotellado.

—Vale —dijo a la gota—. Si vienes conmigo, prometo no guardarte en un armario oscuro. Te pondré cerca de la ventana. Y cuando no te necesite, te devolveré al jardín. Sin dramas. Sin “ay, no me dejes”. Solo gracias.

La gota dudó. Luego se deslizó lentamente del bigote del gato a la cuchara y cayó en el frasco con un “clin” final, como un aplauso diminuto.

Don Bigotes sacudió el bigote, aliviado.

—Ya está. Siete. Ahora vámonos antes de que la señora Puri te pida que ilumines su pasillo.

—O antes de que mi bigote desarrolle afición —gruñó el gato.

Lucía apretó el frasco contra el pecho. La luz dentro latía, tranquila, como una canción suave.

Capítulo 5: La noche, la tentación y el respeto en práctica

Esa tarde, Lucía subió a su habitación y colocó el frasco en el alféizar. La luz del rocío se mezcló con la del atardecer y la habitación pareció más grande, como si las sombras se estiraran para escuchar.

Tomás entró sin llamar, porque los hermanos mayores creen que las puertas son sugerencias.

—¿Eso qué es? —preguntó, viendo el frasco.

—Mi rocío luminoso.

Tomás acercó la cara. Sus ojos reflejaron el brillo.

—Guau… Eso sí que mola. O sea… interesante.

—Se dice “mola” —corrigió Lucía.

—Se dice “mola”, sí —admitió él, derrotado por la evidencia—. ¿Puedo tocar?

Lucía se acordó de la abuela: “como una visita”. Y de Evaristo: “si una gota decide irse…”.

—Puedes mirar —dijo—. Tocar… con cuidado.

Tomás extendió un dedo. En cuanto lo acercó al cristal, una de las gotas hizo un “plin” nervioso y su luz titiló.

Tomás retiró el dedo como si el frasco mordiera.

—Uy. Perdón.

—No pasa nada —dijo Lucía—. Es tímido.

Tomás se sentó en la cama, raro en él.

—¿Para qué lo quieres de verdad?

Lucía miró el frasco.

—Para días feos. Para cuando alguien esté triste. Para cuando se vaya la luz. Para… recordar que hay cosas pequeñas que brillan sin hacer ruido.

Tomás se rascó la nuca.

—En el instituto hay días feos —dijo—. Podrías llevarlo y…

Lucía lo miró fijo.

—No. Si lo llevo para presumir, se apaga. Y además… no sería justo. La luz no es un trofeo.

Tomás levantó las manos.

—Vale, vale. Respeto. Entendido. —Sonrió de lado—. ¿Y si lo usamos para asustar a papá cuando vaya al baño de noche?

Lucía lo pensó. Era una idea tentadora. Muy tentadora. Casi tanto como comerse una galleta antes de cenar.

El frasco brilló suave, como esperando su decisión.

—No —dijo Lucía—. A papá le daría un infarto y luego habría que respetar su susto también.

Tomás soltó una risa.

—Eres demasiado buena para tener once años.

—Tengo once, no soy un gnomo —dijo Lucía.

—Los gnomos también pueden ser buenos.

—Los gnomos administrativos, no sé —murmuró Lucía, recordando a Evaristo.

Esa noche, cuando apagaron la luz, el frasco quedó como una luna pequeña al lado de la ventana. Lucía se durmió pensando en las gotas como invitadas diminutas, sentadas dentro del vidrio, contando historias de hojas y de amaneceres.

Pero a medianoche, un ruido la despertó: “cric”.

La cremallera de su mochila, la misma que siempre discutía, se había abierto sola.

Y de la mochila salió… el permiso provisional.

El papel caminó. Sí. Caminó, doblándose como una oruga de oficina, hasta el frasco.

Lucía se sentó en la cama, con el corazón dando saltitos.

—¿Qué haces?

El papel se pegó al frasco como si quisiera abrazarlo. Las letras se movieron. Apareció una frase nueva:

“REVISIÓN NOCTURNA. POSIBLE EXCESO DE ORGULLO.”

—¡¿Orgullo?! —susurró Lucía—. ¡Pero si lo estoy cuidando!

El frasco parpadeó. Una gota dentro hizo “plin” y su luz se fue hacia la etiqueta.

Lucía entendió. Había estado pensando en “mi” rocío demasiado.

Se levantó, abrió la ventana y dejó que entrara el aire frío de la noche.

—Vale —dijo, mirando el frasco—. No es “mío”. Es… prestado. Gracias por venir.

Las gotas brillaron más estable, como si suspiraran.

El papel-permiso se despegó y volvió a la mochila, satisfecho, como un guardia que ha comprobado que todo está en orden.

—Qué raro es crecer —murmuró Lucía, metiéndose de nuevo en la cama—. Hasta los papeles te vigilan.

Desde la oscuridad, una voz baja maulló desde el alféizar. Don Bigotes estaba allí, como si las ventanas fueran puertas para gatos con agenda.

—Los papeles siempre vigilan —dijo—. Por eso nadie los invita a fiestas.

—¿Viniste a comprobar mi orgullo?

—Vine a comprobar tu ventana —dijo el gato—. Olía a rocío. Y a tentación de bromas familiares.

Lucía se rió en silencio.

—No he gastado nada.

—Bien. Mañana al amanecer, tienes que devolver lo que sobre —dijo Don Bigotes—. Las gotas no son para coleccionar como cromos.

Lucía asintió.

—Lo sé. Me quedaré con el recuerdo. Y con… bueno, quizá una gotita, si se quiere quedar.

—Eso lo decide ella —dijo Don Bigotes, y saltó al suelo sin hacer ruido, como una idea buena.

Capítulo 6: Devolver la luz y la caricia del viento

El amanecer llegó con un cielo color melocotón y una brisa que olía a pan otra vez, como si el mundo insistiera en desayunar bien.

Lucía bajó al jardín con el frasco en las manos. Las gotas brillaban suaves, menos alborotadas, como si hubieran dormido también.

La abuela Mirta estaba regando una maceta que no parecía necesitar agua, pero las abuelas tienen sus propios acuerdos con las plantas.

—¿Cómo fue tu expedición? —preguntó, sin mirar, como si ya lo supiera.

—Con burocracia —dijo Lucía—. Y con sábanas valientes. Y con un gato que casi fue farola.

—Ah, una aventura completa —dijo la abuela—. ¿Y aprendiste algo?

Lucía miró el frasco.

—Que la luz se comparte. Y que decir “gracias” sirve incluso cuando hablas con hojas o con gotas.

La abuela asintió, orgullosa sin hacer ruido.

Lucía fue hasta la hierbabuena del jardín. Sus hojas estaban cubiertas de rocío normal, humilde, pero en cuanto Lucía destapó el frasco, el rocío luminoso dentro respondió como si reconociera a su familia.

“Clin…”

—Hola otra vez —susurró Lucía—. Gracias por el préstamo. Si queréis volver, aquí está vuestra casa.

Inclinó el frasco con cuidado. Una gota salió, luego otra. Cayeron sobre las hojas y el jardín se encendió un instante, como si la mañana se hubiera puesto un collar.

Detrás del seto, apareció Don Bigotes, fingiendo que solo pasaba por allí.

—Buen gesto —dijo.

—Me quedan… —Lucía miró dentro— una.

La séptima gota, la que había tenido iniciativa, brillaba en el fondo del frasco. No parecía tener prisa.

—Puedes irte también —dijo Lucía—. Si quieres.

La gota no se movió.

—¿Ves? —dijo Don Bigotes—. Las cosas prestadas, cuando se tratan bien, a veces deciden quedarse un rato. No por obligación. Por confianza.

Lucía sonrió.

—Entonces la pondré en la ventana cuando haya un día feo. Pero no para presumir.

—Para acompañar —corrigió la abuela.

—Para acompañar —repitió Lucía.

El viento sopló entre las hojas de hierbabuena. Hizo un sonido como un aplauso suave. Lucía cerró los ojos. Sintió el aire pasarle por la mejilla, ligero y fresco, como una mano invisible y amable.

Era una caricia del viento, tranquila, y en ella cabían todas las gotas que habían vuelto al mundo. Y también la que, por ahora, se quedaba con ella.

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Cremallera
Cinta con dientes que se cierra y abre para unir ropa o mochilas.
Rocío luminoso
Pequeñas gotas de agua que brillaban como si tuvieran luz propia.
Hierbabuena
Una planta aromática de hojas verdes que huele fresco y se usa en cocina.
Respeto
Tratar a otros con cuidado y sin hacerles daño o molestarlos.
Protocolo
Reglas o pasos que se siguen en un sistema o en una situación.
Ventanilla
Una pequeña ventana donde alguien atiende desde detrás de un cristal.
Duende administrativo
Ser mágico que trabaja en papeles y trámites en la historia.
Rejilla
Una parrilla de metal con huecos, que cubre o protege una abertura.
Redistribuyen
Repartir otra vez cosas que ya estaban en un lugar diferente.
Permiso provisional
Autorización temporal que se da por un tiempo limitado.
Burocracia
Conjunto de reglas y papeles que hay que completar en un trámite.
Intención
La idea o motivo que tienes antes de hacer algo.
Alféizar
Parte baja de una ventana donde se apoya algo o se colocan objetos.
Estornudó
Acción de expulsar aire y gotas por la nariz y la boca de pronto.

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