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Humor fantástico 11/12 años Lectura 22 min.

El jardín que roncaba y el duque del rocío

Lino, un gato tranquilo, junto a Brina la urraca, intenta despertar el Jardín de la Hondonada, adormecido por el Duque del Rocío, negociando con el Aire y las semillas para devolverle sonido y vida.

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Lino, un gato atigrado sereno y travieso de ojos verdes y pelaje rojizo y gris, sobre el borde de una fuente de piedra con una pata levantada y la cola en S; Brina, una urraca de plumaje blanco y negro con reflejos azules, posada en una rama de vid con un ala ligeramente abierta; el Duque del Rocío, una pequeña nube baja y translúcida con gotas de rocío colgando como perlas, flotando junto a una campanilla hecha de cáscaras de nuez; el Señor Aire, un torbellino diáfano que envuelve la campanilla trayendo una brisa suave; jardín cerrado y antiguo con fuente seca y sapo tallado, camino de grava pálida, banco de piedra con manta de lana, rosales y vid formando un arco; la brisa hace tintinear la campanilla, las hojas se estremecen, brotes emergen y las gotas de rocío brillan, atmósfera de suave despertar en colores cálidos de mañana (amarillo pálido, verde tierno, toques óxido y azul cielo), estilo pintura acrílica detallada con texturas visibles. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El jardín que roncaba

Lino, un gato atigrado de bigotes en forma de pregunta, caminó por el borde del seto como si fuera la cornisa de un teatro. Abajo estaba el Jardín de la Hondonada, famoso por dos cosas: sus rosales y su capacidad para dormirse en cualquier estación.

El jardín no solo estaba quieto. Estaba dormido. Dormido de verdad, con un silencio tan espeso que parecía una manta mal doblada. Las hojas no crujían. Las flores no se despeinaban. Hasta el espantapájaros —un maniquí de paja con sombrero torcido— parecía bostezar por dentro.

Lino no se alteró. Era el tipo de gato que, aunque le cayera una maceta en la cola, primero se preguntaría si la maceta se encontraba bien.

—Hoy te voy a despertar —le dijo al jardín, con voz tranquila—. Pero sin gritos. Sin dramas. Con elegancia.

A su lado, Brina, una urraca con ojos de canica brillante, aterrizó y lo miró como si Lino acabara de anunciar que pensaba enseñar modales a un tejón.

—¿Despertar un jardín? —chascó el pico—. ¿Y qué sigue? ¿Convencer a una piedra de que baile?

—Las piedras bailan —dijo Lino—. Solo que a un ritmo muy lento. Paciencia.

Brina batió las alas, inquieta.

—Yo tengo paciencia... durante treinta segundos.

Lino bajó al sendero de grava. La grava no sonó. Eso lo preocupó un poquito, lo justo para que una ceja se le moviera medio milímetro.

—Esto no es un sueño normal —murmuró.

Del suelo emergía un olor a tierra húmeda, como si el jardín estuviera respirando por la nariz y no quisiera que nadie lo notara. Lino apoyó una pata en un charquito. El agua no hizo ondas. Ni una. Era como tocar un espejo que finge ser agua.

—Ajá —dijo el gato—. Alguien ha puesto un “Encantamiento de Siesta”.

—¿Quién? —preguntó Brina, olisqueando el aire—. ¿Una bruja?

—Aquí no hay brujas —respondió Lino—. Solo vecinos con demasiada imaginación.

En una esquina del jardín, bajo una parra dormilona, había una campanilla de viento hecha con cáscaras de nuez. Lino la tocó con la punta de la cola. No sonó.

—Si la música se ha dormido, estamos ante un caso grave —declaró Brina—. Eso es casi ilegal.

Lino sonrió.

—Entonces empezaremos por lo básico. Una presentación educada. Los jardines, como los gatos, se despiertan mejor si les hablas bonito.

Se aclaró la garganta.

—Estimado Jardín de la Hondonada —dijo con solemnidad—, vengo en son de paz, hojas y pequeñas sorpresas. Por favor, despierte.

Nada.

Brina se inclinó hacia él.

—¿Y si le dices “¡despierta ya!”?

—Eso no sería zen —contestó Lino—. Y además, no funciona. Lo sé por experiencia con los caracoles.

De pronto, una voz minúscula, como de semilla con opinión, salió de la tierra junto a sus patas.

—Cinco minutitos más…

Lino parpadeó despacio.

—Perfecto. El jardín habla. Eso es un avance.

Capítulo 2: El comité de las semillas quejicas

Lino se agachó. Entre dos briznas de hierba inmóvil asomó una cabecita verde, del tamaño de una uña. Era una semilla germinada con cara de lunes.

—Hola —dijo Lino—. Soy Lino. Y hoy es un buen día para estar despierto.

—Hoy es un buen día para estar enterrado —refunfuñó la semilla—. Aquí abajo no hay viento que te despeine ni pájaros que te canten.

Brina resopló.

—Oye, yo canto bien.

—Tú graznas —dijo la semilla—. Con cariño.

Del suelo fueron asomando más puntitos verdes, como si el jardín sacara espectadores a ver si valía la pena levantarse. Algunas semillas bostezaban. Otras tenían legañas de tierra.

—¿Quién os puso el encantamiento? —preguntó Lino.

Las semillas se miraron unas a otras, como si fuera un secreto de familia.

—El Duque del Rocío —dijo una, con tono dramático.

Brina abrió las alas, impresionada.

—¿Un duque? ¡Qué elegante! ¿Lleva capa?

—Lleva… humedad —respondió otra semilla—. Y manda.

Lino frunció los bigotes.

—El rocío debería ser suave, no mandón.

—Pues este es de los que dicen “soy natural” y luego te pega la siesta encima —murmuró una tercera—. Nos dejó empapadas y nos susurró: “Quietecitas, que el mundo es agotador”.

Brina se inclinó hacia Lino.

—¿Y dónde está ese duque? Porque yo, si veo un título nobiliario, le pido autógrafo.

—No te distraigas —susurró Lino—. Primero, comprender. Luego, despertar.

Lino se sentó, muy recto, como un maestro que va a explicar una cosa importante, pero sin ponerse pesado.

—Escuchad. La naturaleza se respeta. Eso significa que no se la obliga a hacer trucos. Pero tampoco se la duerme por capricho. Un jardín necesita luz, aire, bichitos, risas… y un poco de desorden sano.

—¿Desorden? —preguntó una semilla, horrorizada—. ¿Como una hoja fuera de sitio?

—Como una mariposa que entra sin pedir permiso —dijo Lino—. Como una gota que cae donde quiere. La vida.

Las semillas tragaron tierra. Les gustaba la idea, aunque les daba miedo.

—Si nos despertamos, vendrán las babosas —dijo una.

—Y los escarabajos —añadió otra.

Brina levantó una pata como si jurara.

—Yo puedo negociar con los escarabajos. Tengo buena voz de “no te metas”.

Lino se levantó.

—Bien. Para romper un Encantamiento de Siesta, hace falta una cosa sencilla: un sonido verdadero. No un grito. Un sonido que pertenezca al jardín.

Miró alrededor. Todo estaba callado, como si alguien hubiera puesto un dedo sobre el mundo.

—Necesitamos la campanilla de nuez —dijo—. Y para eso, necesitamos viento.

Brina soltó una carcajada.

—¿Viento? ¿Quieres que sople yo?

—Puedes intentarlo —respondió Lino, imperturbable.

Brina infló el pecho y sopló con tanta energía que una pluma se le salió mal. La campanilla ni se inmutó.

—Vale —admitió, tosiendo—. No soy un huracán.

—Entonces iremos a buscar al único que puede traer viento aquí sin romper nada —dijo Lino—. El señor Aire.

Las semillas se encogieron.

—¿El Aire vive aquí?

—Vive en todas partes —dijo Lino—. Solo que hoy ha decidido no venir a trabajar.

Y Lino, con calma de gato que sabe dónde está cada rayo de sol, caminó hacia el centro del jardín, donde un banco de piedra dormía con la boca abierta de musgo.

Capítulo 3: La entrevista con el Señor Aire

En el centro había una fuente seca. Encima, una estatua de sapo sostenía una corona torcida, como si alguien se la hubiera prestado para una foto.

Lino se subió al borde de la fuente y cerró los ojos. Respiró despacio. Una vez. Dos veces. Tres. Brina lo imitó, aunque parecía que estaba intentando oler un chiste.

—Señor Aire —dijo Lino, con voz suave—. Si está disponible, agradeceríamos una brisita.

Nada.

Brina se inclinó.

—¿Y si le ofreces algo? A los señores les gustan las cosas.

Lino abrió un ojo.

—¿Qué le ofreces al aire? ¿Un paraguas? ¿Una cometa? ¿Un cumplido?

—Un cumplido —dijo Brina—. Los cumplidos vuelan.

Lino asintió. Se aclaró la garganta.

—Señor Aire, su trabajo es impecable. Nadie mueve hojas como usted. Es usted el rey de los flequillos despeinados.

Algo se movió. No una hoja. La sensación. Como si el silencio se riera por lo bajo.

Un remolino diminuto apareció en la fuente, levantando un poco de polvo, que luego volvió a colocarlo con delicadeza, como si fuera una persona ordenada.

—¿Quién me llama? —susurró una voz que parecía venir de todas partes.

Brina miró al cielo, a la tierra, a su propia ala, por si la voz se le había colado dentro.

Lino inclinó la cabeza.

—Soy Lino. Este jardín está dormido. Necesita una brisa para recordar cómo suena.

La voz suspiró.

—No puedo. Hoy tengo el día libre.

—¿Desde cuándo el aire tiene días libres? —saltó Brina.

El remolino se hizo un poco más grande, como si se ofendiera con educación.

—Desde que el Duque del Rocío puso un sello: “No molestar”. Y yo respeto los sellos. Me dan cosquillas.

Lino no perdió la serenidad. Se le notaba en la cola, que se movía despacio, como un metrónomo tranquilo.

—Respetar es bueno —dijo—. Pero también es bueno cuestionar. El jardín no pidió ese sello. Solo lo recibió.

El aire se quedó callado un instante. Luego murmuró:

—El rocío es muy convincente. Te cae encima y te dice: “Relájate”. Y tú… te relajas.

Brina chasqueó el pico.

—Eso no es convencer. Eso es empapar.

Lino sonrió.

—Señor Aire, solo le pedimos un favor pequeño. Una brisa mínima. Lo justo para que la campanilla de nuez recuerde su canción.

El remolino dio una vuelta, indeciso.

—Si lo hago, el Duque se enfadará.

—Que se enfade —dijo Brina—. Yo también me enfado y luego se me pasa con una uva.

Lino levantó una pata.

—No queremos pelea. Queremos despertar. El jardín merece decidir si duerme o crece. Eso es respeto.

El aire se ablandó, como cuando una nube se rinde y llueve.

—Está bien —susurró—. Pero haré una brisa tímida. Una brisa que parezca que no es brisa.

—Perfecto —dijo Lino—. Las mejores cosas del mundo parecen pequeñas.

La brisa salió de la fuente como un gato invisible: suave, sigilosa, elegante. Pasó por el sendero, rozó las hojas y, por primera vez en mucho rato, una hoja tembló.

Brina se emocionó tanto que se le erizó el plumaje.

—¡Ha temblado! ¡La hoja ha hecho “hola”!

La brisa llegó a la campanilla de nuez. Las cáscaras se tocaron y sonaron: clinc, clinc, como risitas de ardilla.

Las semillas bajo tierra se removieron, sorprendidas.

—¡Eso… eso es música! —dijo una, con voz temblorosa.

Pero entonces, desde la sombra de la parra, cayó una gota enorme, lenta, con la solemnidad de un juez.

Y una voz profunda, húmeda, dijo:

—¿Quién está rompiendo mi siesta?

Capítulo 4: El Duque del Rocío y el duelo de malentendidos

El Duque del Rocío no era un animal. Era un fenómeno con ego. Se veía como una nube bajita pegada al suelo, con gotas colgando como joyas. Cada vez que hablaba, todo olía a mañana fría.

—Yo —dijo Brina, señalándose con el ala—. Y también él. Y el aire. Y quizá una semilla con mal humor.

—Brina —murmuró Lino—, diplomacia.

—Perdón —dijo Brina, sin sonar arrepentida—. Yo diplomateo muy rápido.

El Duque se deslizó hacia la campanilla. Las gotas se juntaron, formando una especie de ceño fruncido.

—Este jardín estaba perfectamente dormido —declaró—. Ni una hoja fuera de lugar. Ni una hormiga opinando. Orden. Paz. Humedad. ¿Qué más se puede pedir?

—Vida —dijo Lino.

El Duque lo miró como si “vida” fuera una mancha en un mantel.

—La vida hace ruido.

—Y el ruido, a veces, es alegría —respondió Lino.

El Duque dejó caer una gota sobre la grava. La grava no sonó; solo se quedó más triste.

—Yo protejo este jardín —dijo el Duque—. Cuando todo se mueve, se gasta. Cuando crece, se rompe. Cuando florece, se marchita. ¿No es mejor quedarse quieto, bonito y nuevo para siempre?

Brina puso los ojos en blanco.

—Eso es como decir: “No comas nunca para no tener que lavar platos”.

Lino dio un paso adelante. Su voz seguía siendo tranquila, pero tenía un filo amable, como una hoja de hierba recién cortada.

—Proteger no es encerrar. Respetar la naturaleza es dejarla ser. El jardín no es un museo. Es un hogar para bichos, plantas y sueños despiertos.

El Duque resopló humedad.

—Yo solo quería evitar problemas.

—Los problemas también enseñan —dijo Lino—. Una planta aprende a doblarse con el viento. Un pájaro aprende a encontrar un gusano. Y un duque… aprende a no mandar tanto.

Brina soltó una risita.

—¡Zas! Eso ha sido un arañazo filosófico.

El Duque se hinchó, ofendido. La brisa, nerviosa, se escondió detrás de una piedra. La campanilla dejó de sonar, como si no quisiera meterse en líos.

—Haré un trato —dijo el Duque—. Si me ganáis en un duelo, retiro mi sello. Si perdéis, os quedáis quietos y… yo os doy una siesta de premio.

—¿Duelo de qué? —preguntó Brina—. ¿De mojarnos?

—De malentendidos —dijo el Duque, solemne—. El que confunda mejor al otro, gana.

Brina parpadeó.

—Eso… es rarísimo.

—Los duques son rarísimos —murmuró Lino—. Bien. Acepto.

El Duque sonrió con gotas.

—Empiezo yo. Lino, gato zen. Dices que respetas la naturaleza, pero has pedido viento. ¿No es eso controlar?

Lino no se apresuró. Miró una hormiga dormida junto a una piedra, como si consultara con ella.

—No pedí viento para mandar —respondió—. Pedí viento para invitar. El viento decide cómo sopla. Yo solo abrí la ventana.

El Duque parpadeó, confundido. Brina aplaudió con las alas.

—¡Punto para el gato!

El Duque frunció su ceño de nube.

—Mi turno —dijo Lino—. Duque, dices que proteges el jardín, pero lo has dejado sin canto, sin vuelo y sin cosquillas de sol. ¿Proteges al jardín… o proteges tu idea del jardín?

El Duque se quedó quieto. Una gota se le cayó al suelo, como si fuera una lágrima despistada.

—Yo… —dijo—. Quería que fuese perfecto.

—El jardín perfecto —dijo Lino— es el que cambia. El que se equivoca. El que tiene hojas mordidas. El que huele a tierra y a historia.

Brina añadió:

—Y el que tiene una urraca guapísima.

—Eso no era necesario —dijo Lino.

—Pero es cierto —dijo Brina.

El Duque hizo un ruido como “plop”, de orgullo pinchado.

—Vale —admitió—. Me he pasado con la siesta.

Las semillas, bajo tierra, murmuraron un “bien” muy bajito.

—Retiro el sello —dijo el Duque—. Pero con una condición.

Brina se puso tensa.

—¿Que no te llamemos “Duque”? Porque yo puedo llamarte “Charco con ínfulas”.

—Que lo despertéis con cuidado —dijo el Duque—. Nada de tormentas. Nada de prisas. Quiero… que me enseñéis a ser suave.

Lino asintió.

—Eso sí lo sé hacer.

Capítulo 5: El despertar a paso de gato

Lino se sentó en el sendero, como si fuera un director de orquesta que no necesita batuta. Brina se colocó en la rama más alta, lista para comentar todo, porque comentar es su deporte favorito. El Señor Aire asomó tímidamente. El Duque del Rocío se quedó a un lado, intentando no empapar a nadie con ansiedad.

—Primero, luz —dijo Lino.

No podía encender el sol, claro. Pero sí podía hacer algo igual de importante: despejar las hojas que tapaban a las más pequeñas. Con cuidado, empujó una rama caída para que dejara pasar un rayo.

El rayo tocó una flor cerrada. La flor se estremeció como si alguien le hubiera contado un secreto.

—¡Ey! —dijo la flor, con voz de pétalo—. ¿Quién ha encendido el día?

—Soy yo —dijo Brina—. De nada.

—No —dijo Lino—. Es el sol. Siempre hay que dar crédito al sol.

Brina se encogió.

—Vale, vale. Crédito al sol. Pero yo lo anuncié.

El aire sopló un poquito. La campanilla de nuez hizo clinc-clinc, más alegre. Una hoja se soltó y cayó girando, como un pequeño bailarín.

Las semillas empezaron a empujar hacia arriba. La tierra hizo un sonido suave, como una manta moviéndose. De pronto, una hormiga se desperezó.

—¿Ya es hora de trabajar? —gruñó.

—Es hora de vivir —dijo Lino.

La hormiga lo miró.

—Eso suena agotador.

—Solo al principio —dijo Lino—. Luego se vuelve costumbre.

Un escarabajo salió de debajo de una piedra, enfadado y con aspecto de llevar armadura.

—¡Protesto! ¡Me habían prometido silencio!

Brina bajó volando y se plantó delante, muy seria.

—Negociación —dijo—. Tú sigues haciendo tus cosas de escarabajo. El jardín hace sus cosas de jardín. Y nadie pisa a nadie. ¿Trato?

El escarabajo la miró. Miró a Lino. Miró al Duque del Rocío, que intentaba verse menos duque.

—Trato —dijo, y se fue rodando una bolita de tierra, que era su manera de decir “buenos días”.

El Duque se acercó a Lino, más pequeño, menos pesado.

—Siento haberlos dormido —murmuró—. Pensé que la calma era lo mismo que el silencio.

Lino movió la cola.

—La calma puede tener sonido —dijo—. Un sonido bajito. Como agua que corre. Como hojas que se saludan.

—Como una urraca que presume —añadió Brina.

—Exacto —dijo Lino, con una media sonrisa.

Poco a poco, el jardín recuperó sus ruidos: el crujido de una ramita, el zumbido de un insecto, el “achís” de una flor abriéndose de golpe por impaciencia. El espantapájaros pareció erguirse un poco, como si, sin saber por qué, le hubiera vuelto el ánimo.

En el suelo, un brote nuevo asomó con cara de susto.

—¿Ya está? —preguntó.

—Ya está —dijo Lino—. Y ahora, a crecer con respeto. Si necesitas agua, la pides. Si necesitas sombra, la buscas. Y si necesitas dormir, que sea porque estás cansado de ser tú, no porque alguien te puso un sello.

El brote asintió, muy serio.

—Entendido.

Brina lo miró.

—Este brote habla mejor que muchos adultos… digo, que muchos búhos.

Lino se estiró. El día se había vuelto tibio. El jardín ya no parecía una habitación cerrada, sino un patio lleno de posibilidades.

—Misión cumplida —dijo Brina—. ¿Ahora qué?

Lino miró una esquina donde había una mantita doblada sobre un banco de piedra. Era una cobertura sencilla, de lana, con olor a tarde.

—Ahora —dijo—, ponemos el final en su sitio.

Capítulo 6: La cobertura posada

El aire sopló lo justo para que la mantita se desplegara un poco. No era magia espectacular. Era esa clase de magia cotidiana que sucede cuando alguien hace algo pequeño en el momento adecuado.

Lino saltó al banco y, con dos movimientos precisos de patas, acomodó la cobertura. La alisó como si fuera una nube domesticada. Brina ayudó… más o menos: tiró de una esquina y casi se cae.

—¡Estoy colaborando! —dijo, indignada.

—Sí —respondió Lino—. Colaboras con entusiasmo. La precisión viene después. O no viene nunca. Pero el entusiasmo está bien.

El Duque del Rocío se acercó, humilde.

—¿Puedo… quedarme un rato? Sin sellos. Solo… siendo rocío.

—Claro —dijo Lino—. Pero nada de empapar a las flores abiertas.

—Prometido —dijo el Duque, y sus gotas brillaron más ligero, como si se hubiera quitado una armadura invisible.

Las semillas, ya brotes, se mecían con la brisa. El escarabajo rodaba su bolita con orgullo. La hormiga trabajaba, refunfuñando menos de lo habitual. La campanilla de nuez sonaba como risas pequeñas.

Brina se posó en el respaldo del banco.

—Lino, admito que ha sido bonito —dijo—. Y un poco raro. No hemos usado ni una sola explosión.

—Las explosiones despiertan —dijo Lino—, pero también asustan. Hoy queríamos un despertar que invitara.

Brina se quedó pensativa, lo cual en una urraca dura tres segundos.

—Entonces… ¿esto es respetar la naturaleza?

—Es escucharla —dijo Lino—. Y hablarle sin gritarle. Y aceptar que a veces te responde con una hoja en la cara.

Como para demostrarlo, una hoja cayó suavemente sobre la cabeza de Brina.

Brina se quedó quieta. Luego miró al cielo, fingiendo sospecha.

—¿Ha sido el Duque?

—No —dijo el Duque—. Yo hoy soy inocente como una gotita.

Brina se quitó la hoja con dignidad.

—Vale. Pero que conste que el jardín tiene sentido del humor.

Lino se tumbó sobre la cobertura. La lana estaba tibia, como una tarde bien contada. Cerró los ojos, no para dormirse del todo, sino para descansar con el jardín despierto.

El Señor Aire pasó una última vez y susurró:

—Gracias por abrir la ventana.

—Cuando quieras —murmuró Lino.

El Jardín de la Hondonada respiró, lleno de sonidos suaves. Y la cobertura quedó posada, tranquila, como un punto final que no pesa.

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Cornisa
Borde estrecho de una pared o tejado donde alguien puede caminar o sentarse.
Seto
Fila de arbustos plantados juntos para separar o rodear un jardín.
Espantapájaros
Figura en el campo hecha con ropa y paja para ahuyentar a los pájaros.
Manta
Tela grande y suave que sirve para abrigarse o cubrir algo.
Encantamiento de Siesta
Hechizo que hace caer en sueño largo y tranquilo a un lugar o persona.
Semilla
Parte pequeña de una planta que puede crecer y convertirse en otra planta.
Germinada
Que una semilla ha empezado a crecer y muestra un brote verde.
Imperturbable
Que no se altera ni se preocupa, permanece tranquilo ante todo.
Diplomacia
Manera cuidadosa y amable de hablar para resolver problemas o discutir.
Remolino
Movimiento circular del aire o del agua que gira en torno a un punto.
Brisa
Viento suave y agradable que mueve las hojas sin hacer ruido fuerte.
Rocío
Pequeñas gotas de agua que aparecen en las plantas por la mañana.
Campanilla de viento
Objeto que suena cuando lo mueve el viento, hecho de piezas colgantes.
Sello
Marca o señal que se pone para confirmar una decisión o impedir algo.

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