Parte 1. La estatua dormida de Carlota
Carlota es una niña de cuatro años que tiene mucha, muchísima imaginación. Cada noche, justo cuando el sol se esconde detrás de los árboles, Carlota se pone su pijama amarillo de rayas. Mamá le dice:
—Es hora de dormir, Carlota.
Pero Carlota tiene un juego especial. Se acuesta en la cama, cierra muy fuerte los ojos y pone los brazos rectos, tiesos como palitos. Así, bien quieta, Carlota finge ser… ¡una estatua dormida!
Papá entra a la habitación. Ve a Carlota con la boca cerradita y los pies juntos como soldados. Papá sonríe y pregunta:
—¿Dónde está mi Carlota? ¿Aquí solo hay una estatua?
Carlota no responde. Ni se mueve. Ni un dedito. ¿Podrá papá atrapar a la estatua?
Papá hace cosquillas suaves en el pie de Carlota.
—¡Uy! ¡Un pie de piedra! ¿O es un pie de Carlota?
Carlota lucha por no reír. Pero una risita pequeñita le sale por la nariz:
—Pfff…
Papá ríe, la besa en la frente y susurra:
—Sigue intentándolo, pequeña estatua.
Parte 2. Las visitas de la noche
La habitación se llena de risas suaves. Mamá vuelve con un vaso de agua.
—¿Por qué hay una estatua en mi cama?
Carlota no dice nada. Ni un sonido. Ni una pestaña.
—Seguro que es una estatua muy dormilona —dice mamá, y le acaricia el pelo.
Su gatito, Pelusa, salta a la cama. Miau, miau. Pelusa huele la mejilla de Carlota.
—¿Es esto una estatua de Carlota? —murmura Pelusa, muy bajito.
Carlota sigue sin moverse. Quiere ganar. Quiere ser la mejor estatua dormida.
Pelusa le lame la mano, pero Carlota no se ríe, no mira, no mueve ni un dedo.
Pelusa se acurruca cerca, ronroneando.
De pronto, Carlota siente una cosquilla en la nariz. Es una pluma de su propio cojín.
—¡Aaaachís!
¡Oh! La estatua ha estornudado.
Mamá y papá aplauden y Pelusa da vueltas de alegría.
—¡Qué buena estatua eres, Carlota! —dice mamá.
Papá pregunta:
—¿Intentamos otra vez?
Carlota asiente, con los ojos grandes y brillantes.
—¡Sí! ¡Ahora seré una estatua aún más dormida!
Parte 3. El premio estrellado
Carlota se tumba otra vez, más tiesa que nunca.
Mamá y papá se sientan a su lado.
—Esta vez, la estatua recibirá un premio —susurra papá.
Carlota imagina el premio. ¿Será un abrazo? ¿Una caricia? ¿Un beso en la frente?
La habitación está tranquila. Muy tranquila.
Sólo se oye el ronroneo de Pelusa como música suave.
Carlota respira despacio. Se siente ligera, como una nube.
Siente el calor de mamá y papá.
Siente a Pelusa pegadito a sus pies.
Papá pone la mano en su cabeza.
—Te regalo una estrella —dice muy bajito.
Carlota sonríe un poquito, con los ojos cerrados.
Papá añade:
—Esta estrella brilla solo en los sueños de las estatuas dormidas que nunca se rinden.
Carlota piensa en la estrella. Piensa en el esfuerzo de ser estatua. Piensa que puede intentarlo siempre, aunque le entre risa o cosquillas.
Siente una estrella dorada pegada en su frente, suave y brillante, calentita como el sol.
Mamá le susurra al oído:
—Eres la estatua más dormida y valiente del mundo.
Carlota sigue muy quieta. Se siente feliz. Se siente tranquila.
Ya no sabe si es una estatua de Carlota o una Carlota de estatua.
Pero sabe que ha ganado su premio de estrella. Y, por fin, el sueño suave llega, despacito, mientras la habitación se llena de silencio y palabras de amor.
Y la estrella, en su frente, brilla y la acompaña toda la noche.