Parte 1: La idea que hacía “¡plop!”
En el cuaderno de tapas verdes de Nico, cada página olía a lápiz y a merienda. Nico era un joven inventor muy leal: si prometía ayudar, ayudaba; si prometía arreglar algo, lo intentaba hasta que saliera… o hasta que saliera humo de risa.
Aquella mañana, en la cocina casi realista de su casa (con tostadora, imán de nevera y una planta que siempre miraba de lado), Nico escribió:
“IDEA NUEVA: Máquina de Transmisión de Risas. Para mandar una carcajada a quien la necesite, sin cables, sin gritos y sin hacer cosquillas.”
—A la abuela le vendría bien cuando se le cae la madeja —dijo, pensando en su abuela Lola, que vivía al otro lado del barrio.
Y también pensó en su vecino, el señor Rufino, que a veces estaba serio como una galleta sin chocolate.
Nico dibujó un aparato con forma de sombrero de olla. Tenía antenas como bigotes y un botón rojo que decía “JE-JE”. Debajo, una nota: “Cuidado: no apretar durante la sopa”.
Reunió materiales: un colador, un embudo, una campanilla, dos pinzas de tender, una pelota saltarina y una cucharita que siempre se escondía. Su gato, Nube, miró todo con ojos de “yo no he sido”.
—Nube, hoy vamos a transmitir alegría —anunció Nico.
Nube bostezó. Sonó como “miau… quizá”.
Parte 2: El primer ensayo (y la risa fugitiva)
En el patio, Nico montó la máquina sobre una caja. Pegó el colador al embudo, sujetó la campanilla con las pinzas, y ató la pelota saltarina a una cuerda. Parecía una ensalada de objetos con ganas de bailar.
—Necesito una risa de prueba —dijo Nico.
Probó con una risa pequeña: “ji”. La metió por el embudo como si fuera una canica invisible.
Apretó el botón rojo.
La campanilla hizo “tin”, la pelota saltarina dio un salto y… del colador salió un sonido raro:
—¡JIIII… PLOP!
En vez de salir una risa, salió una pompa. Una pompa grandota, brillante, con una risa dentro dando vueltas como pez en pecera.
—Oh no. ¡La risa se ha escapado en una burbuja! —Nico corrió detrás.
La pompa flotó por el patio, pasó rozando la planta que miraba de lado y la planta, por primera vez, pareció sonreír. La pompa siguió, subió por el aire y se metió por la ventana abierta del señor Rufino.
Nico se quedó quieto, con el dedo aún en el botón.
—Esto… no estaba en el dibujo.
De repente, desde la casa del señor Rufino se oyó un “¡JA!” fuerte, y luego otro “¡JA JA!”. Y después, un ruido de silla moviéndose deprisa.
El señor Rufino apareció en su balcón, con el pelo un poco alborotado y una cara sorprendida.
—¡Joven Nico! —gritó, sin dejar de reír—. ¡Se me ha metido un hipo de alegría! ¡Mire, hasta mis calcetines parecen graciosos!
Nico levantó la mano, tímido.
—Ejem… disculpe. Estoy… probando.
El señor Rufino se secó una lágrima de risa.
—¡No se disculpe! —dijo—. Me hacía falta.
Nico sonrió, pero anotó en su cuaderno: “Problema: la risa se convierte en pompa fugaz. Solución: simplificar.”
Parte 3: Simplificar, simplificar… y un “ja” bien enviado
Nico miró su invento. Tenía demasiadas piezas y demasiadas ganas de hacer “tin”. Se rascó la cabeza.
—Cuando algo se complica, lo mejor es hacerlo más simple —se dijo, como si se lo enseñara a su yo del futuro.
Quitó el colador, el embudo, las pinzas y hasta la pelota saltarina, que parecía ofendida por no poder saltar.
Al final, dejó solo tres cosas: una cajita de galletas vacía, la campanilla y un tubo de cartón de papel de cocina.
—Esto será mi Transmisor de Risas Sencillísimo —anunció.
Nube se acercó y metió la pata en la caja.
—Gracias por tu opinión técnica —dijo Nico, riéndose.
Nico escribió en el cuaderno:
“Paso 1: Piensa en alguien.
Paso 2: Ríe suave.
Paso 3: Toca la campanilla y sopla por el tubo.”
Primero pensó en la abuela Lola, con su madeja que siempre se enreda como serpiente juguetona. Luego hizo una risa clara, de las que empiezan en la barriga y terminan en la nariz:
—¡Je, je, je!
Tocó la campanilla: “tin”. Sopló por el tubo: “fuuuu”.
No hubo pompas. No hubo “plop”. Solo un airecito tibio que olía un poco a galleta.
En ese instante, el teléfono sonó. Nico contestó.
—¿Nico? —era la abuela Lola—. Acaba de pasar algo rarísimo… Estaba peleándome con la madeja, y de pronto me entró una risa. ¡Y la madeja se desenredó sola! Bueno, no sola… yo me reí tanto que dejé de tironear. ¡Y zas! Todo más fácil.
Nico apretó el cuaderno contra el pecho.
—Abuela… creo que te envié un “je”.
—Pues envíame otro cuando puedas —dijo ella—. Y gracias, cielo.
Nico colgó con una sensación calentita. Miró a Nube.
—¿Ves? Transmitir no es solo mandar cosas por el aire. Es pasar algo bueno de uno a otro.
Nube ronroneó, como diciendo: “Transmito si hay premio”.
Parte 4: La noche se guarda en un bolsillo
Esa tarde, Nico se sentó en su cama con el cuaderno abierto. Dibujó su nuevo invento: una caja, una campanilla y un tubo. Al lado escribió:
“Hoy aprendí: menos piezas, más corazón. La risa viaja mejor cuando no la encierras.”
Dejó la campanilla en la mesita. Se oía el barrio por la ventana: una bici, un perro, alguien diciendo “¡hasta mañana!”. Todo era casi real, pero Nico sabía que la creatividad podía hacer cosquillas a la realidad sin romperla.
Antes de dormir, Nico imaginó que su cajita de galletas era un bolsillo gigante del cielo. Dentro guardaba risas pequeñas para repartir al día siguiente: una para el señor Rufino, otra para la abuela Lola, otra para quien se le cayera un helado.
Nube se acurrucó a sus pies, calentito como una nube de verdad.
—Mañana transmitimos más —susurró Nico.
Cerró los ojos. En su sueño, la campanilla sonaba bajito, “tin… tin…”, como un cuento que arrulla. Las risas viajaban suaves, sin pompas traviesas, y caían en las casas como mantas de colores. Nico caminaba por una calle tranquila, con su cuaderno bajo el brazo, y cada vez que alguien sonreía, una estrella se encendía despacio.
Y así, con el barrio iluminado por risas transmitidas y un silencio amable, Nico durmió feliz.