Parte 1: La idea más… ¿para qué?
Lola era una joven inventora muy sensata. Le gustaban las cosas que servían: una cuchara que no se caía, un paraguas que no se daba la vuelta, una caja para guardar calcetines perdidos (aunque siempre había uno que se escapaba, como si tuviera patas).
Pero aquella mañana, mientras tomaba leche con cacao y miraba una tostada con cara de “hoy no me apetece”, a Lola se le ocurrió una idea brillante… y completamente inútil.
En su cuaderno de inventora, el de tapa verde con pegatinas torcidas, escribió con letra grande:
“INVENTO: LA MÁQUINA DE HACER COSQUILLAS A LAS NUBES”.
Lola se quedó mirándolo, muy seria, como si fuera un plan importantísimo para salvar el mundo.
—No sirve para nada —se dijo—. ¡Perfecto!
En su taller casi real (porque estaba en el garaje de su casa, al lado de una bici vieja y una caja con pelotas), empezó a dibujar. La máquina tendría un brazo largo, larguísimo, con una pluma en la punta. Y un visor para apuntar al cielo. Y un botón rojo que dijera “COSQUILLA”.
Su vecina, la señora Puri, pasó por la puerta y miró el dibujo.
—¿Eso qué es, Lola?
—Una máquina para hacer cosquillas a las nubes.
La señora Puri parpadeó dos veces, como si se le hubiera metido una idea en el ojo.
—¿Y para qué?
—Para que se rían un poco —respondió Lola—. Las nubes siempre están tan serias.
La señora Puri soltó una risita.
—Pues mira, a mí me parece una idea muy… nubosa.
Lola apuntó en el cuaderno: “La señora Puri aprueba lo nuboso”.
Se puso manos a la obra. Usó un palo de escoba, un tubo de cartón, cinta adhesiva que se pegaba más a los dedos que a las cosas, y una pluma de almohada que encontró detrás de un cojín.
El primer mini-problema llegó rápido: el brazo largo se doblaba como espagueti cocido.
Lola lo reforzó con más tubos. Luego con palitos. Luego con una regla que ya no pudo usar para medir, porque ahora medía nubes.
Y cuando por fin la máquina se quedó quieta, Lola apretó el botón rojo. La pluma salió disparada y le hizo cosquillas… a su propia nariz.
—¡Achís! —estornudó ella.
En su cuaderno escribió: “La máquina hace cosquillas, sí. A veces a quien no toca”.
Eso le pareció muy prometedor.
Parte 2: Prueba oficial en el parque
Lola decidió que su invento merecía una prueba importante. Se fue al parque con la máquina montada sobre un carrito de la compra (sin compra, solo invento). El carrito chirriaba como un ratón con botas.
El cielo estaba lleno de nubes: una parecía un perro, otra parecía una patata y otra parecía claramente el tío de alguien, con bigote.
En el parque estaban Hugo, que llevaba gafas con cinta, y Mía, que tenía una coleta tan alta que parecía un signo de exclamación. También estaba Tomás, que hablaba poquito, pero sonreía mucho, y el perro de Tomás, que no hablaba nada y babeaba un montón.
—¿Qué traes, Lola? —preguntó Mía.
—Una máquina para hacer cosquillas a las nubes —dijo Lola, muy seria, como si fuera una científica de nube.
Hugo se acercó y miró el botón rojo.
—¿Puedo tocarlo?
—Solo si tienes la nariz preparada —respondió Lola.
Todos rieron, menos el perro, que solo dijo “guau” con una baba elegante.
Lola apuntó el visor al cielo. Quería hacerle cosquillas a la nube-perro.
Apretó el botón.
El brazo largo se estiró. La pluma subió, subió, subió… y de pronto se quedó colgando, como si la nube la hubiera agarrado.
—¡Oh! —dijo Lola—. Creo que la nube me ha devuelto la cosquilla.
La pluma empezó a bajar sola, muy despacio, como un ascensor de plumas. Y cuando llegó abajo… ¡le hizo cosquillas a Hugo en la oreja!
Hugo se retorció de risa, como una gelatina feliz.
—¡Para, para! —decía entre carcajadas—. ¡Me hace cosquillas el aire!
Mía quiso probar. Lola le dejó el visor.
Mía apuntó a otra nube, la de forma de patata.
Apretó el botón con mucha emoción.
La pluma salió, pero el brazo se soltó de una cinta y la pluma cayó… ¡dentro de un cubo de arena! La arena voló como una nube pequeñita y todos acabaron con nariz de payaso, pero de arena.
Tomás, que hablaba poquito, dijo una frase muy importante:
—Parecemos galletas.
Y era verdad: todos tenían puntitos de arena en la cara, como si fueran galletas gigantes.
Lola, con arena hasta en las cejas, no se enfadó. Solo sacudió la máquina, tosió un poquito, y escribió en su cuaderno:
“Nota: la nube-patata prefiere cosquillas de arena”.
Entonces apareció una niña nueva en el parque. Se llamaba Sara. Tenía una chaqueta amarilla brillante y llevaba tapones en los oídos, de color azul, como caramelos.
Sara se quedó mirando desde lejos. No se acercaba. Su cara decía: “Me da curiosidad… pero también me da miedo el ruido y el lío”.
Lola la vio. Se limpió la arena y caminó despacito hasta ella, sin arrastrar el carrito para no chirriar.
—Hola —dijo Lola—. Esta máquina es muy tonta. A veces hace cosquillas a las nubes y a veces a las orejas. ¿Quieres mirarla sin tocar?
Sara asintió, muy suave.
Lola le enseñó el botón rojo, pero no lo apretó.
—Si quieres, podemos inventar una forma tranquila —dijo Lola—. Una forma “modo bajito”.
Sara sonrió un poquito.
—Me gusta el modo bajito —susurró.
Y a Lola se le encendió otra idea en la cabeza, como una bombilla que no grita, solo brilla.
Parte 3: El “modo noche” y las cosquillas silenciosas
De vuelta al taller, Lola decidió mejorar su invento. En el cuaderno escribió, con un dibujo de luna sonriente:
“ACTUALIZACIÓN: MODO NOCHE”.
El modo noche sería para cuando el mundo quería estar más tranquilo: menos ruido, menos sorpresa, más cuidado. Lola puso un interruptor con una pegatina de estrella que decía “NOCHE”.
También cambió el botón rojo por uno blandito, de goma, que hacía “puf” en vez de “clic”.
Y para que el carrito no chirriara, le puso calcetines viejos a las ruedas. Quedó rarísimo, como un carrito con pies, pero caminaba en silencio.
Al día siguiente, volvieron al parque, pero al atardecer, cuando el cielo se pintaba de naranja y las nubes parecían algodón tostado.
Sara estaba allí, con su chaqueta amarilla y sus tapones azules. Hugo y Mía también, y Tomás con su perro-baba.
Lola anunció:
—Hoy probamos el modo noche. Es para nubes y para personas. Para quien quiera cosquillas fuertes… y para quien quiera cosquillas suaves.
Hugo levantó la mano.
—Yo soy de cosquillas fuertes.
Mía dijo:
—Yo a veces fuertes y a veces suaves. Depende del día.
Tomás sonrió y no dijo nada, pero su cara decía: “Yo soy de cosquillas de galleta”.
Sara miró a Lola y dijo bajito:
—Yo soy de cosquillas suaves.
—Perfecto —respondió Lola—. En mi invento caben todas las cosquillas.
Lola puso el interruptor en “NOCHE”. La máquina encendió una lucecita violeta muy pequeña, como un luciérnaga tímida.
Apuntaron a una nube que parecía un sombrero.
Lola apretó el botón “puf”.
La pluma subió despacio, como si subiera por una escalera de aire. No hubo golpes, ni chirridos, ni arena voladora. Solo silencio y un “puf” contento.
Y entonces pasó algo precioso: la nube-sombrero cambió un poquito de forma, como si se estuviera riendo por dentro. Se estiró, se encogió y, por un momento, pareció que saludaba.
—Creo que se ha reído —susurró Mía.
El perro de Tomás ladró una vez, muy educado, y luego se sentó.
Sara se acercó un paso más, sin prisa.
—Me gusta así —dijo.
Lola sintió calorcito en el pecho, como cuando te ponen una manta.
Hugo, que era de cosquillas fuertes, dijo:
—¿Y si quiero más?
Lola pensó un segundo. Luego giró el interruptor a “DÍA”, pero solo un poquito, como si fuera una perilla imaginaria.
—Podemos hacer “tarde” —dijo—. Ni muy fuerte ni muy suave.
Y así hicieron: a veces modo noche, a veces modo tarde, a veces modo día. Y nadie se rió de nadie por preferir una cosa u otra. Porque en el parque, ese día, aprendieron que cada persona es diferente, y que eso no es un problema: es una colección.
Lola escribió en su cuaderno:
“Regla importante: respetar cómo se siente cada uno. Incluso las nubes”.
Parte 4: Un final con chapeau
Cuando el sol casi se escondía, la nube-sombrero se quedó justo encima de ellos, como si quisiera participar.
Lola miró su invento inútil e increíble. Había empezado como una tontería para hacer reír a las nubes, y ahora era una tontería que también cuidaba a la gente.
—Gracias por ayudarme —dijo Lola, mirando a sus amigos—. Mi máquina es rara, pero… vosotros la habéis hecho mejor.
Sara tocó el carrito con un dedo.
—No da miedo —dijo—. Es… amable.
Hugo asintió.
—Y sigue siendo divertida.
Mía señaló el cielo.
—Mira, Lola. Esa nube parece… un sombrero de verdad.
Era cierto. La nube se puso justo encima de la cabeza de Lola, como si se lo probara. En ese momento, una brisita levantó la gorra de Lola (porque Lola llevaba una gorra vieja para que no se le manchara el pelo en el taller).
La gorra subió un poquito, dio una vuelta y… ¡plop! Cayó suave en el aire, como saludando.
Lola la atrapó con las dos manos. Se la puso con cuidado, se quedó muy recta, y levantó el borde de la gorra hacia sus amigos, como había visto en películas antiguas.
—Chapeau —dijo, con voz de inventora elegante.
Todos rieron, incluso Sara, con una risa pequeña pero luminosa. Tomás levantó la mano como si levantara un sombrero invisible. El perro intentó hacer lo mismo con la oreja, pero solo consiguió babear más.
Lola miró su cuaderno, el cielo, y a sus amigos tan distintos. Pensó que su invento no arreglaba calcetines perdidos ni apagaba la lluvia, pero había hecho algo importante: había encontrado una forma de jugar juntos, respetando cómo era cada quien.
Y mientras la nube-sombrero se deshacía lentamente en el atardecer, como una risa que se va quedando suave, Lola apuntó su última nota del día:
“Conclusión: lo inútil puede ser maravilloso si hace sitio para todos”.