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Cuento divertido del reino encantado 7/8 años Lectura 17 min.

La gran puerta de las cosquillas y las palabras burbuja

En el Reino de Brillalinda, el príncipe Lino y una puerta traviesa intentan recibir con amabilidad a unos visitantes mientras manejan risas y pequeños enredos mágicos; juntos aprenden a resolver las sorpresas sin perder la calma.

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Príncipe Lino, chico de ~12 años, sonriente y sereno con capa azul y pequeño sombrero con pluma roja, agita un gran pañuelo blanco estrellado frente a La Puerta antropomórfica, una gruesa puerta dorada de madera con clavos brillantes y dos aldabas como ojos, boca traviesa y mejillas sonrosadas, semiabierta y con diminutas chispas mágicas en las bisagras; a la izquierda, la niña exploradora de ~8 años con coletas y botas amarillo limón sostiene un mapa plegado, maravillada; a la derecha, el mago aprendiz de ~14 años con túnica violeta algo arrugada sostiene una varita-conejo, tímido pero concentrado; detrás de la niña, dos duquesas gemelas de ~30 años con moños rosas y vestidos iguales ríen discretamente sujetando abanicos florales; la Gran Puerta se abre a una avenida empedrada con losas que cambian de imagen, árboles que se inclinan ligeramente, guirnaldas de flores cantantes y faroles cálidos en forma de taza; escena principal: bienvenida tierna y animada — el príncipe calma la magia cosquillosa de la puerta, pequeñas burbujas de palabras translúcidas con letras coloreadas flotan, risas contenidas y atmósfera alegre, paleta pastel con toques dorados y contrastes vivos en los trajes; estilo manga, trazos suaves, expresiones exageradas y adorables, texturas de madera detalladas y reflejos brillantes en clavos y pluma. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La puerta que hacía cosquillas

Érase una vez el Reino de Brillalinda, donde las nubes tenían forma de bizcocho y los árboles practicaban reverencias cuando pasaba alguien con prisa. Allí vivía el príncipe Lino, un príncipe de sonrisa rápida y ojos atentos, tan listo que podía encontrar una aguja en un pajar… siempre que la aguja estuviera saludando con un pañuelo.

Lino tenía un trabajo muy especial: era el Encargado de Dar la Bienvenida a los Primeros Llegados. ¿Primeros llegados a qué? A todo. Al primer cartero de la mañana, al primer estornudo del día (sí, Brillalinda era así), a la primera mariposa que se atrevía a entrar en la ciudad, y a cualquier visitante que se asomara por la Gran Puerta de la Muralla.

La Gran Puerta no era una puerta cualquiera. Era alta, brillante, y un poco traviesa. Tenía dos aldabas como orejas y, cuando estaba contenta, hacía un sonido como de cucharas chocando dentro de una taza. Cuando estaba nerviosa, le daba por… hacer cosquillas.

Aquel día, Lino llegó a la puerta con su capa bien peinada (porque en Brillalinda hasta las capas se peinaban) y su sombrero de príncipe con una pluma que se creía palmera.

—Buenos días, Puerta— dijo Lino, con voz amable, como si hablase con una abuela que hornea galletas.

La Puerta, que era muy orgullosa, abrió un poquito y dejó salir una risita: “¡Ja!”

Lino la conocía. Sabía que cuando soltaba ese “ja” era que tenía ganas de bromas.

En el camino de ronda, los guardias bostezaban con educación. En Brillalinda, hasta los bostezos pedían permiso. Y justo entonces, apareció el primer visitante del día: un caracol mensajero que llevaba una mochila diminuta y un bigote pintado con tinta.

El caracol se acercó muy serio, levantando el cuello como una jirafa en miniatura.

—Traigo una carta importantísima— anunció, aunque su voz sonó como si estuviera soplando una vela.

Lino aplaudió una vez, contento.

—¡Bienvenido, señor Caracol! Eres el primero en llegar con bigote dibujado. Eso merece un saludo doble.

Lino se inclinó y el caracol intentó inclinarse también, pero casi se cayó de su propia concha. La Puerta se emocionó tanto que se le escapó un “¡ji, ji, ji!” y, sin querer, soltó una ráfaga de magia de cosquillas.

De pronto, el caracol empezó a reírse. No una risa pequeña: una risa enorme, como si dentro de su concha hubiera un montón de cascabeles. La mochila le saltaba, el bigote se le movía, y la carta… la carta empezó a temblar.

—¡Jejeje! ¡No puedo… jejeje… parar!— intentó decir el caracol.

Lino se acercó rápido, sin asustarse. En Brillalinda, la magia era como una cometa: si se enredaba, se desenredaba con paciencia.

—Tranquilo— murmuró, dando palmaditas suaves en el aire, como si calmara una sopa—. Puerta, no lo hagas con los recién llegados. Se te olvida que algunos son muy cosquillosos.

La Puerta hizo un ruido de bisagra apenada, como “clonc… clonc…”, y aflojó la magia. El caracol respiró, se secó una lágrima de risa y entregó la carta.

Lino la leyó. Decía: “Aviso: hoy llegan invitados nuevos por la mañana. Por favor, bienvenida extra. P.D.: no se aceptan cosquillas sin permiso.”

Lino sonrió.

—Bien, Puerta. Hoy tenemos misión: dar una bienvenida extra… sin que se nos escape la risa demasiado pronto.

La Puerta abrió un poco más, como si prometiera portarse bien. Pero Lino vio, en el brillo de sus clavos dorados, que la travesura estaba preparando la maleta.

Capítulo 2: Los primeros llegados y el sombrero fugitivo

No tardaron en aparecer más visitantes. Primero llegó una señora hada con gafas enormes que se empañaban cada vez que decía “¡oh!”. Después, un par de duendes que venían cargando una caja de mermelada que cantaba “la-la-la” con voz pegajosa. Y al final, un joven mago aprendiz que traía un mapa al revés y un paraguas que se abría solo para saludar.

Lino los recibió a todos con su mejor sonrisa y su mejor “bienvenidos”, que era tan cálido como una manta recién salida del sol.

—Bienvenidos a Brillalinda, donde las sorpresas son pequeñas y las risas se recogen con escoba— dijo, porque esa frase siempre hacía que la gente se sintiera segura.

El mago aprendiz miró la Puerta con desconfianza.

—Dicen que esta puerta… hace cosquillas— susurró.

La Puerta hizo “¡eh!” como quien dice: “yo no, yo jamás, yo soy muy formal”. Pero justo en ese momento, el sombrero de Lino decidió escaparse.

No era un sombrero normal. Era un sombrero con mucha personalidad. Tanto que, si se aburría, saltaba y salía corriendo con la pluma balanceándose como si fuera cola de cometa.

—¡Eh! ¡Vuelve aquí!— dijo Lino, aunque lo dijo riéndose, porque perseguir un sombrero era una de las cosas menos peligrosas del reino.

El sombrero saltó del muro al suelo con un “¡pof!” y echó a correr hacia la Puerta. La Puerta, al verlo, se emocionó: le encantaban las carreras, las entradas teatrales y, sobre todo, los sombreros que se creían pájaros.

El sombrero pasó por debajo de la aldaba izquierda. La aldaba, por pura curiosidad, lo rozó.

Y entonces… ¡zas! Magia de cosquillas otra vez.

No fue una magia fuerte, no. Fue una magia de cosquillas suaves, como cuando una pluma toca la nariz. Pero lo suficiente para que el sombrero empezara a rebotar de risa.

—¡Ji-ji-ji!— parecía decir el sombrero, aunque en realidad era el sonido de la pluma agitándose.

El problema fue que la risa se contagió. La señora hada soltó un “¡oh!” tan grande que sus gafas se empañaron como dos charcos. Los duendes se doblaron como cucharas. La caja de mermelada cantó más alto: “LA-LA-LA-LA-LA”, como si aplaudiera con las etiquetas. Y el mago aprendiz, que había jurado no reírse, se tapó la boca… pero la risa se le escapó por la nariz.

Lino respiró hondo. Él podía reírse, claro. Le gustaba reírse. Pero su trabajo era recibir a los primeros llegados con calma, para que supieran que el reino era amable, no una feria desordenada.

Así que Lino hizo lo que hacía siempre cuando algo se descontrolaba un poquito: sacó su pañuelo de bienvenida. Era un pañuelo blanco con estrellas bordadas. Cuando lo agitaba, las risas se ordenaban solitas, como patitos en fila.

Lino agitó el pañuelo una vez.

La risa se hizo más suave.

Lo agitó dos veces.

La risa se transformó en suspiros contentos.

Lo agitó tres veces, y hasta la caja de mermelada cantó bajito, como si tuviera sueño.

—Puerta— dijo Lino, sin enfadarse—. Hoy vienen invitados. Quiero que los hagas sentir como en casa, no como dentro de un tarro de cosquillas.

La Puerta se quedó quieta, muy quieta. Luego hizo un sonido pequeño, como un “tin” de campanilla.

El mago aprendiz levantó la mano.

—Yo… puedo ayudar— dijo—. Estoy aprendiendo hechizos de orden y de… eh… no-meter-la-pata.

Lino lo miró con respeto. En Brillalinda, pedir ayudar era una cosa valiente.

—Perfecto. Vamos a hacer un trato— dijo Lino—: tú ayudas a la Puerta a no desatar cosquillas sin permiso, y yo te enseño a dar la bienvenida como un príncipe.

El mago asintió. Su paraguas se abrió y cerró una vez, como aplaudiendo.

Y el sombrero de Lino, por fin, regresó a su cabeza, fingiendo que nada había pasado.

Capítulo 3: Dentro de la puerta, la magia se enreda

Por la tarde, cuando el sol parecía una naranja que estaba pensando en dormirse, llegó el carruaje de los invitados nuevos. No era un carruaje con caballos; era un carruaje con… caballitos de humo. Galopaban sin ruido y olían a pan tostado.

Los invitados eran de un lugar inventado incluso para Brillalinda: el Ducado de Pomponaria, donde los pompones se usan como botones y también como mascotas. Venían dos duquesas gemelas, una niña exploradora con botas de color limón y un cocinero que llevaba un batidor como si fuera una espada.

Lino se colocó en la Puerta, recto y amable. El mago aprendiz se puso a un lado, con su mapa al derecho por primera vez. Los guardias se arreglaron el bigote. La Puerta brilló… demasiado.

—Bienvenidos a Brillalinda— dijo Lino—. Aquí todo es un poco mágico, pero sobre todo, todo es gentil.

Las duquesas sonrieron. La niña exploradora miró alrededor con ojos como faroles.

—¿Es cierto que la Puerta hace cosquillas?— preguntó, sin miedo, con curiosidad.

Lino estaba a punto de decir “solo con permiso”, cuando la Puerta, que quería demostrar que podía ser formal, decidió hacer lo contrario de lo que sentía: se puso tan seria que… se tensó.

Y cuando una cosa mágica se tensa, a veces se enreda.

La aldaba derecha estornudó. Sí, estornudó. “¡ACHÍS!” Y del estornudo salió una nube de polvo brillante que cayó justo sobre los invitados.

En lugar de dar cosquillas, el polvo hizo otra cosa: convirtió las palabras en burbujas.

La duquesa mayor dijo “encantada”, pero lo que salió fue una burbuja que decía: ENCANTADA, y flotó hacia el cielo.

La duquesa menor dijo “qué bonito”, y su burbuja rebotó en el muro como una pelota: QUÉ BONITO.

El cocinero intentó decir “¿dónde está la cocina?”, pero solo salieron burbujas que hacían “glup glup” y olían a sopa.

La niña exploradora abrió la boca para preguntar algo más… y su pregunta salió en forma de burbuja enorme que decía: ¿HAY DRAGONES? La burbuja se quedó pegada en la frente de un guardia. El guardia la miró de reojo y se quedó muy quieto, como si tuviera un cartel.

Lino levantó las manos.

—No pasa nada— dijo, despacio, para que todos lo entendieran aunque sus palabras quisieran hacerse burbujas—. Es una sorpresa pequeña. La resolvemos juntos.

El mago aprendiz tragó saliva y buscó en su bolsillo un librito. Su paraguas se abrió nervioso. Pero Lino no dejó que el nervio creciera. Se inclinó hacia la Puerta y le habló como se le habla a alguien que está intentando hacerlo bien.

—Puerta, sé que querías portarte perfecta— susurró—. Pero ser gentil no es ser perfecta. Ser gentil es escuchar, pedir perdón si hace falta y ayudar a arreglarlo.

La Puerta hizo “clonc… clonc…” y, si una puerta pudiera sonrojarse, esa se habría puesto roja como una manzana.

El mago aprendiz levantó su varita, que parecía un lápiz con ganas de dibujar.

—Hechizo de… de desburbujeo— dijo, leyendo muy rápido—. Pero necesita una palabra clave. Una palabra amable.

Lino pensó un segundo. En ese reino, la palabra más fuerte no era “abracadabra”. Era otra.

—La palabra es: “por favor”— dijo Lino.

—Y… “gracias”— añadió la niña exploradora, señalando con su bota limón, porque incluso sin hablar normal, ella entendía lo importante.

Lino asintió.

—Por favor y gracias. Siempre funcionan.

Entonces Lino dio un paso y habló alto, para que las burbujas lo oyeran.

—Burbujas, por favor, vuelvan a las bocas de sus dueños. Y gracias por no explotar en la nariz de nadie.

El mago aprendiz hizo un gesto con la varita. El paraguas se cerró, muy concentrado. La Puerta, con cuidado, soltó un soplo de aire suave, como un suspiro.

Las burbujas empezaron a regresar una por una, flotando hacia sus personas como globitos obedientes. La de ¿HAY DRAGONES? se despegó de la frente del guardia y fue a la boca de la niña. Ella lo dijo de verdad:

—¿Hay dragones?

Lino sonrió con calma.

—Solo dragones de papel que hacen avioncitos— respondió—. Vuelan un rato y luego piden merienda.

Todos soltaron una risa tranquila. No una risa descontrolada, sino una risa de “todo está bien”.

La Puerta se abrió, al fin, con un ruido elegante. Y esta vez, sin cosquillas. Bueno… casi.

Capítulo 4: Una bienvenida con estrellas al final

Los invitados pasaron a la ciudad y el aire olió a pan dulce y a campanas pequeñas. Los árboles hicieron reverencias. Las farolas se encendieron solas, como luciérnagas con deberes.

Lino caminó con ellos por la avenida principal, donde el suelo tenía dibujos que cambiaban según tus pasos. Cuando la duquesa mayor pisó una baldosa, apareció un dibujo de taza de té. Cuando el cocinero pisó otra, apareció un dibujo de pastel. Cuando la niña exploradora pisó una tercera, apareció un mapa con un camino y una X que decía “aquí hay un secreto… pequeñito”.

—Me gusta este reino— dijo la niña, dando un saltito—. Las sorpresas no dan miedo. Solo dan risa.

Lino la miró con orgullo. Eso era lo que él quería cuidar: que la magia fuera como una mano amiga, no como un empujón.

Esa noche, se organizó una cena de bienvenida en el patio de la Puerta, porque la Puerta también merecía sentirse incluida. Le colgaron una guirnalda de flores que cantaban bajito y le pusieron un lazo enorme en una bisagra. La Puerta se quedó tiesa de emoción.

Lino se acercó y, antes de que a la Puerta se le ocurriera otra travesura, le habló con cariño.

—Hoy lo has hecho bien— dijo—. Te enredaste un poquito, sí. Pero luego ayudaste a arreglarlo. Eso es gentileza.

La Puerta hizo “tin… tin…”, contenta, como un triángulo en una canción.

El mago aprendiz, con manchas de polvo brillante en la nariz, se sentó cerca de Lino.

—Gracias por no reírte de mí cuando me puse nervioso— dijo en voz baja.

—Me reí un poquito por dentro— confesó Lino—, pero solo un poquito. Y con cariño.

El cocinero sirvió sopa de estrellas. No eran estrellas de verdad, claro: eran fideos con forma de estrella que brillaban porque alguien les había contado un chiste muy bueno. Los duendes trajeron pan que saltaba una vez antes de dejarse comer, como si dijera “¡hola!”. Las duquesas brindaron con limonada que burbujeaba, pero esta vez las burbujas se quedaron dentro del vaso, bien educadas.

Cuando la cena terminó, el cielo se puso oscuro como tinta amable, y arriba aparecieron las estrellas de verdad. En Brillalinda, las estrellas no solo brillaban: guiñaban. Algunas guiñaban lento, otras rápido, como si jugaran a parpadear.

Lino condujo a los invitados de vuelta a la Gran Puerta para despedir el día. La Puerta estaba tranquila, orgullosa de su lazo y de haber aprendido algo importante.

La niña exploradora levantó la vista.

—¿Las estrellas nos están mirando?— preguntó.

—Sí— dijo Lino—. Y cuando ven que alguien es gentil, guiñan un poquito más fuerte.

En ese momento, una estrella, la más pequeñita, hizo un guiño tan exagerado que pareció que se le caía el brillo. El brillo bajó despacio, como una hojita de luz, y aterrizó justo en la aldaba izquierda de la Puerta.

La Puerta se quedó inmóvil. Luego, muy suave, soltó una cosquilla diminuta… pero solo a Lino, y solo en la punta de la nariz.

Lino estornudó.

—¡Achís!

Y todos se rieron. Una risa buena, redonda, como una galleta.

Lino se tocó la nariz, miró al cielo y susurró, para que lo oyeran las estrellas y también la Puerta:

—Gracias… y por favor, mañana, cosquillas con permiso.

La Puerta hizo “tin”, el cielo hizo “guiño”, y el Reino de Brillalinda se durmió con una sonrisa que parecía una luna pequeñita, guardada en el bolsillo.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Aldabas
Piezas de metal en la puerta que se usan para llamar o tirar.
Travesura
Broma o acción que hace reír, a veces causa un pequeño lío.
Mensajero
Animal o persona que lleva mensajes o cartas a otras personas.
Mochila diminuta
Bolsa pequeña que se lleva en la espalda, muy chiquita.
Cosquillas
Sensación que hace reír cuando algo toca la piel suavemente.
Carruaje
Vehículo antiguo que llevaba gente, tirado por animales o magia.
Caballitos de humo
Criaturas hechas de humo que parecen pequeños caballos del cuento.
Duquesas gemelas
Mujeres nobles que son hermanas y se visten o parecen iguales.
Batidor
Herramienta de cocina que se usa para mezclar y mover la masa.
Desburbujeo
Acción de volver a juntar o hacer desaparecer burbujas de aire o palabras.
Gentil
Persona o cosa amable, que trata bien y con cuidado a los demás.
Guiñaban
Acción de cerrar y abrir un ojo muy rápido para mostrar cariño o broma.

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