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Cuento divertido del reino encantado 7/8 años Lectura 16 min.

El príncipe Lilo y las fuentes que aprendieron a soltar

El príncipe Lilo, amante de la improvisación, debe ayudar a que las Fuentes Danzantes del reino recuperen su alegría sin perderse en el intento, mientras aprende sobre soltar el control con la ayuda de vecinos y un mago.

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El príncipe Lilo (niño ~10 años), rostro redondo, ojos brillantes y sonrisa traviesa, con pequeña corona ladeada y túnica colorida, está sorprendido y alegre, empapado por una gran salpicadura con los brazos abiertos; a la izquierda en segundo plano, Maese Tiralí (hombre ~60 años), barba blanca y túnica violeta estrellada, levanta una ceja divertido y sostiene un pequeño silbato de cristal; a la derecha, la Alcaldesa Bruma de Risa (mujer ~45 años) con sombrero de plumas y vestido con volantes ríe y recoge su sombrero dejando caer plumas mojadas; en primer plano, un niño con gorro azul (~7 años) de cabello castaño mira al príncipe con asombro mientras su cono de helado se derrite; Don Recto el Correcto (hombre ~50 años) de traje impecable está apartado, boca entreabierta, sujetando con cautela una pluma azul; en el centro, una gran fuente circular de piedra clara con pavimento brillante y pequeñas fuentes secundarias que forman arcos en espiral; las fuentes danzan violentas pero alegres: chorros que forman bigotes, círculos y pequeños dragones, salpicaduras y gotas suspendidas; los vecinos ríen y esquivan en una plaza de casas pastel con ventanas como caramelos; estilo acuarela suave con pinceladas vivas, texturas húmedas y luz dorada de atardecer. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El príncipe que improvisaba

Érase una vez en el Reino de Brillavuelta, donde las nubes se peinaban con peines de arcoíris y los árboles aplaudían cuando alguien contaba un chiste. Allí vivía el príncipe Lilo, que tenía una corona un poco torcida porque le gustaba saludar haciendo reverencias exageradas.

Lilo era un príncipe de los que no podían estarse quietos. No porque fuera travieso de romper cosas, no, no. Era travieso de inventar cosas.

Si en el desayuno había pan, decía:

“Hoy el pan es un barco. ¡Todos a bordo!”

Y su taza contestaba con un “glup” muy serio, como si fuera capitán.

Si un guardia bostezaba, Lilo anunciaba:

“¡Atención! Se ha escapado un rugido de león pequeñito.”

“¿De león?” —preguntaba el guardia, abriendo los ojos.

“Sí, pero de bolsillo. No hace daño. Solo hace cosquillas.”

La reina, su madre, lo miraba con una sonrisa cansada.

“Lilo, cariño, en un rato tienes que asistir al Consejo de Magia.”

“¿Consejo? ¿Con-sue-jo?” —dijo él, estirando la palabra como chicle—. “Entonces necesito una idea súper elástica.”

El mago del palacio, Maese Tiralí, apareció por el pasillo con su barba como una bufanda blanca.

“Príncipe, el Consejo quiere que todo esté… ejem… ordenado.”

Lilo se puso serio durante exactamente dos segundos.

“¡Perfecto! Ordenado como un desfile de patos. Uno, dos, tres… ¡cuac!”

Maese Tiralí suspiró, pero sus ojos brillaron.

“Solo te pido una cosa: hoy no improvises hechizos.”

“¿Yo? ¿Improvisar?” —Lilo se llevó la mano al pecho—. “¡Jamás! Bueno… quizás un poquito. Como una pizca de sal.”

“Una pizca de sal puede estropear una sopa.”

“Entonces haré una sopa de risas. Esa nunca se estropea.”

En ese momento, un cartero-ardilla entró rodando (literalmente rodando) con una carta enrollada.

“¡Carta para el príncipe! ¡Urgente y chispeante!”

Lilo la desenrolló y leyó en voz alta, poniendo voz de trompeta:

“‘Se invita al príncipe Lilo a la Plaza de las Fuentes Danzantes. Las fuentes están… demasiado serias. Firma: La Alcaldesa Bruma de Risa'.”

“¿Fuentes serias?” —Lilo abrió la boca—. “Eso es como un helado triste. ¡Hay que ayudar!”

Maese Tiralí se aclaró la garganta.

“La Plaza de las Fuentes Danzantes es el corazón del reino. Si las fuentes están raras, todos lo notarán.”

“¡Entonces vamos!” —dijo Lilo—. “Improvisaré… digo… investigaré.”

La reina levantó un dedo.

“Con cuidado, Lilo. Y recuerda: no hay que controlar todo. A veces, lo mejor es soltar un poco.”

Lilo guiñó un ojo.

“Soltaré… pero solo un poquito. Como un globo. ¡Puf!”

Y allá fue, saltando como si el suelo fuera un tambor suave.

Capítulo 2: La Plaza de las Fuentes Danzantes y el ‘¡Plof!'

La plaza era redonda como una galleta gigante. En el centro, había fuentes que normalmente bailaban: subían, bajaban, giraban y hasta hacían formas de pez, de sombrero o de bigote. A su alrededor, las casas parecían pastelitos con ventanas de caramelo (pero nadie se las comía, porque en Brillavuelta las paredes eran tímidas).

Sin embargo, ese día… las fuentes estaban quietas, con chorros rectos y serios, como palitos de helado. La gente las miraba en silencio.

La Alcaldesa Bruma de Risa, una señora con sombrero lleno de plumas y una risa que solía sonar como campanillas, se acercó al príncipe.

“¡Ay, príncipe Lilo!” —susurró—. “Las fuentes no quieren bailar. Solo hacen ‘pssss' y ya.”

“Quizá están cansadas.”

“Les canté una canción.”

“¿Y?”

“Se hicieron las dormidas.”

Lilo se acercó a una fuente. Le habló bajito:

“Hola, fuente. ¿Te han robado el ritmo?”

La fuente respondió con un chorro tímido que hizo “plip”.

Un niño con gorro azul se acercó.

“Señor príncipe, antes las fuentes hacían ‘¡pirueta!' y ahora hacen ‘¡punto!'”

“Eso es grave,” —dijo Lilo con cara muy seria, otra vez por dos segundos—. “Necesitamos un plan… o una canción… o una broma con cosquillas.”

Maese Tiralí apareció detrás, como si se deslizara en una alfombra invisible.

“He examinado el agua. No hay veneno ni nada malo. Solo… está demasiado obediente.

“¿Agua obediente?” —repitió Lilo.

“Sí. Parece que alguien le pidió que siguiera una línea perfecta.”

La alcaldesa se llevó la mano a la boca.

“¡Ay! Ayer vino un inspector del Reino Vecino, Don Recto el Correcto. Dijo que las fuentes debían ‘portarse bien' para una visita oficial.”

Lilo frunció el ceño.

“¿Y les dieron clases de estar tiesas?”

“Les habló de ‘seriedad' durante dos horas.”

“¡Dos horas!” —Lilo tembló como gelatina—. “Eso convierte hasta a un chicle en ladrillo.”

Lilo subió a un banco.

“¡Atención, plaza! ¡Voy a improvisar una solución!”

Maese Tiralí tosió.

“Ejem…”

“Voy a… investigar con alegría, sin hechizos raros,” —corrigió Lilo muy rápido—. “Primero: ¡todos hagan su mejor cara de fuente!”

La gente puso caras rarísimas: algunos estiraron los labios, otros inflaron los cachetes. Un perro intentó hacer un chorro con la lengua.

Lilo se rió.

“¡Bien! Ahora, segundo: repetimos conmigo: ‘El agua no es un palo, el agua es un baile'.”

“¡El agua no es un palo, el agua es un baile!” —repitieron.

Las fuentes hicieron “plip… plip…”, como si escucharan.

Lilo se inclinó hacia la fuente principal y sacó de su bolsillo un objeto: un silbato de cristal que Maese Tiralí le había regalado “solo para emergencias musicales”.

“No es un hechizo,” —dijo—. “Es… una cosquilla sonora.”

Sopló: “fiuuu”.

Y ocurrió algo… pequeño… pero gracioso: el agua dio un saltito y el chorro se convirtió en un bigote por un segundo. La gente aplaudió.

“¡Funcionó!” —gritó el niño del gorro azul.

“¡Más bigotes!” —pidió una señora.

Lilo, emocionado, sopló otra vez, más fuerte:

“FIIIIUUU.”

El agua se animó… demasiado. Las fuentes empezaron a bailar como si tuvieran patines. Hicieron círculos, espirales, y una figura que parecía un dragón con hipo.

“¡Uy!” —dijo Lilo.

La alcaldesa se agarró el sombrero.

“¡Se me van las plumas!”

De pronto, una fuente lanzó un chorro alto y el agua cayó justo sobre Lilo: “¡PLOF!”

Quedó empapado, con la corona goteando, como si llevara una cascada encima.

Hubo un silencio de medio segundo… y luego todo el mundo se rió.

“¡El príncipe es una esponja real!” —gritó alguien.

“¡Una esponja con corona!” —dijo otro.

Lilo se sacudió como perro mojado.

“¡Vaya! Esto se me está yendo de las manos… y de la cabeza… y de la coronilla!”

Maese Tiralí levantó una ceja.

“Te dije…”

“¡Lo sé!” —respondió Lilo—. “Pero miren: ¡ya no están serias! Ahora están… demasiado felices.”

Las fuentes seguían bailando, salpicando a todos. Y aunque nadie estaba en peligro, era un poco caótico: una señora intentaba comer un helado y el helado se convirtió en sopa de agua. Un gato brincaba para esquivar gotitas, pero al final se dejó mojar y puso cara de “bueno, vale”.

Lilo respiró hondo.

“Tengo que arreglarlo… sin volverlo aburrido.”

Capítulo 3: El concurso del ‘dejar ir'

Lilo se subió a la base de la fuente principal, con el agua haciendo “chof chof” a su alrededor.

“¡Escuchen!” —dijo—. “Las fuentes han olvidado cómo bailar tranquilas. Están como yo cuando me dan una idea nueva: ¡saltan, saltan, saltan!”

La alcaldesa asintió, empapada pero sonriente.

“Sí… y mi sombrero está aprendiendo a nadar.”

Maese Tiralí sacó un pañuelo y se secó la barba, que ahora parecía una foca.

“El agua necesita equilibrio. Ni tiesa ni desatada como cometa en tormenta.”

“¿Y cómo lo hacemos?” —preguntó el niño del gorro azul.

Lilo miró el silbato de cristal. Lo guardó.

“Hoy no mando yo. Ni manda Don Recto el Correcto. Vamos a hacer… un concurso.”

“¿Concurso?” —repitió la gente, emocionada.

“Sí: el Concurso del ‘Dejar Ir'. Porque cuando intentas controlar todo… ¡plof! Te cae el agua en la cabeza.”

Todos se rieron otra vez, y a Lilo le gustó que se rieran con él, no de él.

“Reglas simples,” —dijo—. “Uno: respiramos. Dos: hacemos un movimiento suave, como si tuviéramos una pluma en la mano. Tres: si te sale raro, no pasa nada. Lo raro también baila.”

Maese Tiralí chasqueó los dedos y aparecieron, flotando, unas plumas brillantes de colores.

“Plumas de calma,” —explicó—. “No son para mandar. Solo para recordar lo suave.”

Cada persona tomó una pluma. Incluso un guardia, incluso el perro, incluso el gato (que miró la pluma como si fuera un enemigo, luego la abrazó).

Lilo habló a las fuentes:

“Fuentes, imiten a la gente. No a un inspector serio. A la gente de aquí, que sabe reír.”

La alcaldesa movió su pluma en el aire, despacito, haciendo curvas.

“Así… como cuando me acuerdo de un chiste y todavía no lo cuento.”

El niño del gorro azul hizo una espiral lenta.

“Como un caracol con patines… pero sin prisa.”

El guardia hizo un movimiento recto y luego se rió.

“Uy, se me salió lo de ‘recto'. Lo suelto… lo suelto.”

Lilo, con su pluma, hizo un gesto pequeño, como una ola.

“Yo también suelto,” —dijo—. “Suelto la idea de que debo arreglarlo todo a lo grande.”

Y, como si las fuentes escucharan esa frase en particular, el agua empezó a cambiar. Los chorros bajaron un poquito, dejaron de disparar por sorpresa y comenzaron a moverse al ritmo de las plumas: subían como pan calentito, bajaban como manta suave, giraban como trompo cansado… pero feliz.

“¡Miren!” —gritó la alcaldesa—. “¡Están bailando… sin empapar tanto!”

Un señor miró su camisa.

“¡Hoy mi camisa seguirá siendo camisa!”

El gato se sacudió una gota y se sentó digno.

“Miau,” —dijo, que en idioma gato significa: “Acepto este trato”.

De pronto, apareció Don Recto el Correcto en la entrada de la plaza, con un traje tan planchado que parecía una tabla.

“¡Esto es un desorden!” —dijo, aunque su voz tembló al ver un chorro formando un sombrero gracioso.

Lilo bajó de la fuente y se acercó con respeto.

“Hola, Don Recto. Gracias por querer que todo salga bien. Pero aquí la magia se porta mejor cuando puede respirar.”

Don Recto miró una pluma que flotaba cerca. La tocó con un dedo, como si fuera a explotar.

“Yo… yo solo quería que se viera… correcto.”

La alcaldesa sonrió.

“Lo correcto aquí es reír sin pasarse.”

Maese Tiralí añadió:

“Y si uno se pasa, se vuelve a respirar. Eso es todo.”

Don Recto hizo un gesto raro… casi una sonrisa.

“¿Puedo… probar lo de la pluma?”

“¡Claro!” —dijo Lilo y le dio una pluma azul.

Don Recto movió la pluma muy recta. Luego, sin querer, le salió una curva pequeñita.

“¡Oh!” —dijo, sorprendido—. “Se me escapó.”

“¡Perfecto!” —aplaudió Lilo—. “Eso es dejar ir.”

Las fuentes, como si celebraran, hicieron una figura de bigote… pequeñita… y luego una reverencia de agua. Nadie terminó empapado del todo. Solo un poquito, lo justo para reír.

Capítulo 4: Un final tranquilo con agua que susurra

El sol empezó a bajar y la plaza se volvió dorada, como si alguien hubiera espolvoreado galleta molida en el aire. Las fuentes seguían danzando, pero ahora con calma: “shhh… plip… shhh… plip…”, como una canción de cuna acuática.

La gente se sentó en los bancos. El niño del gorro azul lamía su helado, que por fin era helado de verdad.

“Príncipe Lilo,” —dijo— “hoy aprendí que si intento que mi cometa vaya recta, se enfada y se cae.”

Lilo asintió.

“Y si la sueltas un poco, baila en el cielo.”

La alcaldesa se acomodó el sombrero, que ahora tenía solo dos plumas (las demás estaban secándose en una cuerda).

“Gracias, príncipe. Las fuentes vuelven a ser nuestras.”

“No fue solo mío,” —dijo Lilo—. “Fue de todos… y de las plumas… y de que nos reímos del ‘plof'.”

Maese Tiralí se acercó a Lilo.

“¿Ves? No necesitaste empujar la magia. Solo escucharla.”

Lilo miró el agua, que formó una pequeña corona y luego la dejó ir, como si dijera “no pasa nada”.

“Creo que entiendo,” —susurró—. “Cuando intento agarrar todo, se me escurre. Cuando lo suelto… se queda.”

Don Recto el Correcto se aclaró la garganta.

“Debo admitir que… esto es… agradable.”

Lilo lo miró con picardía amable.

“¿Quiere llevarse una pluma de recuerdo?”

Don Recto la guardó con cuidado.

“Sí. Pero… no se lo diré a nadie.”

“Su secreto está a salvo,” —dijo Lilo—. “Como un pez en un bolsillo… pero sin apretarlo.”

Todos rieron bajito, como para no asustar a la calma nueva.

Cuando Lilo regresó al palacio, la reina lo esperaba en la puerta.

“¿Y? ¿Cómo fue?”

Lilo se tocó la corona, que ya no goteaba.

“Hubo un ‘plof' real.”

La reina abrió los ojos.

“¿Te caíste?”

“No. Me cayó una fuente encima. Pero fue… útil.”

“¿Útil?”

“Sí,” —dijo Lilo—. “Aprendí a soltar. Y cuando solté, la plaza se acomodó sola, como una manta.”

La reina lo abrazó.

“Eso es crecer, Lilo. Con risas.”

Esa noche, desde la ventana, Lilo escuchó a lo lejos el murmullo de las Fuentes Danzantes, suave como un cuento que se cierra despacio. Él bostezó, feliz, y antes de dormir dijo al aire:

“Mañana improviso… pero con una mano abierta.”

Y el reino, encantado y contento, siguió brillando sin prisa. Calma por fuera, cosquillas por dentro.

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Improvisaba
Hacer algo sin plan, inventarlo en el momento, sin prepararlo antes.
Pizca
Una pequeña cantidad de algo, como una gota o un poquito de sal.
Bufanda blanca
Tela larga y suave que se pone al cuello, aquí es de color blanco.
Suspiró
Respirar fuerte y largo para mostrar cansancio o emoción.
Reverencias exageradas.
Inclinar el cuerpo de forma muy pronunciada para saludar o mostrar respeto.
Cartero-ardilla
Un cartero que es, como una ardilla, ágil y pequeña; mezcla de oficio y animal.
Inspector
Persona que revisa que todo esté bien y en orden.
Obediente
Que hace lo que se le pide o sigue las reglas sin discutir.
Concurso del ‘Dejar Ir’.
Actividad para practicar soltar el control y hacer las cosas con calma.
Cascada encima.
Mucha agua cayendo desde arriba, como una pequeña caída de agua sobre alguien.
Plumas de calma,
Plumas que ayudan a recordar tranquilidad y movimientos suaves.
Respiramos.
Acto de tomar aire y soltarlo; sirve para calmarse y pensar mejor.
Empapado,
Totalmente mojado, cubierto de agua.

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