Érase una vez, en el colorido y sorprendente Reino de Zapatillas Voladoras, un joven príncipe llamado Tino. Tino no era el típico príncipe serio y estirado: tenía unos rizos tan saltarines que hasta los dragones querían peinarlos, y una risa tan contagiosa que hasta los leones de peluche la imitaban. Lo mejor de todo es que Tino siempre ayudaba a todos y encontraba la parte chistosa de cualquier problema. En este reino, los árboles llevaban calcetines de rayas, las mariposas bailaban claqué y los dragones… ¡los dragones tenían cosquillas en las alas!
Capítulo 1: El gran lío del desayuno
Una mañana soleada, Tino se despertó con un rugido en la barriga. Pero no era hambre normal, no, ¡era un hambre tan grande que hacía eco! El príncipe bajó rodando por la escalera en su alfombra-surf, como siempre hacía, y encontró la cocina llena de tazas voladoras, cucharas saltarinas y tostadoras que lanzaban pan por los aires.
—¡Buenos días, tostadoras bailarinas! —saludó Tino, atrapando una tostada con la boca.
La reina, su mamá, apareció con una corona de cereales sobre la cabeza y una gran sonrisa.
—Tino, hoy necesitamos tu ayuda —dijo—. El dragón Trapo ha perdido su estuche de lápices mágicos y anda dibujando bigotes a todos los unicornios.
—¡Eso es un desastre muy gracioso! —rió Tino, imaginando a los unicornios mirándose al espejo con bigotes de colores.
Sin perder tiempo, Tino puso su capa de héroe y se subió a su patineta con ruedas de gelatina. Sabía que, si no encontraba el estuche, pronto el reino entero tendría bigotes… ¡incluida la tarta de cumpleaños del rey!
Capítulo 2: Dragones, bosques y bigotes
Tino cruzó el Bosque de los Calcetines Desparejados, donde los árboles le saludaban agitando sus ramas envueltas en calcetines de lunares. Allí encontró a Trapo, el dragón azul con alas de purpurina y voz de soplido, que no podía dejar de reír y estornudar.
—¡Aaaachís! ¡Perdón, Tino! Es que mis alas… ¡tienen cosquillas! —Trapo movía las alas y de ellas caían plumas de colores.
—¿Dónde perdiste tu estuche, Trapo?
—Creo que lo dejé cerca del lago de las burbujas que cuentan chistes.
En camino al lago, una ardilla con casco de fideos se les unió. Era Lila, la ardilla acróbata.
—¡Yo salto más alto que una montaña de magdalenas! —presumió Lila, saltando sobre la cabeza de Trapo.
Por el camino, se toparon con un unicornio con un bigote muy elegante.
—¿Cómo están, amigos? —dijo el unicornio, mientras se miraba en un charco—. Este bigote me queda fabuloso, aunque hace cosquillas cuando estornudo.
Todos rieron y siguieron andando, esquivando burbujas que contaban chistes malos:
—¿Por qué el dragón fue al doctor? —decía una burbuja—. ¡Porque tenía fuego en la panza!
Tino reía tanto que estuvo a punto de tropezar con una roca que parecía un queso.
Por fin llegaron al lago y buscaron entre las flores cantarinas, las piedras saltarinas y las nubes en forma de pastel. Pero el estuche no aparecía.
Capítulo 3: Un estuche muy travieso
Lila, la ardilla, se subió a una rama y desde allí gritó:
—¡Allí! ¡Veo algo brillante en la copa del Gran Árbol Pijama!
El Gran Árbol Pijama era el árbol más alto y dormilón del bosque. Tenía hojas con estampado de ositos, y bufandas de lana en cada rama. Subir hasta arriba no era fácil, porque el árbol se movía como si estuviese soñando con carreras de caracoles.
—¡Vamos, equipo! —animó Tino.
Trapo agitó sus alas y sopló suavemente, creando una corriente de aire que ayudó a Lila a saltar alto. Tino subió trepando, agarrándose de las bufandas del árbol. Alcanzó la copa y allí estaba: el estuche brillante, bailando en una rama como si fuera un colgante.
—¡Aquí está! —gritó Tino.
Pero cuando fue a tomarlo, el estuche saltó y comenzó a correr por las ramas. ¡El estuche tenía patas! ¡Y hacía cosquillas a quienes intentaban atraparlo!
Entonces, Trapo tuvo una idea muy graciosa.
—¡Tino, hazle cosquillas al estuche!
Tino comenzó a hacerle cosquillas al estuche con una rama de plumas, y el estuche se rió tanto que se quedó quieto de la risa. Así pudieron atraparlo.
—¡Hurra! —gritaron todos, mientras el estuche seguía riéndose.
Capítulo 4: Bigotes y carcajadas
De vuelta al castillo, Tino devolvió el estuche a Trapo.
—¡Gracias, Tino! —dijo Trapo, que dibujó una gran sonrisa en la pared, y luego, por accidente, otro bigote a Tino.
—¡Ahora parezco un ratón divertido! —bromeó Tino, haciendo reír a todos en el castillo.
Desde ese día, cada vez que alguien perdía algo en el Reino de Zapatillas Voladoras, llamaban a Tino, el príncipe más divertido y valiente de todos. Aunque, a veces, el dragón Trapo no podía evitar dibujar bigotes en las tazas, en las ardillas… ¡y hasta en las tostadoras bailarinas!
Y así, en el reino, cada día era una nueva aventura llena de risas, amigos, magia y, por supuesto, bigotes voladores. Y todos vivieron felices, cosquillosos y muy, pero muy, divertidos.