La doctora Clara abre la puerta con una sonrisa. Entra en la habitación como entra la luz del día. Saluda con voz suave. "Hola", dice. "¿Cómo estás hoy?"
El pequeño Mateo la mira. Tiene una manta de dinosaurio. Sus ojos están curiosos. No tiene miedo. Solo quiere saber.
La doctora Clara se sienta en una silla baja. Tiene un estetoscopio brillante. Lleva una bata limpia. Sus manos son cálidas. Su voz es tranquila. Habla despacio para que Mateo entienda.
"Vengo a cuidar", dice. "Vengo a ayudar." Mateo asiente. La madre de Mateo está junto a la cama. Sonríe también. Se siente seguro.
La doctora Clara le pide a Mateo que le muestre su brazo. Le muestra el brazo con orgullo. La doctora es amable. Mira la piel. Escucha el corazón. "Respira", dice. Mateo respira como un soplo. La doctora escucha con su estetoscopio. "Tu corazón hace pum-pum. Muy bien."
Después mira la garganta. "Abre la boca", dice. Mateo abre la boca como un pez. La doctora usa una luz pequeña. Mira la garganta. "Todo está bien", dice. La doctora explica con palabras suaves. "La garganta a veces se pone roja cuando tenemos un resfriado. Comer sopa, beber agua y descansar ayuda mucho."
La doctora Clara tiene un botiquín. Saca una crema y unas gasas. "Vamos a limpiar un rasguño", dice. La madre asiente. Mateo muestra una rodilla con una pequeña herida. La doctora limpia con cuidado. "Esto limpia la suciedad. Así prevenimos infecciones." La voz de la doctora es como un canto suave. Mateo casi sonríe.
En la habitación hay una ventana. La doctora abre la ventana. Entra aire fresco. Las cortinas bailan. "Abrir la ventana es bueno", dice la doctora. "El aire nuevo ayuda a que la habitación esté limpia." Mateo mira las hojas de un árbol que se mueven. El aire huele a flores. Es tranquilo.
La doctora muestra un termómetro. Lo enseña como si fuera una varita mágica. "Esto mide la temperatura", dice. Mateo pone la lengua fuera y la doctora pone el termómetro con cuidado. "Caliente, tibio o frío", explica. "Si estamos muy calientes, podemos tomar agua y descansar." Mateo aprende palabras nuevas sin esfuerzo.
La doctora Clara también habla de manos. Saca una toallita y un jabón de juguete. "Lavarse las manos es mágico", dice. "El jabón ahuyenta a los gérmenes." Ella canta una canción corta. "Lava, lava, lava." Mateo canta con ella. Tres gotas de agua, un poco de jabón, y las manitas quedan limpias. La madre aplaude en voz baja.
En la pared hay dibujos de frutas. La doctora señala un dibujo de manzana. "Comer frutas ayuda al cuerpo", dice. "Las frutas son como pequeños superhéroes. Dan fuerza." Mateo toca el dibujo. Piensa en una manzana roja. "¿Puedo comer una manzana?", pregunta. "Claro", responde la doctora. "Las comidas sanas cuidan el cuerpo."
La doctora Clara cuenta un cuento breve. Habla de un osito que dormía bien. "El osito comía verduras, se lavaba las manos y dormía temprano", dice. Mateo escucha con los ojos grandes. El cuento es suave. Tiene rimas sencillas. Termina con el osito tapado y tranquilo.
A la doctora le gusta explicar lo que hace. Usa palabras fáciles. Habla de vacunas como si fueran abrigos pequeños. "Las vacunas ayudan al cuerpo a recordar a los bichitos malos. Así no nos enferman tan fuerte." La madre mira a la doctora con gratitud. Mateo toca su hombro. La idea de un abrigo pequeño le parece divertida.
La doctora mira el calendario. "Es bueno visitar al médico de vez en cuando", dice. "Así prevenimos. Así estamos listos." La palabra prevenir suena a protectora. La doctora repite: "Prevenir es cuidar antes." Mateo la repite también. Le gusta decir la palabra.
La habitación ahora está llena de tranquilidad. La doctora Clara pone unas pegatinas de estrellas en la camita. "Por ser valiente", dice. Mateo elige una estrella dorada y la pega en su pijama. Brilla como un sol diminuto.
La doctora cierra su maletín. Mira la ventana otra vez. El aire sigue entrando. Ella abre un poco más la ventana para que entre más aire fresco. "El aire es amigo", susurra. Las plantas de la habitación estiran sus hojas hacia la luz. Todo se siente limpio.
Antes de irse, la doctora pide permiso para arreglar la almohada. "¿Puedo acomodarte?", pregunta. La madre asiente. La doctora alisa la manta como quien arregla una nube. Le pone la cabeza en la almohada con cuidado. "Duerme un poco. El cuerpo descansa y se arregla." Dice la doctora con voz de nana.
Mateo se siente calmo. Mira la ventana. Mira la estrella en su pijama. El cuarto huele a jabón y flores. La doctora se despide con un beso en la frente, suave como una pluma. "Hasta luego", dice. "Y recuerda: agua, manos limpias, frutas y dormir."
La madre aprieta la mano de Mateo. Le cuenta lo que la doctora dijo. "Mañana jugamos y lavamos las manos juntos", promete. Mateo cierra un ojo. Luego otro. Sus pestañas rozan la mejilla como hojas pequeñas.
La doctora Clara mira la cama una última vez. Mira el aire que entra. Mira al niño que ya bosteza. Sus pasos son lentos y dulces. Sale de la habitación dejando la ventana abierta. El cuarto respira.
Los latidos de Mateo son tranquilos. Su respiración es como olas pequeñas. La habitación está serena. La luz se hace más suave. Las cortinas siguen bailando sin ruido.
Poco a poco, los ojos de Mateo se cierran. Las pestañas se bajan como cortinas. Sus párpados se vuelven pesados. Más pesados. Muy pesados. Mateo ya no parece despierto. Su sueño es dulce y protector.
La doctora Clara camina por el pasillo con una sonrisa. Siente paz. Sabe que cuidar es también prevenir. Que abrir la ventana y enseñar a lavarse las manos son actos de amor.
En la habitación, la noche pone su manta suave. Mateo duerme. Sus sueños son tranquilos. Sus párpados, ya muy pesados, descansan y brillan con la luz de la estrella dorada en su pijama.