El doctor Bruno caminaba despacio por la calle con su maletín azul. El maletín hacía “clac, clac” y a Bruno le gustaba ese sonido. Era como un tambor suave que decía: “Todo va bien”.
En la plaza, Tomás, un niño pequeño, sostenía su osito de peluche muy fuerte. Tenía la nariz un poco roja y hacía “achís” chiquito.
“Mamá, mi nariz hace cosquillas”, dijo Tomás.
La mamá sonrió tranquila. “Mira, allí está el doctor Bruno. Vamos a saludar”.
Bruno se agachó para quedar a la altura de Tomás. Sus ojos eran amables, como una manta calentita.
“Hola, Tomás. Hola, mamá. ¿Te apetece que te ayude?”, preguntó Bruno.
Tomás miró el maletín azul. “¿Duele?”
“Buena pregunta”, dijo Bruno. “Un médico cuida y explica. La mayoría de las veces no duele. Y si algo puede molestar, lo decimos antes. ¿Está bien?”
Tomás asintió despacito.
Bruno abrió el maletín. Dentro había cosas ordenadas: un termómetro, un estetoscopio, vendas y una cajita con pegatinas.
“Primero escucho tu respiración, como si tu pecho fuera una casita y yo oyera el viento dentro”, dijo Bruno. “¿Me das permiso para tocarte con mi estetoscopio?”
Tomás apretó a su osito y luego dijo: “Sí, permiso”.
“Gracias”, respondió Bruno. Puso el estetoscopio suave, un ratito aquí y otro allá. “Inhala… exhala… Muy bien. Tu casita respira bonito”.
Luego Bruno mostró el termómetro. “Esto mide el calor del cuerpo. ¿Me das permiso para ponerlo en tu axila, debajo del brazo?”
“Sí”, dijo Tomás, y se rió porque le hacía cosquillas.
Mientras esperaban, Bruno habló con voz calmada. “Mi trabajo es cuidar a la gente. También enseño a cuidarse. Por ejemplo: lavarse las manos con jabón, beber agua, dormir, y taparse la boca al estornudar. ¿Así?” Bruno hizo un estornudo de juego en el codo: “¡achís!”
Tomás lo imitó: “¡Achís!” Y la mamá aplaudió bajito.
“Perfecto”, dijo Bruno. Miró el termómetro. “No tienes fiebre. Tu nariz está molesta, como una puerta que chirría un poco. Vamos a ayudarla con descanso, agua y pañuelos”.
Bruno sacó un pañuelo y una pegatina con un sol sonriente. “¿Quieres una para tu camiseta o para tu osito?”
“Para el osito”, decidió Tomás. “Así se siente valiente”.
“Muy buena idea”, dijo Bruno. “Y si la nariz se pone más roja o te sientes triste, me avisas. Los médicos trabajamos con las familias. Juntos es más fácil”.
Ya en casa, Tomás se lavó las manos cantando una canción corta. Bebió agua. Se acostó con su osito y la pegatina del sol.
La mamá apagó la luz. “Hoy aprendimos mucho”, susurró.
Tomás sonrió medio dormido. En la mesa, el móvil de mamá mostró una notificación, pero ella la miró y la dejó en silencio. La pantalla se apagó, y el cuarto quedó tranquilo, como un abrazo.