Mañana de doctor
El doctor Pablo se despertó con el canto suave de los pajaritos. Abrió las cortinas y dejó entrar la luz. El día parecía una manta tibia. Era hora de preparar su maletín para una visita en casa.
Lavó sus manos con agua y jabón. Frotó y frotó, como si hiciera burbujas de nube. Sonrió. Las manos limpias son amigas de la salud.
Puso en el maletín su estetoscopio. El estetoscopio es como una orejita que escucha el corazón. Puso también el termómetro, que mide si el cuerpo está calentito o frío. Guardó una linterna pequeña para mirar gargantas que dicen “aaa”. Añadió vendas, tiritas, y un cuadernito para anotar. Todo estaba listo, como piezas de un rompecabezas.
Desayunó pan con queso y una manzana roja. Tomó agua. Cuando un doctor cuida su cuerpo, también cuida mejor a los demás. Miró su agenda. Hoy iría a ver a Luli, una niña con tos suave. La mamá de Luli había llamado con voz tranquila. Nada de miedo. Solo cuidado.
Pablo se puso su bata blanca. La bata era como una nube limpia que abraza. Se colgó el estetoscopio, que brilló un poquito. Respiró hondo. “Estoy listo para ayudar”, pensó.
La visita en casa
En el camino, el doctor Pablo saludó al panadero, a la señora con su perro, y al árbol grande que hacía sombra. Llegó a la casa de Luli. Había olor a sopa rica y a flores.
“Hola, Luli”, dijo el doctor con voz suave.
“Hola, doctor”, respondió Luli, abrazando a su oso de peluche.
“¿Cómo te sientes hoy?”, preguntó él.
“Un poquito tosiendo”, dijo Luli.
Pablo se lavó las manos otra vez. Abrió su maletín con cuidado. Primero escuchó el corazón de Luli. Puso el estetoscopio y sonrió.
“Escucha conmigo”, dijo. “Tu corazón hace pum-pum, como un tambor chiquito.”
Luli rió. “Pum-pum”, repitió.
Luego contó las respiraciones. “Respira como si soplaras una pluma”, dijo Pablo. “Suave, suave.” Luli sopló muy despacito. El doctor miró su garganta con la linterna.
“Di ‘aaa'”, pidió.
“¡Aaa!”, dijo Luli, como si cantara.
Tomó su temperatura con el termómetro. Todo estaba casi perfecto, solo un poco de tos. “No es grave”, dijo el doctor. “Tu cuerpo está trabajando. Vamos a ayudarlo.”
“¿Cómo ayudamos?”, preguntó la mamá.
“Con cosas sencillas”, respondió el doctor. “Agua tibia, descanso, sopita. Lavarse las manos antes de comer y después de toser. Tapar la boca con el codo al toser. Jugar tranquilo. Y, cuando toque, las vacunas. Las vacunas son escudos invisibles.”
Luli levantó el oso. “¿También se lava las manos mi oso?”
“Claro”, dijo Pablo, riendo. “Tu oso aprende contigo.”
Anotó en su cuadernito y dejó unas tiritas de colores por si algún día hicieran falta. “Si te sientes cansada, me llamas. Estamos en equipo: tú, tu mamá, y yo.”
“Gracias, doctor”, dijo Luli.
“Gracias por cuidarnos”, añadió la mamá.
Vuelta tranquila
De regreso, el doctor Pablo caminó despacio. El sol jugaba entre las hojas. Pensó en su trabajo. Ser doctor es escuchar, mirar, preguntar, y ayudar. Es servir, como una linterna que alumbra cuando hace un poquito de sombra.
En su consultorio, regó la planta verde y ordenó su maletín. Escribió: “Luli: tos suave. Agua, descanso, cariño.” Se lavó las manos una vez más. Sonrió. Cada día, el cuidado crece con cosas pequeñas.
Al caer la tarde, el doctor Pablo cerró la ventana. “Hoy ayudamos juntos”, susurró. Afuera, los pajaritos guardaron sus canciones. Adentro, todo quedó en calma. Cuando una persona cuida, y otra persona también, el mundo se siente más abrigado. Y así, con el corazón pum-pum, todos descansan mejor.