En un castillo de piedra clara, junto a un río que cantaba bajito, vivía la caballera Elvira. Su armadura brillaba como el sol en la mañana, y su capa roja bailaba con el viento.
Un día, el rey dijo: “Elvira, es hora de partir. Lleva nuestros honores al pueblo de Valleverde. Diles que somos sus amigos”.
Elvira puso una mano en su pecho. “Sí, mi rey. Iré con valor y con bondad”.
En el patio la esperaba su caballo, Nube, suave y blanco. También iba Lino, un escudero pequeño con una mochila grande.
“¿Listos?”, preguntó Elvira.
“¡Listos!”, dijo Lino.
“¡Hiiii!”, saludó Nube, contento.
Salieron por el camino de tierra. Pasaron campos verdes, ovejas gorditas y un puente de madera. Elvira saludaba a todos.
“Buenos días”, decía ella.
“Buenos días, caballera”, respondían.
Pero al llegar al bosque, encontraron un problema. Un árbol grande había caído y tapaba el sendero.
Lino abrió los ojos. “¿Y ahora?”
Elvira respiró hondo. “Con calma. Una caballera piensa”.
Miró el árbol, miró el suelo y vio piedritas redondas. Entonces sonrió.
“Lino, busquemos ayuda. No para pelear, sino para compartir fuerzas”.
Lino asintió. “¡Sí!”
Cerca había una casita. Vivía una leñadora amable, con manos fuertes y sonrisa dulce.
Elvira habló con voz clara: “Señora, venimos en misión de honor. El camino está cerrado. ¿Nos ayuda?”
La leñadora dijo: “Claro que sí. Con gusto”.
Entre los tres empujaron. Empujaron una vez. Empujaron dos veces. Elvira decía: “Uno, dos, tres… juntos”.
Nube también empujó con su pecho.
¡Crac! El árbol se movió un poquito.
“¡Podemos!”, dijo Lino.
“Podemos”, repitió Elvira, valiente.
Aun así, el árbol era pesado. Entonces Elvira tuvo otra idea.
“Señora leñadora, tomemos estas piedritas. Las pondremos debajo, como rueditas”.
La leñadora rió: “¡Qué lista!”
Pusieron las piedras, empujaron otra vez, y el árbol rodó despacito hacia un lado. El camino quedó libre.
Lino aplaudió. “¡Lo logramos!”
Elvira inclinó la cabeza. “Gracias. Su ayuda es un gran honor”.
Elvira sacó de su bolsa pan dulce y una pequeña cinta dorada del castillo.
“Para usted”, dijo. “Por su generosidad”.
La leñadora se emocionó. “Compartir es alegría. Buen viaje”.
Siguieron hasta Valleverde. La gente los recibió con banderines.
Elvira dijo fuerte y bonito: “Traigo los honores del rey y nuestra amistad”.
Todos sonrieron. Hubo sopa calentita, música suave y risas.
Al atardecer, Elvira miró el cielo naranja.
“Hoy fuimos valientes y generosos”, dijo a Lino.
“Y no estuvimos solos”, respondió Lino.
Nube relinchó suave. Volvieron al castillo tranquilos, con el corazón lleno, como un tambor de fiesta que late en paz.