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Cuento de caballero 3/4 años Lectura 7 min.

Doña Valiente y la carta del buen trato

Doña Valiente, acompañada por la escudera Lía y su caballo Nube, debe llevar y leer la Carta del Buen Trato por el reino enfrentando obstáculos como un carro atascado, una cuerda en el bosque y un viento travieso, demostrando valor, paciencia e ingenio.

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Doña Valiente, una caballera orgullosa y amable, de pie sobre un pequeño estrado de madera con armadura plateada brillante, capa roja y casco con una pluma azul al viento, sostiene un gran pergamino desenrollado con una mano enguantada; a su izquierda, Lía, una pequeña escudera de unos 8 años con trenza y mirada alentada, sostiene un bolso con pan y queso y susurra al oído de Doña Valiente; detrás, un rey adulto sonriente la observa desde un carruaje dorado a la derecha; justo detrás del estrado está Nube, un caballo blanco tranquilo con ojos dulces; en la plaza empedrada hay puestos de pan, mesas de madera, banderas rojas y amarillas y guirnaldas, niños con coronas de papel y un sol bajo; Doña Valiente lee en voz alta la "Carta del Buen Trato" sujeta con una cinta verde mientras la multitud feliz escucha en círculo y la pluma y los bordes del pergamino se mueven con la brisa. reportar un problema con esta imagen

En un reino de torres altas y banderas de colores, vivía una mujer caballero llamada Doña Valiente. Llevaba una armadura que brillaba como la luna. Su capa era roja, roja como una manzana. Y su casco tenía una pluma azul que bailaba con el viento.

Una mañana suave, el rey le dio un pergamino grande, con un sello de cera dorada. Era la Carta del Buen Trato, una carta muy importante para todo el reino.

“Doña Valiente”, dijo el rey con voz amable, “hoy la leerás en la plaza, en voz alta. Así todos la escucharán y la recordarán”.

Doña Valiente sostuvo el pergamino con cuidado. “Sí, mi rey. Lo haré con honor”.

Ella sonrió, pero por dentro pensó: “Leer en voz alta es una gran misión. Es una misión de valor”.

Doña Valiente montó a su caballo, Nube. Nube era blanco y tranquilo. Sus cascos hacían “toc, toc” sobre el camino de piedra.

En el puente del castillo la esperaba su amiga, la pequeña escudera Lía. Lía llevaba un bolsito con pan y queso.

“Yo voy contigo”, dijo Lía.

“Claro”, respondió Doña Valiente. “En las grandes aventuras, un buen corazón ayuda mucho”.

Caminaron por el camino dorado del campo. Había flores amarillas. Había mariposas. Había un sol tibio.

Pero pronto llegó el primer obstáculo.

Un carro de heno se había quedado atascado en el barro. Las ruedas no podían girar. Un campesino se rascaba la cabeza, preocupado.

“Lo intento y lo intento”, dijo el campesino, “pero no sale”.

Doña Valiente bajó de Nube. Tocó el barro con la punta de su bota. “No está perdido. Solo está pesado”.

Lía miró alrededor. “Podemos traer ramas”.

“Buena idea”, dijo Doña Valiente.

Juntas pusieron ramas y piedras pequeñas bajo las ruedas. Luego empujaron. “Uno… dos… tres… ¡ahora!”

El carro se movió un poquito. Solo un poquito. Doña Valiente respiró hondo.

“Lo haremos otra vez”, dijo ella, firme y dulce. “Otra vez, y otra vez”.

Empujaron de nuevo. “Uno… dos… tres… ¡ahora!”

El carro salió del barro con un “plop” gracioso. El campesino aplaudió.

“¡Gracias, caballera!”, dijo.

Doña Valiente sonrió. “La perseverancia es como empujar con paciencia. Paso a paso”.

Siguieron el camino. Nube caminaba contento. El pergamino iba en una bolsa, bien protegido.

Luego llegó el segundo obstáculo.

En el bosque, una cuerda vieja colgaba de un árbol y había caído sobre el sendero. No era peligrosa, pero sí molestaba. Se enredaba en las patas de Nube.

“Uy”, dijo Lía, “esto nos frena”.

Doña Valiente miró con atención. “No corremos. Pensamos”.

Con calma, desató la cuerda y la enrolló. “Así. Despacio. Sin tirar fuerte”.

“Eres muy lista”, dijo Lía.

“Ser valiente también es ser cuidadosa”, respondió Doña Valiente.

Al salir del bosque, vieron la plaza del pueblo. Había un arco de telas. Había mesas con pan. Había niños con coronas de papel. Todos esperaban.

Pero entonces llegó el tercer obstáculo, el más silencioso.

El viento sopló con ganas. “Fuuu”. La bolsa se abrió un poco. El pergamino asomó y se desenrolló como una cola larga.

“¡Oh!”, dijo Lía.

Doña Valiente sujetó el pergamino con las dos manos. No se rompió, pero se movía y se movía.

“Tranquila”, se dijo a sí misma. “No hay prisa. Lo haré bien”.

Buscó una cinta en su cinturón. Era una cinta verde. La ató con un nudo simple.

“Listo”, dijo. “Si el viento juega, yo también puedo jugar… con inteligencia”.

Llegaron al centro de la plaza. El alcalde puso una silla y un pequeño atril.

“Doña Valiente”, dijo el alcalde, “estamos preparados”.

Doña Valiente subió al atril. Miró a la gente. Vio ojos curiosos. Vio sonrisas. Vio manos pequeñas que saludaban.

Su corazón hizo “pum, pum”. Ella pensó en el carro del barro. Pensó en la cuerda del bosque. Pensó en el viento juguetón.

“Yo puedo”, se dijo. “Yo puedo, yo puedo”.

Lía se colocó a su lado y le susurró: “Estoy contigo”.

Doña Valiente respiró. Abrió el pergamino. La cinta verde lo sostuvo bien.

Y leyó, con voz clara y cálida:

“Esta es la Carta del Buen Trato. En este reino, nos hablamos con palabras suaves. Nos ayudamos. Esperamos nuestro turno. Pedimos perdón. Damos las gracias. Cuidamos a los más pequeños. Cuidamos a los mayores. Cuidamos a los animales. Somos valientes y buenos”.

Los niños repitieron: “¡Valientes y buenos!”

Los panaderos repitieron: “¡Valientes y buenos!”

Hasta Nube relinchó bajito, como diciendo: “¡Hiii!”

Doña Valiente siguió leyendo, despacio, sin apurarse. Si una palabra era larga, la decía en trocitos. Si una línea era difícil, la repetía.

“Per-se-ve-ran-cia”, dijo, sonriendo. “Significa seguir, aunque cueste. Significa intentarlo otra vez”.

La gente aplaudió fuerte, pero sin asustar. “¡Bravo, Doña Valiente!”

Cuando terminó, el rey llegó en su carruaje y la miró con orgullo.

“Has cumplido una misión épica”, dijo el rey. “Con valor, con inteligencia y con perseverancia”.

Doña Valiente hizo una reverencia. “Lo hice con ayuda y con calma”.

Esa tarde hubo música suave. Hubo sopa caliente. Hubo risas.

Al final del día, Doña Valiente y Lía volvieron al castillo. El cielo se volvió naranja y rosa. Nube caminaba lento, feliz.

“¿Ves?”, dijo Doña Valiente. “Las grandes aventuras no siempre son con dragones. A veces son con barro, cuerdas y viento… y una carta que se lee con amor”.

Lía bostezó. “Mañana… ¿habrá otra misión?”

Doña Valiente rió bajito. “Seguro. Y la haremos paso a paso”.

Y en el castillo, con una vela pequeña encendida, guardaron la Carta del Buen Trato en un cofre seguro. Todo quedó en paz. El reino dormía tranquilo, soñando con valentía y bondad.

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Armadura
Ropa de metal que protege el cuerpo de una persona que pelea.
Pergamino
Papel antiguo, enrollado, donde se escriben cartas importantes.
Sello de cera dorada
Pedacito de cera con forma que cierra la carta y la hace especial.
Perseverancia
Seguir intentando muchas veces hasta lograr algo, sin rendirse.
Obstáculo
Algo que está en el camino y que cuesta pasar o mover.
Atril
Mesa pequeña o soporte donde se pone un papel para leer.
Relinchó
Sonido fuerte que hace un caballo con la boca, como un grito.
Reverencia
Inclinarse con respeto para saludar a otra persona.
Nudo simple
Forma de atar una cuerda con un solo cruce, fácil de hacer.
Desenrolló
Abrir algo que estaba enrollado, como un papel o cuerda.
Cuerda
Hilo grueso y fuerte que sirve para atar o sujetar cosas.
Susurró
Hablar muy bajito, casi sin que nadie escuche.

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