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Cuento sobre las vacaciones de verano 11/12 años Lectura 17 min.

El verano de las orejas abiertas

Nico, un niño tímido, se une a un club de verano donde, junto a tres compañeros, participa en juegos y visitas al museo que le enseñan a escuchar, colaborar y encontrar su lugar.

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Hay 4 niños: Lucía, niña de 12 años, pelo castaño en coleta alta, camiseta amarilla y short vaquero, de pie a la izquierda sosteniendo con cuidado una manta térmica plateada; Amir, niño de 12 años, piel morena y pelo negro rizado, de pie centro-izquierda soplando un silbato rojo con expresión divertida; Dani, niño de 12 años, pelo castaño corto y gafas redondas, centro-derecha, mirando serio una carta con una brújula abierta; Nico, niño de 12 años, pelo castaño claro, rostro tímido pero concentrado, agachado a la derecha con una mano sobre el hombro de una monitora simulada. Lugar: patio de un pequeño museo de piedra con suelo empedrado claro, banco de madera desgastado, paneles con ilustraciones de montañas, una cuerda en el suelo que marca una "cornisa" y pinos al fondo, luz de tarde cálida y sombras marcadas. Situación: simulacro de rescate en montaña en un club de verano; equipo atendiendo a una monitora herida de mentira, gestos coordinados, objetos visibles: silbato rojo, brújula metálica, manta térmica plateada y barrita energética beige; expresiones concentradas y solidarias, composición clara, colores vivos y trazos nítidos con texturas detalladas de piedra, tela y metal. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La plaza que olía a melón

El primer lunes de julio, el aire tenía ese olor dulce que sale de los puestos de fruta. En la plaza del pueblo, las sombrillas brillaban como peces de colores. A Nico le sudaban un poco las manos, aunque no hacía tanto calor a la sombra.

No era por la temperatura. Era por la gente.

Nico tenía doce años y, cuando no conocía a los demás, se volvía pequeño por dentro. Hablaba bajito, miraba al suelo y se quedaba observando, como si su cabeza fuese una cámara silenciosa.

Su madre le apretó el hombro con suavidad.

—Vas a estar bien. Solo es el club de verano.

Nico vio a tres niños cerca de una fuente. Una chica con coleta alta estaba bebiendo agua como si acabara de correr una maratón. Un chico moreno hacía girar una pelota con un dedo. Y otro chico, con gafas, señalaba un cartel que decía: “GRANDES JUEGOS EN EQUIPO — Inscripción aquí”.

La chica de la coleta lo vio y levantó la mano.

—¡Hola! ¿Tú también vienes al club? Soy Lucía.

Nico tragó saliva.

—Sí… Nico.

El chico de la pelota sonrió.

—Yo soy Amir. Y este es Dani.

Dani ajustó sus gafas y habló rápido, como si tuviera un motor.

—Hoy empiezan con un juego de pistas. Lo vi en la hoja del programa. ¡Es mi día favorito del año!

Nico quiso decir algo gracioso, pero solo le salió una pequeña risa. Aun así, nadie pareció molestarse. Lucía le acercó una botella fría.

—Toma. Está helada. En verano, compartir agua es como compartir amistad.

Nico bebió un trago. Le refrescó la garganta y, de paso, le quitó un poco el nudo del pecho.

La monitora, Marta, apareció con una carpeta.

—Chicos, formamos equipos de cuatro. ¿Listos para el primer gran juego?

Lucía miró a Nico.

—¿Te apuntas con nosotros?

Nico asintió. No era un “sí” enorme, pero era un “sí” real.

Capítulo 2: El juego de las orejas abiertas

En el parque, bajo unos pinos que olían a resina y sombra, Marta explicó las reglas.

—Se llama “La Ruta del Verano”. Cada equipo recibirá pistas. La clave no es correr, sino escuchar. Escuchar bien las instrucciones, escuchar las ideas del equipo, escuchar el lugar. ¿Entendido?

Amir levantó la mano, exagerando.

—¿Escuchar al viento cuenta?

—Cuenta —dijo Marta—, si el viento te ayuda a pensar.

Les dieron un sobre con la primera pista: “Buscad donde el agua canta sin voz”.

Lucía frunció el ceño.

—¿Una fuente?

Dani ya caminaba en círculos.

—En la plaza hay una fuente, sí… pero en el parque también hay un bebedero pequeño.

Nico miró alrededor. No dijo nada al principio. Se fijó en los sonidos: risas lejos, una bicicleta, hojas moviéndose… y un gorgoteo muy suave, casi escondido.

Señaló con el dedo.

—Allí.

Los otros tres lo siguieron. Era un bebedero viejo, con una palanca de metal. El agua salía en un arco y caía con un “plin-plin” tímido.

Amir aplaudió bajito.

—¡Nico, tienes orejas de detective!

Nico se encogió de hombros, pero por dentro sintió una chispa.

Debajo del bebedero encontraron el siguiente sobre. Decía: “Ahora buscad el lugar donde las historias se guardan en papel y silencio”.

—La biblioteca —dijo Lucía sin dudar.

En la biblioteca, la bibliotecaria los miró por encima de sus gafas, como un búho amable.

—Si vais a correr, hacedlo con los ojos —susurró.

Dani se llevó un dedo a los labios.

—Prometido.

Entre estanterías frescas, Nico se sintió cómodo. Allí el silencio no era incómodo; era como una manta. Encontraron una nota escondida dentro de un libro de montañas, con una foto de un pico nevado.

La nota decía: “Mañana, vuestra aventura sube. Museo de la Montaña. Llevad curiosidad. Y, sobre todo, escuchad”.

Cuando salieron, la luz del mediodía les golpeó la cara. Olía a crema solar y a pan recién hecho.

Lucía se abanico con la pista.

—¿Un museo? Eso suena a… serio.

Amir hizo un gesto dramático.

—Serio no. Misterioso.

Dani se frotó las manos.

—Yo solo digo una cosa: si hay maquetas, me emociono.

Nico sonrió, casi sin darse cuenta. El verano acababa de empezar a hablarle.

Capítulo 3: El Museo de la Montaña y las voces invisibles

Al día siguiente, caminaron hasta el museo. Estaba en una antigua casa de piedra, fresca por dentro. En la entrada había un cartel con un dibujo de una cima, y el aire olía a madera y a algo metálico, como lluvia guardada.

Una guía, Clara, los recibió.

—Bienvenidos al Museo de la Montaña. Aquí no solo se mira: se escucha. La montaña tiene sonidos que cuentan cosas.

Amir miró a Nico.

—Hoy es tu especialidad.

Nico se puso rojo, pero no bajó la mirada. Eso ya era un cambio.

Clara los llevó a la primera sala. Había botas de alpinismo, cuerdas, cascos, y una mochila vieja con parches.

—Esta mochila perteneció a una rescatista —explicó—. En la montaña, el equipo no es solo material. Es también la gente.

Lucía se acercó a una vitrina con un mapa lleno de líneas.

—¿Y si alguien se pierde?

—Por eso se escucha —respondió Clara—. Se escucha el clima, el terreno… y a los compañeros. Muchas veces, el peligro empieza cuando alguien deja de escuchar.

En otra sala había un rincón oscuro con auriculares. Un cartel decía: “SONIDOS DE ALTURA”.

Dani se los puso primero.

—¡Guau! Se oye el viento como si estuviera enfadado.

Lucía probó después.

—Y esto… ¿son piedras cayendo?

Nico se puso los auriculares. Cerró los ojos. Oyó un río rápido, luego el crujido de la nieve, y después una voz tranquila diciendo: “No vayas solo. Di dónde estás. Respira”.

Cuando se los quitó, tenía la piel erizada.

—Se siente… como si alguien te cuidara.

Clara asintió.

—Esa es la idea. La montaña puede ser dura, pero también enseña.

Al final de la visita, Marta los esperaba con una sonrisa que anunciaba problema divertido.

—Equipo, hoy toca “El Rescate”. Un gran juego por estaciones. Tendréis que pasar pruebas, ayudaros y… escuchar, claro.

Les entregó una tarjeta con su misión: “Encontrad a la excursionista perdida. Seguid las señales del museo y del patio. No gana quien corre más, sino quien se organiza mejor”.

Lucía se ató el pelo más fuerte.

—Vale, equipo. ¿Plan?

Amir miró a los lados.

—Plan: que Dani sea el mapa, Nico el oído, Lucía la jefa… y yo el ánimo.

—¿Y si yo no quiero ser jefa? —preguntó Lucía, aunque sonreía.

Nico habló, sorprendiéndose a sí mismo por lo claro que sonó.

—Podemos turnarnos. Y si alguien tiene una idea, se escucha primero.

Dani levantó el pulgar.

—Aprobado por el comité de gafas.

Y así, con un plan pequeño pero sólido, empezaron.

Capítulo 4: La carrera que no era solo carrera

La primera estación estaba en el patio del museo. Había una cuerda en el suelo formando un camino estrecho.

—Imaginad que es una cornisa —dijo Marta—. Si pisáis fuera, volvéis al inicio. Solo podéis pasar de uno en uno, pero el equipo puede dar instrucciones.

Amir se ofreció primero y avanzó como si estuviera en una película.

—¡Miren, soy una cabra montés!

—Menos cabra, más equilibrio —le dijo Lucía, conteniendo la risa.

Amir casi pisa fuera. Nico, sin gritar, dijo:

—Un poco a la izquierda. Ahora pausa. Respira.

Amir obedeció y terminó.

—Nico, tu voz es como una cuerda invisible.

La segunda estación era un “teléfono de montaña”. Dos latas unidas por un cordel largo. Había que transmitir un mensaje sin que se perdiera: “Punto de encuentro: pino grande, tres piedras, agua cerca”.

Dani habló rápido por la lata.

—¡Punto de encuentro, pino grande, tres piedras, agua cerca!

Lucía escuchó, pero el cordel vibraba con el viento y el mensaje se deformó.

—¿Dijo… “pino grande, tres… bicicletas”?

Amir se echó a reír.

—Tres bicicletas en la montaña, claro.

Nico levantó una mano.

—Esperad. Dani, dilo más lento. Y Lucía, repite lo que oigas para comprobar.

Lo hicieron. Esta vez, el mensaje llegó limpio. Dani lo miró con respeto.

—Eso fue… método.

La tercera estación era una caja con objetos: brújula, silbato, manta térmica, una barrita energética, una linterna.

—Elegid solo tres para vuestro rescate —indicó Marta—. Tenéis treinta segundos.

Lucía fue a por la linterna y el silbato.

—Por si hay oscuridad y para avisar.

Amir agarró la barrita.

—Por si el rescate tiene hambre.

Dani estiró la mano hacia la brújula.

—Dirección, siempre.

Nico miró la manta térmica. No era brillante ni emocionante, pero se imaginó a alguien temblando.

—¿Y la manta?

—Ya tenemos tres —dijo Amir, dudando.

Nico no insistió con fuerza, pero habló de nuevo, mirando a los tres.

—Si alguien está perdido, puede tener frío incluso en verano, si se asusta o se moja. La manta puede ser… importante.

Lucía se quedó un segundo quieta. Luego dejó la linterna.

—Cambiamos. Silbato, brújula y manta.

Dani asintió, serio.

—Buena decisión.

Amir alzó la barrita como si fuera un trofeo.

—Me sacrifico por el equipo. Mi estómago lo entenderá.

Siguieron las señales: huellas pintadas, flechas, pequeñas notas escondidas en rincones del museo. Cada vez que se discutía una idea, Nico se daba cuenta de algo nuevo: no era el más rápido ni el más ruidoso, pero podía ser útil.

Al final, encontraron a la “excursionista perdida”: una monitora sentada tras un banco, con una venda falsa en el tobillo y cara de drama.

—¡Ay, mi pobre tobillo imaginario!

Dani se arrodilló.

—Procedemos con el protocolo.

Amir sopló el silbato. Sonó fuerte y un poco cómico, como un pato enfadado.

Lucía extendió la manta térmica sobre la monitora con cuidado.

—Tranquila. Te tenemos.

Nico se agachó y preguntó, despacio:

—¿Te duele mucho? ¿Puedes mover los dedos?

La monitora sonrió, ya sin tanto teatro.

—Me duele menos desde que os escucho trabajar juntos.

Marta llegó con una tarjeta final: “Equipo completo. Victoria: cooperación”.

Lucía chocó la mano con todos.

—No ganamos por correr. Ganamos por… pensar juntos.

Dani se acomodó las gafas.

—Y por repetir mensajes correctamente. Eso es ciencia.

Amir se puso la mano en el corazón.

—Y por mi heroico sacrificio de no comer la barrita.

Nico rió, esta vez en voz alta. El sonido le pareció raro y bonito, como un chapuzón en agua fresca.

Capítulo 5: Tardes largas y conversaciones pequeñas

Los días siguientes, el club de verano siguió. No siempre había juegos enormes. A veces solo había talleres, helados y paseos al atardecer.

Una tarde, se sentaron en un muro bajo, mirando cómo el sol pintaba las nubes de naranja. La piel olía a piscina y a hierba.

Lucía se balanceaba con los pies.

—Antes me daba vergüenza mandar, ¿sabéis? Pensaba que si decía algo, iba a caer mal.

Dani mordisqueó el tapón de su botella.

—Yo hablo mucho porque me pongo nervioso si nadie dice nada. Es como si el silencio me persiguiera.

Amir miró sus manos.

—Yo hago chistes porque… a veces no sé cómo decir lo que siento sin bromear.

Los tres se quedaron mirando a Nico, que estaba arrancando una brizna de hierba con cuidado.

Nico sintió el impulso de esconderse, como siempre. Pero el aire era suave. Y ellos lo estaban mirando sin prisa.

—Yo… —empezó— cuando no conozco a la gente, me vuelvo silencioso. No es que no quiera hablar. Es que primero necesito escuchar para entender dónde estoy.

Lucía le dio un codazo suave.

—Pues tu manera de escuchar nos salvó el tobillo imaginario.

—Y nuestro mensaje de las bicicletas —añadió Amir.

Dani asintió.

—Además, escuchar es una habilidad. No todo el mundo la tiene.

Nico notó calor en la cara, pero esta vez no era vergüenza. Era algo parecido a estar en casa.

Se quedaron un rato en silencio. Pero no fue un silencio incómodo. Fue un silencio compartido, como cuando todos miran el mismo paisaje y no hace falta explicar nada.

Al final, Lucía dijo:

—Mañana podríamos volver al museo. Quiero escuchar otra vez esos sonidos de altura.

—Y yo quiero comprobar si el viento sigue enfadado —dijo Dani.

—Y yo… —Amir levantó una ceja— quiero ver si hay tienda de recuerdos con imanes.

Nico miró el cielo que se iba apagando poco a poco.

—Podemos ir. Pero esta vez… no solo a mirar. A recordar.

Capítulo 6: La promesa que se guarda en el pecho

El último día del club, el verano parecía aún más verano. Las chicharras cantaban como si no se cansaran nunca. En la plaza, el puesto de melón seguía ahí, y el aire seguía oliendo a fruta dulce.

Marta repartió diplomas simples, con letras grandes.

—No son por ser los más rápidos —dijo—. Son por aprender a estar en equipo.

Cuando le dio el suyo a Nico, le susurró:

—Tu escucha es un regalo. No la escondas.

Nico apretó el papel. Sintió que era ligero, pero importante.

Después, los cuatro fueron caminando sin prisa. Pasaron por la fuente, por la biblioteca y, por última vez, por el Museo de la Montaña. Entraron solo un momento. En la sala de los auriculares, Nico se los puso y escuchó el río, la nieve, la voz tranquila.

“Respira. No vayas solo.”

Se los quitó y miró a sus amigos. Lucía estaba leyendo un panel, concentrada. Dani intentaba imitar el sonido del viento sin hacer el ridículo (no lo consiguió del todo). Amir comparaba dos imanes y decía que ambos eran “imprescindibles para la supervivencia”.

Nico pensó que, al principio del verano, él habría estado detrás, callado, pegado a la pared. Ahora estaba allí, en medio de todo, sintiendo que su lugar existía.

Al salir, el sol les golpeó otra vez. La calle temblaba un poco por el calor. El mundo parecía grande y cercano a la vez.

Lucía se detuvo.

—Cuando volvamos al cole, seguro que todo va más rápido.

Dani suspiró.

—Y habrá exámenes y horarios y “date prisa”.

Amir se encogió de hombros, pero con una sonrisa tranquila.

—Podemos llevarnos esto. Como un bolsillo secreto.

Nico no dijo nada durante un segundo. Luego habló, despacio, para que cada palabra tuviera sitio.

—Yo quiero acordarme de estos días. Del olor a melón, del museo fresco, del sonido del agua, de las risas… y de cómo me escuchasteis.

Lucía lo miró con seriedad suave.

—Y nosotros queremos acordarnos de cómo tú nos enseñaste a escuchar.

Nico sintió algo firme por dentro, como una piedra lisa que se guarda en el bolsillo: pequeña, pero segura.

Mientras caminaban hacia la plaza, hizo una promesa silenciosa, solo para él: guardar esos instantes como se guardan los buenos sonidos, sin prisas, con atención. Y recordarlos cuando el mundo se volviera ruidoso.

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Rescatista
Persona que ayuda a otras que están en peligro o en una emergencia.
Resina
Sustancia pegajosa y aromática que sale de algunos árboles.
Gorgoteo
Sonido suave y burbujeante que hace el agua al moverse.
Vitrina
Caja de vidrio donde se muestran objetos para que la gente los vea.
Búho
Ave nocturna con ojos grandes que parece estar siempre observando.
Auriculares
Aparatos que se ponen en las orejas para escuchar sonidos.
Manta térmica
Cubierta ligera que mantiene el calor del cuerpo en emergencias.
Brújula
Objeto que indica la dirección para orientarse en un lugar.
Cornisa
Parte estrecha y saliente por donde hay que caminar con cuidado.
Protocolo
Conjunto de pasos que se siguen en una situación importante.
Venda
Tela que se usa para cubrir y proteger una herida.
Maquetas
Modelos pequeños que muestran cómo es algo más grande.
Chicharras
Insectos que hacen un sonido fuerte y continuo en verano.
Barrita energética
Pequeño alimento con nutrientes para dar energía rápida.
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