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Cuento sobre las vacaciones de verano 11/12 años Lectura 15 min.

El póster del lago espejo: recuerdos del verano sin prisa

Inés pasa el verano en el lago reuniendo pequeños recuerdos que convierte en un póster-souvenir mientras aprende a escuchar sus miedos, disfrutar de las pausas y compartir la amistad con Nora.

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Niña de 12 años, Inés, rostro redondo, ojos grandes y brillantes, expresión orgullosa y serena, cabello castaño recogido en coleta, traje de baño a rayas azul y blanco, extendiendo la mano hacia una boya naranja flotante; niña de unos 12 años, Nora, cabello negro rizado, sonrisa traviesa, short amarillo y top de baño verde, nadando junto a Inés y aplaudiendo suavemente, ligeramente detrás y a la derecha; socorrista adulto de ~30 años, piel clara, gorra azul y gafas de sol, de pie en una pequeña plataforma con sombrilla roja en la playa, atento pero relajado; playa de lago soleada con arena fina y pequeñas piedras, agua verde azulado brillante con suaves olas, bandera amarilla, toalla y hieleras en la orilla y árboles al fondo; momento dulce y triunfal cuando Inés alcanza la boya cerca del límite de baño, destellos de luz y gotas brillantes sobre el agua, ambiente veraniego y seguro, composición centrada en las dos niñas y la boya. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La caja de cartón y el primer recorte

El primer día de vacaciones, Inés abrió la ventana y el aire caliente le acarició la cara como una toalla recién sacada del sol. En el patio sonaban cucharas, una radio bajita y las palomas discutiendo por migas invisibles.

—Mamá, ¿qué hago con tanto tiempo? —preguntó, medio riéndose, medio en serio.

Su madre levantó una ceja, divertida.

—Una pregunta peligrosa. Si no quieres que te ponga a limpiar persianas, invéntate un plan.

Inés miró su habitación. La estantería, los cuadernos del curso, una botella de agua a medias… y, en un rincón, una caja de cartón vacía de un envío.

La arrastró hasta el suelo. Dentro encontró cosas sin dueño: un puñado de revistas viejas, tickets de supermercado, una cinta de regalo, y un mapa arrugado de la zona del lago que les habían dado el verano anterior.

Le brillaron los ojos.

—Voy a hacer un póster-souvenir. Uno grande. Para colgarlo y acordarme de todo.

—¿De “todo” todo? —preguntó su madre, pasando por el pasillo.

—De las cosas pequeñas. Las que luego se olvidan.

Sacó tijeras, pegamento y una cartulina. El sonido de la tijera era como una lluvia pequeñita: clic, clic, clic. Recortó un sol de una revista, pero el sol tenía gafas de sol y sonreía demasiado.

—Parece un tío en la playa —dijo Inés en voz alta, y se rió sola.

Pegó el sol en la esquina superior. Debajo, dejó espacio en blanco, como si ese hueco pudiera llenarse con el verano entero.

Capítulo 2: Rumbo al lago y un olor a crema solar

Dos días después, metieron la neverita en el coche y las chanclas chocaron entre sí como castañuelas. El camino al lago estaba bordeado de árboles que parecían abanicos. Inés iba pegada a la ventanilla, contando sombras.

—Hoy el agua va a estar helada —advirtió su padre.

—Eso dices siempre —respondió Inés—. Y luego yo soy la primera en entrar.

Cuando llegaron, la playa del lago estaba vigilada. Un puesto de socorrista con una sombrilla roja, una bandera amarilla ondeando suave y un silbato que se oía de vez en cuando, como recordatorio amable de que el agua también merece respeto.

La arena no era arena de mar: era más gruesa, con piedrecitas que cosquilleaban la planta del pie. Olía a crema solar, a hierba caliente y a bocadillo de tortilla.

Inés extendió su toalla y miró el lago. El agua era verde-azul, tranquila, con destellos como monedas.

—¿Ves? No parece peligrosa —dijo.

—Las cosas tranquilas también tienen reglas —contestó su madre—. Siempre entre las boyas, ¿vale?

Inés asintió. Le gustaba que la cuidaran sin asustarla.

En el agua se encontró con una chica de su edad, pelo rizado y gafas empañadas.

—Soy Nora —dijo la chica, soplando el flequillo—. ¿Vienes mucho?

—Soy Inés. Vengo cuando me dejan escapar —bromeó—. O sea, casi siempre.

Nora señaló el puesto del socorrista.

—Mi primo dice que el socorrista tiene ojos de halcón. Te ve hasta si mueves un dedo raro.

Inés miró al socorrista. Tenía una gorra azul y una expresión tranquila, como si el mundo estuviera en orden.

—Mejor. Así me da menos miedo tirarme de cabeza.

Se metieron poco a poco. El agua estaba fresca, sí, pero era una frescura que despertaba. Inés sintió cómo se le erizaban los brazos y luego, de pronto, cómo el cuerpo se acostumbraba. Nadó hasta las boyas. El lago parecía abrazarla por todas partes.

En un descanso, Nora le enseñó a flotar sin hacer esfuerzo.

—Deja que el agua te sostenga —dijo—. No luches.

Inés lo intentó. Cerró los ojos. Oyó las risas, el chapoteo, el viento moviendo las hojas. Por un momento, fue ligera.

Al salir, encontró una hoja grande, casi perfecta, con forma de corazón.

—Para mi póster —susurró, como si fuera un tesoro.

La guardó en un libro viejo de la neverita para que se secara plana.

Capítulo 3: El pequeño desafío y el silbato

Al día siguiente volvieron. El sol era más fuerte y la sombrilla parecía más pequeña. Inés llevaba una gorra y una botella de agua.

—Hoy quiero llegar nadando hasta la boya naranja —anunció.

Su padre la miró con esa mezcla de orgullo y prudencia.

—Con calma. Y si te cansas, paras.

En el agua, Nora ya la esperaba.

—¿Boya naranja? Ambiciosa —dijo, sonriendo—. Vamos juntas.

Nadaron despacio, marcando el ritmo. Inés sentía los músculos trabajando, la respiración más rápida. El lago, que desde la orilla parecía un plato, allí se hacía profundo. Notó un pellizco de nervios.

—¿Te pasa algo? —preguntó Nora.

—Me… me impresiona —admitió Inés—. No es miedo, es… como si el lago fuese muy grande de repente.

Nora se encogió de hombros.

—Es grande. Y ya. Lo importante es que tú decidas cuánto.

Inés se acordó de flotar. Se dio la vuelta, se dejó sostener. Miró al cielo. Una gaviota pasó muy alta. El pecho se le aflojó.

De pronto sonó un silbato. Un sonido seco y claro. Miraron hacia el puesto del socorrista. Una familia se había alejado fuera de la zona de boyas. El socorrista levantó el brazo, señalando. No gritó. Solo indicó, firme.

La familia volvió sin discutir. El lago siguió igual de brillante.

—Es como un árbitro del agua —dijo Nora.

—Sí, pero sin enfadarse —respondió Inés, y eso le gustó.

Llegaron a la boya naranja. Inés la tocó con una mano, como si fuese el final de un capítulo de su vida.

—¡Hecho! —exclamó, jadeando.

—Ahora la parte difícil: volver —bromeó Nora.

De regreso, Inés no corrió. No quiso demostrar nada. Solo nadó, sintiendo cada brazada. Y cuando salió, la madre le dio una toalla y un beso en la frente.

—¿Cómo te fue?

—Me escuché a mí misma —dijo Inés—. Y al silbato.

En la tarde, en casa, recortó de una revista una boya roja y la pegó en el póster. Al lado escribió con rotulador: “Llegué sin prisa”.

Capítulo 4: El mercadillo, los tickets y una risa tonta

Un sábado por la mañana fueron al mercadillo del pueblo. No era un plan espectacular, pero el aire olía a melocotón y pan recién hecho. Inés llevaba una bolsita de tela y su madre le dio monedas.

—Solo una cosa —dijo—. Algo pequeño.

Inés paseó entre puestos de pulseras, libros usados y imanes con frases graciosas. En uno, un señor vendía postales antiguas del lago. Se veían barcas de madera y gente con sombreros de paja.

—¿Cuánto cuesta esta? —preguntó Inés.

—Cincuenta céntimos —respondió el señor—. Y te regalo una historia: antes, el lago se llamaba “el espejo” porque las tardes se reflejaban enteras.

Inés imaginó una tarde doblada dentro del agua.

—Me la llevo.

Más adelante, Nora apareció con un helado que ya se estaba derritiendo.

—¡Inés! —dijo—. Mira, mi helado está llorando.

—Dile que se aguante, que hace calor para todos —contestó Inés.

Las dos se rieron de una forma tonta y fácil, de esas risas que no necesitan explicación. Compraron limonada, compartieron una bolsa de cerezas y guardaron los huesos en un papel, como si fueran semillas de un recuerdo.

Al volver a casa, Inés pegó la postal en el centro del póster. Añadió el ticket de la limonada, con la fecha, y una cereza dibujada con rotulador rojo.

Su padre pasó por detrás y leyó.

“El lago espejo”… Suena a película.

—No hace falta película —dijo Inés—. Con esto me vale.

Y era verdad. El póster empezaba a llenarse, pero no de cosas caras: de señales, de detalles. Como migas para volver a encontrar el verano cuando se perdiera en el otoño.

Capítulo 5: Tarde de tormenta y el arte de esperar

Una tarde el cielo cambió de humor. Las nubes llegaron despacio, grises, como algodón mojado. Se oyó un trueno lejano.

—Hoy no hay lago —dictaminó su madre.

Inés puso cara de tragedia.

—¡Pero si iba a practicar el salto desde el muelle!

—Y yo iba a practicar convertirme en astronauta —respondió su madre—. Otro día.

La tormenta estalló con lluvia fuerte, de esas que hacen un ruido redondo en el suelo. Inés se sentó en el balcón, segura bajo el techo, y miró cómo las gotas hacían carreras por la barandilla.

Sintió un pequeño enfado. No por la lluvia, sino por el plan que se deshacía. Le daba rabia que el verano, tan brillante, también tuviera interrupciones.

Su abuela la llamó por videollamada.

—¿Qué cara es esa, Inés?

—Cara de “me toca esperar”.

La abuela rió.

—Esperar también es una aventura. ¿Sabes qué hacen las plantas cuando llueve? Beben sin prisas.

Inés miró las macetas del balcón. Las hojas brillaban, lavadas.

—¿Y qué hago yo? ¿Beber agua?

—Puedes hacer tu póster —sugirió la abuela—. Pega la lluvia.

Inés abrió mucho los ojos.

—¿Pegar la lluvia?

—Pegar la idea. Un dibujo. Un sonido escrito. Lo que tú quieras.

Inés se fue a su mesa, sacó la cartulina y dibujó una nube con gotas. Luego pegó un trocito de papel plateado de un envoltorio y escribió: “Tormenta: pausa obligatoria”. Debajo añadió otra frase: “Aprendí a no enfadarme tanto”.

Cuando la lluvia aflojó, el aire olía a tierra fresca. Inés respiró hondo. La espera, al final, tenía su propio sabor.

Capítulo 6: El último día en la playa vigilada y una promesa

Llegó el último día de lago antes de volver a la ciudad. El sol estaba más suave, como si también se preparara para despedirse. La bandera seguía amarilla. El socorrista saludó con la cabeza a la gente que entraba.

Inés y Nora se sentaron en la orilla, dejando que el agua les mojara los tobillos.

—No quiero que se acabe —dijo Nora, dibujando líneas en la arena.

—Se acaba el lago, pero no lo que hicimos —respondió Inés—. Se queda en la cabeza. Y en mi póster.

Nora la miró con interés.

—¿Puedo verlo?

Inés abrió su mochila y sacó una foto que le había hecho a la cartulina para no llevarla entera.

—Mira. Aquí está la boya, la postal, la nube… y la hoja corazón.

Nora sonrió.

—Es como un mapa de cosas normales. Pero dan ganas de vivirlas.

Inés se encogió de hombros, contenta.

—Eso es lo que me gusta. No hace falta ir lejos.

Se metieron al agua una última vez. Inés no intentó la boya naranja. Nadó hasta donde se sentía cómoda, se dio la vuelta y flotó. Se acordó del primer día, de la frescura, de su corazón acelerado.

En la orilla, el silbato sonó otra vez, no por peligro, sino para anunciar que una pelota había salido del área de baño. Alguien corrió a buscarla, pidiendo perdón. Todos rieron. El lago seguía siendo un lugar compartido, con reglas sencillas.

Antes de irse, Inés recogió un pequeño puñado de arena con piedrecitas y lo guardó en un botecito vacío bien cerrado.

—Para el póster —explicó a su madre—. No voy a pegar arena, pero sí puedo pegar el bote al lado con cinta fuerte.

—Eso sí que es un recuerdo con peso —dijo su padre.

Nora la acompañó hasta la salida.

—En septiembre nos escribimos, ¿vale?

—Y si quieres, te mando ideas para tu propio póster —dijo Inés.

—Trato hecho.

Se chocaron las manos, como si firmaran un contrato invisible.

Capítulo 7: Pegamento, despedida y ganas de contarlo

La noche antes de volver, Inés terminó su póster-souvenir. La cartulina ya no parecía vacía: era un collage de sol con gafas, boya recortada, postal del “lago espejo”, ticket de limonada, nube plateada, hoja corazón y, en un lado, el botecito con piedrecitas sujeto con cinta.

Su madre se asomó a la puerta.

—¿Te ayudo?

—Solo míralo conmigo —pidió Inés.

Se quedaron en silencio un momento. Inés sintió algo cálido en el pecho. No era solo alegría. Era esa mezcla de gratitud y un poquito de nostalgia que llega cuando algo bueno termina.

—¿Sabes qué es lo mejor? —dijo Inés al fin.

—¿Qué?

—Que no hicimos cosas enormes. Y aun así… siento que crecí. Aprendí a escucharme en el agua. A esperar cuando llueve. A disfrutar de un mercadillo. A reírme por un helado que “llora”.

Su madre le apartó un mechón de pelo.

—Eso es el verano. Cuando lo miras bien.

Inés colgó el póster en la pared, justo al lado del escritorio donde haría los deberes en unas semanas. Lo miró como quien guarda una luz para más tarde.

Al acostarse, pensó en la vuelta al cole. En los pasillos, en las caras conocidas, en la pregunta de siempre: “¿Qué hiciste en verano?”

Esta vez, Inés no imaginó una respuesta rápida. Se imaginó sacando una foto del póster, enseñando la hoja en forma de corazón, la postal del lago, la nube de papel plateado.

—Voy a contarlo —se dijo—. Pero sin presumir. Solo para compartir. Para que a alguien le den ganas de buscar su propia cosa pequeña.

Y con esa idea, sencilla y brillante como una tarde reflejada en el agua, se durmió.

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Hoja de papel grueso y resistente para manualidades o pósters.
Socorrista
Persona que vigila el agua y ayuda si alguien está en peligro.
Boyas
Objetos flotantes que marcan zonas seguras en el agua.
Flotar
Mantenerse en la superficie del agua sin hundirse.
Mercadillo
Lugar con muchos puestos donde se venden cosas al aire libre.
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