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Cuento sobre las vacaciones de verano 11/12 años Lectura 13 min.

El mirador secreto y la aventura del estanque de nenúfares

Nico y sus amigos siguen un mapa hacia un mirador, superan pequeños obstáculos como una valla caída y ayudan a un pato en un estanque, aprendiendo a decidir y a disfrutar la aventura juntos.

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Cuatro niños de 12 años trabajan juntos en un sendero rural entre árboles y hortalizas: un chico entusiasta de cabello castaño despeinado, camiseta azul clara manchada de polvo y short kaki, sostiene un mapa viejo y sonríe; Lara, alegre con coleta castaña y gorra roja, atrapa una gorra que vuela y está a la izquierda; Samu, serio y apañado con pelo negro corto, lleva una caja de herramientas y sostiene una rama larga a la derecha; Inés, atenta y organizada con pelo negro suelto y blusa clara, toma notas en un cuaderno detrás del grupo; levantan una valla de madera rota para ayudar a un pequeño pato junto a un estanque con nenúfares, sobre suelo rojo polvoriento, al atardecer con tonos rosas y dorados, ambiente cálido y aventurero. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La mochila y el mapa arrugado

El primer lunes de vacaciones, Nico abrió la ventana y el aire le entró como una bebida fría: olía a piscina, a crema solar y a hierba recién cortada. Tenía once años y una energía que no cabía en su habitación.

—Este verano voy a vivir una aventura —anunció, como si la casa fuera un público.

Su madre, desde la cocina, contestó sin levantar la voz:

—Empieza por vivir la aventura de poner la mesa.

Nico obedeció, pero mientras colocaba los vasos imaginó un tesoro escondido en algún lugar del pueblo. En la repisa encontró un mapa viejo del centro cultural: una hoja con rutas de senderismo marcadas en verde, con flechas torcidas y un punto rodeado por un círculo. Al lado del círculo, alguien había escrito “Mirador”.

Llamó a su vecina y amiga, Lara, que tenía su misma edad y una risa rápida.

—¿Te apetece subir a un mirador? —preguntó Nico, enseñándole el mapa como si fuera un secreto de espías.

—Si hay sombra y no me obligas a correr, vale —dijo Lara—. Pero vamos con más gente. Mi madre dice que las aventuras en grupo son más seguras.

Nico puso cara de “ay, los adultos”, pero en el fondo le gustó la idea. Llamaron también a Samu, que era bueno arreglando cosas, y a Inés, que siempre llevaba una libreta para apuntar “detalles importantes”, según ella.

A la hora de la siesta, cuando el sol apretaba en las baldosas, se reunieron en la plaza con botellas de agua y gorras.

—Regla número uno —dijo Inés, escribiendo—: nadie se separa.

—Regla número dos —añadió Samu—: si alguien se cae, no se ríe… hasta que sepamos que está bien.

—Regla número tres —dijo Lara—: si veo un perro muy grande, cambiamos de acera.

Nico guardó el mapa en su mochila y notó algo nuevo: la emoción no era solo suya. Era de todos.

Capítulo 2: El camino de polvo y las risas

Salieron por un sendero que bordeaba huertos. Las tomateras brillaban, y las hojas de las calabazas parecían manos verdes extendidas. Las cigarras zumbaban como si alguien hubiese dejado encendido un motor pequeñito.

Nico caminaba delante, orgulloso, siguiendo las flechas del mapa. A los diez minutos, el camino se dividió en dos.

—Según yo, es por aquí —dijo Nico, señalando la izquierda.

—Según el mapa… —Inés acercó el papel a su nariz— no se entiende nada. Este “aquí” podría ser “allí”.

—Yo veo huellas de bici en la derecha —observó Samu—. Eso significa que alguien pasa por ahí.

Lara se agachó y tocó el polvo.

—Y está menos caliente. Hay más sombra. Voto por la derecha.

Nico apretó la correa de la mochila. Le costaba admitirlo, pero el equipo estaba teniendo buenas ideas.

—Vale, derecha —aceptó.

El sendero se volvió más estrecho. Una rama baja rozó la gorra de Nico y se la llevó como un ladrón. Lara la atrapó en el aire.

—¡Punto para mí! —celebró, devolviéndosela.

Más adelante, encontraron una valla caída. Era de madera vieja, con clavos asomando como dientes.

—No pasemos por encima —dijo Samu—. Puede engancharse la ropa.

—Podemos moverla entre todos —propuso Nico.

Se colocaron a cada lado. Contaron:

—¡Una, dos y tres!

La valla crujió, pero se levantó lo suficiente para abrir paso. Nico sintió un orgullo diferente al de “yo solito”: era un orgullo compartido, como cuando en clase logran un buen trabajo en grupo y nadie sabe exactamente de quién fue la mejor idea.

Siguieron andando, y el calor ya no parecía enemigo; era solo el verano haciendo lo suyo.

Capítulo 3: El estanque de los nenúfares

El camino desembocó en una zona más fresca. Se oía agua, un sonido suave, como si alguien pasara páginas lentamente. Entre los árboles apareció un estanque redondo, quieto, con nenúfares flotando. Sus hojas verdes eran platos enormes y algunas flores asomaban blancas y rosadas, limpias como jabón.

—Guau… —susurró Nico.

El aire olía a menta y barro húmedo. Una libélula azul pasó tan cerca que pareció un destello.

—Esto sí que es una aventura —dijo Lara, sentándose en una piedra.

Inés sacó su libreta.

—Anoto: “Estanque con nenúfares. Parece de película. No meter el pie”.

—Muy buena norma —dijo Samu—. El borde está resbaladizo.

Nico se agachó para mirar el agua. Vio renacuajos moviéndose como comas vivas.

—¿Creéis que aquí hay… algo escondido? —preguntó, bajando la voz.

—Hay vida escondida, seguro —dijo Inés—. Mira esos bichitos.

De pronto, escucharon un “plop” y un chapoteo pequeño. Un pato joven, todavía torpe, pataleaba cerca de los nenúfares, como si no supiera salir de un rincón del estanque. Se acercaba demasiado a las hojas, enredándose.

—No está atrapado, pero se asusta —dijo Lara.

Nico sintió el impulso de hacer algo rápido, de ser héroe. Dio un paso, y la suela resbaló un poco.

—¡Quieto! —advirtió Samu—. Si te caes, lo empeoras.

Inés miró alrededor y señaló una rama larga caída.

—Con eso podríamos guiarlo, sin tocarlo.

—Y sin acercarnos al borde —añadió Lara.

Trabajaron como si fueran un equipo de rescate de verdad. Samu sostuvo la rama por la parte más gruesa. Nico y Lara agarraron el medio para controlar la dirección. Inés se quedó atrás, vigilando que nadie resbalara y dando instrucciones.

—Despacio… por la derecha… sin darle golpes —decía Inés, como una entrenadora.

Acercaron la rama al agua, solo para marcar un camino. El pato, nervioso, cambió de dirección. Se alejó de los nenúfares y nadó hacia una zona más abierta. Allí, un pato adulto apareció como una madre enfadada y cariñosa a la vez, y el joven se pegó a su lado.

—Misión cumplida —murmuró Nico, con una sonrisa que le calentó más que el sol.

Lara le dio un toque con el codo.

—¿Ves? No hizo falta saltar al agua como en las películas.

—Ya… —Nico se rió—. Menos mal.

Se quedaron un rato mirando el estanque. El mundo parecía tener una pausa especial allí, como si el verano respirara despacio.

Capítulo 4: La subida al mirador

Cuando el sol empezó a bajar un poquito, retomaron el camino. La pendiente hacia el mirador se veía entre pinos. El suelo estaba cubierto de agujas secas que crujían bajo las zapatillas.

—Mis piernas están haciendo huelga —se quejó Lara, exagerando—. Exigen helado.

—Mis piernas no se quejan —dijo Samu—. Pero mi estómago sí.

Nico sacó una bolsita de frutos secos y la repartió. El gesto fue pequeño, pero les dio fuerzas y buen humor. Inés, mientras comía, miró el mapa.

—Estamos cerca. Si seguimos estas marcas rojas… —se quedó pensativa—. O lo que antes eran rojas.

Nico iba sintiendo el cansancio como una piedrecita dentro del zapato. Pero cuando miró a sus amigos, vio lo mismo en ellos: sudor en la frente, mejillas coloradas y una determinación tranquila.

A mitad de subida, el sendero se confundía entre dos rocas. Había una señal de madera medio caída.

—Aquí dice “Mirador” —leyó Samu, inclinándose—. Pero la flecha apunta al suelo.

—Pues gracias, flecha —bromeó Lara.

Nico miró alrededor. A la izquierda había un tramo con piedras grandes. A la derecha, un camino más largo pero más estable.

—Yo escogería el corto —dijo Nico, casi por costumbre.

Inés levantó la vista.

—El corto se ve resbaladizo. Si alguien se tuerce un tobillo, se acabó la aventura.

Samu asintió.

—Mejor el largo. Llegamos todos.

Nico respiró hondo. Quería llegar ya, ser el primero, sentir esa sensación de “lo logré”. Pero también quería que nadie se lastimara por su prisa.

—Vale —dijo—. Vamos por el largo.

El sendero largo tuvo una recompensa: pasaba junto a un claro donde el viento olía a resina y el silencio era cómodo. Nico notó que elegir con calma también era parte de crecer, aunque nadie aplaudiera.

Capítulo 5: Un atardecer desde lo alto

Llegaron al mirador cuando el cielo empezaba a cambiar de color, como una camiseta que se tiñe poco a poco. Era una plataforma sencilla de madera con barandilla. Desde allí, el pueblo parecía un dibujo: tejados naranjas, calles finas, y al fondo los campos como una manta.

—Madre mía… —dijo Lara, apoyando los brazos en la barandilla.

El sol, grande y redondo, bajaba detrás de unas colinas. El aire era más fresco, y Nico sintió la piel de los brazos erizarse un poco. Las nubes se pintaron de rosa y dorado. Todo estaba en alto, y también lo estaba su corazón, como si hubiese subido con ellos.

Nico se quedó callado. No porque no tuviera palabras, sino porque le daba miedo que las palabras fueran demasiado pequeñas.

Samu habló bajito:

—Parece que el cielo se está derritiendo.

Inés anotó algo, pero luego cerró la libreta sin leerlo.

—Esto… prefiero recordarlo con los ojos.

Nico miró a sus amigos. Estaban cansados, sí. Pero sonreían como si hubieran descubierto un secreto del mundo. Y Nico entendió que su aventura no era solo “llegar”. Era compartir el camino, las decisiones, los sustos y las risas.

—Gracias por venir —dijo de repente.

Lara le dio un empujoncito suave.

—Gracias a ti por no tirarte al estanque a lo loco, héroe.

—Y por elegir el camino largo —añadió Samu—. Me gustan las aventuras con tobillos intactos.

Nico soltó una carcajada, y el sonido se mezcló con el canto lejano de un pájaro.

Cuando el sol tocó casi el borde de las colinas, el mundo se volvió más silencioso. Nico sintió una emoción nueva: una mezcla de alegría y una puntita de nostalgia, como cuando acaba una canción buena.

Capítulo 6: El regreso y la lección del verano

Bajaron con cuidado, siguiendo el sendero como si llevaran el atardecer en la mochila. El cielo se oscureció lentamente, pero aún quedaba luz para ver el camino.

Al pasar cerca del estanque, se detuvieron un momento. Los nenúfares flotaban igual que antes, tranquilos, y el agua reflejaba las primeras estrellas como si fueran migas de pan.

—Hoy hemos hecho un montón de cosas —dijo Inés, contando con los dedos—. Elegir ruta, mover la valla, ayudar al pato, subir sin prisas…

—Y sobrevivir sin helado —se quejó Lara—. Eso también es una hazaña.

—Mañana podemos solucionarlo —dijo Nico.

Se despidieron en la plaza, con promesas de volver a verse al día siguiente. Nico caminó a casa con las piernas cansadas y la cabeza llena de imágenes. Al entrar, su madre lo miró.

—Tienes cara de haber vivido algo importante.

Nico dejó la mochila en el suelo.

—Subimos a un mirador. Y había un estanque con nenúfares. Y… hicimos cosas juntos. De verdad.

Su madre sonrió, y le revolvió el pelo.

—¿Y qué aprendiste, aventurero?

Nico pensó en el pato, en la rama, en la decisión del camino largo, en el cielo derritiéndose en colores.

—Que en grupo se llega mejor. Y que si miras con atención, cada día trae algo para aprender.

Se fue a duchar, y el agua le quitó el polvo del camino. Pero no le quitó la sensación del atardecer. Esa se quedó, suave y cálida, como una luz encendida por dentro.

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Repisa
Una tabla o superficie dentro de la casa donde se guardan objetos a la vista.
Sendero
Camino estrecho en el campo o el bosque por donde se puede andar.
Nenúfares
Plantas acuáticas con hojas grandes que flotan y flores sobre el agua.
Libélula
Insecto con cuerpo delgado y dos pares de alas que vuela sobre el agua.
Resina
Sustancia pegajosa que sale de algunos árboles y huele fuerte.
Torpe
Que se mueve con poca habilidad y suele chocar o caerse con facilidad.
Huelga
Cuando algo deja de funcionar o no quiere trabajar, como piernas cansadas.
Barandilla
Barrera de madera o metal que protege en un borde alto o escalón.
Resbaladizo
Que hace que sea fácil caerse porque pierde el agarre.
Determinación
Fuerza para seguir adelante y no rendirse aunque sea difícil.

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