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Fantasía urbana 11/12 años Lectura 24 min.

El taller de los mapas que aún no existen

Bruno, un oso que prefiere lo esencial, entra en un taller de mapas móviles y debe guiar a Nico, un zorro perdido entre capas cambiantes de la ciudad, enfrentando anuncios engañosos, sombras y decisiones que ponen a prueba su responsabilidad.

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Gran oso marrón antropomórfico estilo chibi, pelaje oscuro y suave, ojos grandes y expresivos, postura calmada y decidida, sostiene una brújula brillante sin aguja en una pata y un rollo de mapa parcialmente desenrollado en la otra, delante de la puerta de "Cartografía Móvil"; pequeña lechuza gris con gafas redondas y lazo en la pata, posada en un taburete detrás de una mesa llena de rollos de mapas, mirada sagaz y benevolente, ajusta una regla viviente; joven zorro rojizo estilo chibi con bufanda naranja y roja, expresión aliviada y tímida, junto al oso sujetando un billete de metro arrugado; taller de cartografía mágica entre semáforos urbanos, interior amplio con paredes cubiertas de mapas, mesas de madera con compases brillantes, frascos de tinta giratoria y luz dorada cálida mezclada con neones azules desde la calle; escena tierna y heroica donde el oso guía al zorro hacia la salida del mundo extraño frente al taller, composición centrada en los personajes, texturas de papel arrugado, reflejos de tinta y paleta cálida con contrastes neón. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El taller entre dos semáforos

La ciudad no dormía: respiraba. Sus avenidas exhalaban un zumbido de motores eléctricos, anuncios de neón y farolas que parecían luciérnagas disciplinadas. Y en el centro, como una vena antigua bajo el vidrio y el acero, corría el río de los humores: algunos días manso como una cinta de té, otros días gruñón, golpeando los muelles con espuma de mal carácter.

Bruno caminaba pegado a las sombras, con la calma de quien ha practicado decirse “no” muchas veces. Era un oso grande, de pelaje oscuro y ojos atentos. No cargaba más que una bolsa de tela con una libreta, una piedra lisa del río y una manzana. En una ciudad de presentes aumentados, donde las señales flotaban en el aire como peces de luz y las rutas aparecían sobre el pavimento, él prefería lo esencial. Los filtros, los brillos, los atajos… todo eso distraía.

Esa noche el río olía a hierro y a lluvia recién pensada. Bruno iba hacia su lugar habitual, un banco bajo un puente, cuando algo tiró de su mirada: entre dos semáforos, donde debería haber solo un muro lleno de carteles, había una puerta estrecha. No brillaba. No llamaba. Simplemente… estaba, con la terquedad de las cosas que han esperado siglos.

En la puerta, una placa de latón decía: “Cartografía Móvil. Se dibujan caminos que aún no existen”.

Bruno empujó. La campanilla sonó como una gota dentro de un pozo.

El interior era más ancho de lo posible, como si el espacio hubiera decidido estirar los brazos. Había mesas con instrumentos: compases que respiraban, reglas que cambiaban de longitud cuando no las mirabas, frascos de tinta con pequeñas tormentas dentro. Y mapas. Mapas por todas partes. Colgaban como sábanas, se apilaban como pan, se deslizaban por el suelo como gatos curiosos.

Un mapa, el más cercano, se movió solo: las calles se recolocaron, un parque cambió de sitio, un puente apareció sobre un vacío. Bruno tragó saliva y se dijo, con su voz interior de piedra: “Observa. No te apures”.

—Así que por fin entraste —dijo una voz desde la trastienda.

Salió una lechuza con gafas redondas, plumas grises y una cinta métrica enredada en una pata. No era una lechuza cualquiera: en el reflejo de sus lentes había constelaciones, como si mirara siempre hacia arriba aunque estuviera dentro.

—No hay humanos aquí —dijo Bruno, más para asegurarse que por sorpresa—. Eso es… un alivio.

—Los humanos se pierden demasiado fácil en tiendas como esta —respondió la lechuza—. Se creen el centro del mapa.

Bruno olió el aire: papel viejo, tinta fresca y algo más, como la promesa de una tormenta amable.

—Me llamo Bruno —dijo.

—Yo soy Liria, encargada provisional. Provisional desde hace cuarenta años, que es una forma elegante de decir “para siempre”. —La lechuza se subió a un taburete y lo miró de arriba abajo—. Tú eres de los que caminan sin pedirle permiso al ruido. Eso es raro. Eso es útil.

En el fondo del taller, un mapa empezó a temblar. No como un papel al viento, sino como un animal que sueña algo peligroso.

—¿Qué… pasa? —preguntó Bruno.

Liria ladeó la cabeza.

—Alguien está perdido entre mundos. Y el taller lo sabe antes que nadie. Los mapas se inquietan cuando una historia se descose.

Bruno sintió un peso dulce en el pecho: la responsabilidad, esa palabra que no era una cadena sino una antorcha.

—¿Y qué se supone que haga un oso ascético con eso?

—Guiar —dijo Liria, como si fuera lo más natural del mundo—. Pero no a cualquiera. A quien ya está a medio paso de desaparecer.

Capítulo 2: El río de los humores y la brújula sin norte

Liria sacó de una caja una brújula pequeña. No tenía aguja, sino una gota de mercurio que se movía inquieta, buscando un lugar donde descansar.

—No señala el norte —explicó—. Señala lo que falta.

Bruno la sostuvo con cuidado. La gota giró, se estiró como un gusano brillante y apuntó hacia la puerta.

—El río está raro —dijo Bruno, porque el taller tenía razón: todo lo raro terminaba en el río.

—El río siempre está raro —corrigió Liria—. Solo que hoy está… susceptible. Cuando se pone así, las fronteras se vuelven finas como piel de cebolla.

Bruno salió del taller con la brújula y un mapa enrollado que Liria le entregó como quien da una carta a un mensajero.

—No lo abras hasta que el río te hable —le advirtió—. Y escucha con paciencia. El río no usa palabras; usa cambios de color, vibraciones, caprichos.

La ciudad, afuera, era un tablero luminoso. Los paneles flotantes anunciaban “Noche de ofertas en Bayas Azules S.A.”; drones mensajeros trazaban líneas invisibles; faroles proyectaban sombras con una nitidez casi teatral. Pero Bruno caminaba por el borde, por donde las cosas aún no se sentían demasiado seguras.

Al llegar al muelle, el río lo recibió con un olor a limones y metal. La superficie estaba manchada de reflejos: anuncios, estrellas, una luna que parecía recortada con tijeras. Y, entre todo eso, un reflejo que no correspondía a nada: una calle que no existía, con farolas antiguas y un arco de piedra.

La brújula tembló. La gota apuntó directamente al reflejo falso.

—Vale —murmuró Bruno—. Ya te veo.

El río dio un golpe contra el muelle, salpicándole las patas. No fue un golpe enojado. Más bien un carraspeo.

Bruno se agachó, apoyó la piedra lisa que llevaba consigo sobre la madera húmeda y susurró:

—¿Qué necesitas?

El río respondió cambiando de color, del gris urbano a un verde profundo, como si debajo hubiera un bosque entero. El reflejo imposible se volvió más nítido. Una bocanada de aire frío salió de la superficie, como de una puerta abierta.

Bruno entendió: no era que el río quisiera tragarse a alguien. Era que alguien se estaba cayendo dentro de un lugar equivocado.

Abrió el mapa que le había dado Liria. El papel se desplegó solo y mostró la ciudad, pero con detalles nuevos: líneas finas que conectaban alcantarillas con campanarios, sombras con azoteas, mercados con túneles. En una esquina, un punto parpadeaba, y el mapa escribía en tinta fresca: “ENTRE”.

—Entre qué —dijo Bruno, frunciendo el hocico.

El mapa respondió moviendo una calle hasta tocar el borde del río. Allí apareció un símbolo: una puerta dibujada con dos bisagras y un ojo.

Bruno respiró hondo. No llevaba armas ni amuletos brillantes. Solo una voluntad entrenada para no correr cuando el miedo gritaba “¡corre!”.

Se acercó al agua. El reflejo antiguo lo invitaba, no con voz, sino con nostalgia.

—Responsabilidad —se dijo—. No valentía vacía.

Y dio un paso.

Capítulo 3: La estación que no figura en los horarios

El agua no lo mojó.

Bruno sintió, en cambio, una especie de cambio de volumen, como si hubiera entrado en una canción más baja. Al otro lado, había una estación de metro vieja, de azulejos verde botella y carteles escritos con letras que parecían bailar. El aire olía a polvo de historia y a electricidad suave.

Un tren pasó sin hacer ruido, como una sombra obediente. En su ventanilla, Bruno vio por un instante la ciudad moderna: rascacielos, pantallas, el río brillante. Luego la visión se cerró, como un ojo parpadeando.

—No me gusta esto —dijo una voz temblorosa.

Bruno se giró. Allí estaba: un zorro joven, de pelaje rojizo, con una mochila demasiado grande y una bufanda que parecía tejida con retazos de atardecer. Sus orejas se movían nerviosas, como antenas.

—¿Eres… real? —preguntó el zorro.

—Eso depende de lo que entiendas por real —respondió Bruno—. Yo soy Bruno. ¿Y tú?

—Nico. —El zorro tragó saliva—. Iba por la ciudad… o por algo parecido. Seguí un anuncio flotante que decía “Acceso directo a tus deseos”. Sonaba… útil. Y ahora estoy aquí. Y cada vez que intento volver, la escalera cambia de sitio.

Bruno miró alrededor. Efectivamente: la escalera que subía al andén se movía lentamente, como una serpiente que no quisiera ser escalera.

—Este lugar te está probando —dijo Bruno—. Si te desesperas, te come.

Nico soltó una risa breve, casi un ladrido.

—Genial. Me devora una estación sin horarios. Justo lo que quería.

Bruno abrió el mapa. La tinta formó el contorno de la estación y, en el centro, una palabra nueva: “GUIAR”.

—Tengo la misión de sacarte —dijo Bruno—. Pero no es solo caminar hacia una salida. Aquí las salidas huelen tus dudas.

Nico lo miró con una mezcla de alivio y vergüenza.

—Yo… no quería causar problemas.

—No siempre elegimos dónde caemos —dijo Bruno—. Pero sí podemos elegir cómo nos levantamos.

Un altavoz antiguo crujió. No anunció trenes, sino susurros:

“Los que dudan, se quedan. Los que mienten, se pierden. Los que escuchan, cruzan.”

Nico tragó otra vez.

—¿Y si miento sin querer?

—Entonces aprende a decir la verdad despacio —contestó Bruno.

Caminaron por el andén. El suelo tenía mosaicos con mapas de líneas que no existían: “Línea Sueño”, “Línea Regreso”, “Línea Casi”. Cada vez que Nico miraba fijamente una, la línea se alargaba hacia él, como queriendo envolverle las patas.

Bruno lo apartó con un toque firme.

—No mires demasiado las posibilidades. Te marean.

—¿Y tú cómo lo sabes?

Bruno sonrió apenas.

—Porque entreno para no querer de más. Eso ayuda cuando el mundo te ofrece atajos con dientes.

Llegaron a una puerta metálica con un cartel torcido: “Salida a la ciudad”. Debajo, con letras pequeñas: “Si la recuerdas bien”.

Nico se quedó quieto.

—¿Y si la recuerdo mal? A veces… siento que la ciudad me quiere, pero también me ignora.

Bruno puso la brújula en el suelo. La gota de mercurio giró, indecisa, y apuntó hacia Nico.

—Lo que falta eres tú en tu propia historia —dijo Bruno con cuidado—. No desapareces por estar perdido aquí. Te pierdes porque crees que nadie te espera allá.

Nico apretó los dientes. Sus ojos brillaron, no de magia, sino de emoción.

—Yo me espero —susurró.

La puerta vibró. Como si esa frase fuera una llave.

—Bien —dijo Bruno—. Entonces vamos a encontrarte.

Capítulo 4: Mapas que muerden y anuncios que susurran

La puerta se abrió a una calle conocida y desconocida a la vez. Era la ciudad moderna, sí, con sus pantallas y sus semáforos inteligentes, pero todo parecía ligeramente desplazado, como si alguien hubiera movido los muebles en una casa familiar.

Un anuncio flotante pasó sobre ellos, proyectando letras en el aire: “OFERTA: OLVIDA TUS PREOCUPACIONES”. La palabra “OLVIDA” chorreaba luz, demasiado tentadora.

Nico dio un paso hacia el anuncio, hipnotizado.

Bruno lo detuvo con el brazo.

—Responsabilidad —dijo, más para sí que para Nico—. No dejarte caer en lo fácil.

—Pero suena… descansado —protestó Nico—. Yo estoy cansado de sentirme a medias.

—Olvidar no es descansar —respondió Bruno—. Es perder herramientas. Y tú vas a necesitar todas.

El mapa de Bruno se agitó dentro de su bolsa. Lo sacó: las calles se retorcían, intentando formar un camino directo. Pero cada vez que el mapa marcaba una ruta, aparecía un símbolo de advertencia: una boca pequeña en la esquina del papel.

—Liria no bromeaba —murmuró Bruno—. Hay mapas que muerden.

Como si lo escuchara, el mapa chasqueó el borde, intentando doblarse sobre la pata de Bruno. Él lo sostuvo con firmeza.

—Tranquilo —le dijo al papel, como quien habla con un animal nervioso—. No vamos a hacer trampas. Vamos a hacer lo correcto.

El mapa se calmó, aunque siguió temblando.

Caminaron junto al río. El agua hoy estaba azul eléctrico, demasiado alegre, lo cual en el río era mala señal. Cuando el río fingía buen humor, era porque ocultaba una corriente traicionera.

En la orilla, una boca de alcantarilla exhaló un vapor perfumado a canela. De allí salió una nutria con chaleco reflectante, como los trabajadores de la ciudad, pero sin logos ni marcas. Llevaba un sello de tinta en el hocico.

—Eh, vosotros —dijo la nutria—. Se os está deshilachando el borde.

Nico se miró la cola y se sobresaltó: la punta parecía un poco transparente, como humo.

—¡Estoy… borrándome! —chilló.

Bruno se plantó frente a él.

—Mírame, Nico. Respira. —Luego se giró a la nutria—. ¿Quién eres?

—Me llaman Sello —dijo ella, orgullosa—. Soy revisora de juntas. Donde el mundo se pega con otro, yo pongo parches. —Señaló el mapa—. Eso os está llevando por rutas de publicidad. Son pegajosas. Te prometen cosas y te cobran con memoria.

Nico miró el río.

—¿Cómo salgo?

Sello sacó un tampón de tinta negra y lo golpeó contra el suelo. Apareció un círculo con símbolos como comas y estrellas.

—Necesitáis un ancla —dijo—. Algo que no sea un lugar, sino una decisión.

Bruno sacó su piedra lisa del río.

—Tengo esto.

Sello negó.

—Eso te ancla a ti. A él le falta un ancla suya.

Nico buscó en su mochila con desesperación y sacó un objeto pequeño: un billete de metro viejo, doblado muchas veces, gastado en las esquinas.

—Lo guardo porque… me recuerda que siempre puedo volver a casa, incluso si me equivoco de línea —dijo, y su voz se hizo más firme al decirlo.

El billete se calentó entre sus patas. Dejó de ser solo papel: se volvió una promesa.

—Eso —dijo Sello, satisfecha—. Marca el camino.

Bruno extendió el mapa y colocó el billete encima. La tinta se arremolinó y dibujó una ruta que no pasaba por anuncios ni por atajos brillantes, sino por callejones tranquilos, puentes viejos y un pasaje junto a una biblioteca cerrada donde los libros dormían detrás de vitrinas.

—Ese camino es más largo —se quejó Nico.

—Los caminos responsables suelen serlo —respondió Bruno—. Pero te devuelven entero.

Sello les guiñó un ojo.

—Y no miréis los carteles que os hablan en diminutivos. Esos son los peores.

—¿Carteles que hablan en…? —empezó Nico.

Un cartel al lado dijo con voz melosa: “Niquito, ven aquí, que te lo soluciono”.

Nico dio un salto hacia atrás.

—¡Qué asco!

Bruno soltó una carcajada breve, sorprendido de sí mismo.

—Bien. Eso significa que todavía tienes buen juicio.

Capítulo 5: El puente de las dos luces

El pasaje los llevó a un puente que no aparecía en la ciudad normal, aunque estaba justo donde siempre había estado el aire. Era un puente de hierro con faroles dobles: una luz blanca moderna y una luz dorada antigua, encendidas a la vez. Bajo él, el río de los humores rugía con voz de muchos días.

Al inicio del puente, un gato negro con corbata mal puesta les cortó el paso. Sus bigotes parecían signos de interrogación.

—Peaje —dijo el gato, estirando una pata—. Para cruzar, hay que entregar algo que creáis que no necesitáis.

Nico apretó la mochila.

—No tengo nada que sobre.

Bruno lo miró de reojo, evaluando. La responsabilidad no era solo salvar; era enseñar a no volver a caer.

—Yo sí —dijo Bruno.

Abrió su bolsa y sacó la manzana. La miró con cariño: era su cena sencilla, su pequeño premio después de un día largo. La dejó en la pata del gato.

El gato olfateó la manzana, decepcionado.

—¿Eso es todo? Esperaba un secreto jugoso.

—No te toca mi secreto —dijo Bruno con calma—. Te toca mi comodidad. Hoy ceno más tarde.

El gato parpadeó. Algo en su expresión cambió: como si la ciudad misma se inclinara a escuchar.

—Pasa —dijo, retirándose—. Pero cuidado. En el centro del puente, la luz decide qué sombra te pertenece.

Cruzaron. Los faroles blancos mostraban la ciudad tal cual: cables, pantallas, edificios con ventanales como ojos. Los faroles dorados mostraban otra capa: runas discretas en las barandillas, peces de luz nadando en el aire, nombres antiguos escondidos en las esquinas.

En el centro, Nico se detuvo. Su sombra se separó un poco de sus patas, como si quisiera irse.

—No… —susurró Nico—. No te vayas.

La sombra dudó, y por un instante tomó forma de zorro más pequeño, hecho de humo.

—Estoy cansada —dijo la sombra con una voz que parecía viento entre papeles—. Cansada de que me escondas. Cansada de que digas “no pasa nada” cuando sí pasa.

Nico tembló.

—Me da miedo ser… demasiado.

Bruno dio un paso, sin invadir.

—Tu sombra no es tu enemiga —dijo—. Es el recordatorio de que tienes profundidad. Si la abandonas, te vuelves plano, fácil de arrancar del mundo.

Nico tragó saliva.

—¿Qué hago?

—Hazte cargo —dijo Bruno—. No de todo hoy. Solo de una verdad.

Nico respiró hondo. Miró a su sombra.

—Tengo miedo de perderme —dijo, claro, sin adornos—. Y a veces invento atajos para no admitirlo.

La sombra se acercó y se pegó a sus patas, ya no como algo que tiraba, sino como algo que sostenía. Nico dejó de volverse transparente; el borde de su cola recuperó color.

El río, abajo, cambió de humor: del rugido al murmullo. Como si aprobara.

Del otro lado del puente, el aire olía a tinta. Bruno supo que estaban cerca del taller.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó Nico, caminando más ligero—. Podrías haberte ido. Los osos… hacen lo suyo.

Bruno pensó un momento.

—Porque encontré un lugar que me dio una tarea —dijo—. Y porque cuando una ciudad te entrega una misión, no es para que te sientas importante. Es para que seas útil.

Nico sonrió, pequeño y sincero.

—Quiero ser útil también.

—Entonces aprende esto —dijo Bruno—: la responsabilidad no es cargar con el mundo. Es no soltar lo que es tuyo cuando se pone difícil.

Capítulo 6: Cartografía Móvil y la puerta correcta

La puerta del taller apareció de nuevo entre los dos semáforos, como si nunca se hubiera ido. La campanilla sonó igual: una gota en un pozo.

Dentro, los mapas se agitaron al ver a Nico. Algunos se estiraron como para abrazarlo; otros se encogieron, recelosos. Liria estaba sobre el mostrador, ordenando rollos con una paciencia que parecía magia.

—Ah —dijo, sin sorpresa—. Traes un borde remendado.

Sello la nutria apareció por una rendija del suelo, como si las alcantarillas fueran pasillos privados.

—Yo no hago milagros, solo parches —dijo, limpiándose el hocico—. Pero este zorro ha hecho su parte.

Nico bajó la cabeza.

—Yo… lo siento. Por entrar donde no debía.

Liria lo observó con severidad suave.

—Los “no debía” son la puerta favorita del error. Pero no estás aquí para disculparte. Estás aquí para elegir.

Los mapas empezaron a moverse, formando un círculo alrededor de Nico. En el suelo, la tinta dibujó dos puertas: una de luz blanca que olía a pantallas nuevas; otra de luz dorada que olía a lluvia antigua.

—¿Cuál es mi casa? —preguntó Nico, con la voz pequeña.

Bruno se acercó, pero no eligió por él. Solo puso la brújula en sus patas.

La gota de mercurio no apuntó a ninguna puerta. Giró, inquieta, y luego se quedó quieta, reflejando el rostro de Nico.

—Te está diciendo que no hay un “norte” para ti hoy —explicó Bruno—. Hay una decisión que te define.

Nico miró las puertas. Luego miró el billete de metro viejo en su bolsillo. Lo sacó y lo sostuvo como si fuera una llave.

—Quiero volver a mi ciudad —dijo—. Pero sin perseguir anuncios que prometen arreglarme. Quiero… equivocarme en serio y arreglarme en serio.

Liria asintió, satisfecha.

—Puerta blanca, entonces. La ciudad moderna te espera con sus ruidos y sus pequeñas luces. Pero recuerda: el río cambia de humor. Si vuelves a escuchar un anuncio que diga “acceso directo a tus deseos”, aléjate. Los deseos no necesitan acceso directo; necesitan cuidado.

Nico tragó saliva y miró a Bruno.

—¿Vendrás conmigo?

Bruno negó lentamente.

—Mi misión era guiarte hasta el borde correcto. Tu camino, a partir de aquí, te pertenece. —Se inclinó un poco—. Pero no estás solo. Tienes tu sombra. Tienes tu billete. Y tienes la memoria de haber salido.

Nico respiró hondo, y por primera vez su olor no era a miedo, sino a determinación.

—Gracias, Bruno.

—Gracias por quedarte entero —respondió Bruno.

Nico cruzó la puerta blanca. Durante un segundo, su figura se volvió luz, y luego desapareció como quien entra en una estación conocida.

Los mapas del taller se relajaron. Algunos volvieron a dormirse enrollados. El aire dejó de tener esa tensión de hilo estirado.

Sello se estiró.

—Trabajo hecho. Me voy a sellar una grieta cerca del mercado nocturno. Hay un puesto de donuts espectrales que no debería existir y, sinceramente, eso me ofende.

Se deslizó hacia el suelo y se fue.

Liria miró a Bruno.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué harás ahora, oso ascético?

Bruno pensó en su manzana entregada al peaje, en el puente de las dos luces, en la sombra que volvió a su dueño.

—Volveré al río —dijo—. A escuchar su humor. La ciudad siempre está a punto de abrir una costura.

Liria sonrió, y en sus lentes giró una pequeña galaxia.

—Entonces toma esto.

Le dio a Bruno un mapa nuevo, en blanco. Cuando él lo tocó, aparecieron líneas muy suaves: no calles, sino hábitos. “Respirar antes de actuar.” “Elegir lo correcto aunque sea largo.” “No dejar a nadie a medio paso.”

Bruno guardó el mapa en su bolsa vacía de manzana. La responsabilidad pesaba, sí, pero como una piedra que calienta la pata: una presencia confiable.

Salió del taller. La ciudad lo recibió con su vibración luminosa. El río, al fondo, murmuró algo entre verde y azul, como una risa discreta.

Bruno caminó hacia el puente, sin prisa, con la noche sobre los hombros y una tarea clara en el pecho: ser un faro tranquilo en una ciudad que no dejaba de moverse.

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Semáforos
Luces en la calle que indican cuándo parar o avanzar los coches y peatones.
Avenidas
Calles anchas de la ciudad por donde circulan muchos coches y personas.
Muelles
Construcciones al lado del río o mar donde atracan barcos y se carga o descarga.
Terquedad
Actitud de no cambiar de idea aunque otras personas digan lo contrario.
Compases
Herramientas para dibujar círculos o medir distancias en los mapas.
Bisagras
Piezas que permiten que una puerta o tapa se abra y se cierre.
Provisional
Algo temporal que se usa solo por un tiempo y no para siempre.
Alcantarillas
Túneles bajo la calle por donde corre el agua y se limpia la ciudad.
Parches
Trozos que se ponen sobre otra cosa para arreglarla o tapar un daño.
Ancla
Objeto que se usa para fijar algo y que no se mueva, como un barco.
Brújula
Instrumento que señala direcciones para saber hacia dónde ir.

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