Lola era una mujer adulta y aprendiz de artista. Tenía un delantal manchado de colores y una sonrisa tranquila. Su taller olía a papel y a témpera. Era una tarde suave, de esas que invitan a hablar bajito.
“Hoy voy a practicar”, dijo Lola. Puso una hoja grande sobre la mesa. Preparó tres cosas: un lápiz, un pincel y un trapo. “Un artista prueba y vuelve a probar”, se recordó.
Primero dibujó un círculo. Le salió un poco chueco. Lola se rió bajito. “No pasa nada”, dijo. Borró despacio. Volvió a dibujar. Esta vez quedó mejor. Luego pintó el círculo de amarillo, como un sol pequeño. El pincel hacía “shhh, shhh” sobre el papel.
Lola miró sus pinturas: rojo, azul, verde. “Los artistas mezclan colores”, explicó, como si el taller también escuchara. Mezcló azul con amarillo. “¡Mira! Sale verde.” Le dio las gracias a sus manos. “Gracias, manos, por ayudarme.”
En ese momento pasó su vecina Mara por la ventana. Traía un pan calentito. “Buenas tardes, Lola”, dijo. “Tu taller siempre se ve alegre.” Lola sintió cosquillas de orgullo. Tomó una libretita y escribió la frase con cuidado, palabra por palabra: “Tu taller siempre se ve alegre”. “Puede ser un título”, pensó.
Después, Lola intentó pintar una flor. La flor parecía una estrella. “Está bien”, susurró. “A veces sale distinto. También es bonito.” Cambió un pétalo, agregó un punto, y la estrella-flor sonrió en el papel.
Llegó un gatito gris, Pompón, y se sentó cerca. Lola le habló suave: “Hoy aprendí que el arte no es correr. Es mirar, probar, y compartir.” Pompón parpadeó, como si entendiera.
Cuando el cielo se puso violeta, Lola limpió los pinceles. Guardó las pinturas. Miró su hoja: el sol, la estrella-flor y el título en la libreta. Sintió gratitud. “Gracias, Mara, por tus palabras. Gracias, taller, por cuidarme.”
Antes de apagar la luz, Lola tuvo una idea dulce: “Mañana abriré más mi taller. Pondré una mesita para quien quiera venir. Podemos pintar juntos, sin prisa.” Y con esa idea calentita, el taller quedó en calma, listo para nuevos encuentros.