Laura es una artista. Siempre lleva pinceles en el bolsillo y una gran sonrisa en su cara. Su taller está lleno de colores. Hay botes de pintura, lápices, hojas blancas y hasta una caja de tizas mágicas. Las paredes parecen arcoíris.
Un día, Laura decide pintar un retrato. Quiere dibujarse a sí misma sonriendo. Busca un lugar especial. Se sienta junto a la ventana, donde entra el sol y calienta todo con su luz suave.
Laura comienza a dibujar su cara. Toma un lápiz y hace un círculo. Después dibuja dos ojos, una nariz y una gran boca alegre. Pero al mirar su dibujo, siente que algo falta. Las proporciones no le parecen bien. Su cara está un poco rara.
Laura no se entristece. Sonríe y piensa: “Ser artista es probar y aprender”. Busca un espejo y lo coloca frente a ella, justo a un lado del papel. Ahora puede mirar su reflejo. Ve su nariz, sus ojos redondos, su pelo rizado y su sonrisa.
Despacito, Laura observa su cara en el espejo. Mira cómo están las cosas: los ojos no están muy arriba, ni la boca muy abajo. “El espejo me ayuda”, dice. Vuelve a dibujar, más tranquila. Toma un pincel mojado en un azul claro y pinta sus ojos. Mira su reflejo otra vez. “Así están mejor mis ojos”, piensa.
Laura mezcla colores en una paleta. Hace rosa para sus mejillas y marrón para su pelo. Pinta despacio, con mucho cariño. A veces se equivoca y pasa el pincel fuera del borde. No se preocupa. “No pasa nada”, dice. “Los artistas también se equivocan”.
Mientras pinta, imagina a otros artistas en el mundo. Piensa en niños y niñas dibujando en casa. Piensa en personas pintando en la calle, en el parque, en una escuela. Laura se siente acompañada por todos ellos. Todos crean, todos se divierten, todos aprenden.
De vez en cuando, Laura se detiene y mira su retrato en el espejo. Hace pequeños cambios con el lápiz. Así aprende a ver mejor y a querer sus dibujos, aunque no sean perfectos. “La pintura es alegría”, murmura.
El sol entra por la ventana y acaricia sus manos. Laura se siente feliz. Su retrato tiene sus ojos llenos de luz, su nariz redonda y su sonrisa grande. El dibujo no es igual que el espejo, pero le gusta mucho. Es especial, porque lo ha hecho con amor y paciencia.
Al terminar, Laura limpia sus pinceles y cierra los botes de pintura. Mira su retrato y suspira contenta. “Hoy he aprendido algo nuevo”, piensa. “Y he compartido un buen rato conmigo misma”.
Antes de acostarse, Laura mira las estrellas desde su ventana. Piensa en todas las personas que, en ese momento, están creando algo bonito en el mundo. Se siente conectada a todos ellos. Sabe que, con cada dibujo, comparte alegría y cariño.
Laura apaga la luz de su taller, abrazada a su retrato. Siente paz y dulzura. Mañana será otro día para crear, aprender, y soñar junto a todos los artistas del mundo.