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Cuento sobre la Pascua 7/8 años Lectura 13 min.

el sello luminoso de pascua

Lucía y sus amigas, mientras preparan tarjetas de Pascua, descubren un antiguo sello mágico que les lleva a un mundo luminoso lleno de sorpresas y les enseña el valor de compartir su alegría con los demás. Juntas, decoran huevos de chocolate y hacen un deseo que cambiará su celebración para siempre.

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Hay 3 personajes: - Lucía: una niña de 8 años con cabello largo castaño y ojos brillantes. Lleva una camiseta rosa y una falda verde. Está sentada en la mesa, sosteniendo un huevo de chocolate decorado. - Marta: una niña de 8 años con una coleta alta y gafas redondas. Lleva un vestido de flores coloridas. Está de pie junto a Lucía, dibujando un dinosaurio en su huevo. - Ana: una niña de 8 años con cabello rojo y pecas en la nariz. Lleva una camiseta azul y un short amarillo. Está agachada frente a la mesa, decorando un huevo con pequeños corazones. El lugar es una habitación luminosa y acogedora, con una gran mesa de madera en el centro, cubierta de papeles de colores, lápices, pinturas y pequeños huevos de chocolate. Rayos de sol entran por una ventana, iluminando dibujos de Pascua colgados en las paredes. La situación principal muestra a las tres amigas en plena creación, rodeadas de colores vivos y risas, mientras decoran sus huevos de chocolate con motivos alegres y sonrisas brillantes. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Tarjetas de colores

En la mesa del salón había tantos lápices que parecía un arcoíris caído del cielo. Lucía, con sus ojos brillantes, sostenía un rotulador dorado.

—Este año mis tarjetas de Pascua van a ser las más luminosas del mundo —dijo, sonriendo.

A su lado estaban sus dos mejores amigas: Marta, que siempre llevaba una coleta alta que se movía como una cola de caballo, y Ana, que tenía pecas en la nariz y reía por casi todo.

—La mía va a tener un conejo gigante con gafas de sol —anunció Marta, dibujando un conejo muy serio con unas gafas enormes.

Ana se inclinó sobre la mesa.

—Yo quiero dibujar huevos de chocolate volando, como globos. Mira —empezó a trazar óvalos en el papel—, este se va a llamar Huevo Cohete.

Las tres se rieron. En el aire se mezclaba el olor de las pinturas con un ligero aroma a bizcocho que venía de la cocina. Era sábado de Pascua, y la casa de Lucía estaba llena de cajas de colores, lazos, pegatinas de conejos y pollitos amarillos.

Lucía miró su propia tarjeta. Había dibujado un campo verde, unas flores rosadas y, en el centro, un huevo enorme decorado con estrellas.

“Feliz Pascua llena de luz”, escribió con cuidado. Luego, añadió un pequeño corazón en la esquina.

—Lucía, tus tarjetas siempre parecen pequeñas ventanas —dijo Ana—. Dan ganas de entrar ahí dentro.

Lucía se sonrojó un poco.

—Es que me gusta imaginar que cada tarjeta es como una puerta a un lugar alegre.

Su madre entró en el salón y dejó sobre la mesa una cajita azul.

—Chicas, traje algo de la buhardilla —explicó—. Es una caja que era de la bisabuela de Lucía. Dentro hay cosas antiguas para escribir: sellos, lacre, una pluma… Tal vez os sirva para decorar.

Los ojos de Lucía se llenaron de curiosidad. La cajita tenía un dibujo gastado de un pequeño conejo blanco entre flores.

—¿Puedo abrirla? —preguntó.

—Claro —respondió su madre—, pero con cuidado. Es muy vieja.

Lucía levantó la tapa despacio. Dentro, sobre un pañuelo de tela, descansaba un pequeño sello de metal con un mango de madera, un palito de lacre rosa y una pluma muy fina. El sello tenía un dibujo diminuto: un huevo con rayos de luz alrededor.

—¡Qué bonito! —susurró Lucía—. Parece un sol de Pascua.

Marta se acercó más.

—Usémoslo en las tarjetas. Así parecerán súper importantes, como cartas secretas.

Ana sostuvo el palito de lacre rosa.

—Y este color es perfecto. Parece chicle mágico.

Lucía acarició con un dedo el dibujo del sello. Por un segundo, le pareció que el metal estaba un poquito tibio, como si guardara un secreto.

Capítulo 2: El gesto secreto

Decidieron probar el sello en un sobre blanco. Lucía preparó todo con mucha precisión: puso el sobre en el centro de la mesa, encendió una pequeña vela, derritió un poco de lacre rosa y dejó caer una gota en la solapa.

—Ahora aprieta el sello —dijo Marta, impaciente.

Lucía tomó aire, colocó el sello sobre el lacre y presionó unos segundos. Cuando lo levantó, el dibujo del huevo luminoso brilló un instante, como si hubiera atrapado un rayo de sol.

—¿Lo habéis visto? —preguntó Lucía, sorprendida.

—¿El qué? —Ana parpadeó.

—Ha brillado —insistió Lucía—. ¡Un poquito!

Marta se encogió de hombros.

—Seguro que fue la luz de la ventana. Pero quedó genial. Parece un huevo mágico.

Lucía siguió trabajando en sus tarjetas. Cada vez que encendía la vela y usaba el sello, miraba muy atenta, esperando que volviera a brillar. A veces creía ver un destello, pero no estaba segura.

Cuando ya tenían una pequeña montaña de sobres listos, Ana cogió el sello y lo miró de cerca.

—Oye, aquí hay algo escrito muy pequeñito —dijo—. Pero no lo entiendo.

Lucía acercó el sello a la ventana para verlo mejor. Alrededor del huevo luminoso había unos trazos casi invisibles, como si formasen una especie de círculo.

—No son letras —murmuró Lucía—. Parecen… como un dibujo de manos. Mira, como si fueran dedos haciendo algo.

Marta imitó la forma con sus dedos en el aire.

—¿Así?

Ana se rió.

—Pareces un pulpo bailando.

Lucía entrecerró los ojos. Observó bien el sello y luego miró sus manos.

—Creo que es un gesto. Un gesto para abrirlo.

—¿Abrir qué? —preguntó Marta.

—No sé… —Lucía notó un cosquilleo en la barriga—. Pero tengo una idea.

Puso el sello en el centro de la mesa, sobre un papel en blanco. Luego, con mucha calma, colocó sus manos como en el dibujo: juntó los pulgares, estiró los índices hacia arriba y dobló un poco los otros dedos, formando una especie de huevito de aire.

—Como si abrazara un huevo invisible —explicó.

Marta y Ana la imitaron, riendo.

—El club del huevo invisible —bromeó Marta.

—Ahora hacemos un deseo de Pascua —dijo Lucía, con voz suave—. Algo bueno. Algo alegre.

Cerró los ojos. Las otras dos también.

—Yo deseo —susurró Lucía— que esta Pascua sea luminosa para todos, y que nadie se sienta solo.

—Yo deseo mucho chocolate para compartir —dijo Ana.

—Y yo deseo que pase algo un poquito mágico, pero no muy peligroso —añadió Marta—. Solo divertido.

Las tres abrieron los ojos al mismo tiempo, aún con las manos en forma de huevo alrededor del pequeño sello.

Fue entonces cuando el metal comenzó a brillar de verdad. Esta vez, las tres lo vieron.

Capítulo 3: La puerta de los huevos de luz

Un circulito de luz se dibujó alrededor del sello, sobre el papel. Era como si un lápiz invisible estuviera pintando un huevo luminoso, línea a línea. El aire olía dulce, como a vainilla y chocolate.

—¿Lo veis? —murmuró Ana, muy bajito.

—Lo veo, lo veo —respondió Marta, con los ojos a punto de salírsele de la cara.

Lucía sentía el corazón acelerado, pero no tenía miedo. La luz era suave, como la de una tarde tranquila.

El huevo de luz que se había formado sobre la mesa se abrió en el centro, igual que una puerta diminuta. Dentro se veía… otro lugar. Un jardín lleno de flores de todos los colores, y montones de huevos decorados colgando de las ramas.

Una vocecita aguda, que parecía una campanita, sonó desde el otro lado:

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?

Las tres niñas se miraron, conteniendo la respiración.

—Eh… sí —respondió Lucía—. Somos… somos tres amigas. Estamos preparando tarjetas de Pascua.

Una figura pequeñita se asomó por la puerta de luz. Era como un conejito, pero hecho de brillo, con orejas largas y un lazo amarillo al cuello.

—Soy Brillín, ayudante del Conejo de Pascua —se presentó, haciendo una pequeña reverencia—. Hemos sentido muchos deseos alegres juntos, y el sello de la luz se ha despertado otra vez.

—¿Otra vez? —preguntó Marta—. ¿Ha pasado antes?

Brillín asintió.

—Hace muchos años. Vuestra bisabuela lo encontró. También hacía tarjetas… muy, muy bonitas. Desde entonces, el sello duerme hasta que alguien desea una Pascua luminosa para todos.

Lucía sonrió. Imaginó a su bisabuela en la misma mesa, con otros lápices y otros papeles, y se sintió acompañada por alguien que no conoció.

—No podemos pasar, ¿verdad? —preguntó Ana, un poco preocupada—. Porque mis padres se asustarían si desaparezco en un huevo.

Brillín soltó una risita.

—No, no hace falta. Ya saco yo un poquito de magia.

El conejito de luz chasqueó sus diminutas patitas delanteras y, en un segundo, aparecieron sobre la mesa tres huevos de chocolate, brillantes y suaves.

—Estos son huevos de Pascua de alegría compartida —explicó—. Si los decoráis pensando en alguien, se llenarán de luz por dentro. Luego, cuando esa persona los abra, sentirá vuestro cariño, como un abrazo.

Marta se inclinó hacia el huevo que tenía delante.

—¿Podemos decorarlos como queramos?

—Claro —respondió Brillín—. Pero hay una condición: ningún huevo se puede hacer solo para una persona. Siempre tenéis que pensar en al menos dos.

Ana frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque la alegría crece cuando se comparte —dijo Lucía, sin pensarlo demasiado—. ¿Verdad, Brillín?

El conejito asintió.

—Exacto. Vuestra amiga luminosa lo ha entendido.

Capítulo 4: Huevos, risas y un dibujo firmado

Sacaron más rotuladores, pegatinas y purpurina. Cada niña tomó un huevo de chocolate entre las manos, con cuidado de no aplastarlo.

—Este será para mi hermano y mi abuela —dijo Ana—. A los dos les encantan los dinosaurios.

Dibujó pequeños dinosaurios sonrientes alrededor del huevo, con colas llenas de puntos de colores.

—El mío será para mis padres y para la vecina del quinto, la señora Rosa —anunció Marta—. Está un poco sola, siempre nos mira desde su balcón.

Marta pintó el huevo con pequeñas casas de colores y ventanitas con corazones.

Lucía miró el suyo en silencio. Pensó en su madre, en su padre, en sus amigos del cole… y también en alguien que no conocía del todo, pero que estaba allí, en la caja azul.

—Este será para mi familia y… para la bisabuela —dijo, en voz baja.

—¿Pero ella…? —empezó Ana, y luego se calló, sin saber cómo terminar.

—Quizá no pueda comerlo —sonrió Lucía—, pero puede sentirlo. O al menos yo la siento cerquita cuando dibujo.

Empezó a decorar su huevo con estrellas doradas y pequeños conejos. En una parte escribió, muy pequeño: “Gracias por la luz”.

Cuando terminaron, la mesa parecía un festival de colores. Había papeles, restos de purpurina y pegatinas por todas partes. Lucía colocó los tres huevos en fila frente a la puerta de luz que seguía abierta.

—Brillín, ¿los puedes cargar de magia? —preguntó.

El conejito dio un pequeño salto y tocó cada huevo con la punta de su nariz brillante. Cada uno se iluminó un instante desde dentro, como si llevara una linterna minúscula.

—Listo —dijo—. Ahora solo tenéis que entregarlos con una sonrisa. Eso es lo más importante.

La luz del huevo-puerta empezó a hacerse más suave.

—Tengo que volver —explicó Brillín—. El Conejo de Pascua me necesita. Pero el sello se quedará con vosotras.

—¿Volverás otro año? —preguntó Marta.

—El sello se abrirá siempre que alguien haga el gesto del huevo de aire y desee una Pascua llena de luz para todos, no solo para sí mismo —respondió Brillín—. Y vosotros tres ya sabéis cómo hacerlo.

Lucía sintió una alegría tranquila en el pecho.

—Gracias por confiar en nosotras —dijo.

Brillín movió las orejas, contento, y dio un último saltito. La puerta luminosa se cerró despacio, hasta que solo quedó el pequeño sello sobre la mesa, otra vez apagado… pero no del todo. Parecía guardar una chispa.

—Ha sido perfecto —suspiró Ana.

—Y sin ningún monstruo ni dragón raro —añadió Marta—. Solo huevos y conejos simpáticos. Me encanta este tipo de magia.

Lucía miró sus tarjetas de Pascua, sus amigos, los huevos decorados… todo le parecía más brillante.

—Voy a hacer una última cosa —dijo.

Cogió una cartulina nueva. En ella empezó a dibujar lo que acababa de vivir: un gran huevo de luz en medio de la mesa, tres niñas con las manos formando un huevito de aire y, saliendo del huevo, un pequeño conejito brillante.

—¿Es para alguien especial? —preguntó su madre, asomándose de nuevo al salón y viendo el dibujo.

Lucía sonrió.

—Es para todos —respondió—. Para recordar esta Pascua.

Cuando terminó, respiró hondo. Abajo, en la esquina del papel, escribió despacio su nombre con el rotulador dorado:

“Lucía”.

Luego añadió, muy pequeño, entre dos estrellitas:

“Con alegría”.

Y así, la tarde siguió entre risas, olor a bizcocho y el crujido suave del chocolate. Afuera, el cielo de Pascua se llenaba de luz, como si también estuviera firmando el dibujo con un rayo dorado.

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Arcoíris
Un fenómeno óptico que aparece en el cielo formado por varios colores cuando la luz del sol se descompone al pasar a través de gotas de agua.
Buhardilla
Espacio o habitación situada en la parte superior de una casa, generalmente bajo el tejado.
Lacre
Sustancia utilizada para sellar cartas o documentos, que se derrite y se endurece al enfriarse.
Pincel
Utensilio utilizado para pintar, que tiene un mango y cerdas en un extremo.
Pegatinas
Imágenes adhesivas que se pueden pegar en diferentes superficies.
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Sensación ligera y agradable en la piel, a menudo provocada por la risa o el nerviosismo.

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