En un pueblecito rodeado de árboles y flores, vive Lola, la panadera. Lola es mamá de Pancho el gato y cada mañana, muy temprano, Lola se levanta, se pone su gorro blanco y su delantal suave. Lola sonríe y huele el aire: “Hoy huele a pan recién hecho”, dice Lola.
Lola camina despacito hasta el horno. El suelo está frío y el aire está tibio. “Buenos días, horno”, dice Lola. El horno parpadea con su luz cálida. Pancho el gato da vueltas entre las piernas de Lola y maúlla: “Miau, quiero ver cómo haces el pan”.
Primero, Lola lava sus manos con agua templada. El agua hace cosquillitas en sus dedos. Después, Lola pone la harina blanca y suave en un cuenco grande. La harina vuela como nieve. “Harina, agua, levadura y sal”, cuenta Lola despacito. “Así se hace el pan”.
Lola mezcla y mezcla. El bol es grande y la masa es blandita y pegajosa. Pancho salta y mira curioso. Lola canta una canción: “Amaso el pan, amaso el pan, suave y blandito entre mis manos va”. Sus manos empujan, doblan, aplastan. La masa huele a trigo y campo.
Ahora, la masa debe descansar. Lola la pone en un paño y dice: “Hay que esperar, Pancho. El pan necesita tiempo para crecer. Paciencia, paciencia”. Pancho se estira y bosteza: “Miau, esperaremos juntos”.
Mientras esperan, Lola prepara la mesa. Coloca bandejas, etiquetas de colores y una cesta de mimbre. “Hoy hornearemos pan redondo, pan largo, pan pequeño y pan grande. Y todos tendrán su nombre”. Pancho mueve la cola alegre.
Cuando la masa ha crecido, Lola la toca y está hinchadita. “Esponjosa como una nube”, dice Lola. Divide la masa en trozos y hace formas: redondos, largos, gorditos, finos. Pancho observa muy atento. Lola pone cada pan en la bandeja y sonríe: “Cada pan es especial”.
Entonces, Lola lleva las bandejas al horno. “El horno está calientito y seguro”, dice Lola. “Aquí el pan se pone crujiente”. El horno hace ruiditos suaves, el pan se dora y el aire se llena de olor a pan. “¡Qué bien huele!”, dice Pancho.
Lola saca los panes con cuidado. “Calentitos y dorados”, susurra. Los pone sobre la mesa y los deja enfriar. El vapor sale despacito. Lola acaricia un pan con la punta de los dedos. “Toca, Pancho, están suaves por fuera y blanditos por dentro”.
Ahora es el momento de poner las etiquetas. Lola saca su caja de etiquetas de colores. “Este pan es grande y redondo. Le pondré una etiqueta azul: ‘Pan de pueblo'”. “Este es pequeño y gordito. Tendrá una etiqueta amarilla: ‘Panecillo'. Este de semillas, etiqueta verde: ‘Pan de semillas'”.
Pancho ayuda con una etiqueta naranja. “Miau, pan de fiesta”, dice. Lola ríe y le da una caricia. “Muy bien, Pancho. Paciencia y cuidado, así se etiquetan todos los panes”.
Las gentes del pueblo empiezan a llegar. Entran despacito, saludan a Lola y sonríen al ver los panes. “Qué rico huele aquí”, dicen. Lola saluda a todos: “Buenos días, hoy tenemos pan fresco. Pueden elegir su favorito”.
Lola observa cómo todos eligen pan con calma. Nadie corre. Todos esperan su turno. Lola les da el pan, suave y calentito, y les desea buen día. Pancho ronronea.
Ya casi es la hora de dormir. La panadería está tranquila y huele a pan. Hay un último pan, redondo y dorado. Lola lo parte despacito con las manos. El pan cruje: crac, crac. Pancho se sienta a su lado.
Lola le da un trocito a Pancho. “Para ti, por tu ayuda y tu paciencia”. Pancho lo huele y lo come despacito. Lola prueba un bocado. El pan está blandito, caliente y sabe a hogar.
Lola apaga el horno, recoge las etiquetas y acaricia a Pancho. “Hoy ha sido un buen día. Paciencia, cuidado y mucho amor, así se hace el pan”, dice Lola en voz bajita. Pancho ronronea y la panadería se llena de sueños dulces y olores de pan tierno.
Buenas noches, Lola. Buenas noches, Pancho. Buenas noches, pan.