Pedro se despierta muy temprano, cuando el cielo todavía está oscuro y tranquilo. Se estira, bosteza y sonríe. Hoy es un día especial. Hoy va a preparar pan para todos sus amigos del barrio. Pedro es panadero. Le encanta su trabajo porque puede hacer pan suave, delicioso y calentito.
Pedro se pone su delantal blanco y sus manos grandes y cálidas tocan la harina. La harina es suave como una nube. Pedro la toca con cariño. “Buenos días, harina”, dice Pedro, riendo. “Hoy haremos pan juntos.”
Pedro toma una taza grande. Mide la harina con mucho cuidado. Una taza, dos tazas, tres tazas… “¡Así, muy bien!”, dice Pedro. La harina cae en el bol como lluvia blanca. Pedro sonríe. Le gusta ver cómo la harina se amontona, suave y blanquita.
Después, Pedro añade agua. El agua está fresca. “Agua fresquita”, dice Pedro. Vierte el agua despacito. Escucha el sonido: glup, glup, glup. El agua y la harina se mezclan. Pedro mete las manos en la masa. Es pegajosa y fría. La amasa con cuidado, apretando, girando y doblando. “Masa blandita, masa bonita”, canta Pedro.
La masa huele a trigo. Pedro respira hondo y cierra los ojos. “Qué olor tan rico”, susurra. Sigue amasando. La masa se vuelve suave y elástica. Pedro sonríe. Siente la masa entre sus dedos. ¡Está lista para descansar! Pedro tapa la masa con un paño limpio. “A dormir, masa”, dice. La masa duerme y crece, crece como una barriga feliz.
Mientras la masa descansa, Pedro limpia la mesa. Mira por la ventana. El cielo se vuelve azul. Los pajaritos cantan. Pedro les dice: “¡Buenos días, pajaritos! Pronto olerán mi pan.”
Pedro destapa la masa. Ahora está grande y esponjosa. Pedro la toca con suavidad. “Hola, masa gordita”, dice. La divide en pedacitos. Cada pedacito será un panecillo. Pedro hace bolitas. Redondas, suaves, perfectas. Las pone en la bandeja una al lado de la otra. “Panecillos amiguitos”, dice Pedro.
Pedro prende el horno. El horno calienta la panadería. Pedro mete la bandeja despacito. “Cuidado, panecillos. Pronto estarán dorados”, dice Pedro. El horno hace ruidos suaves: crac, crac, crac. Pedro espera y huele el aire. El pan empieza a oler delicioso. Huele a hogar, a abrazo, a alegría.
Pedro se asoma al horno y ve los panecillos. Se están poniendo dorados y crujientes. “¡Qué bonitos están!”, dice Pedro, feliz. Saca la bandeja con cuidado. El pan está caliente. Pedro sopla: “Fiu, fiu, fiu.” Los panecillos brillan. Tienen la corteza dorada y el centro blandito.
Pedro pone los panecillos en una cesta. Los cubre con un paño suave. “Descansen, panecillos. Pronto viajarán”, susurra Pedro.
Pedro mira su bicicleta de reparto. Es roja y tiene una gran cesta delante. Pedro la limpia y la acaricia. “Gracias, bicicleta. Gracias por ayudarme”, dice Pedro. Sube la cesta con los panecillos. Los panecillos están listos para su paseo.
Pedro sale a la calle. Pedalea despacio. El sol brilla. El aire huele a pan recién hecho. Los vecinos abren las ventanas. “¡Huele a pan!” gritan los niños. Pedro sonríe y saluda. “¡Buenos días! El pan ya llega”, dice Pedro.
Pedro para en la primera casa. Entrega una bolsita de panecillos. “Gracias, Pedro”, dice una señora. “Huelen delicioso.” Pedro sonríe. “Con mucho cariño”, responde. Va a la siguiente casa, y a la siguiente. Todos reciben su pan con alegría.
Cuando termina, Pedro vuelve a la panadería. Se sienta cansado, pero contento. Mira su bicicleta y le dice: “Buen trabajo, amiga.” La bicicleta brilla bajo el sol. Pedro acaricia el manillar y sonríe.
El panadero se lava las manos. Sus manos huelen a pan, a harina, a trabajo bonito. Se sienta, respira hondo y cierra los ojos. Está feliz. Ha hecho pan para todos. Ha trabajado con cariño y cuidado. Ha medido la harina con atención y ha repartido alegría.
Pedro mira por la ventana. El sol se esconde y el cielo se vuelve naranja. Pedro dice: “Hasta mañana, bicicleta. Hasta mañana, panecillos. Mañana haremos pan otra vez.”
Pedro apaga la luz, se arropa y sueña con pan suave, caliente y redondito. Todo está tranquilo. Todo está bien.