La panadería de Don Tomás se despertó antes que el sol. Don Tomás era un hombre grande y amable. Tenía manos tibias y delantal blanco. Al abrir la puerta, el aire olía a harina y a mañana.
En su mesa había un cuenco enorme. También un saco de harina, una jarra de agua y un cuenquito de sal. Don Tomás canturreó bajito: “Amasar, amasar, suave y sin parar”. Esa frase la repetía siempre. Sonaba como una canción para dormir, pero era una canción para hacer pan.
A la puerta asomó Nico, un niño pequeño con ojos curiosos. Venía con su papá. Nico saludó con la mano.
“Hola, Don Tomás”.
“Hola, Nico. Hoy vas a ser mi ayudante. Pero un ayudante tranquilo, ¿sí?”
Nico asintió. “Sí, tranquilo”.
Don Tomás le mostró la harina. “Mira. Es como una nube blanca. La tocamos con cuidado”. Nico metió un dedo. La harina era suave, suave.
Luego Don Tomás echó agua. “Ahora la nube bebe”. El agua hizo un sonido: ploc, ploc. Don Tomás añadió sal. “Un poquito. La sal da sabor, como un beso pequeñito”.
Nico miró la masa. “¿Y ya está?”
“Falta lo más divertido”. Don Tomás sacó una bolsita de levadura. “Esto es levadura. Son bichitos buenos, muy pequeños. Comen y hacen aire. El pan crece y crece”. Don Tomás abrió las manos. “Así, como un globo”.
Nico abrió los ojos. “¡Como un globo!”
Don Tomás empezó a amasar. Empujaba, doblaba, giraba. Empujaba, doblaba, giraba. “Amasar, amasar, suave y sin parar”, repetía. Nico quiso probar. Don Tomás le dio un pedacito. “Solo un poco. Tus manos también pueden aprender”.
La masa se pegó un poquito. Nico hizo una carita rara. Don Tomás rió bajito. “No pasa nada. Si se pega, ponemos un poco más de harina. La masa es como un abrazo. A veces aprieta, pero luego se calma”.
Nico respiró. “Se calma”.
“Sí. Y ahora, creatividad”. Don Tomás guiñó un ojo. Sacó un cuenco con semillas verdes. “Son semillas de calabaza. Crujen y saben rico”.
Las semillas cayeron como lluvia suave. Tic, tic, tic. Nico las tocó. Eran lisas y fresquitas.
“¿Puedo poner muchas?”
“Puedes poner las que quieras, pero con cariño. Hacemos un pan especial”. Don Tomás dejó que Nico espolvoreara. El pan parecía tener pequeñas estrellas.
Después pusieron la masa en un bol y la taparon con un paño. “Ahora descansa”, dijo Don Tomás. “El pan también duerme un rato”. Nico miró el paño quieto.
“¿Va a crecer de verdad?”
“Claro. Mira y espera”. Se sentaron un momento. La panadería estaba en calma. Se oía un reloj: tic-tac, tic-tac. Don Tomás hablaba despacio. “Un panadero cuida. Mezcla. Amasa. Espera. Y hornea. Con paciencia y corazón”.
Cuando levantaron el paño, la masa era grande y esponjosa. Nico sonrió. “¡Creció!”
Don Tomás la partió en dos y formó dos panes. Uno redondo y otro alargado. “El tuyo puede ser como tú quieras”, dijo.
Nico hizo un pan con forma de luna. “Es para la noche”, susurró.
Lo metieron al horno. El horno estaba caliente, pero seguro, detrás de su puerta. Don Tomás cerró con cuidado. “Aquí el pan se vuelve dorado. Tú miras desde lejos. Yo me acerco”.
Esperaron. Y el aire cambió. Primero olió a pan calentito. Luego, Don Tomás sacó un frasquito. “Un toque final para soñar”, dijo. Puso un poquito de canela cerca, muy poquito, solo para perfumar.
La panadería se llenó de un olor dulce y suave. Canela, canela, como una manta.
Don Tomás entregó a Nico su pan-luna. Estaba tibio. “Lo hiciste con tus manos. Eso es crear”.
Nico lo abrazó con cuidado. “Gracias, Don Tomás”.
“De nada. Buenas noches, pequeño ayudante”.
Nico salió con su papá. En la calle, el mundo estaba quieto. Y en su nariz quedaba ese olor de canela, calmado y feliz, como si la noche también fuera pan recién hecho.