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Cuento de vaquero 11/12 años Lectura 13 min.

El letrero del Rancho Coyote Rojo y la pasarela del barranco

Un vaquero llamado Tomás debe recuperar a sus terneros y proteger el rancho cuando un extraño intenta aprovecharse del lugar, mientras una tormenta y un barranco convierten la jornada en una prueba de valor y prudencia.

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Un hombre, Tomás, rostro curtido, bigote fino y sombrero vaquero marrón, pinta una gran tabla de madera con una brocha ancha roja y traza letras blancas "COYOTE ROJO", de pie frente a la tabla sobre caballetes, con manchas de pintura en su camisa vaquera; a la derecha, a unos pasos, Don Eusebio, hombre de unos 30 años, complexión media y canas, sonríe sosteniendo una taza de café; a la izquierda, el flaco, joven de unos 25 años, delgado, sombrero oscuro y chaqueta húmeda, con las manos algo sucias, mira una sección de la valla reparada; junto a Tomás, el caballo marrón Viento, con crin negra y orejas erguidas, calmado; lugar: entrada polvorienta de un rancho con pasto bajo, montañas ocres al fondo, cielo naranja de tarde y un gran hangar de madera, atmósfera de calma tras la tormenta y luz dorada sobre la pintura fresca. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La tabla en blanco

El amanecer derramó luz dorada sobre las llanuras, y el Rancho Coyote Rojo despertó con el coro de relinchos, mugidos y el crujido de la madera vieja. El olor a café negro se mezclaba con el polvo fino que el viento arrastraba como si barriera el mundo.

Tomás Rivas, vaquero de manos firmes y mirada tranquila, sostenía una brocha gorda y una lata de pintura roja. Frente a él, apoyada en la pared del granero, había una tabla ancha, lisa y recién lijada. Era el rótulo nuevo.

—Hoy por fin le ponemos nombre al rancho como se merece —dijo, guiñándole un ojo a su caballo, Viento.

Viento movió las orejas como si entendiera. Tomás se agachó, recogió un tarro pequeño de pintura blanca para las letras, y sonrió.

—Primero rojo, luego letras. Fácil… si el Oeste decide portarse bien.

En ese instante, un chasquido seco sonó desde la cerca del corral. Un alambre se tensó y, con un “¡clac!”, se soltó. Dos terneros aprovecharon el hueco y salieron como flechas.

—¡No, no, no…! —Tomás dejó la brocha y salió corriendo—. ¡Viento, conmigo!

Montó de un salto, y el caballo arrancó con fuerza. Los terneros brincaban hacia la pradera abierta, donde la hierba alta parecía un mar verde. El rótulo quedó atrás, esperando su nombre, como una promesa sin cumplir.

Capítulo 2: Polvo, espinas y una tormenta que se acerca

Los terneros no iban solos. Tres reses más los siguieron, como si la libertad fuera contagiosa. Tomás apretó las rodillas y guió a Viento en un arco amplio para no asustarlos.

—Tranquilos, muchachos —murmuró—. Nadie quiere problemas.

El sol subía rápido, calentando la tierra hasta hacerla oler a piedra y salvia. A lo lejos, unas nubes oscuras se juntaban como un sombrero gigante sobre el horizonte.

Tomás silbó, un silbido agudo y conocido. Uno de los terneros dudó, giró la cabeza… y siguió corriendo.

—Muy bien. Hoy han elegido la opción difícil.

Viento avanzó con pasos ágiles entre matorrales y pequeñas rocas. Un conejo cruzó delante y desapareció como una sombra. Tomás vio huellas frescas cerca de un arroyo casi seco: marcas profundas, como de ruedas.

—Eso no es de mi carreta —dijo en voz baja.

De pronto, un estampido de trueno retumbó lejos, como si alguien hubiera cerrado una puerta enorme. Los terneros se asustaron y cambiaron de dirección hacia una zona de barrancos.

—¡Eh, eh! —Tomás alzó la voz—. ¡Por ahí no!

Si caían en un barranco, se lastimarían. Y si los seguía sin pensar, él también. Tomás respiró hondo, miró el terreno y decidió.

—Viento, rodeamos por la loma. Más largo, pero seguro.

Subieron por un sendero estrecho. Las piedras resbalaban, y las espinas del mezquite intentaban agarrarle la camisa como dedos traviesos. Al llegar arriba, Tomás vio la trampa: el barranco se abría como una boca y, más allá, una antigua pasarela de madera colgaba sobre el vacío. Los terneros, sin saberlo, iban directo hacia allí.

—No van a cruzar eso —dijo Tomás—. Ni aunque me lo pidan con modales.

Capítulo 3: La pasarela que cruje y el mapa equivocado

Tomás se adelantó para cortarles el paso. Hizo girar a Viento y bajó despacio, colocando al caballo entre los terneros y la pasarela. Los animales frenaron, resoplando.

—Así me gusta, sin teatro —susurró Tomás.

Pero entonces, detrás de unas rocas, apareció un hombre flaco con sombrero ladeado y sonrisa de coyote. Llevaba una cuerda y un mapa arrugado.

—Vaya, vaya —dijo el desconocido—. Pensé que estos animalitos no tenían dueño.

Tomás no levantó la voz. Su calma era como un poste bien clavado.

—Lo tienen. Y tú estás muy lejos de donde deberías estar.

El hombre agitó el mapa.

—Busco el camino al “Coyote Rojo”. Me dijeron que por aquí…

Tomás miró el mapa de lejos y vio una mancha de tinta que tapaba un giro importante.

—Ese mapa miente —respondió—. Y tú también. ¿Por qué sigues a mis terneros?

El flaco sonrió más.

—Digamos que… me interesan los lugares con cosas valiosas. Y un rancho con nombre nuevo suele tener gente distraída.

Tomás sintió una punzada de preocupación: el rótulo, la pintura, el granero… y, sobre todo, la gente del rancho. No podía dejar a aquel tipo merodeando.

En ese momento, un rayo iluminó el cielo y el viento cambió, trayendo olor a lluvia. Los terneros se movieron nerviosos. Uno dio un paso hacia la pasarela, que respondió con un crujido triste.

—¡Quietos! —ordenó Tomás.

El flaco aprovechó el caos y lanzó su cuerda hacia el cuello de un ternero. El lazo silbó en el aire… pero Tomás reaccionó rápido: inclinó el cuerpo, cortó la trayectoria con su propia cuerda y enredó el lazo del otro antes de que apretara.

—Aquí no se roba —dijo Tomás, con voz firme—. Ni animales ni caminos.

—¿Ah, no? —El hombre escupió a un lado—. Pues veremos.

Y echó a correr hacia la pasarela, como si quisiera cruzarla para perderse en los barrancos.

Tomás miró la madera vieja y luego el cielo cargado. Tenía que pensar en dos cosas a la vez: salvar a los terneros y no dejar que el flaco se escapara hacia la tormenta.

—Viento, llévalos de vuelta. Despacio —dijo, y dio una palmada al cuello del caballo.

Viento, como si entendiera la urgencia, empujó con cuidado a los terneros alejándolos del borde. Tomás, a pie, siguió al flaco sin perderlo de vista.

Capítulo 4: El barranco enseña los dientes

La pasarela colgaba sobre el vacío con tablas desparejas y clavos asomados como dientes oxidados. El flaco la pisó sin dudar, y la madera gimió.

—¡Estás loco! —gritó Tomás desde la orilla—. ¡Esa cosa no aguanta!

—¡Aguanta mis botas! —respondió el otro, riéndose—. Y con eso me basta.

Tomás no quería que nadie cayera. Ni siquiera un ladrón. La naturaleza no era un enemigo para vencer, sino una fuerza para respetar. Un barranco no perdonaba valentías tontas.

Tomás se arrodilló y clavó su mirada en la estructura. Vio una cuerda lateral, vieja y pelada, que sujetaba parte de la pasarela a un poste. Si esa cuerda cedía, el flaco se iría al fondo.

La lluvia empezó con gotas grandes, pesadas, que levantaban pequeñas explosiones de polvo. El barro apareció en segundos.

Tomás tomó su lazo, lo hizo girar y lo lanzó con precisión. La cuerda voló y se enganchó en el poste del otro lado, justo donde el flaco estaba a mitad de camino.

—¿Qué haces? —chilló el hombre, al notar la tensión.

—Evitar que te mates —respondió Tomás—. Y que arrastres la pasarela contigo.

El flaco intentó seguir, pero la madera se hundió bajo su pie. Se oyó un “crac” que puso la piel de gallina. El hombre quedó paralizado.

—¡No te muevas! —ordenó Tomás—. ¡Agárrate a la cuerda!

—¡No me mandes! —protestó el flaco, pero su voz temblaba.

—No es un juego. La tierra es dura y el barranco más. ¡Respeta donde pisas!

El flaco tragó saliva y obedeció. Se agarró a la cuerda de Tomás como un niño a una barandilla. Tomás tiró con fuerza, los brazos ardiéndole, los pies resbalando en el barro.

El hombre avanzó despacio, tabla por tabla, hasta llegar de nuevo a la orilla. Cuando pisó tierra firme, se dejó caer de rodillas, jadeando.

—Me… me salvaste —murmuró, empapado.

—Sí —dijo Tomás, soltando el lazo—. Y ahora me dices qué buscabas de verdad.

El flaco lo miró con rabia cansada.

—Buscaba el rancho para… para hacer una marca falsa. Un nombre. Con un rótulo falso, los arrieros se confunden. Se meten donde no deben. Y entonces… —Se encogió de hombros—. Es fácil robar en el caos.

Tomás apretó la mandíbula. Pintar el nombre del rancho no era solo decoración. Era identidad. Era un faro.

—Pues te equivocaste de sitio —dijo—. Aquí el nombre se gana.

Capítulo 5: Regreso al Rancho Coyote Rojo

La tormenta pasó rápido, como suelen pasar las cosas grandes en el Oeste: haciendo ruido y dejando huellas. El cielo se abrió en franjas azules, y el sol volvió a brillar sobre charcos que reflejaban las nubes.

Tomás recuperó a los terneros con ayuda de Viento y los llevó de vuelta. El flaco caminó detrás, con las manos visibles y la mirada baja.

Al llegar al rancho, el capataz, Don Eusebio, salió del cobertizo con una ceja levantada.

—Tomás… ¿por qué traes una visita con cara de haber discutido con un rayo?

Tomás se quitó el sombrero y dejó que el agua escurriera.

—Porque intentó robar terneros y planeaba engañar a la gente con un rótulo falso. Y porque casi se cae al barranco por no respetar el terreno.

Don Eusebio miró al flaco, que evitó sus ojos.

—Aquí no jugamos con la tierra ni con el nombre de nadie —dijo el capataz, serio.

Tomás añadió, más calmado:

—La naturaleza ya tiene suficientes trampas sin que nosotros fabriquemos más. Si uno se pierde, puede acabar dañando el desierto, los animales… o a sí mismo.

El flaco tragó saliva. Su voz salió pequeña.

—No pensé… en eso.

—Pues aprende —respondió Don Eusebio—. Vas a ayudar a reparar la cerca que rompiste. Y luego te vas. Por el camino correcto.

El hombre asintió, resignado. Tomás lo observó un instante y luego se giró hacia el granero. Allí estaba la tabla, aún en blanco, pero ahora le parecía más importante que nunca.

—Viento —dijo, rascándole el cuello—, casi no pintamos hoy, ¿eh?

El caballo resopló, como si se riera.

Capítulo 6: El nombre en rojo y blanco

El atardecer tiñó la pradera de cobre. Las montañas lejanas parecían islas en un mar de luz. Tomás colocó la tabla sobre dos caballetes. A un lado, la lata de pintura roja. Al otro, la blanca para las letras.

Don Eusebio se acercó con una taza de café.

—Después de lo de hoy, ese nombre va a pesar más —dijo.

Tomás hundió la brocha en el rojo. La pintura olía fuerte, como promesa recién abierta. Empezó a cubrir la madera con trazos largos y parejos. Cada pasada dejaba una franja brillante que se oscurecía al secarse.

—No es solo por orgullo —dijo Tomás mientras pintaba—. Es para que los viajeros sepan dónde están. Para que nadie se confunda y acabe pisando barrancos o asustando manadas. Un nombre claro puede evitar desgracias.

—Hablas como un maestro —bromeó Don Eusebio.

—Yo solo aprendí a golpes… pero prefiero enseñar con palabras.

Cuando el fondo rojo quedó uniforme, Tomás cambió a la pintura blanca. Tomó un pincel más fino, respiró hondo y trazó la primera letra: C.

Las letras fueron apareciendo con firmeza: COYOTE ROJO. Blancas como hueso limpio, nítidas contra el rojo como un atardecer encendido. Tomás repasó los bordes, cuidando que ninguna gota cayera como lágrima fuera de lugar.

A unos metros, el flaco, ya con la cerca reparada, miró el rótulo con una expresión extraña, mezcla de vergüenza y respeto.

—Es… bonito —admitió, casi en un susurro.

Tomás no se burló.

—Lo bonito se cuida. Y lo que se cuida dura.

Colgaron el rótulo sobre la entrada del rancho cuando el sol estaba a punto de esconderse. El nombre brilló un instante, como si tuviera luz propia, y luego quedó allí, firme, como un saludo.

El cielo se calmó. Los grillos empezaron su música. Tomás se quedó mirando la pradera, escuchando el murmullo del agua en una zanja cercana y el respirar tranquilo de Viento.

Un soplo de viento suave pasó entre las tablas del granero y rozó el rótulo recién pintado, como una caricia que decía: “Aquí todo sigue”.

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Relinchos
Sonidos fuertes que hace un caballo cuando emite aviso o emoción.
Mugidos
Ruidos profundos que hacen las vacas o toros para comunicarse.
Lijada
Superficie raspada con lija para quedar más suave la madera.
Rótulo
Cartel o tabla con un nombre o aviso visible para todos.
Alambre
Hilo metálico delgado que sirve para hacer cercas o atar cosas.
Corral
Lugar cercado donde se guardan animales de la granja.
Terneros
Crías jóvenes de la vaca que todavía no son adultas.
Pradera
Terreno amplio y llano cubierto de hierba para pastar.
Barranco
Hueco profundo en la tierra con paredes, como un pequeño cañón.
Pasarela
Camino estrecho y elevado, a veces de madera, para cruzar.
Mezquite
Árbol del desierto con ramas y espinas, típico del campo.
Capataz
Persona que manda y organiza el trabajo en una finca.
Arrieros
Personas que conducen animales de carga o carretas por rutas.
Lazo
Cuerda que se usa para atar o capturar animales con habilidad.

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