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Cuento de vaquero 11/12 años Lectura 17 min.

El grito del cañón: ¡Or-te... Haa!

Lucía, una joven del rancho, aprende a escuchar la tierra y crea un grito de ralliement para encontrar y proteger a su gente mientras enfrenta un cañón, un río enfadado y peligrosos ladrones.

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Joven (Lucía), decidida y concentrada, rostro con polvo, cabello castaño recogido en coleta, ojos grandes mirando al horizonte; de pie en un promontorio rocoso, sujetando la brida de su yegua Mora con una mano y levantando la otra gritando "OR‑TE… HAA", postura erguida y enérgica. Niño (Tomás), ~13 años, inquieto pero valiente, sigue a Lucía en segundo plano, agachado para sacar una vieja cantimplora semienterrada en el barro a pocos pasos. Mujer adulta (Jacinta), 40–50 años, rostro marcado pero aliviado, delantal arrugado y cabello canoso en moño, apoyada en el brazo de Lucía mientras avanzan hacia el promontorio. Hombre adulto (Don Emilio), 50–60 años, robusto, bigote gris y sombrero de vaquero, aparece a lo lejos con dos vaqueros a caballo en el horizonte del rancho respondiendo al grito. Lugar: cañón árido al atardecer, paredes rojizas, hierbas secas, arroyo lodoso abajo y una pequeña cueva; un nido de halcón con dos polluelos en una cornisa. Situación: momento dramático y crucial — Lucía convoca desde el promontorio mientras el viento levanta polvo y cintas, Mora clava los cascos en la piedra y los ecos se responden desde el rancho; tensión con esperanza. Estilo gráfico: dibujo lineal sobre papel de periódico, texturas granulosas, paleta cálida (ocre, óxido, azul petróleo para sombras), contrastes fuertes y hachurado para sombras, énfasis en expresiones y posturas dinámicas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Polvo, cielo y una pregunta

El amanecer pintaba el desierto de naranja, como si alguien hubiese volcado miel caliente sobre las colinas. Lucía apretó la rienda de su yegua Mora y olfateó el aire: polvo, salvia y un toque lejano de humo. El campamento del rancho Ortega despertaba con golpes de ollas y bostezos.

—Hoy te toca acompañar la recua al cañón —dijo Don Emilio, el capataz, ajustándose el sombrero—. Y de paso, escucha bien. A esta tierra no se le entra sin saber llamar a los tuyos.

Lucía frunció el ceño.

—¿Un silbido?

—Un grito de ralliement —corrigió Don Emilio, medio serio, medio divertido—. Un grito que diga “estoy aquí” sin necesidad de asustar a los bisontes ni a los vecinos.

Lucía se rió.

—Si grito como el gallo de la señora Pruitt, se enterará hasta el gobernador.

—Por eso hay que aprenderlo. El Oeste es grande y el viento se come las palabras. A veces, lo único que te salva es que los tuyos reconozcan tu voz.

Lucía miró la llanura: un mar de hierba pálida que ondulaba. De pronto, le pareció que el mundo era demasiado ancho, y ella demasiado pequeña… pero la idea le encendió el pecho como una cerilla.

—Entonces lo aprenderé —dijo—. Y será mejor que el gallo.

Don Emilio le guiñó un ojo.

—Ve con respeto. Si ves huellas nuevas, si oyes un río crecido, no lo desafíes por orgullo. La naturaleza no se pelea; se escucha.

Lucía montó a Mora y se unió a Tomás, un chico de su edad que ya se creía viejo solo por llevar una cuerda al cinto.

—¿Un grito de ralliement? —bufó Tomás—. Mi grito es “¡ay!” cuando me pisan el pie.

—Pues hoy aprenderás a gritar sin que te pisen —respondió Lucía, y espoleó suave.

El camino hacia el cañón era una línea de tierra roja que crujía bajo los cascos. Arriba, un águila daba vueltas, como si vigilara el mundo con ojos de cuchillo.

Capítulo 2: El grito que no sale

Cuando el sol ya estaba alto, llegaron a una zona de rocas apiladas como gigantes dormidos. El viento se colaba entre ellas y silbaba con descaro. Tomás intentó un grito:

—¡Eeeeey! —Su voz rebotó y volvió convertida en un sonido flaco, como de cabra.

—Eso no llama a nadie —dijo Lucía, conteniendo la risa—. Parece que pides permiso para estornudar.

Tomás se encogió de hombros.

—¿Y el tuyo?

Lucía respiró hondo y lanzó un “¡Hoo!” fuerte, desde el vientre. La roca lo devolvió… raro. Una parte se perdió, otra sonó como si alguien se quejara en un pozo.

—No… no es eso —murmuró, frustrada. Le molestaba no poder, como si su garganta tuviera una puerta cerrada.

A la sombra de una peña encontraron a la vieja Nélida, una rastreadora que a veces comerciaba hierbas por café. Llevaba el pelo gris trenzado y ojos vivos, de los que parecen haber visto cien tormentas sin parpadear.

—¿Qué hacen dos potrillos por aquí? —preguntó, sin levantarse.

Lucía se quitó el sombrero por respeto.

—Busco un grito de ralliement. Uno que sirva de verdad.

Nélida soltó una carcajada corta.

—Un grito no se compra. Se gana. ¿Para qué lo quieres?

—Para que me encuentren si me pierdo… y para encontrar yo a los demás —dijo Lucía, honesta—. El viento aquí se traga los nombres.

Nélida apoyó un dedo en el suelo.

—Entonces aprende primero a escuchar. Cada sitio tiene su eco. Si gritas contra una pared lisa, tu voz vuelve limpia. Si gritas contra piedra rota, vuelve hecha pedazos.

Tomás se inclinó.

—¿Y cuál es el mejor?

—El que no asusta a los animales —respondió Nélida—. Los coyotes y los venados también viven aquí. Si los espantas por diversión, mañana te faltará agua o te faltará comida. Este lugar no perdona la falta de respeto.

Lucía asintió. Recordó lo que dijo Don Emilio.

—¿Nos enseñas?

Nélida señaló el cañón, donde un hilo de agua brillaba.

—Vayan hasta el arroyo. Allí el sonido se desliza. Pero ojo: anoche llovió en las montañas. Si el agua se enfada, no le discutan. Y si encuentran huellas de herradura que no sean del rancho… vuelvan.

Lucía sintió un cosquilleo de aventura en las manos.

—Volveremos —prometió—. Y escucharemos.

Capítulo 3: Huellas ajenas y un río que ruge

El cañón era más fresco. Olía a piedra húmeda y a menta salvaje. Mora avanzaba con cuidado, y Lucía la dejaba elegir los pasos, confiando en su instinto.

—Mira —susurró Tomás, señalando el barro junto al agua.

Huellas. No de vaca. No de ciervo. Herraduras recientes, marcadas y profundas.

—No son nuestras —dijo Lucía, y el corazón le dio un golpe.

—Quizá viajeros.

—O ladrones —respondió ella, mirando alrededor.

El arroyo, que debía ser un murmullo, sonaba como un tambor lejano. El agua bajaba más alta de lo normal, oscura, cargada de ramas.

—La lluvia de las montañas —murmuró Tomás.

En la orilla, algo brilló entre las piedras: una cantimplora de metal, abollada, con una cinta azul.

Lucía la recogió.

—Esto es de alguien del rancho —dijo, reconociendo la cinta—. Es de Jacinta, la cocinera. La vi colgada en su carro.

Tomás tragó saliva.

—Entonces… ¿ella está aquí?

Antes de que pudieran pensar más, escucharon un chasquido: una piedra rodando. Ambos se quedaron quietos. Entre los arbustos apareció un hombre con pañuelo al cuello y sombrero bajo. Detrás, otro.

—Mira lo que tenemos —dijo el primero, con una sonrisa torcida—. Dos pajarillos.

Lucía sintió el miedo como un frío en la espalda, pero no dejó que le moviera las manos. Miró el agua, miró las rocas, midió distancias. Inteligencia primero.

—No buscamos problemas —dijo, firme—. Solo seguimos el camino.

—El camino es nuestro hoy —respondió el segundo—. Den la cantimplora y… lo que lleven.

Tomás parecía a punto de hablar, pero Lucía lo cortó con una mirada. No era momento de hacerse el valiente con palabras.

—Tomás —dijo, como si fuera una orden tranquila—. Suelta la bolsa de avena y da un paso atrás, despacio.

Los hombres rieron.

—Qué educada.

Lucía dejó la bolsa caer, pero con un movimiento calculado pateó una piedra hacia el agua. ¡Plaf! El sonido y el chapoteo distrajeron un segundo. Ese segundo era una puerta.

—¡Ahora! —susurró, y tiró de Mora hacia un estrecho paso entre rocas.

Tomás la siguió, espoleando. Los cascos golpearon piedra, saltaron grava. Detrás, los hombres gritaron y comenzaron a perseguirlos.

El cañón se estrechó. El agua rugía más fuerte.

—¡Nos van a alcanzar! —jadeó Tomás.

Lucía apretó los dientes. Se acordó del consejo: no pelear con la naturaleza; escucharla. El rugido del agua no era uniforme. Había un punto donde sonaba más hueco… como si pasara por debajo.

—¡A la izquierda! —ordenó, y giró hacia una zona donde el arroyo se dividía y formaba un pequeño islote de piedras.

—¡Estás loca!

—¡Confía en Mora!

La yegua pisó firme. El agua les salpicó las botas. Por un momento, Lucía sintió que el río quería agarrarla del tobillo y llevársela, pero Mora encontró una línea segura. Al otro lado, un tronco caído formaba un puente natural hacia una cornisa.

Lucía cruzó primero, lenta, respirando. Tomás detrás, temblando como un flan en feria.

Los perseguidores llegaron al agua, pero dudaron. El caudal empujaba con rabia.

—¡Vuelvan! —gritó uno, furioso—. ¡No van a salir de ahí!

Lucía no respondió. Siguió. Un paso. Otro. La cornisa los llevó hacia una cueva baja, escondida por enredaderas.

Dentro, la sombra olía a tierra y a murciélago. Allí, encogida y con la cara manchada, estaba Jacinta.

—¡Lucía! —susurró, con voz rota—. Me quitaron el carro… me dejaron aquí.

Lucía se arrodilló a su lado.

—Vamos a sacarte. Pero necesitamos avisar al rancho.

Tomás miró la entrada.

—¿Y el grito de ralliement? —preguntó, casi llorando—. No lo tenemos.

Lucía cerró los ojos un segundo. Escuchó el río. Escuchó el eco en la cueva. Y, sobre todo, escuchó su propio miedo… y lo dejó pasar, como se deja pasar una nube.

—Lo construiremos —dijo—. Ahora.

Capítulo 4: Una voz hecha para el viento

Desde la cueva se veía un tramo del cañón que abría hacia la llanura. Si lograban llegar a una elevación, quizá alguien del rancho oiría.

Lucía ayudó a Jacinta a ponerse en pie.

—¿Puedes caminar?

—Si me prometes que no me dejas sola con esos zopencos —respondió Jacinta, intentando bromear aunque le temblaban las manos.

—Prometido.

Salieron cuando el ruido del agua tapaba cualquier crujido. Se movieron pegados a la roca, como lagartos.

Lucía recordó las palabras de Nélida: el sonido se desliza en el arroyo. Necesitaban un grito que viajara sin romperse. Probó en voz baja, afinando como quien tensa una cuerda invisible.

“¡Ooo-raa!”… no. “¡Eee-yaa!”… demasiado agudo.

Tomás los seguía, vigilando.

—¿Y si hacemos dos notas? —propuso—. Como… “¡Eh-haa!”

Lucía lo probó. Sonó mejor, pero aún le faltaba algo: una marca, una chispa que dijera “somos nosotros”.

Jacinta tosió.

—En la cocina, cuando llamo a Don Emilio, hago así: “¡Or-te-gaaa!” —Se llevó la mano a la boca y lo dijo cantado, como si estuviera pregonando pan.

Lucía sonrió a pesar de todo.

—Eso sí viaja.

—Pero es largo —susurró Tomás—. Y si los ladrones lo oyen…

Lucía pensó rápido. Cortar sin perder identidad. Dos sílabas fuertes. Un ritmo.

“¡Or-te!” —dijo, y después añadió un remate grave—: “¡Haa!”

Probó de nuevo, más firme: —¡Or-te… HAA!

El eco lo devolvió claro, como un golpe de tambor que no asustaba, sino que avisaba.

Tomás levantó la barbilla.

—Suena a puerta que se abre.

—Y a manada que responde —dijo Lucía—. Ese será.

Llegaron a un saliente desde donde se veía el rancho como un punto lejano, con humo subiendo recto. Demasiado lejos para una voz normal… pero quizá no para una voz bien hecha.

Lucía llenó el pecho. No gritó con pánico. Gritó con propósito, como si su voz fuera una cuerda lanzada al cielo.

—¡OR-TE… HAA!

El cañón lo tomó y lo estiró. El viento lo llevó como una bandera sonora.

Abajo, en la entrada del cañón, se escuchó un murmullo: los ladrones hablaban, buscando.

—¡Otra vez! —susurró Tomás.

—¡OR-TE… HAA! —repitió Lucía, sin temblar.

Esta vez, juraría que, muy lejos, respondió un eco distinto: no de roca, sino de gente. Un “¡Eh!” lejano, un grito de trabajo.

Jacinta se agarró el pecho.

—Te han oído, niña.

Lucía no bajó la guardia.

—Ahora hay que aguantar.

Capítulo 5: Carrera entre sombras

Los ladrones aparecieron más arriba, en la cornisa opuesta. Uno señaló con rabia.

—¡Ahí están!

Lucía empujó a Jacinta hacia un sendero estrecho que bajaba en zigzag.

—No corras a lo loco —dijo, respirando rápido—. Pisa donde pisa Mora.

Tomás, detrás, murmuró:

—Me arrepiento de todos los chistes que hice sobre tu grito.

—Guárdalos para cuando estemos vivos —replicó ella.

Las piedras sueltas traicionaban. Un paso en falso y el tobillo se rompía como rama seca. Lucía iba delante, probando el terreno con el peso justo. No era solo valentía; era cuidado.

En una curva, vieron un nido de halcón en una repisa baja. Dos polluelos abrían picos amarillos, sorprendidos por el ruido.

Tomás levantó una piedra para espantar a un ladrón que se acercaba por arriba.

—¡No! —Lucía le agarró la muñeca—. No cerca del nido.

—¡Pero nos alcanzan!

—No vamos a salvarnos destruyendo lo que no tiene culpa —dijo Lucía, con voz dura—. Busca otra opción.

Tomás miró al nido, luego a la piedra, y la dejó caer despacio. Respiró como quien se traga el orgullo.

Más abajo, el sendero cruzaba una zona donde el arroyo se ensanchaba. El agua arrastraba espuma y ramas. Parecía imposible cruzar con Jacinta.

Lucía se detuvo, observó. A la derecha, un grupo de sauces inclinaba sus ramas, y debajo había una zona de corriente más suave.

—Por ahí —decidió.

Tomás abrió los ojos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque las hojas no están temblando tanto —contestó Lucía—. Y porque el agua canta más bajo.

Entraron. El agua les subió hasta las rodillas, fría como metal. Jacinta jadeó, pero Lucía la sostuvo del brazo. Mora avanzó firme, como si contara pasos. A mitad, una rama chocó contra la pierna de Tomás y casi lo tira.

—¡Ay! ¡Mi grito es “ay”, ya te dije!

—Muerde el “ay” y sigue —ordenó Lucía, y Tomás, con humor desesperado, obedeció.

Cuando llegaron a la otra orilla, se oyeron cascos. Varios jinetes del rancho entraban al cañón. Don Emilio iba al frente, con la mirada afilada.

Lucía alzó la voz, usando su nuevo grito como un faro.

—¡OR-TE… HAA!

Don Emilio giró la cabeza al instante, como si esa palabra le tirara del oído.

—¡Por aquí! —gritó él—. ¡Los encontré!

Los ladrones, al ver a los jinetes, intentaron huir por el lado alto. Pero el cañón, estrecho y traicionero, no les regaló caminos fáciles.

Uno resbaló y cayó de rodillas. El otro se metió entre matorrales. Don Emilio y dos vaqueros los rodearon sin necesidad de disparos: con caballos bien puestos y voces firmes.

—Se acabó el paseo —dijo Don Emilio, y su tono era más frío que el agua del arroyo.

Lucía abrazó a Jacinta un segundo, sintiendo que el temblor por fin podía salir.

Tomás soltó el aire.

—Tu grito funciona. Y… y no asustó ni a los halcones.

Lucía miró hacia la repisa. Los polluelos seguían allí, vivos, atentos.

—Eso era lo importante —dijo.

Capítulo 6: Lo que queda en las manos

Ya de regreso, el cielo se volvió violeta y el rancho olía a sopa y a madera caliente. Jacinta, sentada junto al fuego, contaba lo ocurrido exagerando un poco, como manda la ley de las historias.

—…y Lucía gritó tan fuerte que el cañón se peinó solo —decía, y todos reían.

Don Emilio se acercó a Lucía cuando la gente se dispersó.

—No fue solo el grito —dijo en voz baja—. Fue cómo pensaste. Cómo cuidaste a los tuyos… y a lo que no es tuyo.

Lucía se encogió de hombros, aunque por dentro se le inflaba el pecho.

—La tierra no tiene culpa de nuestros problemas.

—Exacto —respondió Don Emilio—. Y ahora ya tienes tu ralliement. “¡Or-te… HAA!” Suena a rancho, a familia. Y suena a respeto.

Tomás apareció con una cuerda larga entre las manos.

—Oye, Lucía —dijo—. Don Emilio me mandó que te devolviera esto. La dejaron caer los ladrones cerca del arroyo.

Lucía tomó la cuerda. Era buena, de cáñamo fuerte, con olor a sol. La pasó por las manos y empezó a enrollarla con paciencia, vuelta sobre vuelta, hasta que quedó ordenada, como una promesa.

—Gracias —dijo.

Tomás sonrió.

—¿Vas a gritarlo otra vez?

Lucía miró la noche, donde las estrellas parecían agujeros en una manta negra. Pensó en el cañón, en el agua, en los halcones. Pensó en cómo su voz había encontrado un camino sin romper nada.

Se llevó dos dedos a la boca, pero no silbó. Respiró hondo y, con una alegría tranquila, lanzó su grito al aire abierto:

—¡OR-TE… HAA!

Y el viento, por una vez, no se lo comió. Lo llevó lejos, limpio, mientras la cuerda en su regazo quedaba perfectamente enrollada.

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Rienda
Correa que sirve para controlar a un caballo desde la brida.
Capataz
Persona que dirige el trabajo de los obreros en un lugar.
Ralliement
Palabra extranjera que en la historia significa un grito para reunirse.
Recua
Grupo de animales de carga que viajan juntos, como mulas o caballos.
Salvia
Planta aromática con hojas verdes, usada en cocina y remedios.
Herraduras
Piezas de metal que se clavan en los cascos de los caballos.
Cantimplora
Vaso metálico para llevar agua cuando se viaja.
Cornisa
Saliente de roca o pared donde se puede caminar o caer.
Enredaderas
Plantas que crecen trepando por paredes o árboles.
Repisa
Pequeño saliente o apoyo en una pared o roca.
Caudal
Cantidad de agua que lleva un río o arroyo en cierto tiempo.
Zopencos
Forma coloquial de llamar a personas torpes o poco listas.

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