Cargando...
Cuento de vaquero 11/12 años Lectura 33 min.

Alba Quintana y el rastro del sheriff perdido

Alba Quintana y su joven aprendiz Tomás siguen un rastro en el desierto que los lleva a descubrir un sheriff capturado, una niña secuestrada y un entramado de corrupción que los obliga a decidir entre el peligro y la justicia.

Descargar este cuento en PDF

¡Ideal para compartir o imprimir este cuento!

Descargar el e-book (.epub)

Lea este cuento en su lector de libros electrónicos.

Mujer adulta — Alba Quintana — rostro decidido y concentrado, ojos entrecerrados, labios apretados; ropa de vaquera gastada (camisa marrón, pañuelo rojo, sombrero ancho polvoriento), de pie sobre una yegua mora en un saliente de roca roja, sosteniendo un pequeño espejo que refleja un destello de luz solar. Niño — Tomás, ~11 años — expresión valiente y algo temblorosa; pelo corto, chaqueta sencilla, rodilla raspada; baja por la pared rocosa hacia un campamento pequeño, cortando cuerdas con una navaja. Niña — Lía, ~11 años — rostro aliviado, ojos brillantes, pelo con polvo; sentada junto a un carro cubierto, muñecas liberadas, incorporándose hacia Tomás. Hombre adulto — el sheriff, ~50 años — rostro marcado, barba corta, mirada orgullosa pese al dolor; sentado en una piedra o ayudado por Tomás para levantarse, chaqueta rota y pequeña herida en la mejilla. Lugar — cañón estrecho de roca roja con paredes estriadas, polvo dorado en el sol bajo, carro cubierto medio oculto entre rocas, brasas tibias y huellas frescas. Situación — rescate: Alba distrae a los bandidos con el espejo, Tomás corta cuerdas y ayuda a Lía a liberarse mientras el sheriff se recupera; ambiente tenso y heroico, polvo en suspensión, luz cálida de tarde, dinamismo y movimiento. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Polvo en la garganta

El sol caía a plomo sobre la llanura, y el aire olía a salvia seca y cuero calentado. Alba Quintana cabalgaba despacio, como si contara los latidos del mundo. Su yegua, Mora, pisaba con cuidado entre piedras sueltas y hierbajos amarillos. A lo lejos, el rancho La Herradura parecía una mancha oscura pegada al horizonte.

Alba llevaba el sombrero bajo, no por estilo, sino para que el viento no le arrancara las ideas. Era joven, pero en su mirada había algo firme, como una cuerda bien trenzada. Tenía paciencia: esa paciencia que no se confunde con lentitud, sino con saber esperar el momento justo.

A su lado, el chico que la seguía iba peleándose con el caballo y con su propia prisa.

—¡Vamos, Nilo! —protestó el muchacho, tirando de las riendas—. ¡Si no llegamos antes de la noche, nos comerán los coyotes!

El caballo, un alazán flaco y testarudo, respondió con un resoplido y siguió igual de lento.

Alba no se rió de él… demasiado.

—Los coyotes no comen a los impacientes —dijo—. Solo se ríen. Y el desierto también.

El chico frunció el ceño. Se llamaba Tomás Vega, pero Alba lo había bautizado “Tomasín” el primer día, porque se le notaba lo nuevo en el oficio hasta en cómo se le movían las botas. Tenía once años y unas ganas enormes de demostrar que podía ser lo que soñaba: un pisteador de verdad.

—¿Y tú cómo aprendiste? —preguntó, ofendido—. Seguro que ya naciste sabiendo.

—Nací cayéndome de una mula —contestó Alba—. Y aprendí levantándome sin hacer tanto ruido.

Tomás abrió la boca para replicar, pero justo entonces un sonido seco, como una rama partiéndose, se oyó cerca. Mora levantó las orejas. Alba también.

—Quieto —susurró.

Tomás se quedó tieso, aunque sus ojos se movían como dos pájaros nerviosos. En el suelo, casi invisible, había un trazo extraño: una marca profunda, reciente, que cruzaba el sendero.

Alba desmontó con suavidad. Se agachó y tocó la tierra. Estaba aún húmeda bajo la capa de polvo.

—Ruedas —dijo—. Un carro pesado. Pasó hace poco.

Tomás bajó de golpe, haciendo sonar las espuelas como si quisiera avisar a todo el Oeste.

—¿Vamos a seguirlo? —susurró, pero sonó como un grito.

Alba le dio un leve golpe en el sombrero para bajarle el volumen.

—Primero, mira. Luego, piensa. Y después, si hace falta… corres. Ese es el orden.

Tomás miró con atención. Entre las huellas de ruedas había otras: cascos de caballo, muchos, y algunas pisadas humanas. Alba señaló una.

—¿Ves ese borde? —le preguntó—. Alguien arrastra un pie. Y mira aquí… —apartó unas piedritas—. Un trozo de cuerda cortada.

Tomás tragó saliva.

—¿Un robo?

—O alguien con prisa y mala suerte. En el Oeste, las dos cosas suelen ir juntas.

Alba montó de nuevo. Esta vez, su voz fue más seria.

—Tomás, tu tarea no es ser valiente a lo loco. Tu tarea es aprender a leer el suelo. Yo te entreno para que un día puedas encontrar a alguien perdido… o evitar meterte en un lío.

Tomás apretó los labios y asintió, intentando que su cabeza dejara de correr más rápido que su caballo.

Siguieron las marcas hacia el oeste, donde las colinas parecían dientes de un animal enorme. El viento silbaba entre los matorrales, y Alba sintió que el día tenía la piel erizada. Algo estaba pasando… y, quisiera o no, ella y su aprendiz estaban a punto de entrar en ello.

Capítulo 2: El aprendizaje del rastro

Las huellas los llevaron hasta un arroyo casi seco, un hilo de agua que se escondía entre piedras y barro. Allí, el rastro se complicaba: el suelo húmedo lo guardaba todo, pero también lo confundía todo.

—Aquí es donde los apresurados se pierden —dijo Alba, desmontando otra vez.

Tomás se arrodilló tan rápido que casi se clavó una piedra en la rodilla.

—¡Mira! —señaló—. Hay huellas por todas partes.

—Exacto. Y por eso debes separar lo importante de lo ruidoso —Alba tomó una ramita y dibujó en el barro—. Hazte preguntas. ¿Cuántos caballos? ¿En qué dirección? ¿Hay peso extra? ¿Alguien va herido?

Tomás se mordió el labio. Observó con calma, como si le hubieran dado una lupa invisible.

—Las ruedas… se hunden mucho. Y aquí… —tocó una marca—, el barro está aplastado más profundo. Como si el carro estuviera más cargado.

Alba asintió, orgullosa sin decirlo en voz alta.

—Bien. Ahora fíjate en esto —señaló unas huellas más pequeñas—. ¿Qué te dicen?

Tomás las miró y se quedó pensando. Eran pisadas cortas, como de botas de niño o de mujer, y estaban desordenadas.

—Que alguien bajó del carro… y corrió —dijo—. Va de puntillas… como si no quisiera hacer ruido.

—O como si el miedo le empujara —respondió Alba.

El viento trajo un sonido lejano: un golpe metálico, y luego una carcajada apagada. Alba se puso rígida.

—¿Lo oíste? —preguntó Tomás, con la voz más fina.

—Sí. Y por eso ahora vamos a hacer lo más difícil para un aprendiz.

—¿Qué?

—Esperar y pensar.

Tomás abrió los ojos, como si “esperar” fuera una palabra prohibida.

Alba lo llevó a la sombra de unas rocas. Desde allí, se veía un camino estrecho que subía hacia un cañón. El sonido venía de allí. Alba sacó su cantimplora y dio un trago pequeño. Después, se la ofreció a Tomás.

—Bebe. El miedo da más sed que el sol.

Tomás bebió, se limpió la boca con la manga y susurró:

—¿Quiénes son?

Alba se ajustó el pañuelo al cuello.

—Puede ser una cuadrilla de cuatreros. O buscadores de oro que no quieren testigos. O… gente que trabaja para alguien peor.

Tomás se encogió.

—¿Y qué hacemos?

Alba lo miró de lado.

—Aprender. Tú querías ser pisteador. Pues un pisteador no solo encuentra rastros: decide qué hacer con lo que encuentra. Y hoy voy a enseñarte una cosa más: el coraje no es gritar ni correr hacia las balas. El coraje es hacer lo correcto aunque te tiemblen las manos.

En el suelo, junto a una piedra, Alba encontró algo brillante: un botón de latón con una estrella grabada. Lo levantó.

—Esto… —murmuró—. Esto es de un uniforme de sheriff.

Tomás tragó aire.

—¿Entonces el carro…?

—Quizá llevaba a alguien importante. O a alguien que molestaba. Sea como sea, no podemos ignorarlo.

El chico apretó los puños.

—Yo… no quiero ser un cobarde.

Alba le tocó el hombro, suave, como si acomodara un lazo.

—No lo eres. Pero tampoco eres invencible. Así que harás lo que yo diga. Si te lo ordeno, te escondes. Si te lo ordeno, corres. Y si te lo ordeno, miras y recuerdas. ¿Entendido?

Tomás asintió, y por primera vez su “sí” sonó firme.

Alba montó a Mora y avanzó hacia el cañón con cuidado, como si cada paso del caballo fuera una palabra en un idioma secreto. Tomás la siguió, con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera salir a explorar por su cuenta.

Capítulo 3: El cañón de las voces

El cañón era una boca estrecha de piedra roja. Las paredes altas devolvían los sonidos, de modo que cada palabra parecía tener gemelos. El aire estaba más fresco allí dentro, pero olía a humo viejo y a hierro.

Alba frenó en seco cuando vio las marcas: un campamento reciente. Ceniza aún tibia, huellas de botas, y un carro aparcado entre rocas, cubierto con una lona.

Tomás se pegó a ella, intentando no respirar demasiado fuerte.

—Hay gente —susurró.

—Sí. Y no están solos.

Desde detrás de una roca se oyó una voz ronca:

—¡Te dije que no tironearas! ¿Quieres romperlo?

Otra voz, más joven, respondió con risa:

—Si se rompe, lo barreremos y ya.

Alba apretó los dientes. Se deslizó a tierra y condujo a Mora a la sombra. Luego hizo lo mismo con el caballo de Tomás.

—Ahora, ojos de halcón y pies de ratón —le ordenó.

Avanzaron agachados, pegados a las rocas. Tomás sintió la piedra áspera bajo sus dedos, el polvo metiéndosele en la nariz. La aventura ya no era una idea bonita; era sudor frío y silencio.

Asomándose lo justo, Alba vio el centro del campamento: tres hombres alrededor de un saco abierto. Uno llevaba una escopeta apoyada en el muslo. Otro, un sombrero negro demasiado elegante para ese lugar. El tercero estaba inclinado sobre algo en el suelo.

Tomás también miró… y se le encogió el estómago: había un hombre atado, con el chaleco rasgado y la cara sucia. En su pecho, la placa de sheriff brillaba bajo el polvo.

—¡Es el sheriff! —murmuró Tomás, y casi se muerde la lengua al darse cuenta de que había hablado.

Alba le tapó la boca con la mano y le susurró al oído:

—Lo sé.

El hombre del sombrero negro habló:

—Al amanecer, lo llevamos a Piedra Seca. El jefe quiere un ejemplo.

El sheriff escupió sangre y dijo, con una voz que aún tenía orgullo:

—El único ejemplo que darán… es el de cobardes escondidos tras una pistola.

El joven se rió, pero sonó nervioso.

—Tiene lengua, el viejo.

Alba notó un detalle que la hizo fruncir el ceño: junto al carro, medio oculto tras la lona, había un bulto pequeño que se movía. Un niño. O una niña. Alguien amordazado.

Tomás también lo vio. Sus ojos se llenaron de una rabia que le calentó la cara.

—Tenemos que hacer algo —murmuró.

Alba lo miró con calma dura.

—Sí. Pero no lo haremos a lo tonto.

Se retiraron unos pasos, detrás de una roca más grande. Alba sacó del cinturón una cuerda fina y un pequeño espejo de metal, rayado. Tomás la miró como si estuviera sacando magia.

—¿Qué es eso?

—Dos herramientas: una para atar, otra para distraer. Escucha bien, Tomasín. Hay tres. Nosotros somos dos. Y no somos de plomo.

Tomás abrió la boca.

—¿Entonces…?

Alba señaló la pared del cañón, donde una grieta subía como una escalera natural.

—Subiremos por ahí. Rodeamos por arriba. Yo hago ruido al otro lado, con el espejo para lanzar un destello. Ellos miran. Tú bajas rápido, cortas las cuerdas del sheriff y del niño, y los sacas hacia la grieta. Si algo sale mal, corres hacia Mora. No hacia mí. ¿Entendido?

Tomás se puso pálido.

—¿Yo solo?

—No estás solo. Te estoy entrenando. Confío en ti. Y si no confías en ti… confía en mis órdenes.

El chico respiró hondo, como quien se mete en un río helado.

—Entendido.

Subieron. La roca raspó sus botas. El cañón les devolvía el sonido de su propio miedo. Arriba, el viento les golpeó la cara como una bofetada.

Alba se asomó por el borde y vio el campamento desde un ángulo distinto. Tenía vista clara del saco abierto: estaba lleno de monedas y papeles. Robos. Tal vez sobornos. Y entonces comprendió por qué querían “un ejemplo”: el sheriff había descubierto algo.

Alba levantó el espejo y esperó a que el sol se alineara. Un destello cortó el aire como un cuchillo de luz y se estrelló en los ojos del hombre de la escopeta.

—¿Qué demonios…? —gruñó, levantándose.

Los tres giraron la cabeza. En ese instante, Tomás empezó a bajar por la grieta como una lagartija asustada, pero decidida.

Alba sintió el corazón en la garganta. No podía fallar. No hoy.

Capítulo 4: La cuerda y el valor

Tomás tocó suelo casi sin hacer ruido, aunque por dentro era un tambor. Corrió agachado hacia el carro, aprovechando que los hombres discutían mirando hacia el destello.

—¡Debe ser alguien vigilando! —dijo el del sombrero negro.

—¡Ve a ver! —ordenó el de la escopeta al más joven.

El joven se alejó hacia la entrada del cañón, maldiciendo.

Tomás se pegó al carro. Bajo la lona, encontró a una chica de su edad, con el pelo lleno de polvo y los ojos como dos brasas. Estaba atada de manos y pies.

—Shhh —susurró Tomás, sacando su navaja—. Soy amigo.

La chica lo miró como si quisiera creerle y no se atreviera.

—Me llamo Lía —murmuró, apenas se le entendía por la mordaza.

Tomás cortó la mordaza con cuidado.

—Soy Tomás. Vengo con Alba.

—¿Alba Quintana? —los ojos de Lía se agrandaron—. Mi padre decía que ella podía seguir un rayo en el polvo.

Tomás sonrió, aunque le temblaba la mano.

—A veces solo sigue mi desastre —susurró, y Lía soltó una risa pequeñita, rápida, como un pajarillo.

Tomás cortó las cuerdas de Lía y la ayudó a incorporarse.

—Ahora, el sheriff.

El sheriff estaba a unos metros, atado a una estaca. Tenía la cara hinchada, pero sus ojos seguían afilados.

—¿Quién eres, chico? —preguntó con voz ronca.

—Aprendiz —dijo Tomás, y se sintió raro y orgulloso a la vez.

Cuando Tomás se agachó para cortar las cuerdas, el sheriff le susurró:

—No tienes mucho tiempo. Ese del sombrero negro es rápido para disparar… y lento para pensar. Eso lo hace peligroso.

Tomás tragó saliva y siguió cortando.

Arriba, Alba lanzó otro destello, más fuerte, y luego un puñado de piedras rodó por el otro lado del cañón. Sonó como si una manada bajara a trompicones.

—¡Ahí! —gritó el hombre de la escopeta—. ¡Nos están rodeando!

El del sombrero negro escupió al suelo.

—¡No hay nadie en este maldito cañón! ¡Solo…!

Y entonces vio a Tomás.

—¡Eh! —rugió—. ¡Chico!

El mundo se volvió estrecho para Tomás. El sheriff ya estaba libre, pero torpe por los golpes. Lía miraba alrededor buscando salida. Tomás recordó el orden de Alba: mira, piensa, corre.

—¡A la grieta! —gritó, agarrando a Lía por el brazo.

El del sombrero negro levantó el revólver. Alba, desde arriba, no podía disparar sin arriesgarse a herirlos. Así que hizo lo único que podía: gritó con voz de trueno.

—¡Su arma está atascada!

No era verdad, pero sonó tan segura que el hombre dudó una fracción de segundo. Y esa fracción fue un puente.

Tomás empujó a Lía hacia la grieta. El sheriff los siguió, cojeando.

—¡Más rápido! —jadeó el sheriff—. ¡Si me atrapan, no se detendrán ahí!

Detrás, sonó un disparo. La bala pegó en la roca y levantó chispas. Lía chilló, pero siguió subiendo, uñas y botas buscando agarre.

Tomás subió el último, con el sheriff casi colgando de su brazo.

—¡Aguante! —dijo Tomás, apretando los dientes.

El sheriff soltó una carcajada seca.

—¡Eso es coraje, muchacho! ¡Coraje con manos!

Arriba, Alba los jaló uno por uno. Cuando los tres estuvieron a salvo en la cornisa, corrieron entre matorrales hasta los caballos. Mora relinchó, impaciente, como si también tuviera prisa por vivir.

—¡Monten! —ordenó Alba.

Tomás ayudó al sheriff a subir a su caballo. Lía montó detrás de Tomás, agarrándose fuerte. Alba se puso al frente.

Bajaron la ladera a toda velocidad. El viento les golpeaba la cara, les llenaba la boca de polvo, les sacaba lágrimas que nadie iba a confesar.

Detrás, el cañón escupió gritos y otro disparo. Pero el Oeste era ancho y, cuando uno cabalga con el miedo pisándole los talones, hasta el horizonte parece acercarse.

Capítulo 5: Noche de brasas y promesas

Llegaron a una hondonada escondida entre mezquites. Alba hizo una seña y todos desmontaron. El sheriff se dejó caer en una piedra, agotado.

—Gracias —dijo, mirando a Alba—. Si no fuera por ti…

—Y por él —Alba señaló a Tomás—. Hoy aprendió rápido.

Tomás se sonrojó hasta las orejas, aunque el polvo le ayudó a disimular.

Lía se sentó cerca del fuego que Alba encendió con dos pedernales. Las llamas crecieron como flores naranjas. El calor olía a madera y a alivio.

—¿Por qué te tenían? —preguntó Tomás a Lía, con cuidado de no sonar como un interrogatorio.

Lía miró al sheriff antes de hablar.

—Mi padre llevaba un carro con harina a Piedra Seca. Encontró a esos hombres robando correspondencia… cartas oficiales. Nos vieron. A mi padre lo golpearon y lo dejaron en el camino. A mí me llevaron para que el sheriff no se metiera.

El sheriff apretó la mandíbula.

—Y porque yo encontré esto —sacó del bolsillo interior del chaleco un paquete de papeles doblados—. Pruebas. Nombres. Pagos. Hay gente en Piedra Seca que compra silencio.

Alba miró los papeles como si fueran serpientes.

—Entonces no es solo una banda cualquiera.

—No —dijo el sheriff—. Y por eso debemos llegar a la ciudad antes del amanecer. Si el juez honesto lee esto, esos hombres caerán. Pero si llegamos tarde… —hizo un gesto con la mano, como si apagara una vela.

Tomás miró el fuego y pensó en el cañón. En la bala contra la roca. En cómo Alba había mentido para salvarlos. ¿Mentir podía ser coraje? Tal vez el coraje era más complicado de lo que él imaginaba.

Alba debió adivinarle la cara, porque se sentó a su lado.

—Lo que hice fue una distracción —dijo—. En un duelo, una mentira puede ser una cuerda que te saca del pozo. Lo importante es para qué la usas.

Tomás asintió, tragándose el nudo de dudas.

El sheriff se vendó el antebrazo como pudo. Lía, con manos pequeñas pero decididas, le ayudó apretando el paño.

—Eres valiente —le dijo el sheriff a Lía.

—No —respondió ella, mirando el fuego—. Estoy asustada. Pero… estoy aquí.

El sheriff sonrió, cansado.

—Eso es ser valiente.

La noche avanzó. Los grillos cantaban como si nada hubiera pasado. Alba repartió un trozo de cecina a cada uno.

—Coman —ordenó—. Mañana el camino será una carrera.

Tomás masticó y pensó en su entrenamiento. Antes creía que ser pisteador era seguir huellas y encontrar cosas. Ahora entendía que también era cargar con decisiones. Y con personas.

—Alba —dijo, con la voz baja—. ¿Y si nos alcanzan?

Alba miró hacia la oscuridad, donde las estrellas colgaban como clavos de plata.

—Entonces haremos lo de siempre: mantener la cabeza fría y el corazón caliente. Y, si hace falta, correremos como si el diablo nos debiera dinero.

Tomás soltó una risa, breve. Lía también. Incluso el sheriff dejó escapar un “ja” que le dolió, pero se lo permitió.

Se turnaron para vigilar. Cuando le tocó a Tomás, escuchó el silencio como si fuera un idioma. Vio sombras moverse… solo eran ramas. Aun así, no apartó la vista. Ser valiente, pensó, era quedarse despierto cuando la cama del miedo te llama.

Al amanecer, Alba apagó el fuego con arena, borrando rastros.

—Un buen pisteador sabe leer huellas… y también sabe borrarlas —dijo.

Tomás la miró, entendiendo que cada lección tenía dos caras, como una moneda.

Capítulo 6: La carrera hacia Piedra Seca

El día nació con un cielo rosa y un viento afilado. Cabalgaron rápido, siguiendo un camino que cortaba la pradera como una cicatriz antigua. A la izquierda, una fila de álamos temblaba. A la derecha, colinas de piedra se levantaban como animales dormidos.

Lía iba detrás de Tomás, pegada a su espalda. A veces señalaba algo.

—Ahí hay huellas nuevas —dijo una vez—. Caballos… cuatro, tal vez cinco.

Tomás miró y, por primera vez, vio lo que antes se le escapaba: el polvo ligeramente levantado, la hierba doblada, una piedrecita volteada.

—Sí —dijo—. Y van rápido. Mira cómo se clava el casco.

Alba escuchó, satisfecha.

—Bien. Sigan observando. La mejor defensa es saber lo que viene.

El sheriff, aunque herido, se mantenía erguido. Cada tanto miraba hacia atrás, con la mano cerca del revólver.

A media mañana vieron una nube de polvo en el horizonte, como una tormenta pequeña.

Tomás sintió que el estómago se le hacía una piedra.

—¿Son ellos?

Alba se levantó ligeramente en la silla, entornando los ojos.

—Sí. Y vienen en serio.

El sheriff maldijo entre dientes.

—Si nos alcanzan antes de la ciudad…

Alba miró alrededor. La pradera era abierta, sin refugio. Pero había un viejo camino de carretas que bajaba hacia un arroyo y luego subía por una zona de rocas.

—Por allí —decidió—. Si llegamos a las rocas, podremos cubrirnos.

Apretaron el paso. Los caballos bufaban, la espuma les salía en el bocado. El mundo se volvió un tambor: cascos, viento, respiración.

Los perseguidores se acercaban. Ya se distinguían figuras.

—¡Deténganse! —gritó una voz—. ¡O disparo!

Alba no se detuvo.

—Tomás —dijo, sin girarse—. ¿Recuerdas lo de leer el suelo?

—¡Sí!

—Entonces dime: ¿dónde es más blando?

Tomás miró rápido. A la derecha, cerca del arroyo, el terreno parecía más oscuro.

—¡Allí!

—Perfecto. Vamos a hacer que se hundan en su propia prisa.

Alba condujo a Mora hacia el terreno blando, pero por el borde firme. Los demás la siguieron. Detrás, los perseguidores no tuvieron la misma paciencia. Entraron de lleno.

Se oyó un grito y un chapoteo horrible. Un caballo resbaló en barro escondido y tiró a su jinete.

—¡Maldita sea! —rugió el del sombrero negro, que ahora Tomás reconoció por la forma de su silueta—. ¡Rodeen!

Ganaron unos segundos preciosos. Llegaron a las rocas y se metieron entre dos paredes estrechas. Allí, el espacio se hacía pequeño y la velocidad de los perseguidores ya no servía tanto.

Alba desmontó y se agachó tras una roca, respirando rápido pero pensando más rápido aún.

—Sheriff, con esos papeles… ¿puede confiar en alguien en la entrada de la ciudad?

—En el juez Calder —respondió el sheriff—. Y en la señora Barlow, la dueña del correo. Tiene lengua afilada y corazón grande. Si ella grita, medio pueblo escucha.

Alba asintió.

—Tomás, Lía: cuando yo diga, corren hacia el pueblo por el sendero y no miran atrás. Entregan los papeles a la señora Barlow. Si yo caigo… —Alba se detuvo un segundo, como si masticara el pensamiento—, si yo caigo, ustedes siguen.

Tomás sintió un calor en los ojos.

—No digas eso.

Alba lo miró, seria y suave al mismo tiempo.

—Eso también es una lección: a veces el coraje es aceptar que no controlas todo. Pero sí controlas lo que haces.

Los hombres se acercaron. Sus voces rebotaban entre las rocas.

—¡Los tengo! —dijo alguien.

Alba levantó su revólver, pero no disparó. Esperó a que asomaran, a que el sol les diera en la cara.

El primero apareció y Alba disparó al aire, cerca de su sombrero. El hombre se tiró al suelo como si el cielo se hubiera roto.

—¡Atrás! —gritó Alba—. ¡No quiero sangre, pero no me obliguen!

El del sombrero negro asomó con sonrisa torcida.

—Ah, la famosa Alba Quintana. Siempre metiendo las narices donde no la llaman.

—Me llaman los problemas —respondió ella—. Y hoy me trajeron tu olor.

Tomás, detrás, apretaba los papeles contra el pecho de Lía, listo para salir corriendo en cuanto Alba lo ordenara.

El hombre del sombrero negro levantó su arma. Alba levantó la suya. El aire se tensó como un lazo antes de atrapar un toro.

Y entonces, desde el sendero, se oyó un sonido inesperado: campanas y voces. La ciudad estaba cerca. Y alguien venía.

El del sombrero negro dudó. No quería testigos.

Alba aprovechó.

—¡Ahora! —gritó.

Tomás y Lía salieron disparados por el sendero, con el sheriff detrás, cojeando pero decidido. Alba se quedó un segundo más, cubriéndolos.

Se oyó un disparo. Una piedra saltó cerca de su bota. Alba no se detuvo. Corrió hacia Mora, montó de un salto y alcanzó al grupo antes de que el camino se abriera al pueblo.

Piedra Seca apareció por fin: casas de madera, un saloon con puertas batientes y, en medio, el edificio del correo como un diente blanco.

La señora Barlow salió a la puerta, con las manos en la cintura.

—¡¿Qué clase de desfile polvoriento es este?! —gritó, y luego vio al sheriff herido—. ¡Santo cielo!

Tomás, jadeando, le entregó los papeles.

—Para usted. Para el juez. Es urgente.

La mujer los agarró como si fueran carbón encendido.

—Si esto es lo que parece, hoy va a arder más de un sombrero —dijo, y su voz sonó como una promesa.

Capítulo 7: El tapete sacudido

En la oficina del juez Calder, el aire olía a tinta, madera vieja y justicia cansada. El juez, un hombre delgado con bigote gris, leyó los papeles con la cara cada vez más tensa. La señora Barlow caminaba de un lado a otro como un gato con botas.

El sheriff se mantenía de pie, aunque cada músculo le pedía rendirse. Alba estaba a su lado, silenciosa, vigilante. Tomás y Lía se quedaban cerca, como si el suelo pudiera moverse bajo ellos.

—Esto… —murmuró el juez—. Esto es corrupción. Hay nombres de comerciantes, del encargado del establo municipal… y hasta del ayudante del alcalde.

La señora Barlow soltó un bufido.

—¡Ya decía yo que ese ayudante sonreía demasiado!

El juez levantó la mirada.

—Con esto puedo ordenar arrestos. Pero debo hacerlo bien. Si se enteran antes de tiempo, se escaparán.

Alba se cruzó de brazos.

—Entonces hay que cerrar puertas y abrir ojos.

El juez asintió.

—Señora Barlow, mande a alguien de confianza a llamar a los rancheros que aún respetan la ley. Sheriff, descanse. Necesito su testimonio cuando se recupere.

El sheriff se dejó caer en una silla, por fin.

—No descansaré hasta verlos tras barrotes.

Tomás miró a Alba.

—¿Y nosotros?

Alba le guiñó un ojo, rápido, casi sin humor, pero con calidez.

—Ustedes… han hecho bastante por hoy.

Pero el día aún guardaba una última escena, como si el Oeste no supiera terminar sin una sacudida.

En la plaza, frente al saloon, el ayudante del alcalde —un hombre con chaleco brillante y sonrisa demasiado blanca— caminaba como si el mundo le perteneciera. Cuando vio a Alba salir de la oficina del juez, su sonrisa se quebró un poco.

—Señorita Quintana —dijo, con tono empalagoso—. ¿De visita?

Alba lo miró de arriba abajo.

—De paso. Como la verdad.

El hombre tragó saliva y se giró para entrar al saloon, pero el juez apareció detrás de Alba con dos rancheros grandes como puertas.

—Deténgase, señor Cribb —ordenó el juez—. En nombre de la ley, queda arrestado.

La plaza se quedó en silencio. Luego estalló en murmullos.

Cribb levantó las manos, fingiendo sorpresa.

—¡Esto es un error! ¡Una ofensa!

—Una ofensa es robar y esconderlo bajo una alfombra —dijo la señora Barlow, saliendo como un vendaval.

Alba notó algo: Cribb miró de reojo hacia el saloon, hacia las puertas batientes, como buscando una salida.

—Tomás —susurró Alba—. Observa sus pies.

Tomás miró. Cribb apoyaba el peso en la pierna derecha. La izquierda estaba lista para empujar y correr.

—Va a huir —susurró Tomás.

Alba asintió.

—Entonces, ¿qué haces?

Tomás sintió el corazón acelerarse, pero esta vez no lo confundió con pánico. Era una señal.

—Lo anticipo.

Cribb hizo el movimiento. Giró para correr… pero Tomás se adelantó, no con violencia, sino con inteligencia: estiró el pie y le enganchó el talón justo cuando Cribb daba el primer paso. El hombre tropezó como si el suelo lo hubiera mordido y cayó de bruces en la tierra.

La plaza soltó un “¡oh!” colectivo, y luego una risa general.

Cribb se levantó rojo, lleno de polvo, furioso. Intentó sacudirse… y al hacerlo, pisó el borde del gran tapete que decoraba la entrada del saloon, un tapete grueso, con dibujos de águilas.

El tapete se levantó y, como si tuviera vida, se sacudió con el golpe. Un extremo se volteó, luego el otro, y bajo él quedó a la vista una tabla suelta en el suelo. La tabla se levantó un poco, revelando un hueco oscuro.

Alba dio un paso, rápida.

—Ahí —dijo.

El juez se agachó, levantó la tabla y encontró un paquete envuelto en tela: más papeles, más monedas, un pequeño libro de cuentas.

La señora Barlow chasqueó la lengua.

—Mira tú. La alfombra… literalmente escondía la porquería.

Cribb se quedó inmóvil, como si el aire se le hubiera acabado.

—Eso no es mío —balbuceó.

El juez lo miró con una calma peligrosa.

—Claro. Debe de ser del tapete.

Los rancheros lo agarraron por los brazos. El pueblo, que había estado medio dormido, ahora tenía los ojos abiertos como ventanas.

Lía se acercó a Tomás, emocionada.

—¡Lo hiciste!

Tomás se encogió de hombros, pero no pudo evitar sonreír.

—Solo… miré y pensé. Como dijo Alba.

Alba se acercó a él y le acomodó el sombrero, que se le había torcido durante la carrera.

—Y luego actuaste —añadió—. Eso es ser pisteador.

El sheriff apareció apoyado en el marco de la puerta, todavía dolorido, pero con una sonrisa sincera.

—Hoy, chico, no solo seguiste huellas —dijo—. Las cambiaste.

Tomás miró la plaza: el tapete aún estaba medio volteado, como una bandera rendida. El viento lo movió una última vez, sacudiéndolo suavemente, y el polvo se levantó en una nube pequeña que brilló al sol.

Alba respiró hondo. En el Oeste, pensó, el coraje a veces era disparar… pero muchas veces era enseñar, esperar, confiar.

Y mientras el pueblo empezaba a limpiar su propia suciedad, Tomás y Lía se quedaron junto a Alba, mirando el camino que se abría más allá de Piedra Seca, tan ancho como una promesa. Alba ya estaba pensando en la siguiente lección, porque el mundo siempre dejaba huellas… y alguien debía aprender a leerlas.

Sin publicidad 3€ por mes

¿Desea una lectura sin interrupciones? Apoye a Oh My Tales, elimine todos los anuncios y disfrute de otras ventajas incluidas desde 3€ al mes.

Ver los planes y tarifas
Compartir

reportar un problema con este cuento

¿Qué pensaste de este cuento?

Dén su opinión asignando una nota a este cuento según lo que usted y/o su hijo piensan al respecto. ¡Gracias de antemano!

¡Gracias! ¡Su calificación ha sido tomada en cuenta!

El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Llanura
Terreno plano y amplio donde no hay montañas ni colinas.
Salvia
Planta con hojas aromáticas que se usa en comida o medicina.
Yegua
Caballo hembra, adulto y usado para montar o trabajar.
Riendas
Cintas que se usan para guiar y controlar al caballo.
Espuelas
Pequeñas piezas de metal en los talones para dirigir caballos.
Alazán
Color de caballo, marrón rojizo brillante.
Cantimplora
Recipiente pequeño para llevar agua al viajar o al campo.
Cañón
Desfiladero estrecho entre rocas con paredes altas.
Campamento
Lugar donde se instala gente con tiendas o carros temporalmente.
Lona
Tela gruesa que se usa para cubrir y proteger objetos.
Escopeta
Arma de fuego larga usada para disparar a corta distancia.
Pisteador
Persona que sigue huellas para encontrar animales o personas.
Cuatreros
Personas que roban ganado o animales de los ranchos.
Mordaza
Trozo que se pone en la boca para callar a alguien.
Pedernales
Piedras duras que se usan para hacer chispas y encender fuego.
Coraje
Valor para actuar pese al miedo o al peligro.

¡Crea un cuento mágico y único para su hijo!

Cree una aventura personalizada en solo unos minutos donde su hijo se convierte en el héroe. ¡Con nuestra herramienta exclusiva, es fácil, gratuito y divertido!

Crear un cuento

Descargue este cuento:

Descargar este cuento en PDF Descargar el e-book (.epub)

Para leer a continuación en Cuentos de vaqueros para 11/12 años

¡Recibe nuevos cuentos cada domingo por la noche!

Reciba 7 cuentos emocionantes y cautivadores, adaptados a la edad y gustos de su hijo, cada domingo a las 17h*. ¡Es gratis y garantizado sin spam!
*Correo enviado a las 17h, hora de Europa Central (CET).
No nos gusta tampoco el spam. Así que solo le enviaremos cuentos. Podrá darse de baja cuando lo desee.