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Cuento de San Valentín 5/6 años Lectura 9 min.

El corazón azul de la amistad y el respeto

En la clase de Tomás, un encargo para pintar un cartel sobre "amistad y respeto" se complica por una mancha y pequeños accidentes, y los niños deben usar creatividad y trabajo en equipo para solucionarlo.

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Un niño de 6 años, aliviado y orgulloso, cabello castaño claro despeinado, con manchas de pintura en los dedos y la nariz, sostiene un gran pincel azul y dibuja el contorno de un corazón azul en una gran cartulina blanca; a su derecha Luna, una niña de 5–6 años, alegre, cabello castaño en dos coletas y vestido de lunares, sostiene un frasco de purpurina rosa y añade pequeños corazones rojos alrededor; a la izquierda Mateo, niño de 6 años, concentrado, cabello negro corto y mancha de pintura roja en la mejilla, agachado dibuja un borde negro fino alrededor; la maestra —seño Clara—, mujer rubia con moño y bata clara algo manchada, sonriente y serena, guía al grupo desde atrás junto a una mesa con botes de pintura; la clase es luminosa, mesa de madera con botes coloridos, corazones recortados pegados en la ventana, guirnalda roja, suelo con pequeñas manchas y un bote de purpurina volcado; la escena muestra cuando una gran mancha azul se transforma en un corazón protector alrededor de la palabra RESPETO, con niños trabajando juntos en un ambiente cálido y colores vivos. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: El encargo del cartel

En la clase olía a témpera y a galletas de mantequilla. En la ventana había corazones de papel rojo que se movían un poquito con el aire.

Tomás, que tenía cinco años y una risa que hacía “ji-ji”, miró el calendario. Tenía dibujado un corazón enorme.

—¡Hoy es San Valentín! —dijo la seño Clara, dando una palmada suave—. Pero aquí lo celebramos con amistad, cariño y pequeños gestos.

Tomás se enderezó en su silla. Le gustaba cuando la seño decía “pequeños gestos”, porque él siempre pensaba en cosas chiquitas: compartir un lápiz, recoger una goma del suelo, o sonreír cuando alguien está triste.

La seño Clara sacó una cartulina blanca, tan grande como una puerta pequeña.

—Necesito un ayudante especial para pintar un cartel —anunció—. Debe decir: “amistad y respeto”.

Los ojos de Tomás brillaron como canicas limpias.

—¡Yo! ¡Yo puedo! —levantó la mano tan alto que casi tocó el techo.

La seño sonrió.

—Perfecto, Tomás. Tú serás el pintor principal. Pero recuerda: es un trabajo de equipo. Tú empiezas, y todos ayudan.

Tomás se acercó a la mesa grande. Había botes de pintura: rojo fresa, azul cielo, verde hoja, amarillo sol y un marrón que parecía chocolate.

—¿Puedo hacer letras gigantes? —preguntó Tomás.

—Gigantes, pero claras —respondió la seño—. Que todos puedan leer.

Tomás mojó el pincel en azul cielo y empezó a trazar una A muy grande.

—A de… ¡amigos! —dijo.

A su lado, su amiga Luna, con coletas saltarinas, le susurró:

—Yo puedo hacer corazoncitos alrededor.

—Sí, pero que no tapen las palabras —dijo Tomás, muy serio… durante un segundo. Luego se rió—. ¡Que si no, el cartel dirá “amistaaaa… zzz”!

Luna soltó una risita.

—Vale, señor cartel.

Mientras pintaban, Mateo, que siempre iba deprisa, se acercó con un bote rojo.

—¡Yo hago la R de respeto! —dijo.

—Despacio —pidió Tomás—. La R es una letra con pata larga.

Mateo asintió, pero sus dedos ya estaban un poco manchados de rojo. Parecía que había abrazado una fresa gigante.

La clase estaba alegre. Sonaban tijeras, papel, y pequeñas voces diciendo “por favor” y “gracias”. Todo parecía perfecto.

Hasta que… Tomás estornudó.

—¡Aaaachís!

Su pincel dio un salto, como un pez, y una gota de pintura azul cayó justo donde iba la palabra “respeto”. Y no fue una gota pequeña. Fue una mancha redonda, como una nube.

Tomás se quedó quieto. Sus mejillas se pusieron calientes.

—Oh no… —susurró.

Parte 2: El mini-lío azul

Mateo abrió la boca como una puerta.

—¡Una mancha! —dijo, y su voz sonó como si hubiera visto un monstruo.

Luna miró la mancha y luego miró a Tomás.

—No pasa nada —dijo—. Las nubes también pueden estar en San Valentín.

Tomás tragó saliva.

—Pero el cartel tiene que decir “amistad y respeto”. Si parece “amistad y… blu”, se van a reír.

La seño Clara se acercó sin prisa, con manos tranquilas.

—Aquí no nos reímos de los errores —dijo—. Los arreglamos juntos.

Tomás respiró un poco mejor, pero seguía preocupado.

—¿Y si no se puede arreglar?

—Se puede —afirmó la seño—. Vamos a pensar.

Luna levantó un dedo.

—Podemos convertir la mancha en un globo de diálogo.

Mateo saltó:

—¡O en un charco de pintura donde salta una rana!

Tomás miró la mancha. Intentó imaginar una rana. Pero… “respeto” con una rana al lado tal vez era raro.

En ese momento, la clase oyó un ruido suave: “plaf”.

El bote de purpurina rosa, que alguien había dejado muy cerca del borde, se volcó un poquito. Una lluvia brillante cayó encima de la mesa.

—¡Uy! —dijo Luna, con los ojos como platos—. Ahora hay estrellas en el cartel.

Tomás miró a Mateo. Mateo miró a Tomás. Y los dos, sin querer, empezaron a reír. La purpurina les hacía cosquillas en la nariz.

—Parece que el cartel está celebrando solo —dijo Tomás, entre risas.

La seño Clara levantó las cejas, pero también sonrió.

—De acuerdo. Ya tenemos un cielo brillante. Ahora falta arreglar la nube azul.

Tomás pensó con fuerza, como si su cabeza fuera una olla haciendo “pup-pup”.

—¡Ya sé! —dijo de pronto—. La mancha puede ser un corazón gigante azul. Así no tapa la palabra: la rodeamos con las letras.

Luna aplaudió.

—¡Un corazón de amistad! No todos los corazones tienen que ser rojos.

Mateo agregó:

—Y yo puedo hacer un borde negro finito para que se vea bien.

La seño Clara asintió.

—Eso es creatividad y trabajo en equipo. Manos a la obra.

Tomás limpió el pincel, lo mojó en azul otra vez, y convirtió la mancha en un corazón. No era perfecto, pero era fuerte y brillante. Como un abrazo.

Luna hizo alrededor corazoncitos pequeños: rojos, rosas y uno verde “porque sí”.

Mateo dibujó un borde negro, con mucho cuidado. Esta vez, su lengua salió un poquito, concentrado.

—Ahora escribimos “respeto” alrededor del corazón —dijo Tomás—. R… e… s…

Todos decían las letras en voz bajita, como un hechizo:

—Reees-pee-to.

Y funcionó. Las letras quedaron claras. El corazón azul parecía estar cuidando la palabra.

En la esquina del cartel, la seño Clara pegó una pegatina de una mano dando otra mano.

—Para recordar el sentido de colectivo —dijo—. Juntos, mejor.

Tomás miró el cartel terminado: “AMISTAD Y RESPETO” con un gran corazón azul y un brillo rosa como polvo de hada.

—Me gusta —dijo, y su voz se volvió suave—. Es diferente.

—Diferente y bonito —confirmó Luna.

Mateo levantó su pulgar.

—Y nadie se enfada por una mancha. Eso también es respeto.

Tomás sonrió. Se sintió grande por dentro, como si le hubieran inflado el pecho con aire calentito.

Parte 3: Pequeños gestos y buen descanso

Por la tarde, la clase hizo una pequeña celebración. No había regalos caros. Solo cosas sencillas.

La seño Clara repartió tiras de papel en forma de corazón.

—Escribid o dibujad un gesto amable para alguien —dijo—. Puede ser “te presto mi goma” o “me gusta jugar contigo”.

Tomás dibujó un sol y debajo escribió, con letras torcidas pero valientes: “Gracias por ayudarme”.

Se lo dio a Luna.

—Porque tú me dijiste que no pasaba nada —le explicó.

Luna le dio otro corazón a Tomás. Tenía dibujado un oso abrazando una nube.

—Para tu corazón azul —dijo.

Mateo se acercó, un poco tímido.

—Tomás… yo antes grité “¡una mancha!” —confesó—. Lo siento.

Tomás lo miró. Luego le ofreció su lápiz amarillo.

—Te lo presto para tu dibujo. Y… gracias por el borde negro.

Mateo sonrió.

—Amistad y respeto —dijo, como si fuera una contraseña secreta.

Cuando llegaron los padres, el cartel se colgó en la puerta del aula. Todos lo vieron al entrar. Algunos dijeron “¡qué bonito!” y otros “¡qué brillante!”. Una mamá preguntó:

—¿Por qué el corazón es azul?

Tomás respondió con orgullo:

—Porque la amistad tiene muchos colores.

Al salir, Tomás caminó a casa con su papá. El aire estaba fresquito y olía a pan recién hecho.

—Hoy hice un cartel —contó Tomás—. Y también arreglamos un lío. Entre todos.

—Eso es importante —dijo su papá—. En equipo se puede.

En casa, Tomás cenó sopa calentita y un trocito de tortilla. Luego se puso el pijama con dibujos de estrellas. Se lavó los dientes, aunque hizo una cara graciosa en el espejo para despedirse de la purpurina imaginaria.

En su cama, abrazó a su peluche, que se llamaba Cacao.

—Cacao, hoy aprendí que si me equivoco, no pasa nada —susurró—. Si pido ayuda, aparece un corazón azul.

Su mamá se sentó a su lado.

—¿Quieres que te arrope?

—Sí, por favor —dijo Tomás.

La manta subió hasta su barbilla. Tomás bostezó, largo y feliz.

—Mañana… —murmuró— voy a hacer otro pequeño gesto.

—Eso suena a un plan precioso —dijo su mamá, dándole un beso en la frente.

Tomás cerró los ojos. Pensó en Luna, en Mateo, en la seño Clara, y en el cartel en la puerta. El corazón azul brillaba en su cabeza como una lucecita tranquila.

Y así, con el cuerpo calentito y el corazón contento, Tomás se quedó dormido, descansando muy bien.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Témpera
Pintura que se usa en la escuela, espesa y de colores vivos.
Cartulina blanca
Papel grueso y grande, útil para hacer carteles y dibujos.
Purpurina rosa
Polvo brillante y muy pequeño que da destellos rosados.
Pegatina
Figura con pegamento por detrás para pegar en papel o carteles.
Colectivo
Que pertenece a un grupo de personas que hacen cosas juntos.
Trabajo de equipo
Cuando varias personas trabajan juntas para lograr algo.
Mancha
Marca de pintura o suciedad que aparece en una superficie.
Globo de diálogo
Dibujo en forma de burbuja que muestra lo que dice alguien.
Borde
Línea o parte exterior que marca el final de algo.
Celebración
Fiesta o momento para alegrarse por algo especial.

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