1) Corazones por todas partes
El salón de la escuela olía a galletas de vainilla y a papel nuevo. En las paredes colgaban guirnaldas de corazones rojos y rosas. En el suelo, había confeti como lluvia de colores.
En una mesa, Don Trapo, un paño de limpieza a cuadros verdes, estiró sus puntas como si fueran brazos y suspiró.
—¡Uf! Hoy sí que hay trabajo —dijo con voz suave y un poquito traviesa.
A su lado, una escoba alta y seria lo miró de reojo.
—No exageres, Don Trapo. Solo es un poquito de confeti.
Don Trapo se rió.
—“Un poquito”, dice. Mira, confeti en mi nariz… bueno, en mi esquina.
Desde la puerta entró la maestra Clara, con una caja de cartón llena de tarjetas de San Valentín.
—Niños, antes de irnos, recogemos un poquito entre todos —anunció—. San Valentín también es cuidar lo que compartimos.
Los niños asintieron, pero sus ojos ya miraban los globos y los dibujos. Don Trapo, valiente, se enderezó.
—Yo puedo ayudar —dijo—. ¡Me encanta dejar el suelo brillante!
Un niño, Leo, lo escuchó y soltó una risita.
—¡Habla el paño! —susurró a su amiga Sara.
Sara se encogió de hombros.
—Hoy es San Valentín. Todo puede pasar.
En ese momento, una corriente de aire se coló por la ventana y ¡fuuuu! levantó un montón de confeti que voló como mariposas.
—¡Ay! —gritó Don Trapo—. ¡Se escapan!
Y así empezó la misión de Don Trapo: ordenar después de la fiesta, aunque el confeti tuviera ideas propias.
2) La misión del confeti travieso
La maestra Clara repartió tareas.
—Sara y Leo, a recoger las tarjetas que se cayeron. Tomás, a guardar los globos. Y tú… —miró a Don Trapo con una sonrisa— tú puedes ser nuestro “capitán del brillo”.
Don Trapo se infló de orgullo.
—¡Capitán del brillo! Suena importante.
La escoba carraspeó.
—Yo soy la que barre.
—Y yo soy el que atrapa lo que tú empujas —respondió Don Trapo, guiñando una esquina—. Somos equipo.
Empezaron por el rincón de los corazones. Había purpurina pegada en el suelo, y un charquito pequeño de jugo de fresa.
—¡Oh, no! —dijo Leo—. Si se seca, se queda pegajoso.
Don Trapo avanzó con decisión. Se deslizó sobre el charquito y lo sorbió con cuidado, como si diera un abrazo.
—Listo —anunció—. ¡Sin pegotes!
Sara aplaudió bajito.
—Gracias, Don Trapo.
Don Trapo sintió calorcito por dentro. No era un calor de sol. Era un calor de “me ven”.
De pronto, un mini-rebote: un globo rojo, con cara de corazón dibujada, se soltó del lazo y empezó a rodar por el suelo.
—¡Se va! —gritó Tomás.
El globo rodó, rodó… y empujó una bandeja de galletas vacía. La bandeja chocó con la caja de tarjetas. Y la caja… ¡paf! se volcó.
Las tarjetas de San Valentín se esparcieron como hojas.
—¡Ay, no! —dijo la maestra Clara, llevándose las manos a las mejillas—. Son para llevar a casa.
Don Trapo se quedó quieto un segundo. Podía oír el silencio. Luego habló, valiente:
—No pasa nada. Las juntamos. Y las ordenamos. Entre todos.
Leo tragó saliva.
—Yo tiré el globo sin querer…
—Los “sin querer” también se arreglan —respondió Don Trapo—. Venga, equipo.
Se pusieron a recoger tarjetas. Algunas tenían dibujos: dos gatos abrazados, un helado con sonrisa, un corazón con patitas.
Sara encontró una tarjeta con letras grandes: “AMIGOS”.
—Esta es mía —dijo—. Se la hice a Leo.
Leo abrió mucho los ojos.
—¿A mí?
Sara asintió.
—Porque me prestaste tus colores cuando se me rompió el rojo.
Leo sonrió, y su cara se puso un poquito rosada.
—Gracias… Yo te hice una de dinosaurio con corazón.
Don Trapo los miró, feliz.
—¡San Valentín funciona! —murmuró.
Pero el confeti seguía travieso. Se metía bajo las sillas, se pegaba en los calcetines, y uno incluso se quedó en la punta de la escoba como si fuera un bigote.
La escoba se enfadó.
—¡Quítate, bigote!
Don Trapo se rió tan fuerte que casi se le dobló una esquina.
—Te queda elegante.
La maestra Clara también rió.
—Vamos, que ya falta poco. Luego apagamos las luces y dejamos el salón listo para mañana.
Don Trapo escuchó “apagar las luces” y pensó: “Cuando todo quede limpio, el salón descansará. Como nosotros”.
Entonces vio algo: debajo del escenario, un brillo raro, como una luciérnaga tímida.
—¿Qué es eso? —susurró.
Se deslizó hasta allí. Era una pequeña luz de hada de una guirnalda, suelta y encendida, escondida entre confeti y cinta.
—¡Oh! —dijo Don Trapo—. Una lucecita perdida.
La luz parpadeó, como diciendo “hola”.
Don Trapo miró alrededor.
—Si alguien pisa esto, se rompe. Tengo que salvarla.
3) Un brillo suave para terminar
Don Trapo llamó a los demás.
—¡Equipo! ¡Necesito ayuda aquí!
Sara y Leo se agacharon. La escoba se acercó con cuidado.
—¿Qué pasa? —preguntó Leo.
Don Trapo señaló.
—Una lucecita se quedó sola. Está escondida. Si la guardamos bien, el salón tendrá un final bonito.
La maestra Clara se arrodilló también.
—Qué bien la viste, Don Trapo. Vamos a hacerlo con calma.
Mini-rebote número dos: al intentar sacar la lucecita, el confeti se pegó a la guirnalda y ¡tiró! La guirnalda entera se movió, y un montón de corazones de papel cayeron como lluvia.
—¡Cuidado! —dijo Sara.
La escoba abrió sus cerdas como si fueran manos.
—Yo sostengo los papeles.
Leo sujetó la guirnalda.
—Yo agarro aquí.
Sara apartó el confeti.
—Yo despejo el camino.
Don Trapo, concentrado, se deslizó despacito y envolvió la lucecita con suavidad, como si la acunara.
—Shhh, tranquila —susurró—. No te apagues. Ya vienes con nosotros.
La lucecita parpadeó otra vez. Esta vez más alegre.
La maestra Clara sacó una cajita transparente.
—La pondremos aquí. Y mañana la arreglamos para que vuelva a la guirnalda.
Todos suspiraron, aliviados.
Entonces llegó el momento de la limpieza final. El confeti por fin se rindió. La escoba lo reunió en montoncitos. Don Trapo lo atrapó y lo llevó a la papelera, orgulloso de cada viaje.
Leo miró el suelo.
—Está tan limpio que hasta da ganas de bailar otra vez.
—¡No! —dijo la escoba, muy seria.
Don Trapo soltó una risita.
—Un baile pequeñito con los pies en el aire… digo, en el suelo. Sin confeti.
Sara levantó su tarjeta de “AMIGOS”.
—Don Trapo, tú también eres amigo.
Leo asintió.
—Sí. Eres valiente. Y trabajas sin quejarte… bueno, casi.
—¡Eh! Quejarse un poquito es mi estilo —respondió Don Trapo, divertido—. Pero lo hago con cariño.
La maestra Clara se puso de pie y miró el salón ordenado: mesas alineadas, sillas en su sitio, tarjetas en la caja, globos guardados, suelo brillante.
—Esto es San Valentín —dijo—. No solo los corazones. También el “nos ayudamos”.
Los niños tomaron sus abrigos. Antes de salir, Sara se acercó a Don Trapo y le dio un beso en la punta, como un “gracias” silencioso.
—Hasta mañana, capitán del brillo.
Leo hizo un saludo militar.
—¡A sus órdenes!
La escoba, un poco más amable, murmuró:
—Buen trabajo, equipo.
La maestra Clara apagó las luces. El salón se quedó oscuro… pero no del todo.
Dentro de la cajita transparente, la lucecita rescatada siguió brillando, suave y tibia. No era una luz fuerte. Era una luz que parecía decir: “Aquí todos importan”.
Don Trapo, ya doblado sobre la silla, sintió ese brillo como una manta.
—Misión cumplida —susurró.
Y mientras el confeti dormía en la papelera y las tarjetas esperaban en la caja, una luz dulce cuidó el salón, como un pequeño corazón encendido, hasta que llegó la mañana.