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Cuento sobre la Pascua 7/8 años Lectura 20 min. (2)

El camino de los banderines de colores

Nico el zorro y sus amigos organizan una búsqueda de Pascua utilizando banderines de colores que marcan un camino lleno de sorpresas y enseñanzas sobre la amistad y el compartir. Juntos, descubren la importancia de trabajar en equipo y celebrar la alegría de estar juntos.

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Nico, el zorro de pelaje rojo brillante y ojos curiosos, sube con entusiasmo por una escalera de madera, con una pancarta colorida en la pata. Su rostro irradia alegría y determinación mientras cuelga pancartas de colores vivos en un gran árbol. Lía, la pequeña coneja de grandes orejas blancas y pelaje suave, se queda abajo, con los ojos brillantes de emoción, sosteniendo una cuerda para ayudar a Nico. Sonríe con impaciencia, lista para asistirlo en su tarea. Milo, el pajarito de plumas amarillas y azules, vuela a su alrededor, cantando alegremente, sus alas batiendo con entusiasmo. Se posa en una rama cercana, observando la escena con una mirada divertida. El lugar es un claro del bosque soleado, lleno de flores coloridas y árboles majestuosos, donde la luz del sol filtra a través de las hojas, creando patrones danzantes en el suelo. La situación principal muestra a Nico y sus amigos preparando una gran búsqueda de huevos de Pascua, con pancartas que flotan al viento, anunciando una aventura alegre y colorida. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1. Banderines que señalan secretos

Nico el zorro colocó la escalera apoyada en el árbol del claro. El viento de la mañana olía a pan dulce y flor de azahar. En sus patas llevaba una cuerda, un puñado de pinzas de madera y un montón de banderines de colores. Los banderines eran de rojo, azul, amarillo y verde. Brillaban al sol como mariposas quietas.

“¿Necesitas ayuda, Nico?”, preguntó Lía, la coneja, que traía una cesta vacía y unas orejas que temblaban de ganas.

“Siempre viene bien,” dijo Nico, atando un nudo firme. “Sujeta aquí mientras subo. ¡Hoy todo tiene que quedar recto!”

Milo, el pajarito, dio un giro en el aire. “¿No es mejor que queden un poco torcidos? Así parece que bailan.”

Nico sonrió. “Un poco sí. Pero que apunten bien. Estos colores no son solo adorno.”

“¿No?”, Lía abrió mucho los ojos. “¿Qué son entonces?”

“Son pistas, explicó el zorro, bajando un escalón para mirarlos de cerca. “Rojo es girar, azul es seguir, amarillo es mirar arriba, y verde es mirar abajo. Si los pones en orden, te cuentan un camino.”

“¡Un camino secreto!”, canturreó Milo, posándose en un banderín amarillo que hizo cosquillas con su tela.

“Secreto, pero amable,” dijo Nico, ajustando una pinza. “No asustes a nadie, viento, solo sopla suave.”

Tina, la tortuga, asomó desde la hierba. “¿Llegué tarde? Traje pegamento por si algo se despega.”

“Llegaste justo a tiempo,” dijo Nico. “Tú guardas la caja de pinzas. Y si alguno se cae, tú lo alcanzas. Gracias.”

Pipa, el patito, tropezó con una cuerda y cayó sentado, y todos rieron, él primero. “¡Yo también ayudo! Puedo traer agua si alguien tiene sed.”

“Perfecto,” dijo Nico. “Hoy es la gran búsqueda de Pascua. Los banderines mostrarán un camino de colores. Pero lo más importante es que vayamos juntos.”

“¿Y habrá huevos de chocolate?”, preguntó Lía, pegando un banderín azul.

“Habrá huevos de muchos colores,” dijo Nico, “y algunos sabrán a chocolate, otros a vainilla, y otros sabrán a sorpresa.”

“¿A sorpresa?”, repitió Milo, riendo.

“Sí,” dijo el zorro, serio y práctico, aunque con un brillo en los ojos. “La sorpresa tiene un sabor crujiente que deja la lengua feliz.”

El viento acarició las cintas. Un rayo de sol se posó en los banderines rojos y parecía que latían. Nico miró las líneas rectas, las curvas, los nudos. Todo estaba claro, como le gustaba.

“Pronto llegarán más amigos,” dijo. “Cuando todos estén listos, seguiremos los colores. Si vemos rojo, giramos. Si vemos azul, seguimos. Si vemos amarillo, subimos la mirada. Si vemos verde, la bajamos. Y si algo se complica, lo hablamos.”

“Lo hablamos,” repitieron todos, con un coro chiquito que sonó a promesa.

Capítulo 2. La búsqueda empieza con risas

La plaza del claro se llenó de voces. Llegaron Bruno, el erizo, con una mochila que parecía una roca pequeñita; Lila, la ardilla, que brincaba con un lazo de flores; y dos ovejitas, Nube y Nuba, que venían de la colina y se quedaban muy juntitas por costumbre.

“¡Qué colores tan vivos!”, dijo Lila, dando una vuelta. “Parecen confeti del cielo.”

“Son banderines que hablan,” explicó Pipa. “Dicen: ‘por aquí, por allá, mira arriba, mira abajo'.”

Nico se aclaró la garganta. “Antes de salir, una cosita. Si alguien se cansa, paramos. Si alguien encuentra un huevo, lo compartimos. Si alguien se despista, lo buscamos entre todos. ¿De acuerdo?”

“¡De acuerdo!”, cantaron.

El primer banderín era rojo, colgado de un arbusto. “Rojo: girar,” dijo Lía. “¿Girar hacia dónde?”

“Escucha,” dijo Nico, señalando el suelo. Había huellas pequeñitas con pintura azul. “Las huellas no engañan.”

Todos giraron a la derecha y se metieron en un sendero perfumado. Sobre sus cabezas, un banderín azul ondeó como una ola. “Azul: seguir,” dijo Tina, con paso lento y seguro.

Mientras avanzaban, algo suave ocurrió: un grupo de mariposas amarillas vino a posar sobre un banderín amarillo y lo hizo brillar. “¡Mira arriba!”, gritó Milo, y al alzar la mirada, Lía vio un huevo de madera, pintado con puntos, escondido en un nido de ramas.

“¡Lo bajo!”, dijo Milo, y trajo el huevo con cuidado, como si fuera de nubes. “¿De quién es?”

“Es del grupo,” dijo Nico, “y lo abrimos al final.”

Bruno tropezó un poco con un tronco. “Ups. Mis púas se enganchan en todo.”

Nico se acercó. “Yo te cubro. Tú camina cerca de mí.”

El sendero los llevó a un puente de tablas. Debajo, el río decía secretos en voz fresca. Un banderín verde colgaba de la baranda. “Verde: mirar abajo,” leyó Tina.

Miraron hacia el agua y vieron algo brillante atrapado entre dos piedras. “Es una cinta,” dijo Pipa. “Una cinta con dibujos de olas.”

“Puede servir si se rompe algo,” dijo Nico. “Buena vista.”

A mitad del puente, Nube se detuvo. “Tengo miedo de que el puente se mueva.”

“No te preocupes,” dijo Lía, tomándole la lana con suavidad. “Yo camino a tu lado.”

Nico asintió. “Y yo voy detrás. Si el puente baila, bailamos con él, despacito.”

Cruzaron el puente con el corazón ligero. El siguiente banderín rojo indicaba otro giro, y una rama crujió, pero solo era un saludo del bosque. Cada vez que el viento empujaba los colores, estos parecían guiñar un ojo.

“¿Nico?”, preguntó Milo. “¿Los banderines de verdad saben a dónde vamos?”

“Los banderines cuentan lo que les pedí,” dijo el zorro, apretando un nudo que se había soltado. “Yo los colgué con orden. No es magia rara. Es trabajo con cariño.”

“Pero a veces brillan,” dijo Lila, mirando un azul que parecía tener olitas. “¿Eso también es trabajo?”

Nico se rascó el hocico. “A veces, cuando pones las cosas con cuidado, el mundo decide aplaudir un poquito.”

Todos rieron, y el sendero se volvió un desfile. Las risas, los pasos, las plumas, las orejas, las cestas. Y a cada tanto, un banderín decía lo suyo en un idioma de colores.

Capítulo 3. Pistas, pasos y pintura

Llegaron al huerto viejo, donde los árboles eran como abuelos que prestaban sombra. Había un cartel con un dibujo de huevo y, debajo, tres banderines en fila: rojo, azul, amarillo.

“Rojo, girar; azul, seguir; amarillo, mirar arriba,” dijo Tina, contando con sus dedos.

“Arriba, entonces,” dijo Lía. “Pero primero giramos.”

Girar a la izquierda los llevó a un camino bordeado de hierbas. Allí, un conejito chiquitito, con las patitas manchadas de pintura rosa, les sonrió desde detrás de un cubo.

“Hola,” dijo el conejito. “Yo pinto huevos. ¿Buscan uno con lunares dorados?”

“Buscamos todos los que quieran mostrarse,” respondió Nico, amable. “¿Has visto un banderín amarillo más adelante?”

“Sí,” dijo el conejito, limpiándose la nariz con el dorso de la mano. “Brilla cuando lo mira el sol. Y hace como… mmm… como un sonido de campanitas.”

“Campanitas,” repitió Milo, dando palmaditas con las alas. “Suena a bonito.”

Nico se inclinó hacia el conejito. “Gracias. ¿Necesitas agua? Pipa trae.”

“Un poquito,” dijo el conejito. Pipa le alcanzó la botella y el conejito bebió con una sonrisa que le movió los bigotes. “Suerte en la búsqueda.”

Siguieron un banderín azul que flameaba como mar. El suelo estaba lleno de pétalos. Lila recogió algunos y los puso en el pelo de Nube y Nuba. “Para que se sientan valientes,” dijo.

“Gracias,” dijeron las ovejitas, ruborizadas de lana.

Más adelante, un banderín amarillo colgaba alto, en la rama de un peral. Milo señaló con el pico. “Arriba. Pero está muy alto.”

“Yo soy buena con nudos,” dijo Nico. Ató la cinta de olas al tronco, hizo un lazo y creó una “escalera” de juego. Lía subió con cuidado, y Milo guió, volando cerca.

“Estoy bien,” dijo Lía, con la voz tranquila. “Tengo las patas firmes.”

Arriba encontró no uno, sino dos huevos: uno pintado con espigas, otro con un dibujo que parecía el río. “¿Los bajo?”

“Sí,” dijo Nico. “Despacio.”

Entonces se oyó un “¡ay!” pequeño. Bruno, el erizo, se había quedado atascado entre dos raíces. “Estoy bien,” dijo con una risita, “pero mis púas dicen ‘no pasar'.”

“Espera,” dijo Tina. “Yo empujo por aquí.”

“Nico, jala de mi mochila,” pidió Bruno.

“Cuento hasta tres,” dijo Nico. “Uno, dos... ¡tres!”

Salió Bruno como tapón de botella, y todos aplaudieron. Bruno se rascó la cabeza. “Gracias. A veces necesito manos amigas.”

“Para eso estamos,” dijo Lía, guiñándole un ojo.

En el suelo, a un lado, vieron una cuerda caída con un banderín verde. “Se soltó,” dijo Nico. “No pasa nada.”

“Yo te doy la pinza,” dijo Tina, alcanzando una de la caja. “Y yo sostengo,” añadió Pipa.

Entre todos levantaron la cuerda. Nico volvió a atar el nudo. “Listo. Verde: mirar abajo.”

Miraron, y entre las hojas bajas había un huevo pequeño, pintado como un campo, con pequeños puntitos que eran flores. Nube lo tomó con cuidado. “Es muy bonito. Lo guardaré en mi cesta, pero es de todos.”

El camino siguió hasta la ladera de una colina con árboles jóvenes. En la ladera, los banderines formaban una secuencia larga: rojo, azul, verde, amarillo, azul, rojo.

“Hay que descifrarlo,” dijo Lila, poniendo un dedo en el aire. “Rojo: girar. Azul: seguir. Verde: mirar abajo. Amarillo: mirar arriba. Azul otra vez: seguir. Rojo final: girar.”

“Podemos hacerlo en equipo,” dijo Nico. “Yo digo el color, y ustedes dicen la acción.”

“Rojo,” dijo Nico.

“¡Girar!”, respondieron todos.

“Azul.”

“¡Seguir!”

“Verde.”

“¡Mirar abajo!”

Encontraron una cesta de mimbre, vacía pero limpia, que alguien había olvidado. “La llevamos,” dijo Tina. “Por si falta una.”

“Amarillo,” dijo Nico.

“¡Mirar arriba!”

Entre las ramas había un lazo de seda con una nota: “Si compartes, el bosque canta.”

“Azul,” dijo Nico.

“¡Seguir!”

“Rojo.”

“¡Girar!”

Giraron y quedaron frente a un claro pequeño. Allí, un huevo grande, del tamaño de una sandía, descansaba en un nido de paja. Era multicolor, como si un arcoíris le hubiera dado un abrazo.

“¿Es real?”, preguntó Pipa, boquiabierto.

“Es real y es del bosque,” dijo Nico, con respeto. “Lo abrimos entre todos, pero más tarde. Falta un último tramo.”

El huevo multicolor vibró un poquito, como si riera. O quizá era el viento. O quizá era el aplaudir secreto del mundo.

Capítulo 4. El nido que sonríe

El último tramo subía hasta la colina del sombrero, que se llamaba así porque, desde lejos, parecía un sombrero puesto al revés. Los banderines formaban un arco en la entrada, y el arco hacía una sombra de colores sobre la hierba.

“¿Quién entra primero?”, preguntó Lía.

“Entramos juntos,” dijo Nico. “Uno al lado del otro.”

Dentro, todo era blanco y verde, con lucecitas que sabían a primavera. En el centro, había un nido enorme hecho de ramas y flores. En el nido, muchos huevos de todos los tamaños descansaban tranquilitos. Algunos tenían rayas, otros lunares, otros dibujos de hojas y ondas.

“¡Qué hermoso!”, dijo Nuba, con los ojos brillantes.

Milo se acercó a un huevo que hacía un sonido suave, como una campana muy pequeña. “¿Escuchan eso?”

“Yo lo escucho,” dijo Tina. “Parece que los huevos respiran canción.”

Nico miró alrededor. Los banderines se habían quedado muy quietos, como si el aire los quisiera escuchar también. “Antes de repartir,” dijo, “hagamos un círculo. Demos las gracias por el camino, por los amigos, por las manos y las patas que ayudan.”

Hicieron un círculo. Pipa puso su ala sobre la pata de Tina. Lía tomó la pezuña de Nube. Bruno rozó con cuidado la espalda de Lila para no pincharla. Milo, pequeñito, se posó en la oreja de Nico.

“Gracias,” dijo Nico, “por un día claro y un camino claro. Gracias por los banderines que guiaron, y por los ojos que miraron. Gracias por compartir, que hace grande el corazón.”

“Amén de bosque,” dijo Pipa, muy serio, y todos rieron con cariño.

“Ahora sí,” dijo Nico. “Abrimos el huevo grande.”

Acercaron el huevo multicolor que habían traído del claro anterior. Entre todos, con cuidado, presionaron hasta que se abrió en dos mitades. Dentro no había chocolate, sino un mapa hecho de pétalos, y muchas piedritas de colores, y unos caramelos envueltos en papel dorado.

“¡Caramelos!”, gritó Milo.

“Y un mapa de flores,” dijo Lía. “Miren lo que dice: ‘Para cada uno, un camino pequeño. Para todos, un camino grande'.”

“Yo entiendo,” dijo Tina. “Podemos tomar un huevo cada uno, y luego dejar algunos colgando de los árboles para quien llegue más tarde.”

“Eso es,” dijo Nico, satisfecho. “Compartir es también pensar en los que no están.”

Repartieron con cuidado. Nube eligió uno con nubes. Nuba eligió uno con rayos de sol. Bruno tomó uno con minúsculos cactus dibujados, y rió. “Me queda bien.”

Lila escogió un huevo con flores moradas. “Este huele a lavanda.”

Tina tomó uno con líneas lentas que parecían un camino. Pipa recibió un huevo con patitos pintados, y no pudo dejar de mover la cola.

“Y para mí,” dijo Nico, “este con cuatro colores. Rojo, azul, amarillo y verde.” Lo besó en la cáscara. “Me recuerda el trabajo bien hecho.”

Después, con las piedras de colores, hicieron pequeños montones al pie de tres árboles. Colgaron con cintas varios huevos que brillaban suave. En cada huevo colgado, Lía escribió una palabra con un pincel: “Bienvenido”, “Para ti”, “Comparte”.

“¿Podemos abrir uno ahora?”, preguntó Milo, rebotando como un grano de maíz.

“Uno pequeño, para probar,” dijo Nico.

Abrieron un huevo de lunares. Dentro había chocolatitos en forma de estrellas y un papelito. Lila leyó en voz alta: “Si compartes, la alegría crece.”

“Entonces, dos para mí y dos para ti,” dijo Pipa a Tina, ofreciéndole la mitad.

“Gracias,” dijo Tina, con una sonrisa lenta y grande.

En un rincón, el conejito pintor apareció otra vez, con la nariz manchada de azul. “Vine a ver si les gustó el nido. El bosque está contento.”

“Nos encantó,” dijo Lía. “¿Te llevas unos caramelos?”

“Solo si me dejan regalarles esto,” dijo el conejito, sacando un pequeño frasquito con purpurina muy fina. “No es magia rara. Es luz guardada. Echen un poquito al aire cuando quieran recordar este día.”

Nico lo miró con ojos brillantes. “Gracias. La guardaremos para volver a sonreír.”

Salieron del nido despacio, como quien sale de una canción. Afuera, el arco de banderines se había movido un poco y ahora apuntaba al claro de la plaza, como diciendo “por aquí se vuelve”.

“¿Los banderines también saben volver?”, preguntó Nube.

“Los banderines saben escuchar,” respondió Nico. “Y hoy escuchan nuestro deseo de regresar juntos.”

Bajaron la colina cantando una canción inventada, de rimas fáciles: “Rojo girar, azul seguir, amarillo mirar arriba, verde mirar aquí.” El puente ya no daba miedo. El río parecía aplaudir con sus olitas. El sol, alto y amable, iluminaba las cestas.

De regreso al claro, colocaron los huevos en una mesa larga. Los vecinos que no habían ido se acercaron con ojos curiosos. Había suficientes para todos porque, durante el camino, cada quien había pensado en el otro.

“Para ti,” dijo Bruno, dándole a una ardilla pequeñita un huevo con estrellas.

“Para ti,” dijo Tina, a un topo que asomó tímido de su túnel.

“Para todos,” dijo Nico, tomando el frasquito de purpurina. “Un poquito de luz.”

Abrió el frasquito, y con un gesto suave lanzó al aire una nube mínima de brillo. No era una magia ruidosa. Era apenas un destello que hizo que los banderines parecieran nuevos, que los ojos se volvieran más claros, que el viento hablara en voz baja.

“¿Hicimos magia?”, preguntó Pipa.

“Hicimos equipo,” dijo Nico. “Eso es la mejor magia.”

Lía se acercó al zorro. “Sabes, Nico, tus banderines no solo muestran caminos. También juntan corazones.”

Nico se encogió de hombros, con su forma de zorro práctico. “Solo los colgué con orden y cariño. Lo demás lo hicieron ustedes.”

El conejito pintor levantó la pata. “Y el bosque, que aplaude.”

Todos miraron alrededor. Era cierto. Las hojas parecían decir “bravo” y el cielo tenía un color limpio, como recién lavado. Milo se posó en el hombro de Bruno, y las ovejitas se recostaron juntas, contentas.

“¿Mañana haremos otra cosa juntos?”, preguntó Nuba.

“Sí,” dijo Nico. “Mañana podemos colgar más banderines, o quizá plantar flores. Lo importante es hacerlo juntos.”

“Juntos,” repitió el claro.

Las manos y las patas se encontraron en un montón improvisado. Las risas flotaron, sencillas y dulces. Y cuando el sol se inclinó un poco, todos, con chocolate en la lengua y colores en los ojos, compartieron una sonrisa que se quedó, suave, como una cinta atada al corazón.

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Banderines
Pequeñas piezas de tela o papel que se cuelgan para decorar y señalar algo.
Pistas
Indicios o señales que ayudan a encontrar algo o guiarse en un camino.
Complicado
Que es difícil de entender o resolver.
Despistar
Hacer que alguien se confunda o se pierda.
Nido
Construcción que hacen algunos animales, especialmente las aves, para poner sus huevos.
Purpurina
Pequeñas partículas brillantes que se utilizan para decorar.

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