Capítulo 1: El primer día de Amira
Clara tenía seis años y le encantaba ir al colegio. Siempre llevaba su mochila roja y su abrigo de flores. Clara tenía muchos amigos: Pablo, Lucía y Diego. Todos jugaban en el recreo y compartían risas. Un día, la señorita Laura entró al aula con una sonrisa grande.
—Niños y niñas, hoy tenemos una nueva compañera —dijo la señorita—. Se llama Amira y ha venido de un país muy lejano.
Amira tenía el pelo rizado y oscuro como la noche. Llevaba un vestido de muchos colores y unos zapatos nuevos. Amira miraba a todos con ojos grandes y un poco asustados.
—¡Hola, Amira! —dijeron los niños.
Clara miró a Amira y sintió curiosidad. Amira hablaba diferente, con palabras suaves y un acento distinto. Cuando la señorita Laura le preguntó de dónde venía, Amira contestó:
—Vengo de Marruecos.
Clara nunca había escuchado esa palabra. Le sonaba misteriosa y bonita. Pero algunos niños susurraron entre ellos.
—Habla raro —dijo Diego bajito.
—Su ropa es diferente —dijo Lucía.
Clara escuchó y pensó, pero no dijo nada. Se quedó mirando a Amira y vio que estaba un poco triste. Clara quiso sonreírle, pero no sabía cómo.
Capítulo 2: El recreo diferente
Era la hora del recreo. Clara salió al patio con sus amigos. Jugaban a la cuerda y saltaban muy alto. Amira estaba sentada sola en un banco, mirando las nubes. Clara la miró muchas veces. Quería invitarla, pero sentía un poco de miedo. ¿Y si Amira no entendía el juego? ¿Y si no quería jugar?
—Vamos a saltar, Clara —dijo Pablo.
Clara saltaba, pero miraba a Amira. Amira sacó una cuerda de su mochila y empezó a girarla en el suelo, haciendo círculos. La cuerda era de colores brillantes, como el vestido de Amira.
—¿Qué hace Amira? —preguntó Lucía.
—No sé, parece un juego raro —respondió Diego.
Clara se acercó despacio.
—Hola, Amira. ¿Qué haces? —preguntó Clara.
Amira sonrió un poco.
—Es un juego de mi país. Se llama “la serpiente”.
Clara miró cómo Amira movía la cuerda como si fuera una serpiente en el suelo. La cuerda iba de un lado al otro, suave y veloz.
—¿Me enseñas? —preguntó Clara.
Amira asintió y, muy despacio, le enseñó cómo saltar la cuerda-serpiente. Clara se reía porque al principio le daba miedo, pero luego le gustó mucho. Lucía y Diego miraban desde lejos. Pablo se acercó.
—¿Puedo jugar yo también? —preguntó Pablo.
—¡Sí, claro! —dijo Amira, sonriendo más.
Pronto, todos los niños querían probar el juego de la serpiente. Saltaban y reían. Amira estaba feliz. Clara se sentía contenta por aprender algo nuevo.
Capítulo 3: Las diferencias nos unen
Al día siguiente, Clara llevó su merienda favorita: pan con chocolate. Se sentó junto a Amira y le ofreció un trozo.
—¿Quieres? —preguntó Clara.
—¡Sí, gracias! —contestó Amira.
Amira sacó su propia merienda. Era un bocadillo de pan con queso y aceitunas verdes. Clara nunca había visto una merienda así.
—¿Quieres probar? —preguntó Amira.
Clara probó un trocito. ¡Era diferente y sabroso! Lucía se acercó y también pidió un poco. Pronto todos compartían meriendas, probando cosas nuevas y riéndose juntos.
En clase, la señorita Laura pidió que dibujaran a sus familias. Clara dibujó a su mamá, su papá y su gato. Amira dibujó a su familia y una mezquita grande, con una luna brillante.
—¿Qué es eso? —preguntó Diego.
—Es una mezquita. Allí rezo con mi familia —explicó Amira.
—Yo voy a la iglesia —dijo Lucía.
—Yo no voy a ningún sitio —dijo Pablo.
La señorita Laura escuchó y sonrió.
—Cada uno tiene costumbres diferentes, y eso está bien. Lo importante es respetarnos y aprender unos de otros.
Clara miró a Amira y pensó que era verdad. Era divertido conocer cosas nuevas y compartirlas.
Capítulo 4: Todos diferentes, todos amigos
Pasaron los días y Amira ya no estaba sola. Jugaba con Clara, Lucía, Diego y Pablo. A veces Amira se equivocaba con las palabras, pero todos la ayudaban y se reían juntos. Un día, Amira llevó a clase unos dulces de su país y los repartió con todos. Clara dijo:
—¡Gracias, Amira! ¡Están deliciosos!
—¡Sí, son muy ricos! —dijo Lucía.
Ese día, la clase hizo un mural con dibujos de cosas de todos los niños: comidas, juegos, fiestas y familias. Había muchas diferencias, pero también muchas cosas iguales: risas, colores y amistad.
La señorita Laura les dijo:
—Hoy hemos aprendido algo muy importante. Todos somos diferentes, pero todos podemos ser amigos. La tolerancia es aceptar y respetar a los demás, aunque sean diferentes. Así crecemos juntos y aprendemos cosas bonitas.
Clara miró a Amira y sonrió. Ahora sabía que ser diferente era algo bueno. Aprendió que la amistad crece cuando hay respeto y alegría.
Esa tarde, cuando Clara volvió a casa, le contó a su mamá:
—Hoy aprendí un juego nuevo, comí una merienda diferente y tengo una amiga especial. Todos somos distintos, pero eso nos hace mejores amigos.
Y así, en la escuela de Clara, todos aprendieron que la tolerancia es el camino para tener un corazón grande y muchos amigos felices.