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Cuento encantador y divertido 7/8 años Lectura 10 min.

Dulces Risitas

En el mágico pueblo de Colorín Colorado, los niños se enfrentan a la falta de dulces y piden ayuda a la peculiar bruja Doña Pepita, quien crea caramelos traviesos a través de risas y magia. Juntos, organizan una fiesta inolvidable que celebra la alegría y la diversión.

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Une illustration destinée aux enfants représentant une sorcière pétillante aux cheveux en bataille, portant un grand chapeau étoilé et un sourire espiègle, se tenant dans sa maison colorée au cœur d'un village féérique où les arbres ont des feuilles en bonbons et les nuages en sucre filé, alors qu'elle concocte des friandises magiques avec l'aide d'un garçon intrépide aux yeux brillants, tous deux plongés dans une aventure hilarante pour ramener des rires et des douceurs à leurs amis. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La bruja más peculiar

En el mágico y estrafalario pueblo de Colorín Colorado, donde las nubes eran de algodón de azúcar y los árboles tenían hojas de caramelos, vivía una bruja muy singular llamada Doña Pepita. Doña Pepita no era una bruja común y corriente, oh no. Tenía un sombrero tan grande que, cuando entraba en su casa, a veces le daba un golpe a la lámpara, y su escoba era más bien un aspirador volador, que siempre dejaba los suelos brillando mientras la llevaba de un lado a otro.

Era un día soleado en Colorín Colorado, y todos los niños del pueblo estaban ansiosos por jugar. Sin embargo, había un pequeño problema: ¡no había dulces en la tienda! ¡Era un desastre! Los niños estaban tan inquietos como un grupo de gatos en una tienda de ratones. Así que, decidieron hacer una reunión en la plaza.

“¡Debemos encontrar una solución!” gritó Carlitos, el niño más travieso del pueblo. “¡No se puede vivir sin dulces!”

“Yo he oído que Doña Pepita tiene un montón de caramelos en su casa”, dijo Lila, la niña más dulce de todas. “Quizás podamos pedirle que nos dé algunos.”

“¿Y si no quiere compartir?” preguntó Mario, un niño muy miedoso.

“¡No seas gallina, Mario! ¿Quién le tiene miedo a una bruja?” exclamó Carlitos, colocando su mano en su cadera como un verdadero héroe de cuentos.

Así que, con el valor de un ratón que se enfrenta a un gato, los niños decidieron ir a la casa de Doña Pepita.

Capítulo 2: La visita inesperada

Cuando llegaron a la casa de Doña Pepita, se encontraron con una puerta colorida decorada con estrellas y lunas de papel brillante. El timbre era una pequeña campana que sonaba como un globo de aire caliente. Lila, la más valiente del grupo, se acercó y apretó el timbre.

“¡Ting! ¡Ting!” sonó la campana.

Al instante, la puerta se abrió y apareció Doña Pepita, con su cabello alborotado como si hubiera luchado contra una tormenta. “¿Quiénes son esos pequeños traviesos que tocan mi puerta?” preguntó, sonriendo de oreja a oreja.

“¡Hola, Doña Pepita!” dijeron los niños al unísono. “¿Podemos pasar?”

“Por supuesto, pasen, pasen. ¡Siempre hay espacio en mi casa para una aventura!” exclamó la bruja, haciendo un gesto amplio con su mano.

Los niños entraron y se encontraron en un lugar increíble. Las paredes estaban llenas de frascos de colores que contenían ingredientes mágicos. Había polvo de estrellas, lagrimas de unicornio (que realmente parecían perlas), y un frasco que decía “Sopa de risas”. El olor era tan dulce que los niños casi se relamen.

“¿Qué les trae por aquí, pequeños?” preguntó Doña Pepita mientras comenzaba a revolver una gran olla que burbujeaba en la estufa.

“Doña Pepita, no hay dulces en la tienda. ¡Ayúdenos, por favor!” suplicó Lila con sus grandes ojos brillantes.

“Oh, dulces, dulces... ¡Eso se puede arreglar! Simplemente necesito un poco de magia”, dijo Doña Pepita, mientras sacaba un sombrero de copa de un armario.

“¿Vamos a hacer magia?” preguntaron los niños, emocionados.

“¡Así es! Pero primero, necesitamos el ingrediente más importante de todos: ¡una buena dosis de risa!” dijo la bruja, sonriendo. “Ahora, ¿quién puede contarme un chiste?”

“¡Yo!” dijo Carlitos. “¿Qué le dice una iguana a su hermana gemela?”

“No sé, ¿qué?” preguntó Pepita, mientras todos los niños se agachaban.

“¡Iguanita!” gritó Carlitos.

Los niños comenzaron a reírse tanto que la olla empezó a burbujear más fuerte. Doña Pepita sonrió y agregó un poco de polvo de estrellas a la mezcla.

Capítulo 3: La mezcla mágica

“¡Perfecto, sigan riendo! Necesitamos más risas”, dijo Doña Pepita, revolviendo la olla con energía. “Y ahora, necesito un par de chistes más. ¡Vamos, los quiero escuchar!”

Mario, aunque un poco tímido, finalmente decidió compartir su chiste. “¿Qué hace una vaca en un ascensor?”

“¿Qué?” preguntaron todos, intrigados.

“¡Sube y baja!” dijo Mario, estallando en risas.

“¡Eso es genial!” rió Doña Pepita mientras agitaba su varita mágica. “Y ahora, solo falta un último toque. ¡Un poco de sonido de campanas!”

“¿Cómo hacemos eso?” preguntó Lila.

“Fácil, solo necesitamos que todos hagan ruido. ¡Canten, griten, hagan lo que quieran! ¡Y que se escuche como si estuvieran en un concierto!” exclamó la bruja.

Los niños comenzaron a cantar “La vaca lechera” a todo pulmón, mientras Doña Pepita seguía mezclando ingredientes mágicos en su olla. En un momento dado, los frascos comenzaron a hacer ruido como si estuvieran bailando al compás de la música. ¡Era como si la casa estuviera viva!

“¡Ya casi está!” gritó Doña Pepita. “Y ahora, el toque final.” Con un movimiento espectacular, sacó un frasco lleno de caramelos y los arrojó a la olla burbujeante.

“Hicimos un dulce mágico, ¡y ahora a probarlo!” dijo mientras servía un montón de gomitas coloridas en un plato.

“¿Puedo probar primero?” preguntó Carlitos con una gran sonrisa.

“Por supuesto, pero cuidado, ¡son un poco traviesos!” respondió Pepita.

Capítulo 4: El dulce travieso

Carlitos tomó un dulce y lo mordió. De repente, algo sorprendente sucedió. ¡El dulce comenzó a reírse! Sí, ¡a reírse! Era un dulce que no solo era delicioso, sino que también tenía una risa contagiosa.

“¡Ja, ja, ja! ¡Soy el dulce más divertido del mundo!” dijo el caramelo, mientras todos los niños se reían a carcajadas.

“¡Eso es increíble!” exclamó Lila, “¡Vamos a compartirlo con todos!”

Doña Pepita, viendo la diversión, decidió hacer más dulces. “¡Cada uno de ustedes puede tener su propio dulce travieso! Solo necesito un par de risas más.” Y así, los niños se pusieron a contar chistes y a reír hasta que sus barrigas dolían.

“¿Cuál es el animal más antiguo?” preguntó Mario, que se había animado.

“No sé, ¿cuál?” preguntaron todos.

“¡La cebra, porque está en blanco y negro!” gritó, y todos estallaron en risas nuevamente.

Doña Pepita, con su escoba aspiradora lista, comenzó a crear más caramelos y todos los niños recibieron su parte. El dulce travieso comenzó a hacer trucos, como volar por todo el comedor, hacer piruetas en el aire y hacer que los niños rieran aún más.

“Hagamos una fiesta de dulces traviesos en la plaza del pueblo”, sugirió Lila, mientras un caramelo se deslizaba por su cabeza como si fuera un sombrero.

“¡Sí! ¡Vamos a llevar la diversión a Colorín Colorado!” gritó Carlitos, mientras comenzaba a bailar.

Capítulo 5: La fiesta de los dulces

Así fue como los niños, junto con Doña Pepita y su escoba mágica, se dirigieron a la plaza del pueblo. Al llegar, empezaron a repartir los dulces traviesos a todos los que encontraban. La noticia de los dulces mágicos se esparció rápidamente por Colorín Colorado.

“¡Mira esos dulces que hacen reír!” exclamó la señora Rodríguez, quien estaba vendiendo flores en la plaza. “¡Quiero uno!”

“¡Toma, señora!” dijo Carlitos, dándole un dulce. Al morderlo, la señora Rodríguez comenzó a reírse tanto que las flores comenzaron a bailar al ritmo de su risa.

“¡Esto es maravilloso!” dijo, mientras todos los vecinos se unían a la fiesta, riendo y comiendo dulces.

Doña Pepita, viendo toda la alegría que había creado, decidió hacer un truco final. “¡Ahora, todos juntos! ¡Contemos hasta tres y haremos el hechizo de la risa eterna!”

“¡Uno, dos, tres!” gritaron todos.

“¡Abracadabra, dulce y travieso, que la risa nunca se acabe!” lanzó Doña Pepita con su varita mágica, y en ese instante, una lluvia de confeti de colores cayó sobre todos, llenando la plaza de sonrisas y risas.

Capítulo 6: Un final feliz

Desde ese día, en Colorín Colorado los dulces siempre estaban presentes, y la risa nunca faltó. Los niños recordaban la increíble aventura con Doña Pepita y sus dulces traviesos, y cada vez que alguien contaba un chiste, todo el mundo se reía a carcajadas.

Doña Pepita se convirtió en la bruja más querida del pueblo. Siempre estaba dispuesta a compartir su magia y a hacer reír a los demás. “El secreto de la magia”, decía, “es nunca dejar de reír”.

Y así, los niños aprendieron que la verdadera magia no venía solo de los hechizos, sino de la alegría y la risa que compartían juntos.

Cada año, Colorín Colorado celebraba el “Día de los Dulces Traviesos”, donde todos se reunían para contar chistes, disfrutar de caramelos y reír hasta que les doliera la barriga. Doña Pepita siempre estaba ahí, lista para hacer un nuevo lote de magia y diversión.

“¡Y colorín colorado, este cuento se ha acabado!” dijo Doña Pepita un día, mientras los niños aplaudían y reían.

Y así, cada vez que alguien mordía un dulce travieso, recordaban que, en Colorín Colorado, la risa y la magia nunca se acabarían.

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