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Cuento sobre la confianza en uno mismo 11/12 años Lectura 17 min.

Un paso valiente: la historieta de Lara

Lara, una joven dibujante insegura, enfrenta el miedo a mostrar su arte en la feria de talentos del colegio; con la ayuda de sus amigos, aprende a dar pequeños pasos para compartir sus dibujos e historias.

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Niña de 12 años, Lara: rostro redondo con pecas, cabello castaño recogido en coleta, mirada concentrada y sonrisa tímida, muestra un cuaderno verde abierto con dibujos en blanco y negro y una viñeta de una niña montando en bici; Paula, amiga de 12 años, pelo negro corto, expresión alentadora y manos juntas, está detrás a la derecha sonriendo; señora Manuela, mujer de ~50 años, piel clara, chaqueta azul y silbato, al fondo a la izquierda con manos cruzadas y mirada amable. Patio escolar al mediodía, suelo de hormigón claro con líneas de juego, mesas de madera, carteles coloridos y banco al sol; sombras marcadas de árboles. Escena: Lara de pie tras una mesa pequeña, cuaderno apoyado en una botella de agua, muestra viñetas a un grupo de alumnos que aplauden y se sorprenden, una viñeta muestra una rueda cómica y la última a la niña con las manos en alto triunfante. Ambiente: tonos pastel cálidos, luz suave con contrastes sol/sombra, texturas de papel visibles y trazos negros pronunciados. Plano medio centrado en Lara, profundidad con personajes secundarios ligeramente desenfocados y perspectiva baja para transmitir orgullo contenido. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1

Lara tenía doce años y una mochila que parecía pesar más cuando guardaba dentro su cuaderno de dibujo. No porque el cuaderno fuera grande. Era fino, de tapas verdes, con una esquina doblada. Lo que pesaba era la idea.

En casa dibujaba sin parar. En la mesa de la cocina, con el olor a tostadas. En su habitación, con la ventana medio abierta y el ruido lejano de motos. Dibujaba manos, zapatillas, hojas, caras inventadas. Dibujaba hasta los márgenes, como si el papel tuviera hambre.

Pero en el instituto… en el instituto el cuaderno se quedaba cerrado. Cerrado y quieto.

Ese lunes, la profesora de Lengua, la señorita Nerea, anunció:

—Esta semana empezamos “La feria de talentos”. Cada uno traerá algo que sepa hacer: un truco, una receta, un texto, una maqueta, lo que sea. El viernes lo compartiremos en el patio.

La palabra “patio” cayó como una canica en el suelo: sonó pequeña, pero se fue rodando por dentro de Lara todo el día.

Su amiga Paula le dio un codazo suave.

—Tú dibujas increíble. Llévate tu cuaderno.

Lara miró la punta de su lápiz, como si ahí estuviera la respuesta.

—No es para tanto.

—Eso dicen siempre los que son buenos —insistió Paula—. Además, no tienes que ser perfecta. Solo… tú.

Lara sonrió sin enseñar dientes. Se sintió como cuando una ola te moja los pies: no es peligroso, pero te hace dar un pasito atrás.

Al salir, en el pasillo, Marcos —que iba en su clase y tenía fama de hablar demasiado alto— anunció:

—Yo haré malabares con tres naranjas. Si no se me caen, lo grabo para la posteridad.

—Si se te caen, también —dijo alguien, y hubo risas.

Lara también se rió. Una risa pequeña, de las que no ocupan espacio.

En casa, esa tarde, abrió el cuaderno. Las hojas olían a goma de borrar y a tiempo. Pasó despacio. Un dibujo de su gato dormido. Un retrato de Paula con un diente torcido. Un montón de manos practicadas.

Y al final, su proyecto secreto: una historieta corta. Tres páginas. Sin color. Una niña que aprende a montar en bici. Caídas, rodillas raspadas, un final con las manos en el aire.

Lara lo miró mucho rato.

—¿De verdad voy a enseñar esto? —susurró.

No hubo respuesta. Solo el sonido de un lápiz rodando.

Pero esa noche, antes de dormir, pensó en la niña de su historieta. Pensó en sus rodillas raspadas. Y se dijo, muy bajito, como si se lo dijera a otra:

“Un paso. Solo un paso.”

Capítulo 2

El martes, Lara llevó el cuaderno al instituto. Lo metió en la mochila como quien guarda un vaso lleno: con cuidado, sin respirar demasiado.

En el recreo, el patio estaba vivo. Pelotas golpeando el suelo. Gritos que subían y bajaban. Un banco al sol donde las chicas de tercero se reían como si fueran campanas. Cerca de la cancha, el conserje barría hojas secas que volvían a escaparse, como si jugaran a no ser barridas.

Lara y Paula se sentaron en un rincón, al lado del mural de normas: “Respeta. Cuida. Comparte”.

Paula sacó una libreta.

—Yo voy a recitar un poema —dijo—. Uno que escribí. Me da miedo, pero me da más miedo no intentarlo.

—¿Y si se ríen? —preguntó Lara.

Paula se encogió de hombros.

—Que se rían. A veces la gente se ríe porque no sabe qué hacer con lo que siente.

Lara abrió la boca para responder, pero en ese momento se acercó Iván, con una pelota bajo el brazo.

—¿Qué vais a hacer para la feria? —preguntó.

Paula respondió rápido:

—Poema.

Iván asintió, como si fuera lo más normal del mundo.

—Guay. Yo haré un lanzamiento de triple. Bueno… lo intentaré. Si entro uno de cinco, ya me doy por contento.

Luego miró a Lara.

—¿Y tú?

El corazón de Lara hizo un salto de cuerda.

—No lo sé —dijo, y notó que la frase le quedaba grande y pequeña a la vez.

Iván señaló la mochila de Lara.

—¿Llevas algo ahí?

Lara apretó la cremallera con dos dedos.

—Nada.

Iván no insistió. Solo dijo:

—Pues si te sale algo, me lo enseñas. A mí me gusta ver cosas.

Y se fue botando la pelota. Botar, botar. Un sonido redondo.

Paula miró a Lara.

—No tienes que contarlo todo hoy. Pero podrías elegir una cosa pequeñita para enseñar primero.

—¿Como qué?

Paula pensó.

—Un dibujo sencillo. Un boceto. Una mano. Una zapatilla. Algo que no sea “tu gran obra”.

Lara se quedó callada. Le gustó la idea. Pequeñita. Ligera.

Esa tarde, en casa, buscó entre sus hojas sueltas y encontró un dibujo de un árbol del parque, con sombras hechas a lápiz. No era perfecto. En una rama, el trazo temblaba.

Lo miró con cuidado. Y, por primera vez, ese temblor no le dio vergüenza. Le pareció… humano.

Lo guardó en una carpeta. Como quien mete una piedrita en el bolsillo para tocarla cuando tenga miedo.

Capítulo 3

El miércoles, Lara decidió hacer una prueba.

En la biblioteca del instituto, el aire olía a papel viejo y a silencio. Los libros estaban alineados como soldados tranquilos. La bibliotecaria, la señora Alba, siempre hablaba bajito, como si las palabras también pudieran molestar.

Lara encontró una mesa al fondo. Sacó su carpeta y el dibujo del árbol. Se quedó mirando la hoja. Era como estar al borde de una piscina: sabes nadar, pero el primer paso al agua siempre está frío.

Paula llegó con una sonrisa y dos caramelos de menta.

—¿Lista?

—No —dijo Lara.

Paula le ofreció un caramelo.

—Entonces perfecta. “Lista” suena a examen. Esto suena a vida.

Lara soltó una risa breve.

—Eres rara.

—Gracias. Me esfuerzo.

Paula miró el dibujo.

—¡Qué bonito! La sombra parece de verdad, como si el sol estuviera justo aquí.

Lara se encogió.

—Está torcido.

—¿Y? Los árboles también crecen torcidos a veces.

En ese momento pasó la señorita Nerea por el pasillo de la biblioteca. Las vio y se acercó.

—¿Trabajando para la feria?

Paula asintió y, sin pedir permiso, deslizó el dibujo de Lara hacia la profesora.

—Mire esto.

Lara sintió calor en las orejas. Quiso decir “no”, pero la palabra no salió.

La profesora observó el árbol con calma, sin prisa. Luego levantó la vista.

—Lara, tienes buen ojo. Has mirado de verdad. Eso se nota.

Lara tragó saliva.

—Me da… cosa enseñarlo.

—Lo entiendo —dijo la profesora—. Mostrar algo propio es como abrir una ventana. Entra aire, sí, pero también entra luz. Y la luz ayuda a ver.

La bibliotecaria carraspeó suave, como un recordatorio de que aquí las emociones también debían hablar en voz baja.

La profesora devolvió el dibujo.

—No tienes que traer una obra maestra. Trae un proceso. Trae lo que estás aprendiendo. Eso también es talento.

Cuando la profesora se fue, Lara respiró, como si hubiera estado aguantando el aire sin darse cuenta.

—¿Ves? —susurró Paula—. Un paso. Solo un paso.

Lara miró el dibujo otra vez. Y sintió algo nuevo: no exactamente valentía, pero sí una pequeña cuerda en el pecho que no se rompía.

Por la tarde, en casa, Lara abrió su historieta de la bici. La leyó como si fuera de otra persona. Notó que en la segunda página la rueda era demasiado grande. Notó que en la tercera la sonrisa salía rara.

Cogió el lápiz.

—No pasa nada —se dijo—. Se puede mejorar.

Borró. Dibujó de nuevo. Volvió a borrar. Se equivocó. Se rió sola cuando le salió una rueda como una patata.

Y siguió.

Capítulo 4

El jueves amaneció con nubes bajas. El cielo parecía una sábana gris.

En el recreo, el patio estaba húmedo. Las líneas de la cancha brillaban. La pelota de Iván salpicaba al botar. Marcos practicaba con tres naranjas bajo el porche. Una se le cayó y rodó hasta un charco.

—¡Nooo! —gritó Marcos, dramático—. ¡Mi naranja ha decidido bautizarse!

Todos rieron. Hasta Lara.

Paula miró a Lara, y Lara supo que ese día tocaba algo más.

—¿Quieres probar a enseñárselo a alguien? Solo a una persona —propuso Paula.

Lara apretó la carpeta contra el pecho.

—¿A quién?

Paula señaló con la barbilla a la señora Manuela, la vigilante del patio, que siempre llevaba una chaqueta azul y un silbato que parecía un amuleto. Era seria, pero cuando sonreía se le formaban dos hoyuelos.

Lara dudó. La señora Manuela imponía un poco, como un semáforo: no te grita, pero manda.

Se acercaron. La señora Manuela las miró.

—¿Todo bien, chicas?

Paula habló:

—Estamos preparando la feria de talentos. Lara dibuja.

Lara sintió que Paula había abierto la ventana de golpe.

La señora Manuela alzó una ceja.

—¿Ah, sí?

Lara sacó el dibujo del árbol, despacio. Sus dedos estaban fríos.

—Solo es… un árbol del parque —murmuró.

La señora Manuela tomó la hoja con cuidado, como si fuera importante. La miró sin decir nada. Lara escuchó de lejos un balón contra una pared, un grito, el silbido de una zapatilla sobre el cemento.

—Este árbol —dijo por fin la señora Manuela— me recuerda al que había frente a mi casa cuando era niña. Me sentaba debajo a leer. Buen sitio para respirar.

Luego miró a Lara.

—Gracias por enseñármelo.

“Gracias.” No “qué bonito”, no “qué perfecto”. Gracias. Como si Lara hubiera regalado algo.

Lara notó que su estómago se aflojaba un poco. Como un nudo que decide deshacerse.

—De nada —dijo, y le salió una voz más clara.

Al alejarse, Paula le chocó suavemente el hombro.

—¿Ves? Nadie se ha desmayado. Nadie ha llamado a la policía del dibujo.

Lara soltó una carcajada corta.

—Qué tonta.

—Tonta no. Ensayando.

Esa tarde, Lara preparó lo que llevaría el viernes. Dudó entre el árbol y la historieta. El árbol era seguro, pequeño. La historieta era ella entera.

Se sentó en el suelo de su habitación, con el cuaderno abierto sobre las rodillas. Pensó en la niña de la bici. Pensó en las caídas.

Y decidió.

Puso una goma elástica alrededor del cuaderno, pero no demasiado apretada. Como si quisiera sujetarlo sin ahogarlo.

Capítulo 5

El viernes llegó con un sol tímido, como si también tuviera vergüenza.

En el patio habían colocado mesas. Había carteles hechos a mano. Un profesor llevaba un altavoz pequeño que hacía “piiip” al encenderse. Algunos alumnos habían traído instrumentos. Otros, bandejas con galletas. Una chica de primero enseñaba una maqueta de un volcán que no explotó, pero igual daba conversación.

Lara estaba detrás de la mesa de su clase. Su cuaderno verde estaba delante, apoyado contra una botella de agua para que no se cerrara.

Paula le apretó la mano.

—Respira. Mira: inhalas, exhalas. Como olas. Una, dos.

Lara obedeció. El aire olía a hierba y a bocadillos.

La señorita Nerea anunció:

—Recordad: aquí no venimos a competir. Venimos a compartir.

Marcos salió primero. Las naranjas volaron. Se le cayó una. Luego otra. Al final consiguió tres giros seguidos y levantó los brazos como si hubiera ganado un campeonato mundial.

—¡Gracias, gracias! —dijo—. Autógrafos a la salida.

Risas. Aplausos. Lara sintió que la gente aplaudía el intento, no la perfección. Eso le hizo cosquillas en el pecho.

Iván hizo su lanzamiento de triple. Falló el primero. Falló el segundo. Encestó el tercero y se quedó quieto, sorprendido de sí mismo.

—¡Uno de tres! —gritó—. ¡Mejor de lo que prometí!

Paula recitó su poema. Su voz tembló al principio, como una hoja con viento. Luego se afirmó. Las palabras salieron limpias y sencillas. Cuando terminó, se hizo un silencio breve, y después un aplauso que sonó de verdad.

La señorita Nerea miró a Lara, sin presionarla. Solo con una pregunta suave en los ojos.

Lara se levantó. El suelo parecía más duro. El patio, más grande. Notó su corazón golpeando como si alguien tocara a la puerta desde dentro.

—Yo… —empezó, y la voz se le hizo pequeña.

Vio a la señora Manuela al fondo, con los brazos cruzados y una media sonrisa. Vio a Paula, firme como un poste. Vio a Iván, que levantó el pulgar sin hacer ruido.

Lara abrió el cuaderno por la primera página de la historieta.

—He hecho una historia corta —dijo—. Es sobre aprender a montar en bici.

Tragó saliva. Y empezó a leer los bocadillos, mostrando los dibujos.

En la primera viñeta, la niña decía: “Hoy sí.” En la segunda: “Uy.” En la tercera: “Au.” Alguien soltó una risa pequeñita cuando la rueda-patata apareció en una esquina, porque Lara la había dejado a propósito, como un chiste secreto.

—Esa rueda está… especial —murmuró Marcos.

—Es una rueda con personalidad —respondió Lara, y el patio rió con ella, no de ella.

En la página final, la niña de la historieta levantaba las manos y gritaba: “¡Mira, mamá!” Y la madre respondía: “Te veo. Te creo.”

Lara terminó. Cerró el cuaderno despacio.

Hubo aplausos. No ensordecedores. No de concierto. Aplausos cálidos, como una manta.

La señorita Nerea dijo:

—Gracias, Lara. Has sido valiente. Y has mostrado algo muy importante: cómo se aprende.

Lara se sentó otra vez. Notó que sus manos ya no temblaban tanto. Se sintió ligera, como si la mochila por fin pesara lo que debía.

Capítulo 6

Esa tarde, el cielo estaba claro. Lara caminó a casa con Paula. Las sombras de los árboles se estiraban en la acera como gatos perezosos.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Paula.

Lara buscó la palabra exacta.

—Como… tranquila. Y un poco orgullosa. Pero sin explotar, ¿sabes? Como una vela encendida, no como un fuego artificial.

Paula asintió.

—Orgullo calmado. Me gusta.

Cuando Lara llegó a casa, dejó la mochila en el suelo sin cuidado, por primera vez en mucho tiempo. Abrió el cuaderno y lo puso sobre la mesa de la cocina. Su madre estaba cortando tomates.

—¿Qué es eso? —preguntó.

Lara respiró.

—Mi historieta. La enseñé en el patio.

Su madre se limpió las manos y se acercó. Leyó despacio, sonriendo en las partes graciosas, frunciendo un poco el ceño en las caídas, como si le dolieran a ella también.

Al terminar, miró a Lara.

—Te veo —dijo—. Te creo.

Lara sintió un nudo en la garganta, pero esta vez no apretaba. Era un nudo suave, como cuando te emocionas y no pasa nada.

Esa noche, ya en la cama, Lara pensó en la semana. En el primer miedo. En el dibujo del árbol. En el “gracias” de la señora Manuela. En el aplauso del patio. En la rueda-patata que había hecho reír.

Se dijo, con los ojos casi cerrados:

“No tengo que ser perfecta. Tengo que estar. Tengo que intentar. Un paso. Otro paso.”

El silencio de su habitación la arropó. Afuera, la ciudad siguió haciendo sus ruidos pequeños. Adentro, Lara se durmió con una alegría tranquila, redonda, como una piedra lisa en el bolsillo.

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Conserje
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Bibliotecaria
Persona que organiza libros y ayuda a buscar lecturas en la biblioteca.
Viñeta
Cada dibujo o cuadro separado dentro de una historia dibujada.
Historieta
Una historia contada con dibujos y textos en varias viñetas.
Carpeta
Funda o cuaderno donde se guardan hojas sueltas y dibujos.
Altavoz
Aparato que hace la voz más fuerte para que todos la oigan.
Aplausos
Sonido que hacen las manos al aplaudir para mostrar alegría o apoyo.
Silbato
Pequeño instrumento que hace un sonido agudo al soplar.
Márgenes
Espacios en blanco que quedan alrededor del texto en una hoja.
Carraspeó
Movimiento o sonido de garganta para aclarar la voz, suave.
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