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Cuento sobre la confianza en uno mismo 11/12 años Lectura 16 min. (1)

La lista de “todavía no” de Mara

Mara, una niña tímida con una libreta de “todavía no”, pasa un fin de semana en un refugio de montaña donde enfrenta sus miedos, aprende a poner límites y a confiar en su propio ritmo con la ayuda de sus compañeras.

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Niña de 12 años de rostro dulce con pecas y trenza castaña, tímida pero orgullosa, de pie inclinada hacia adelante con gestos tranquilos sosteniendo un pequeño cartel de cartón; su amiga Lila (12), con coleta negra y sonrisa alentadora, sentada detrás en la mesa a la derecha, extiende la mano como diciendo «tú puedes»; Nora (~14), adolescente rubia de pelo corto, está a la izquierda sosteniendo ahora el cartel con aire cómplice y protector; un animador adulto (~35), con pelo corto y chaqueta polar, al fondo junto a una pizarra, brazos cruzados y sonrisa leve; lugar: gran sala refugio de madera con paredes cálidas, mesa rústica, ventana abierta con luz dorada de tarde y vista a pinos y mirador, sobre la mesa mapas, brújulas y tazas; situación: presentación del cartel del grupo en ambiente íntimo y sereno con niños atentos, sillas redondas, piedras y lámparas amarillas que crean sombras suaves; paleta y estilo: acuarela suave en tonos cálidos de madera, verdes de bosque, ocres y azul pálido, lavados difuminados, trazos delicados y texturas granuladas, expresiones claras y composición centrada en la niña de 12 años. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: La lista de “todavía no”

Mara tenía once años y una libreta azul donde escribía cosas importantes: tareas, horarios, recetas fáciles… y una lista secreta.

La llamaba la lista de “todavía no”.

Todavía no me atrevo a levantar la mano en clase.

Todavía no me sale hablar delante de todos.

Todavía no sé decir “no” sin sentirme mala.

Ese jueves, en el pasillo del colegio, la orientadora pegó un cartel: “Fin de semana en el refugio de montaña. Aprenderemos a orientarnos, a cuidar el entorno y a trabajar en equipo”.

A Mara le gustó la idea como le gustan las cosas desde lejos. Bonitas… pero lejos.

—¿Te apuntas? —preguntó su amiga Lila, con la mochila abierta como una boca hambrienta de planes.

Mara se encogió de hombros.

—No lo sé.

—Vamos, será divertido. Además, tú dibujas mapas genial.

Mara se tocó la punta de la trenza, ese gesto que hacía cuando el corazón iba más rápido que sus palabras.

—Dibujo en mi mesa. No delante de gente.

Lila se rió, sin burla, con un brillo amable.

—Bueno, pues dibujas en el refugio. En una mesa nueva.

Mara respiró hondo. No quería prometer cosas enormes. Quería prometer cosas posibles.

—Me lo pienso. Pero… si voy, necesito una cosa.

—¿Cuál?

—Que si me agobio, me dejes estar sola un rato. Sin preguntarme mil veces si estoy bien.

Lila levantó una mano como si jurara ante un juez imaginario.

—Trato hecho. Tú mandas en tu “modo pausa”.

Esa tarde, en casa, Mara enseñó el papel a su madre. La cocina olía a sopa y a pan tostado, olor de refugio sin montaña.

—Me da miedo —dijo Mara, directa, porque con su madre era más fácil.

—¿Miedo a qué exactamente? —preguntó su madre, secándose las manos.

Mara miró la mesa. Las migas parecían islas.

—A quedarme atrás. A que se rían. A… a no saber qué hacer.

Su madre se sentó con ella.

—El valor no siempre hace ruido. A veces solo dice: “Voy a intentarlo un poquito”. Tú puedes ir con tu poquito.

Mara abrió su libreta azul y escribió, despacio, como quien planta una semilla:

“Todavía no. Pero quizá este fin de semana sí”.

Capítulo 2: Mochila, nudo y límites

El viernes por la tarde, Mara preparó la mochila con precisión de científico: cantimplora, chubasquero, calcetines de repuesto, la libreta azul, un lápiz bien afilado y un pequeño peluche de foca que casi no ocupaba espacio.

Su madre la miró de reojo.

—¿La foca también va al refugio?

—Es discreta —dijo Mara—. No habla con nadie.

—Perfecto. Yo tampoco hablaría con nadie a las diez de la noche.

Mara sonrió. Una sonrisa corta, pero real.

En el punto de encuentro había un autobús y un montón de voces. Voces que chocaban entre sí como pelotas. Mara notó cómo el sonido le subía por el pecho.

Lila apareció agitando la mano.

—¡Mara! Te guardé sitio al lado de la ventana.

Mara subió. Se sentó. Pegó la frente al cristal frío. El paisaje empezó a moverse: casas, rotondas, árboles que se volvían más altos, más verdes, más cerca del cielo.

El profesor acompañante, Pablo, contaba las normas con voz de campamento:

—Respeto, cuidado del entorno, y si alguien necesita parar, se para. ¿De acuerdo?

Mara levantó la mirada. “Si alguien necesita parar, se para.” Eso era una frase que cabía en el bolsillo.

Cuando llegaron al refugio, el aire olía a pino y a tierra húmeda. El edificio era de piedra y madera, con ventanas que reflejaban el último sol como si guardaran brasas.

Dentro, el suelo crujía. Había literas. Mantitas dobladas. Un tablón con mapas y una caja de linternas.

—Hoy repartimos habitaciones, y luego una ruta cortita hasta el mirador —anunció Pablo—. Nada de carreras.

A Mara le asignaron litera de arriba. Miró la escalera.

—Yo… prefiero abajo —dijo, muy bajo.

Una niña mayor, Nora, levantó una ceja.

—¿Te da miedo?

Mara sintió un pinchazo de vergüenza, como una espina diminuta.

Lila habló antes, tranquila.

—A Mara le va mejor abajo. Ya está.

Pablo asintió.

—Cambiad si os parece. Cada uno conoce su cuerpo y sus límites.

Nora encogió los hombros.

—Me da igual. Yo subo.

Mara soltó el aire que no sabía que estaba guardando. “Poner límites” no había hecho explotar nada. Nadie se había enfadado. El refugio seguía en pie. El mundo también.

Esa noche, antes de la ruta, Mara abrió la libreta azul y escribió otra frase:

“Decir lo que necesito también es valentía”.

Capítulo 3: La ruta del mirador y el paso pequeño

El grupo salió en fila. El sendero era estrecho, con piedras lisas y raíces como dedos que asomaban del suelo. El viento movía las hojas con un susurro constante, como si el bosque contara un secreto largo.

—Vamos a ritmo de conversación —dijo Pablo—. Si no podéis conversar, vais demasiado rápido.

—¿Y si no quiero conversar? —preguntó alguien.

—Entonces vas perfecto —respondió Pablo, y varias risas aflojaron el aire.

Mara caminaba detrás de Lila. Intentaba mirar lejos, no solo a sus zapatos. El cielo se veía entre las ramas, azul y frío.

A mitad de subida, el camino se empinó. Algunos empezaron a adelantar. Mara sintió la prisa ajena como una ola empujándola por la espalda.

Sus piernas se tensaron. Su garganta también.

Lila se giró.

—¿Cómo vas?

Mara apretó los labios. Quería decir “bien” para no molestar. Pero recordó la frase del autobús. Recordó el “si alguien necesita parar”.

—Necesito… un minuto —dijo.

No fue un grito. Fue un hilo. Pero era suyo.

Lila levantó dos dedos, como señal.

—Pablo, pausa de un minuto.

Pablo se detuvo sin drama.

—Pausa. Bebed agua. Mirad alrededor. El bosque no se va a ir.

Mara bebió un sorbo. Escuchó su respiración. Se fijó en una piedra manchada de verde. En una hormiga cargando algo diez veces su tamaño.

“Pequeños pasos”, pensó. “Pequeños pasos”.

Cuando reanudaron, Mara avanzó contando mentalmente: uno, dos, tres, cuatro… y luego otro “uno”. Como si cada tramo fuese un comienzo nuevo.

En el mirador, el valle se abrió como un libro. Había casas minúsculas, una carretera fina, una cinta de río que brillaba.

—Parece un mapa de verdad —dijo Lila.

Mara sacó el lápiz y, sin pensarlo demasiado, dibujó una línea rápida del sendero en su libreta. Una línea con curvas, con pausas. Una línea que llegaba.

Nora se asomó.

—¿Lo has hecho tú?

Mara dudó. El “todavía no” se le subió a la lengua. Pero el dibujo estaba ahí, como un hecho.

—Sí.

Nora miró el valle.

—Te quedó bien. Yo no sé dibujar ni un palo recto.

Mara soltó una risa corta.

—Los palos de los árboles tampoco son rectos. Y mira qué bien les va.

Nora sonrió. Y, por primera vez, Mara sintió que su voz no era un problema. Era una herramienta. Una pequeña herramienta.

Capítulo 4: Niebla en el sendero y voz temblorosa

Al día siguiente, el refugio olía a cacao y a calcetines húmedos, combinación rara pero real. Fuera, la niebla se había instalado entre los árboles, blanca y espesa como leche.

—Hoy haremos orientación cerca del refugio —explicó Pablo—. En parejas. Con mapa y brújula. Siempre a la vista de los demás.

A Mara le tocó con Nora. Lila se fue con otro compañero y guiñó un ojo antes de separarse: “Tú puedes”.

Mara miró la brújula. La aguja temblaba, como su estómago.

—Yo… puedo leer el mapa —dijo—, pero no quiero correr.

Nora, que parecía más alta cuando estaba segura, asintió.

—Vale. Yo tampoco quiero correr. Me caí una vez corriendo y me comí un arbusto entero. No lo recomiendo.

Mara soltó una carcajada. La niebla se sintió un poco menos cerrada.

Caminaron siguiendo las marcas: un tronco con pintura, una roca con una señal. Mara iba comprobando la orientación con cuidado. La brújula era sencilla, pero exigía atención. Como muchas cosas.

De pronto, escucharon voces más lejos. Un grupo se había adelantado y la niebla se los tragaba en trozos.

Nora frunció el ceño.

—Creo que nos estamos separando.

Mara miró alrededor. Los árboles parecían repetirse, como si el bosque hiciera copias de sí mismo.

El corazón le dio un salto. En su cabeza apareció una frase antigua: “No vas a poder”.

Entonces recordó otra, más nueva: “Cada uno conoce sus límites”.

Mara se plantó, firme.

—Paramos aquí —dijo. Su voz tembló, pero no se rompió—. No me siento segura avanzando sin ver al grupo.

Nora abrió la boca, como si fuera a discutir. Luego miró la niebla.

—Tienes razón.

Mara levantó la mano y pitó con el silbato que les habían dado. Un pitido breve, claro. Uno. Dos. Tres, con pausa.

Al poco, la silueta de Pablo apareció entre los troncos.

—Buena decisión —dijo—. ¿Qué pasó?

Mara tragó saliva.

—No veíamos al grupo. Preferí parar.

Pablo asintió, serio y tranquilo.

—Esto es orientación de verdad: saber cuándo avanzar y cuándo esperar. No es cobardía. Es inteligencia.

La palabra “inteligencia” le calentó el pecho a Mara, como el cacao de la mañana.

Volvieron al refugio por un camino más corto. Mara caminó despacio, pero caminó. Y cada paso parecía decir: “Aquí estoy. Sigo”.

Capítulo 5: El taller del refugio y el “me atrevo”

Por la tarde, ya sin niebla, el refugio se llenó de un ruido agradable: lápices, tijeras, el chasquido de la cinta adhesiva. Era el taller final: construir un panel con recomendaciones para futuras salidas.

Pablo repartió cartulinas.

—Quiero que cada equipo aporte una idea útil. Algo que no esté en los libros, algo que aprendisteis con el cuerpo.

Mara pensó en la pausa en el sendero. En el silbato. En la litera de abajo.

Nora empujó suavemente la cartulina hacia Mara.

—Tú escribes bonito. Y dibujas.

Mara sintió ese viejo impulso de esconderse detrás de un “no”. Pero también sintió otra cosa: ganas de hacerlo bien, a su manera.

—Lo hago, pero… despacio —dijo.

—Despacísimo —aceptó Nora—. Yo pego y recorto, que es más peligroso. Las tijeras me tienen manía.

Mara escribió con letras claras:

“Consejo 1: Si necesitas parar, dilo. Parar a tiempo te ayuda a seguir”.

“Consejo 2: Camina a tu ritmo. El ritmo de otros no es una obligación”.

“Consejo 3: Decir ‘no' también cuida al grupo”.

Después dibujó un mapa pequeño del refugio con el mirador, el sendero y un puntito que decía “Pausa”. Un puntito muy importante.

Cuando llegó el momento de presentar, Pablo miró alrededor.

—¿Quién quiere explicar su panel?

Hubo un silencio breve. Mara notó la libreta azul en su bolsillo, como un peso conocido.

Lila la miró desde el otro lado y movió los labios: “Un poquito”.

Mara levantó la mano. No hasta el techo. Solo lo suficiente.

—Yo puedo —dijo.

Se puso de pie. Sintió la mirada del grupo, pero también sintió el suelo firme bajo sus zapatillas.

—Nuestro panel habla de algo sencillo —explicó, marcando el ritmo con respiraciones—. Que parar no es rendirse. Que poner límites ayuda. Y que avanzar, aunque sea despacio, cuenta.

Nora levantó el panel, orgullosa.

—Y que las tijeras son traicioneras —añadió, y el grupo rió.

La risa no fue un golpe. Fue una manta.

Mara se sentó de nuevo. El corazón seguía rápido, pero ya no parecía un enemigo. Parecía un tambor diciendo: “Lo hiciste”.

En su libreta azul, esa noche, escribió:

“Hoy me atreví un poquito. Y fue suficiente”.

Capítulo 6: Luces bajas y un final que se apaga

La última noche en el refugio llegó con una calma suave. Fuera, el aire era frío y olía a humo lejano. Dentro, las lámparas tenían luz amarilla, como si alguien hubiera guardado pedacitos de tarde en bombillas.

Después de cenar, algunos jugaron a las cartas. Otros charlaron en voz baja. Mara se sentó junto a la ventana con su foca de peluche en el regazo. La foca, discreta como prometió, no dijo nada.

Lila se acercó con dos tazas de infusión.

—Para dormir mejor —susurró—. Sabe a hierba que intentó ser limón.

Mara olió la taza y puso cara seria.

—Confirmo: es una hierba con sueños.

Se rieron bajito. La risa se quedó ahí, pequeña y tibia.

—Estoy orgullosa de ti —dijo Lila—. Lo de levantar la mano… y lo del silbato.

Mara miró la oscuridad entre los árboles. No era una oscuridad que asustara tanto. Era una oscuridad que descansaba.

—No fue perfecto —admitió.

—¿Y qué? —Lila dio un sorbo—. Perfecto es aburridísimo. Además, tú hiciste lo más difícil: escuchar lo que necesitabas.

Mara pensó en su lista de “todavía no”. Ya no le parecía una pared. Le parecía una escalera.

En la habitación, las literas crujieron con el peso de los cuerpos cansados. Alguien bostezó largo. Pablo apagó una lámpara, luego otra.

—Buenas noches. Recordad: mañana volvemos. Y lo que aprendisteis aquí se lo llevan en la mochila, aunque no pese.

Mara se metió en su saco. La tela olía a detergente y a aventura suave. Sacó la libreta azul por última vez y escribió, con letras pequeñas para no despertar a nadie:

“Confío en mí cuando me trato con paciencia”.

“Puedo ir paso a paso”.

“Puedo decir lo que necesito”.

Cerró la libreta. Guardó el lápiz. Acarició a la foca.

—Misión cumplida —murmuró.

La respiración de Lila, en la litera de al lado, sonaba tranquila. Afuera, el viento peinaba los pinos. Dentro, el refugio crujía como un barco seguro.

Mara cerró los ojos. La luz terminó de apagarse. Y su pensamiento final, suave como una manta, fue una frase repetida, calmada, verdadera:

“Un poquito es suficiente. Un poquito es suficiente”.

Luego todo se quedó en silencio, y el silencio también la cuidó.

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Orientadora
Persona del colegio que ayuda a los alumnos con consejos y actividades.
Refugio de montaña
Edificio sencillo en la montaña donde se puede dormir y descansar.
Cantimplora
Recipiente para llevar agua en las excursiones o paseos largos.
Chubasquero
Prenda ligera e impermeable que protege de la lluvia.
Litera
Cama doble con una cama arriba y otra abajo, como en los albergues.
Brújula
Instrumento que señala el norte para ayudar a orientarse en el campo.
Mirador
Lugar alto desde donde se puede ver el paisaje o el valle abajo.
Silbato
Pequeño objeto que suena al soplar, usado para llamar la atención.
Cartulinas
Hojas gruesas de papel, usadas para hacer carteles o manualidades.
Orientación
Actividad de seguir un mapa y señales para no perderse en el campo.

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