Parte 1: Un elefante que va al revés
El elefante Trompo no caminaba como los demás. No, no, no. Trompo caminaba hacia atrás, con la trompa en alto y una risa que sonaba como “¡pruu-pruu-jajá!”. Daba un paso, luego otro… ¡pero en dirección contraria!
En la pradera, los animales ya lo conocían.
—¡Trompo! —gritó una cebra con rayas muy derechas—. ¡Vas al revés otra vez!
—¡No voy al revés! —dijo Trompo, sin dejar de retroceder—. ¡Voy en modo sorpresa!
Y entonces, ¡pum! Su enorme trasero chocó suavemente con un arbusto. Del arbusto salió disparada una nube de hojas, como si el arbusto hubiera estornudado.
—¡Aachís de hojas! —se rió un mono.
Trompo aplaudió con las orejas, que le hacían “flap, flap”.
—¿Ves? ¡Sorpresa! —dijo, y siguió andando hacia atrás… directo hacia un charco.
¡PLAF!
Sus patas hicieron una música de barro: “chof, chof, chof”.
—¡Oh! —dijo una voz finita y emocionada—. ¡Eso ha sido un chof muy bonito!
Trompo se giró un poquito (solo un poquito, porque girarse del todo le parecía “demasiado normal”) y vio a una rana pequeña con un sombrerito verde. El sombrero tenía una pluma que parecía un pepinillo.
La rana llevaba un cuaderno, un lápiz y… ¡una regla! Una regla para medir charcos.
—Soy Pipa —dijo la rana—. Cartógrafa de charcos. Hago mapas de dónde están, cómo brillan y qué tan “chof” suenan.
—¿Mapas de charcos? —Trompo abrió mucho los ojos—. ¡Eso suena importantísimo y resbaladizo!
—Lo es —respondió Pipa muy seria, pero se le escapó una sonrisa—. Y tú acabas de hacer un “chof” con firma de elefante. Quiero apuntarlo.
Trompo volvió a reír, caminando hacia atrás en círculos pequeñitos.
—Yo me llamo Trompo. Y soy… eh… especialista en caminar al revés y encontrar cosas sin mirar.
—Eso también es bastante especial —admitió Pipa—. Necesito ayuda. Hoy tengo que terminar el Gran Mapa de los Charcos Saltarines antes de que el sol se vaya a dormir.
Trompo se detuvo. Bueno, se detuvo hacia atrás, que es un tipo de detenerse distinto.
—¡Equipo! —dijo Trompo—. Tú haces mapas. Yo hago “pruu-pruu-jajá” y… encuentros inesperados.
—Trato hecho —dijo Pipa, y le dio el lápiz como si fuera una espada—. Pero cuidado: los charcos se mueven un poquito cuando nadie mira.
—¡Perfecto! Yo casi nunca miro hacia donde voy —respondió Trompo feliz.
Y así, el elefante que caminaba hacia atrás y la cartógrafa de charcos empezaron su aventura, con los pies ya un poco marrones y el corazón muy ligero.
Parte 2: El charco que hacía cosquillas
Caminaron (bueno, Trompo caminó hacia atrás y Pipa a su lado, saltando) hasta una zona donde el suelo parecía un espejo roto: charcos por todas partes, grandes y pequeños, redondos como galletas y largos como serpientes dormidas.
Pipa abrió su cuaderno.
—Primero, el Charco Redondo Número Uno —dijo—. Hay que medirlo.
Puso la regla en el borde. Trompo, para ayudar, dio dos pasos hacia atrás… y sin querer se sentó en el charco.
—¡PLOP! —sonó como una burbuja gigante.
Pipa se quedó con la boca abierta.
—¡Trompo! ¡Has hecho un charco-sillón!
Trompo se levantó con cuidado. El charco, ahora, tenía forma de elefante aplastado. ¡Parecía una almohada mojada!
—¿Eso cuenta como mapa? —preguntó Trompo, orgulloso.
—Cuenta como… arte acuático —dijo Pipa, anotando rápido—. “Charco con forma de panqueque elefantil”.
En ese momento, el charco hizo una cosa rarísima: le hizo cosquillas a la pata de Trompo. Sí, cosquillas. Como si el agua tuviera dedos.
—¡Jijijí! —rió Trompo—. ¡El charco me está diciendo hola!
El charco burbujeó: “blup-blup”.
—Creo que quiere jugar —dijo Pipa, inclinándose—. Los charcos saltarines a veces… saltan.
—¡Que salte! —dijo Trompo. Dio un paso hacia atrás, y otro, y otro, riéndose.
Pipa levantó su lápiz como si fuera un micrófono.
—Charco Redondo Número Uno, ¡activa modo salto!
El charco tembló. Luego… ¡boing! Saltó un poquito, como gelatina. Una gota le cayó a Pipa en la nariz.
—¡Plic! —hizo la gota.
Pipa estornudó:
—¡Achu-charco!
Trompo se dobló de risa y, sin mirar, retrocedió directo hacia un charco finito y largo.
—¡Cuidado! —gritó Pipa—. Ese es el Charco Serpentina.
Demasiado tarde.
—¡Sssplaaash! —Trompo se resbaló y, por un segundo, pareció que estaba patinando… pero hacia atrás.
—¡Mira, mira! —Pipa apuntó—. ¡Patinaje elefantil inverso!
Trompo agitó la trompa como un timón.
—¡Estoy manejando el barco del barro! —gritó.
El Charco Serpentina, orgulloso, se estiró más, como queriendo ser pista de patinaje. Trompo patinó hacia atrás y terminó chocando con suavidad contra un montículo de arena.
—¡Pof! —dijo el montículo, como si fuera un cojín.
Trompo quedó con un bigote de barro en la trompa. Pipa se rió tanto que casi se le cae el sombrero de pepinillo.
—Esto hay que dibujarlo —dijo—. “Ruta del Elefante hacia Atrás: curva chof, giro pof, final jajá”.
Siguieron avanzando entre charcos. Algunos eran tímidos y solo brillaban. Otros hacían “plip” cuando Pipa los saludaba. Uno incluso les devolvió el saludo con un pequeño “plop” en forma de corazón.
—Los charcos hoy están contentos —dijo Pipa.
—Es porque vamos juntos —dijo Trompo, sin darse cuenta de lo importante que sonaba, y luego añadió—: ¡y porque yo les cuento chistes con mi trasero!
Pipa le dio un golpecito amistoso en la pata.
—Siguiente: el charco más difícil. El Charco Camaleón.
—¿Por qué es difícil? —preguntó Trompo, retrocediendo ya con ganas.
Pipa señaló un sitio donde, aparentemente, no había nada.
—Porque se esconde.
Parte 3: El mapa que se escapaba
—No veo ningún charco —dijo Trompo, mirando… hacia atrás. O sea, mirando a la pradera de antes.
—Exacto —susurró Pipa—. El Charco Camaleón se disfraza de suelo seco. Solo se descubre con una técnica secreta.
Pipa sacó una pequeña ramita y la movió como si fuera una varita mágica.
—Técnica secreta número uno: ¡preguntar con educación! —anunció—. Buen día, señor Charco Camaleón. ¿Está usted por aquí?
Silencio. Ni “plip”.
Trompo decidió ayudar a su manera. Se puso muy serio, lo cual en un elefante lleno de barro es bastante gracioso.
—Charco Camaleón —dijo—, si estás ahí… ¡te voy a hacer cosquillas con mi risa!
Y soltó su mejor “pruu-pruu-jajá”, tan fuerte que un pájaro se cayó de una rama… pero se salvó porque cayó en un charquito y salió diciendo:
—¡Qué buen aterrizaje! —y siguió volando.
De repente, el suelo “seco” hizo “glup”.
La tierra se volvió brillante, como si alguien hubiera pintado un espejo en el suelo. ¡Apareció el Charco Camaleón!
—¡Ajá! —exclamó Pipa—. ¡Te pillé!
El charco, como si fuera tímido, trató de encogerse. Pipa se agachó rápido y dibujó su forma en el cuaderno. Trompo, para no pisarlo, dio un paso hacia atrás… y pisó justo el borde.
—¡Chiqui-chof! —sonó, pequeñito.
El Charco Camaleón, ofendido, cambió de sitio. Se deslizó como una alfombra mojada y apareció dos pasos más allá.
—¡Se está escapando! —dijo Pipa—. ¡El mapa no puede moverse!
—¡Pues lo perseguimos! —dijo Trompo alegre—. ¡Yo soy muy bueno persiguiendo cosas sin verlas!
Pipa empezó a correr detrás del charco, pero en mini saltos. Trompo la siguió… hacia atrás, claro, lo que hizo que pareciera que estaba huyendo de Pipa mientras la ayudaba.
—¡Trompo, ven! —gritó Pipa.
—¡Estoy viniendo al revés! —contestó él, riéndose.
El Charco Camaleón hizo una travesura: se dividió en tres charcos pequeñitos.
—¡Oh no! —dijo Pipa—. ¿Cuál es el verdadero?
Los tres charcos hicieron “plip” al mismo tiempo, como si se rieran en secreto.
Trompo se quedó quieto. Cerró los ojos y levantó la trompa como un detector de aromas.
—Yo puedo oler… —dijo—. Huele a barro, a hojas y a… ¡a pepinillo!
Pipa tocó su sombrero.
—¡Mi pluma-pepinillo!
Trompo siguió olfateando, dando pasitos hacia atrás muy despacio, como si bailara.
—El charco verdadero está… cerca de tu nariz —dijo.
Pipa miró los tres charcos. Uno de ellos tenía una gotita pegada que olía a pepinillo: ¡la gota que le había caído antes!
—¡Ese! —señaló Pipa, y saltó hacia el charco correcto.
El charco intentó deslizarse, pero Trompo, sin mirar, puso su pata justo delante… bueno, detrás de él, pero delante del charco. Le cortó el camino sin querer y con mucha elegancia.
—¡Uy! —dijo Trompo—. Creo que lo atrapamos.
El Charco Camaleón se quedó quieto, como diciendo: “Bueno, vale”.
Pipa dibujó rápido su forma y le puso un nombre en el mapa: “Charco Camaleón: aparece cuando alguien ríe de verdad”.
El sol ya estaba bajando, pintando el cielo de naranja como un jugo gigante.
—¡Lo logramos! —dijo Pipa, mostrando su cuaderno lleno de líneas, círculos y manchas de barro.
Trompo miró el mapa al revés (porque todo lo suyo iba al revés).
—¡Qué bonito! —dijo—. Parece un montón de galletas mojadas con caminos de chocolate.
Pipa cerró el cuaderno con cuidado.
—Mañana lo pasaré a limpio. Pero hoy… hoy quiero celebrar.
—¡Yo también! —gritó Trompo—. ¡Propongo el Juego del Paseo Inverso!
—¿Cómo se juega? —preguntó Pipa.
—Muy fácil —dijo Trompo—. Tú eliges un charco y yo intento llegar caminando hacia atrás sin caerme… o cayéndome con estilo.
Pipa se rió.
—Y yo lo mapeo todo, para recordar las mejores caídas.
Los charcos alrededor hicieron “plip-plip” felices, como aplausos chiquitos.
Trompo se acercó a Pipa y bajó la voz, como si contara un secreto brillante.
—Prometemos más juegos, ¿sí? Más charcos, más mapas, más risas… y quizá un concurso de bigotes de barro.
Pipa le chocó la mano con su patita.
—Prometido. Mañana, después de la siesta del sol.
Y mientras el cielo se ponía suave y rosado, el elefante que caminaba hacia atrás y la cartógrafa de charcos se fueron juntos, dejando huellas mojadas y risas saltarinas por el camino.