Capítulo 1: El pastel que se fue de paseo
Ratoncito Malín salió de su casa con las patitas muy limpias y una gran sonrisa. Había horneado un pastel raro: redondo, con lunares de mermelada y una vela que hacía cosquillas. Lo dejó en la mesa un segundo. Un segundo que fue suficiente.
—¡Eh! —gritó Malín al volver—. ¿Dónde está mi pastel?
La ventana estaba abierta. Había migas como una pista pequeña y brillante. Malín lamió sus bigotes y dijo:
—¡A buscar se ha dicho!
Saltó por la acera, olfateó y preguntó a la Rana Saltarina que estaba en un charco.
—¿Has visto un pastel redondo con lunares? —preguntó Malín.
—No, pero encontré una miguita y la uso como balsa —dijo la rana—. ¿Quieres remar?
Malín negó con la cabeza y siguió. Las migas formaban un hilo brillante que cruzaba la plaza. Cada animal tenía una idea más loca que la anterior. La búsqueda comenzaba con mucha risa.
Capítulo 2: Pistas y payasadas
Primero se topó con la Gallina Tika, que picoteaba una miga enorme.
—¡Qué miga! —cacareó ella—. ¿Tú eres el pastelero?
—Soy el dueño —dijo Malín—. ¿Lo viste pasar?
—No, pero lo vi rodando —contestó Tika—. Iba muy elegante. Parecía... ¡un sombrero!
Malín se tocó la cabeza con sus patitas y siguió. La pista llevó hasta el Bosque de los Sonidos, donde el Loro Lulo repetía todo lo que oía.
—Pastel, pastel, pastel —dijo Lulo en todas direcciones—. ¡Pastel va! ¡Pastel viene!
Unos caracoles construían una casita con migas. Las hormigas usaban una mini porción como barca de carreras. Un erizo llevaba una mini vela clavada en su lomo como si fuera una señal. Todo era un desfile de ideas tontas. Cada animal encontraba al pastel útil de una forma cómica y nadie quería lastimar nada.
De pronto, Malín vio huellas grandes y redondas que no eran de ratón. Eran huellas de... ¿Elefante?
—¡Señor Elefante! —llamó Malín—. ¿Ha visto mi pastel?
—Yo no, pero mis orejas sostuvieron algo dulce esta mañana —dijo el Elefante con voz profunda—. Lo usé para abanicarme. Era muy fresco.
Malín se rascó la oreja. Las huellas llevaban hacia el estanque donde la Tortuga Trufa tomaba el sol con algo encima de su caparazón. Malín corrió. Su corazón latía como un tambor pequeño.
Capítulo 3: El gran final pegajoso
La Tortuga Trufa no sabía que llevaba un tesoro. Había encontrado el pastel dormido, pensó que era un timbre de picnic y se sentó encima. El pastel no protestó. Estaba feliz de dar un paseo.
—¿Trufa? —susurró Malín—. ¿Ese es mi pastel?
Trufa miró para todos lados, bostezó y dijo:
—Creí que era un sombrero perfecto. Tenía forma de nube.
Todos los animales se acercaron y se rieron. El Loro Lulo hizo piruetas, la Rana Saltarina dio un salto tan alto que casi tocó la luna, y la Gallina Tika bailó en círculos. Malín saltó de emoción, pero cuando Trufa quiso levantarse, el pastel resbaló. ¿A dónde?
El pastel salió rodando como una rueda loca. Cruzó el campo, pasó por encima de una pila de hojas que parecían una alfombra, y terminó en lo alto de un árbol. Sí, en lo alto. Era tan redondo que se había posado en la rama como un platillo volador.
—¡Oh, cielos! —dijo el Elefante—. Yo puedo usar mi trompa.
—¡Yo puedo trepar! —dijo el Loro Lulo y voló dando vueltas.
El Loro intentó, pero sus patitas eran pequeñitas. Entonces Malín tuvo una idea: pidió a las hormigas que hicieran una escalera. Las hormigas, muy orgullosas, formaron una cadena. La Rana empujó desde abajo. La Tortuga subió despacio como una grúa, con elegancia.
Con mucho cuidado, Malín alcanzó el pastel. Lo sostuvo triunfante en sus patitas. Abrió los ojos grandes y dijo:
—¡Lo encontré!
Todos aplaudieron. Malín sopló su vela. Pero la vela no se apagó. Hizo una nube de burbujas que explotaron en confeti. El confeti era azúcar en forma de pequeñas estrellas. Cayó sobre todos. Fue un espectáculo de brillo.
De pronto, el pastel, un poquito revoltoso, decidió hacer una última travesura. Saltó —sí, saltó— y aterrizó en la cabeza del Elefante como un sombrero enorme. El Elefante parpadeó, se miró en un charco y soltó un estornudo tan grande que el pastel voló en el aire y cayó... ¡justo sobre la cabeza de Malín!
Malín se quedó quieto, con el pastel puesto como un sombrero gordo. Sus bigotes salían por los lados, y las migas formaban una corona alrededor de su cabecita. Todos rieron, no de forma mala, sino con cariño. Trufa lo ayudó a bajar el pastel con ternura. Al final, todos compartieron el pastel. Cada uno tuvo una porción especial.
Malín miró a sus amigos y dijo con una sonrisa:
—Compartir hace que el pastel sea más divertido.
Y así, con caras pegajosas y corazones contentos, los animales cenaron bajo las estrellas. El pastel quedó en la memoria de todos como el pastel que viajó mucho, hizo amigos y terminó en la cabeza del ratón más listo y más generoso del vecindario.