Capítulo 1: El primer paso
Sofía se despertó con la alarma del despertador y miró el techo de su habitación. El sol entraba tímido por la ventana, pintando líneas doradas sobre su edredón azul. Era el segundo día de clase y, aunque el primer día había pasado más deprisa de lo que pensaba, sentía mariposas en la barriga. O en el estómago… No estaba segura, pero sí sabía que algo revoloteaba dentro.
Bajó las escaleras, y su madre, que ya preparaba el desayuno, le sonrió.
—“¿Lista para conquistar el cole?”
—“Más o menos”, contestó Sofía, haciendo una mueca divertida.
—“Recuerda: cada día es una aventura”, le animó su madre mientras le ponía un vaso de zumo de naranja.
En el camino al colegio, Sofía se fijó en los árboles del parque, que parecían estirar sus ramas como si saludaran a los niños que pasaban. Al cruzar la puerta de la escuela, el bullicio del patio la envolvió. Niños y niñas reían, corrían y hablaban de las vacaciones. Sofía se detuvo un segundo, respiró hondo y pensó: “Vale, allá voy…”.
Capítulo 2: Juegos y nombres
La profesora, la seño Lucía, les esperaba junto a la pizarra. Tenía el pelo muy rizado, y siempre llevaba pendientes de colores diferentes.
—“¡Buenos días, equipo!”, saludó con energía. “Hoy vamos a aprender los nombres de todos en una ronda muy especial”.
Sofía tragó saliva, pero la seño Lucía sonreía de una forma que hacía imposible estar nerviosa por mucho tiempo.
—“Nos vamos al gimnasio para jugar y descubrir lo que tenemos en común”, anunció la seño. “¡En fila india, que comenzamos la aventura!”
En el gimnasio, la luz del sol se colaba por los ventanales y dibujaba figuras extrañas en el suelo. Los niños se colocaron en círculo, algunos moviéndose nerviosos, otros riendo.
—“Vamos a hacer la ronde de los nombres”, explicó Lucía. “El primero dice su nombre y algo que le guste. El siguiente repite eso y añade el suyo y algo que le guste, y así seguimos. ¿Preparados?”
El primer niño, Hugo, habló:
—“Me llamo Hugo y me gusta el baloncesto.”
La siguiente, Carla, dijo:
—“Él es Hugo y le gusta el baloncesto. Yo soy Carla y me encantan los gatos.”
Cuando llegó el turno de Sofía, todos la miraron con curiosidad.
—“Ella es Carla y le encantan los gatos. Él es Hugo y le gusta el baloncesto. Yo soy Sofía y me gusta bailar en mi habitación.”
Todos rieron cuando Sofía imitó un paso de baile torpe, y la ronda siguió, cada vez más divertida y enredada. Alguien se equivocó y todos aplaudieron, incluso el que se confundió. Nadie se burló. Sofía se sintió parte de algo grande.
Capítulo 3: La fuerza del equipo
Tras la ronda de nombres, la seño Lucía sacó una cuerda larga y gruesa.
—“Ahora vamos a hacer el juego del nudo. Tenemos que desliarnos todos juntos. Hablad, escuchad y ayudad. ¡Confío en vuestro equipo!”
Cada uno cogió un trozo de cuerda y, enredados, intentaron deshacerse. Sofía se rió cuando su compañero Pablo hizo una broma:
—“Parezco una serpiente gigante atrapada en una telaraña”, dijo, moviéndose como si bailara.
Sofía sugirió:
—“¿Y si giramos todos hacia la derecha? Tal vez así se suelte el nudo.”
Hicieron caso y poco a poco, entre risas y alguna rodilla en el suelo, lograron soltarse.
—“¡Bravo!”, aplaudió la seño. “Habéis trabajado juntos, y eso es lo más importante. No importa quién sea más rápido o más fuerte. Lo importante es ayudarse y escuchar.”
Sofía miró a sus compañeros. Ahora ya recordaba varios nombres, y no solo eso: ya tenía historias y bromas compartidas con ellos.
Capítulo 4: El simulacro inesperado
Al regresar a clase, de repente sonó una alarma: “¡PIIIIIIIP, PIIIIIIIP!”
Muchos se asustaron, pero la seño Lucía levantó la mano y habló con voz tranquila:
—“Tranquilos. Es solo un simulacro de evacuación, para practicar lo que haríamos en una emergencia.”
Sofía se puso en fila detrás de su amiga Lara. Lucía les recordó:
—“Manos a la espalda, silencio, caminamos despacio y seguimos el plan.”
Salieron al patio, donde el sol brillaba y el aire olía a césped recién cortado. Sofía contaba los pasos, intentando recordar el camino por si algún día hiciera falta de verdad.
Al llegar al punto de encuentro, la seño Lucía repasó la lista de nombres.
—“Sofía”, llamó.
—“Aquí”, respondió ella, levantando la mano.
Cuando todos estuvieron reunidos, Lucía les felicitó:
—“Habéis hecho un trabajo fantástico. Saber ayudar y mantener la calma es tan importante como aprender matemáticas o lengua.”
Volvieron a clase, y Sofía sintió que cada cosa tenía su sentido: los juegos, los nombres, incluso el simulacro. Todo servía para aprender a cuidarse y a cuidar a los demás.
Capítulo 5: Una nueva aventura cada día
Al final del día, Sofía recogió sus cosas. Mientras lo hacía, Lara se le acercó con una sonrisa:
—“¿Mañana bailamos juntas en el recreo?”
—“¡Claro!”, contestó Sofía, contenta.
Al salir al patio, su madre la esperaba junto a la verja.
—“¿Cómo fue hoy?”, preguntó.
—“Genial”, dijo Sofía. “Hicimos una ronda de nombres, jugamos al nudo y hasta practicamos un simulacro. Y ya sé el camino de evacuación de memoria.”
Su madre la abrazó.
—“Me alegro mucho. Cuando uno ayuda y se deja ayudar, los días nuevos no dan tanto miedo, ¿verdad?”
—“Sí”, respondió Sofía, “y además, ya sé que aunque me equivoque, aquí nadie se ríe de mí. Todos estamos aprendiendo juntos.”
Mientras caminaban de vuelta a casa, Sofía pensó que, aunque aún tenía algo de cosquillas en el estómago, ahora sabía que cada día de escuela era como una ronda: cada uno aporta su parte, todos se ayudan y, entre todos, las historias se hacen más bonitas.