CapĂtulo 1: El Desayuno de los HĂ©roes
En el pequeño pueblo de Trolldal, donde los dragones dormĂan la siesta en los tejados y los elfos cultivaban zanahorias gigantes, vivĂa un tipo bastante corriente llamado Oddmund. Corriente, claro, si consideramos que desayunaba arenques con mermelada, tenĂa una barba que le llegaba hasta los tobillos y un sombrero decorado con runas que decĂan “Lavar a 30 grados”.
Oddmund se despertĂł esa mañana con la sensaciĂłn de que iba a ser un dĂa importante, o, al menos, un dĂa en el que no se le quemarĂa la tostada. Mientras untaba mantequilla sobre un pan que crujĂa como el hielo del lago al romperse, la puerta de su cabaña se abriĂł de golpe. ApareciĂł su vecino, Finn el Despistado, con los ojos tan abiertos que parecĂa haber visto a un gigante bailando claquĂ©.
—¡Oddmund! ¡Es terrible! —exclamó Finn, tropezando con una silla y cayendo de bruces sobre la alfombra con forma de lobo—. El Gran Cuervo ha hablado.
Oddmund suspirĂł. El Gran Cuervo hablaba todos los jueves, normalmente para quejarse de la sopa. Pero Finn no parecĂa estar bromeando.
—¿Y quĂ© ha dicho el Cuervo? —preguntĂł Oddmund, recogiendo a Finn del suelo como quien recoge una cebolla caĂda.
—Que el Ojo de Skadi ha desaparecido.
Oddmund dejĂł caer su mantequilla. El Ojo de Skadi era un artefacto legendario, una gema capaz de controlar el clima. SegĂşn la leyenda, quien poseyera el Ojo podrĂa invocar tormentas de nieve en pleno verano o hacer que el sol bailara polcas en invierno. Y, lo más importante, era el adorno más bonito del sombrero del Gran Cuervo.
—¿Y quién va a buscarlo? —preguntó Oddmund, cruzando los dedos para que no fuera él.
—Tú, por supuesto —dijo Finn, sonriendo como si acabara de ganar una apuesta.
Oddmund mirĂł su desayuno, luego a Finn, despuĂ©s a su barba y finalmente al sombrero. SuspirĂł. Los hĂ©roes en las historias nunca podĂan terminar su desayuno tranquilamente.
CapĂtulo 2: El Consejo de los Sabios (y uno que no lo era)
El Consejo de los Sabios de Trolldal se reunĂa siempre alrededor de una mesa circular, no porque fuera más democrático, sino porque nadie querĂa sentarse en la esquina donde el viento soplaba y los pasteles de arenque eran sospechosos.
AllĂ estaban todos: Astrid la Rápida, que no terminaba nunca una frase porque siempre salĂa corriendo; Bjorn el Fuerte, que podĂa levantar una vaca con una mano y un queso con la otra; y, por supuesto, el Gran Cuervo, que era tan viejo que su pico casi rozaba el suelo.
Oddmund se sentĂł entre Astrid y Bjorn, esperando instrucciones.
—Oddmund —graznó el Gran Cuervo—, debes encontrar el Ojo de Skadi. Sin él, nos espera un verano tan caluroso que hasta los trolls se pondrán pantalones cortos.
—¿Y por dónde empiezo? —preguntó Oddmund, mirando su sombrero para ver si encontraba una pista.
—Por la Montaña del Susurro —dijo Bjorn, dándole una palmada en la espalda tan fuerte que casi le saca la mantequilla del desayuno—. Allà vive la bruja Hilda. Puede saber algo.
—Pero cuidado —añadió Astrid, que ya se levantaba para irse—, Hilda odia a los visitantes... y las visitas inesperadas más aún.
Oddmund asintiĂł, se puso el sombrero (asegurándose de que las runas seguĂan bien legibles) y recogiĂł su bastĂłn, que en realidad era un palo de escoba muy largo.
Antes de salir, el Gran Cuervo le entregĂł un pergamino arrugado.
—Esto te ayudará —dijo, guiñando un ojo—. Es un mapa mágico. O, bueno, eso creo. Lo encontré en la caja de cereales.
Oddmund lo desenrolló. El mapa mostraba Trolldal, la Montaña del Susurro y, misteriosamente, una tienda de zapatos.
—¡En marcha! —exclamó Oddmund, sin mucha convicción, pero con un leve gruñido de resignación heroica.
CapĂtulo 3: El Camino de la Montaña (y los Zapatos Parlantes)
El viaje hasta la Montaña del Susurro no era largo, pero sĂ resbaladizo. El terreno estaba cubierto de musgo, y cada cuatro pasos Oddmund se resbalaba y caĂa de una manera distinta. En una de esas caĂdas, su sombrero rodĂł colina abajo y aterrizĂł justo frente a una pequeña tienda con un letrero que decĂa: “Zapatos que hablan, pero no escuchan”.
Intrigado, Oddmund entrĂł y fue recibido por un par de botas que discutĂan acaloradamente entre sĂ.
—¡Te digo que el pie izquierdo siempre huele peor! —gritaba la bota derecha.
—¡Mentira! ¡El derecho es el peor! —replicaba la izquierda.
El tendero, un gnomo con gafas gruesas, se acercĂł y saludĂł con una reverencia tan baja que se cayĂł de cara en el mostrador.
—¿Buscas zapatos para caminar sobre nieve? —preguntĂł el gnomo, mientras se sacudĂa el polvo—. O quizás botas para trepar montañas. O zapatillas para correr de los problemas.
Oddmund pensĂł en voz alta:
—Necesito zapatos que me lleven a la bruja Hilda… pero que no hablen tanto.
El gnomo sonriĂł y sacĂł unas sandalias de lana. En sus suelas, habĂa unas runas que brillaban suavemente.
—Estas sandalias te llevarán a donde más temes ir —dijo el gnomo, guiñando un ojo—. Pero cuidado: solo funcionan si caminas hacia atrás.
Oddmund se las puso. Inmediatamente, sus pies comenzaron a caminar solos, marcha atrás, por el camino que subĂa hacia la montaña. Mientras avanzaba, de espaldas, las botas discutĂan, el gnomo reĂa y Oddmund se preguntaba si no habrĂa sido más fácil quedarse en casa con su arenque.
CapĂtulo 4: La Bruja y su Gato (y el Hijo del Gato)
La cabaña de Hilda la Bruja estaba cubierta de escarcha y telarañas. A la puerta, un letrero decĂa: “Prohibido el paso. Excepto para gatos y carteros.”
Oddmund llamĂł con su bastĂłn. La puerta se abriĂł sola, rechinando como si alguien la estuviera rascando por dentro. Dentro, Hilda estaba sentada junto a un caldero que burbujeaba y olĂa sospechosamente a sopa de calcetĂn.
—¿Qué quieres, humano de barba larga y sombrero absurdo? —gruñó Hilda, sin mirarlo.
Oddmund tragĂł saliva.
—Busco el Ojo de Skadi. Dicen que ha desaparecido.
Hilda resoplĂł y su caldero chisporroteĂł.
—¿Y por qué crees que yo sé algo? No soy la guardiana de los objetos perdidos. Eso es cosa del duende Klaus.
—Por favor, solo necesito una pista —insistió Oddmund.
El gato de Hilda, un enorme felino negro con manchas verdes, saltó a la mesa y lo miró con ojos tan brillantes como dos luciérnagas enojadas.
—Miau —dijo el gato—. La última vez que vi el Ojo, estaba en la cueva del gigante Dormilón.
Oddmund dio un salto atrás, tropezó con una escoba y cayó sentado.
—¿Tu gato… habla? —preguntó, boquiabierto.
—Por supuesto —dijo Hilda, encogiĂ©ndose de hombros—. AquĂ todo habla, menos el caldero, que es muy tĂmido.
El gato, ahora acompañado de un gatito diminuto que maullaba en rima, brincó sobre Oddmund y le señaló un sendero en el mapa.
—Sigue el camino de las piedras que cantan. Pero cuidado con el gigante: tiene muy mal despertar.
Oddmund agradeció, se puso de pie, y salió de la cabaña mientras el gatito recitaba un poema sobre arenques y bigotes.
CapĂtulo 5: Las Piedras que Cantan (y desafinan)
El camino señalado por el gato estaba bordeado de piedras que, efectivamente, cantaban. El problema era que ninguna lo hacĂa en la misma tonalidad. Algunas entonaban canciones de cuna, otras himnos de batalla, y una especialmente desafinada tarareaba la melodĂa de “La cabra loca”.
Oddmund avanzĂł cubriĂ©ndose los oĂdos. De repente, una piedra especialmente grande le bloqueĂł el paso y le dijo:
—¿Tienes alguna moneda? Si no, no puedes pasar.
Oddmund buscĂł en sus bolsillos y solo encontrĂł una pelusa, un trozo de queso y un botĂłn azul. Se lo ofreciĂł a la piedra.
—Acepto el botón —dijo la piedra, apartándose—. Siempre quise tener un ojo azul.
Oddmund continuĂł, agradeciendo mentalmente no tener que escuchar más la desafinaciĂłn rocosa. Al fondo del sendero, la entrada de una cueva se abrĂa como una boca bostezante. De dentro salĂa un leve ronquido y olor a sopa de cebolla.
CapĂtulo 6: El Gigante DormilĂłn
Entrar en la cueva del gigante DormilĂłn era como adentrarse en una gigantesca lavanderĂa. Calcetines colgaban del techo, y montones de mantas tapaban enormes piedras. Oddmund avanzĂł con cautela, evitando pisar los pies del gigante, que asomaban como colinas peludas.
De repente, tropezó con un enorme dedo y escuchó un gruñido. El gigante abrió un ojo del tamaño de una rueda de carro y miró a Oddmund.
—¿Quién osa perturbar mi siesta? —bufó el gigante, con voz ronca.
Oddmund tragĂł saliva.
—Busco el Ojo de Skadi. Me han dicho que podrĂa estar aquĂ.
El gigante parpadeó y se rascó la barriga, produciendo un pequeño terremoto.
—Ah, sà —dijo, bostezando—. Lo encontré en mi sopa ayer. Pensé que era una cebolla. Ahora está en mi caja de tesoros.
Oddmund vio una caja enorme junto al lecho del gigante, pero una manada de ratas gigantes jugaba a las cartas encima.
—¿Puedo cogerlo? —preguntó Oddmund, mirando a las ratas.
—Claro, pero tendrás que ganarles una partida de cartas —dijo el gigante, volviendo a dormirse.
Oddmund suspirĂł. Nunca habĂa sido bueno con las cartas, pero tampoco tenĂa otra opciĂłn.
CapĂtulo 7: La Partida Imposible (y el Queso Afortunado)
Las ratas gigantes le miraron con desconfianza, pero aceptaron jugar con él. La partida era un extraño juego llamado “Rata Mayor”, cuyas reglas cambiaban cada vez que una rata estornudaba.
Oddmund apostĂł el trozo de queso que habĂa encontrado en su bolsillo. Las ratas se animaron al ver el queso, y la partida comenzĂł.
Una carta por aquĂ, otra por allá, y cuando Oddmund creĂa que iba perdiendo, una de las ratas estornudĂł tan fuerte que todas las cartas salieron volando y cayeron en su regazo formando una escalera real.
—¡Has ganado! —gritaron las ratas, saltando de la caja para perseguir las cartas voladoras.
Oddmund aprovechĂł el caos para abrir la caja y, entre cucharas gigantes y pelotas de lana, encontrĂł una gema azul brillante: el Ojo de Skadi.
En ese momento, el gigante resoplĂł y se dio la vuelta, lanzando a Oddmund por los aires hasta la salida de la cueva, donde aterrizĂł en un montĂłn de nieve blandita.
CapĂtulo 8: De Vuelta a Trolldal (y la Tormenta Inesperada)
Oddmund emprendiĂł el camino de regreso, sandalias mágicas incluidas. Las piedras cantoras corearon una melodĂa triunfal (aunque desafinada) y el gnomo de la tienda de zapatos le lanzĂł un par de calcetines secos como premio.
Cuando llegĂł al pueblo, una nube se cernĂa sobre Trolldal. Todos los habitantes corrĂan de un lado a otro, intentando cubrir sus tejados con mantas y escobas.
—¡Oddmund! —gritó Finn—. ¡El verano se está derritiendo!
Oddmund corriĂł al Consejo de los Sabios y entregĂł el Ojo de Skadi al Gran Cuervo, que lo encajĂł en su sombrero con destreza.
En ese instante, el clima cambiĂł. Una suave nevada cubriĂł el pueblo, los arenques bailaron un vals y hasta los trolls aplaudieron.
CapĂtulo 9: Reflexiones Bajo la Nieve
Esa noche, Oddmund se sentĂł frente a su hogar, con una taza de chocolate caliente y una manta sobre los hombros. MirĂł el Ojo de Skadi brillando en la distancia y pensĂł en su aventura.
HabĂa enfrentado a brujas y gatos que hablaban, piedras cantantes y gigantes dormilones. HabĂa perdido la dignidad varias veces, pero tambiĂ©n habĂa descubierto que incluso un tipo corriente podĂa hacer cosas extraordinarias (o al menos absurdamente heroicas).
Finn se acercĂł con una sonrisa.
—¿Listo para la próxima aventura? —preguntó.
Oddmund negĂł con la cabeza, pero sonriĂł.
—Tal vez mañana. Hoy prefiero terminar mi desayuno.
Y, mientras la nieve caĂa suavemente sobre Trolldal, Oddmund supo que las grandes aventuras siempre comienzan con una tostada bien untada… Y, por supuesto, un sombrero con instrucciones de lavado.