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Mito fantástico 11/12 años Lectura 14 min. Disponible en audiocuento

Oddmund y el misterio del Ojo de Skadi

Oddmund, un hombre corriente de Trolldal, se embarca en una aventura inesperada para recuperar el Ojo de Skadi, un artefacto legendario, enfrentándose a brujas, gigantes y ratas parlantes en el camino. Con la ayuda de sus amigos, deberá superar desafíos y descubrir su verdadero valor.

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Oddmund, un hombre de barba larga y espesa, lleva un gran sombrero adornado con runas brillantes. Su rostro expresa una determinación alegre, con ojos chispeantes de curiosidad. Se encuentra frente a una cueva oscura, con los brazos extendidos, sosteniendo una gema brillante, el Ojo de Skadi, que emite un resplandor azulado. A su lado, Finn, un niño de unos 10 años, con el cabello desordenado y una sonrisa traviesa, mira a Oddmund con admiración. Lleva una túnica de cuero y sostiene un pequeño mapa enrollado, indicando el camino que han recorrido. En el fondo, la cueva del gigante Dormilón está llena de estalactitas brillantes y grandes piedras, mientras que rayos de luz filtran a través de la entrada, iluminando la escena. La situación principal muestra a Oddmund triunfante, habiendo recuperado el Ojo de Skadi, listo para enfrentar los desafíos que le esperan, mientras que roedores gigantes, curiosos, observan la escena desde un rincón de la cueva. reportar un problema con esta imagen

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DuraciĂłn del audiocuento: 14:58

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Capítulo 1: El Desayuno de los Héroes

En el pequeño pueblo de Trolldal, donde los dragones dormían la siesta en los tejados y los elfos cultivaban zanahorias gigantes, vivía un tipo bastante corriente llamado Oddmund. Corriente, claro, si consideramos que desayunaba arenques con mermelada, tenía una barba que le llegaba hasta los tobillos y un sombrero decorado con runas que decían “Lavar a 30 grados”.

Oddmund se despertó esa mañana con la sensación de que iba a ser un día importante, o, al menos, un día en el que no se le quemaría la tostada. Mientras untaba mantequilla sobre un pan que crujía como el hielo del lago al romperse, la puerta de su cabaña se abrió de golpe. Apareció su vecino, Finn el Despistado, con los ojos tan abiertos que parecía haber visto a un gigante bailando claqué.

—¡Oddmund! ¡Es terrible! —exclamó Finn, tropezando con una silla y cayendo de bruces sobre la alfombra con forma de lobo—. El Gran Cuervo ha hablado.

Oddmund suspirĂł. El Gran Cuervo hablaba todos los jueves, normalmente para quejarse de la sopa. Pero Finn no parecĂ­a estar bromeando.

—¿Y qué ha dicho el Cuervo? —preguntó Oddmund, recogiendo a Finn del suelo como quien recoge una cebolla caída.

—Que el Ojo de Skadi ha desaparecido.

Oddmund dejó caer su mantequilla. El Ojo de Skadi era un artefacto legendario, una gema capaz de controlar el clima. Según la leyenda, quien poseyera el Ojo podría invocar tormentas de nieve en pleno verano o hacer que el sol bailara polcas en invierno. Y, lo más importante, era el adorno más bonito del sombrero del Gran Cuervo.

—¿Y quién va a buscarlo? —preguntó Oddmund, cruzando los dedos para que no fuera él.

—Tú, por supuesto —dijo Finn, sonriendo como si acabara de ganar una apuesta.

Oddmund miró su desayuno, luego a Finn, después a su barba y finalmente al sombrero. Suspiró. Los héroes en las historias nunca podían terminar su desayuno tranquilamente.

CapĂ­tulo 2: El Consejo de los Sabios (y uno que no lo era)

El Consejo de los Sabios de Trolldal se reunía siempre alrededor de una mesa circular, no porque fuera más democrático, sino porque nadie quería sentarse en la esquina donde el viento soplaba y los pasteles de arenque eran sospechosos.

Allí estaban todos: Astrid la Rápida, que no terminaba nunca una frase porque siempre salía corriendo; Bjorn el Fuerte, que podía levantar una vaca con una mano y un queso con la otra; y, por supuesto, el Gran Cuervo, que era tan viejo que su pico casi rozaba el suelo.

Oddmund se sentĂł entre Astrid y Bjorn, esperando instrucciones.

—Oddmund —graznó el Gran Cuervo—, debes encontrar el Ojo de Skadi. Sin él, nos espera un verano tan caluroso que hasta los trolls se pondrán pantalones cortos.

—¿Y por dónde empiezo? —preguntó Oddmund, mirando su sombrero para ver si encontraba una pista.

—Por la Montaña del Susurro —dijo Bjorn, dándole una palmada en la espalda tan fuerte que casi le saca la mantequilla del desayuno—. Allí vive la bruja Hilda. Puede saber algo.

—Pero cuidado —añadió Astrid, que ya se levantaba para irse—, Hilda odia a los visitantes... y las visitas inesperadas más aún.

Oddmund asintió, se puso el sombrero (asegurándose de que las runas seguían bien legibles) y recogió su bastón, que en realidad era un palo de escoba muy largo.

Antes de salir, el Gran Cuervo le entregĂł un pergamino arrugado.

—Esto te ayudará —dijo, guiñando un ojo—. Es un mapa mágico. O, bueno, eso creo. Lo encontré en la caja de cereales.

Oddmund lo desenrolló. El mapa mostraba Trolldal, la Montaña del Susurro y, misteriosamente, una tienda de zapatos.

—¡En marcha! —exclamó Oddmund, sin mucha convicción, pero con un leve gruñido de resignación heroica.

Capítulo 3: El Camino de la Montaña (y los Zapatos Parlantes)

El viaje hasta la Montaña del Susurro no era largo, pero sí resbaladizo. El terreno estaba cubierto de musgo, y cada cuatro pasos Oddmund se resbalaba y caía de una manera distinta. En una de esas caídas, su sombrero rodó colina abajo y aterrizó justo frente a una pequeña tienda con un letrero que decía: “Zapatos que hablan, pero no escuchan”.

Intrigado, Oddmund entrĂł y fue recibido por un par de botas que discutĂ­an acaloradamente entre sĂ­.

—¡Te digo que el pie izquierdo siempre huele peor! —gritaba la bota derecha.

—¡Mentira! ¡El derecho es el peor! —replicaba la izquierda.

El tendero, un gnomo con gafas gruesas, se acercĂł y saludĂł con una reverencia tan baja que se cayĂł de cara en el mostrador.

—¿Buscas zapatos para caminar sobre nieve? —preguntó el gnomo, mientras se sacudía el polvo—. O quizás botas para trepar montañas. O zapatillas para correr de los problemas.

Oddmund pensĂł en voz alta:

—Necesito zapatos que me lleven a la bruja Hilda… pero que no hablen tanto.

El gnomo sonriĂł y sacĂł unas sandalias de lana. En sus suelas, habĂ­a unas runas que brillaban suavemente.

—Estas sandalias te llevarán a donde más temes ir —dijo el gnomo, guiñando un ojo—. Pero cuidado: solo funcionan si caminas hacia atrás.

Oddmund se las puso. Inmediatamente, sus pies comenzaron a caminar solos, marcha atrás, por el camino que subía hacia la montaña. Mientras avanzaba, de espaldas, las botas discutían, el gnomo reía y Oddmund se preguntaba si no habría sido más fácil quedarse en casa con su arenque.

CapĂ­tulo 4: La Bruja y su Gato (y el Hijo del Gato)

La cabaña de Hilda la Bruja estaba cubierta de escarcha y telarañas. A la puerta, un letrero decía: “Prohibido el paso. Excepto para gatos y carteros.”

Oddmund llamĂł con su bastĂłn. La puerta se abriĂł sola, rechinando como si alguien la estuviera rascando por dentro. Dentro, Hilda estaba sentada junto a un caldero que burbujeaba y olĂ­a sospechosamente a sopa de calcetĂ­n.

—¿Qué quieres, humano de barba larga y sombrero absurdo? —gruñó Hilda, sin mirarlo.

Oddmund tragĂł saliva.

—Busco el Ojo de Skadi. Dicen que ha desaparecido.

Hilda resoplĂł y su caldero chisporroteĂł.

—¿Y por qué crees que yo sé algo? No soy la guardiana de los objetos perdidos. Eso es cosa del duende Klaus.

—Por favor, solo necesito una pista —insistió Oddmund.

El gato de Hilda, un enorme felino negro con manchas verdes, saltó a la mesa y lo miró con ojos tan brillantes como dos luciérnagas enojadas.

—Miau —dijo el gato—. La última vez que vi el Ojo, estaba en la cueva del gigante Dormilón.

Oddmund dio un salto atrás, tropezó con una escoba y cayó sentado.

—¿Tu gato… habla? —preguntó, boquiabierto.

—Por supuesto —dijo Hilda, encogiéndose de hombros—. Aquí todo habla, menos el caldero, que es muy tímido.

El gato, ahora acompañado de un gatito diminuto que maullaba en rima, brincó sobre Oddmund y le señaló un sendero en el mapa.

—Sigue el camino de las piedras que cantan. Pero cuidado con el gigante: tiene muy mal despertar.

Oddmund agradeció, se puso de pie, y salió de la cabaña mientras el gatito recitaba un poema sobre arenques y bigotes.

CapĂ­tulo 5: Las Piedras que Cantan (y desafinan)

El camino señalado por el gato estaba bordeado de piedras que, efectivamente, cantaban. El problema era que ninguna lo hacía en la misma tonalidad. Algunas entonaban canciones de cuna, otras himnos de batalla, y una especialmente desafinada tarareaba la melodía de “La cabra loca”.

Oddmund avanzó cubriéndose los oídos. De repente, una piedra especialmente grande le bloqueó el paso y le dijo:

—¿Tienes alguna moneda? Si no, no puedes pasar.

Oddmund buscĂł en sus bolsillos y solo encontrĂł una pelusa, un trozo de queso y un botĂłn azul. Se lo ofreciĂł a la piedra.

—Acepto el botón —dijo la piedra, apartándose—. Siempre quise tener un ojo azul.

Oddmund continuó, agradeciendo mentalmente no tener que escuchar más la desafinación rocosa. Al fondo del sendero, la entrada de una cueva se abría como una boca bostezante. De dentro salía un leve ronquido y olor a sopa de cebolla.

CapĂ­tulo 6: El Gigante DormilĂłn

Entrar en la cueva del gigante DormilĂłn era como adentrarse en una gigantesca lavanderĂ­a. Calcetines colgaban del techo, y montones de mantas tapaban enormes piedras. Oddmund avanzĂł con cautela, evitando pisar los pies del gigante, que asomaban como colinas peludas.

De repente, tropezó con un enorme dedo y escuchó un gruñido. El gigante abrió un ojo del tamaño de una rueda de carro y miró a Oddmund.

—¿Quién osa perturbar mi siesta? —bufó el gigante, con voz ronca.

Oddmund tragĂł saliva.

—Busco el Ojo de Skadi. Me han dicho que podría estar aquí.

El gigante parpadeó y se rascó la barriga, produciendo un pequeño terremoto.

—Ah, sí —dijo, bostezando—. Lo encontré en mi sopa ayer. Pensé que era una cebolla. Ahora está en mi caja de tesoros.

Oddmund vio una caja enorme junto al lecho del gigante, pero una manada de ratas gigantes jugaba a las cartas encima.

—¿Puedo cogerlo? —preguntó Oddmund, mirando a las ratas.

—Claro, pero tendrás que ganarles una partida de cartas —dijo el gigante, volviendo a dormirse.

Oddmund suspirĂł. Nunca habĂ­a sido bueno con las cartas, pero tampoco tenĂ­a otra opciĂłn.

CapĂ­tulo 7: La Partida Imposible (y el Queso Afortunado)

Las ratas gigantes le miraron con desconfianza, pero aceptaron jugar con él. La partida era un extraño juego llamado “Rata Mayor”, cuyas reglas cambiaban cada vez que una rata estornudaba.

Oddmund apostĂł el trozo de queso que habĂ­a encontrado en su bolsillo. Las ratas se animaron al ver el queso, y la partida comenzĂł.

Una carta por aquí, otra por allá, y cuando Oddmund creía que iba perdiendo, una de las ratas estornudó tan fuerte que todas las cartas salieron volando y cayeron en su regazo formando una escalera real.

—¡Has ganado! —gritaron las ratas, saltando de la caja para perseguir las cartas voladoras.

Oddmund aprovechĂł el caos para abrir la caja y, entre cucharas gigantes y pelotas de lana, encontrĂł una gema azul brillante: el Ojo de Skadi.

En ese momento, el gigante resoplĂł y se dio la vuelta, lanzando a Oddmund por los aires hasta la salida de la cueva, donde aterrizĂł en un montĂłn de nieve blandita.

CapĂ­tulo 8: De Vuelta a Trolldal (y la Tormenta Inesperada)

Oddmund emprendió el camino de regreso, sandalias mágicas incluidas. Las piedras cantoras corearon una melodía triunfal (aunque desafinada) y el gnomo de la tienda de zapatos le lanzó un par de calcetines secos como premio.

Cuando llegĂł al pueblo, una nube se cernĂ­a sobre Trolldal. Todos los habitantes corrĂ­an de un lado a otro, intentando cubrir sus tejados con mantas y escobas.

—¡Oddmund! —gritó Finn—. ¡El verano se está derritiendo!

Oddmund corriĂł al Consejo de los Sabios y entregĂł el Ojo de Skadi al Gran Cuervo, que lo encajĂł en su sombrero con destreza.

En ese instante, el clima cambiĂł. Una suave nevada cubriĂł el pueblo, los arenques bailaron un vals y hasta los trolls aplaudieron.

CapĂ­tulo 9: Reflexiones Bajo la Nieve

Esa noche, Oddmund se sentĂł frente a su hogar, con una taza de chocolate caliente y una manta sobre los hombros. MirĂł el Ojo de Skadi brillando en la distancia y pensĂł en su aventura.

Había enfrentado a brujas y gatos que hablaban, piedras cantantes y gigantes dormilones. Había perdido la dignidad varias veces, pero también había descubierto que incluso un tipo corriente podía hacer cosas extraordinarias (o al menos absurdamente heroicas).

Finn se acercĂł con una sonrisa.

—¿Listo para la próxima aventura? —preguntó.

Oddmund negĂł con la cabeza, pero sonriĂł.

—Tal vez mañana. Hoy prefiero terminar mi desayuno.

Y, mientras la nieve caía suavemente sobre Trolldal, Oddmund supo que las grandes aventuras siempre comienzan con una tostada bien untada… Y, por supuesto, un sombrero con instrucciones de lavado.

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Arenque
Un tipo de pez muy salado que se come a menudo en el desayuno.
Graznar
El sonido que hace un cuervo, similar a un 'caw'.
Bostezar
Abrir la boca y respirar profundamente, normalmente cuando uno tiene sueño.
Despistado
Alguien que no presta atenciĂłn a lo que sucede a su alrededor.
Temer
Sentir miedo o preocupaciĂłn por algo que puede pasar.
CalcetĂ­n
Una prenda de vestir que se usa en los pies para mantenerlos calientes.
Pergamino
Un tipo de papel antiguo que se usaba para escribir.

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