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Mito fantástico 11/12 años Lectura 23 min.

Amina y el río que volvió a cantar

Amina, una niña valiente, emprende un viaje para reconciliar a dos espíritus—Ògún y Òṣun—y recuperar la armonía del río usando creatividad, semillas y una promesa olvidada.

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Amina, niña de ~12 años, rostro concentrado y dulce, piel marrón oscura, trenzas con cuentas verdes, vestido manchado de barro rojo y collar de cuentas verdes ligeramente vibrante; arrodillada en la orilla del río, una mano en el agua y la otra sosteniendo una flor roja flotante sobre una fisura azul luminosa en el agua. Kúmù, chico de ~14 años, tímido y maravillado, piel morena, canasta de ñames a sus pies, detrás sobre una piedra listo para aplaudir el ritmo. Òmí, mujer anciana de ~70 años, pequeña y encorvada, piel arrugada, vestimenta beige simple, sentada en una estera junto a una humilde choza, golpeando un mortero como tambor lento. Espíritu Ògún, figura masculina metálica grande con placas y remaches, postura serena, junto a Amina en la orilla con un pequeño martillo; espíritu Òṣun, figura femenina acuosa y luminosa como agua dorada, cabello en ondas, emergiendo del río con manos curativas. La garza, gran héron blanco de ojos negros, posada en una rama sobre Amina. Escena al crepúsculo en la orilla de un río ancho: agua oscura con una grieta azul brillante, lodo reluciente, palmeras, un gran árbol Ìrókò con raíces visibles y aldeanos difusos alrededor del fuego; la comunidad toca piedras y calabazas al compás, Ògún y Òṣun se acercan y se miran, el agua emite una nota clara. Composición centrada, tonos cálidos naranja-rosados en el cielo y reflejos azul frío en la fisura, textura pictórica y pinceladas expresivas. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El río que se negó a cantar

La tarde cayó sobre Ilé-Òrìṣà como una manta de polvo dorado. Las palmeras se inclinaban, curiosas, hacia el río Òdò-Àlà, que solía reír con una música clara… pero esa semana guardaba silencio, espeso como barro.

Amina se arrodilló en la orilla. Tenía las manos manchadas de arcilla roja y el cuello adornado con un collar de cuentas verdes que su abuela decía que “escuchaban mejor que las orejas”. Amina no discutía eso: había visto a las cuentas vibrar cuando pasaba una serpiente, o cuando alguien mentía.

—Òdò-Àlà —susurró—. ¿Por qué estás tan serio?

El agua no respondió. Solo una burbuja tímida subió y explotó sin alegría.

Amina cerró los ojos y respiró. Su fe no era una idea; era un camino. En su mundo, los espíritus caminaban como el viento: no se les veía siempre, pero se les sentía. Y cuando algo se rompía en lo invisible, lo visible se volvía raro: gallinas que ponían huevos cuadrados, sombras que se equivocaban de dueño, tambores que sonaban sin ser tocados.

Detrás de ella, una voz conocida soltó una risa nerviosa.

—Si le cantas más fuerte, quizá se despierte —dijo Kúmù, su vecino, cargando un cesto de ñames.

Amina abrió un ojo.

—No se despierta a un río gritándole. Se le escucha.

Kúmù dejó el cesto, se sentó en una piedra y miró el agua con desconfianza.

—Mi madre dice que el río está enfadado. Y cuando un río se enfada, la pesca se va y el hambre se queda.

Amina tocó su collar. Las cuentas, frías, parecían más pesadas que de costumbre.

—No es el río —dijo—. Es algo que lo atraviesa. Una discusión vieja… y grande.

En la superficie apareció, por fin, un reflejo extraño: no el cielo, no las palmeras, sino una grieta de luz azul, como si alguien hubiera dibujado una cicatriz en el agua.

Amina tragó saliva.

—Ahí está —murmuró—. El desgarro.

Kúmù se inclinó hacia delante.

—¿Eso es… peligroso?

Amina sonrió, pequeña pero firme.

—Es una puerta. Y si es una puerta, también puede ser un camino de regreso.

Al levantarse, el aire olió a hojas de kola y a lluvia que aún no caía. Como una señal, una garza blanca descendió, se posó cerca del agua y la miró con ojos redondos, casi humanos.

—Amina —pareció decirle el silencio—. La palabra que une es más fuerte que la palabra que corta.

Ella se llevó una mano al pecho. Sabía lo que debía hacer: reconciliar dos espíritus que se negaban a mirarse. Porque cuando los espíritus discuten, el mundo entero se despeina.

Y Amina no soportaba ver al mundo despeinado.

Capítulo 2: La garza que hablaba con el viento

Esa noche, la abuela Òmí, pequeña como una semilla antigua pero con una voz que llenaba la casa, molió pimienta seca y hojas amargas en un cuenco de madera. El sonido del mortero era un tambor suave, un “toc-toc” que parecía llamar a alguien.

Amina se sentó frente a ella, con una lámpara de aceite entre las dos. La llama dibujaba sombras largas en la pared de barro, sombras que se estiraban como si quisieran participar en la conversación.

—Abuela —dijo Amina—, el río tiene una herida de luz.

La abuela no se sorprendió. Solo levantó la vista, y en sus pupilas había la misma calma que en un pozo profundo.

—Entonces dos espíritus han dejado de bailar juntos —respondió—. Cuando el baile se rompe, el suelo cruje.

Amina apretó los dedos.

—¿Quiénes son?

La abuela sopló el polvo de las hojas y lo dejó caer en el cuenco con cuidado, como si estuviera alimentando a un animal invisible.

—Uno es Ògún, el del hierro y los caminos abiertos. El otro es Òṣun, la del río y la dulzura. Se necesitan, pero se hieren. Uno corta demasiado. La otra se desborda demasiado.

Amina frunció el ceño.

—¿Y por qué pelean ahora?

—Porque alguien olvidó una promesa —dijo la abuela—. Y las promesas, cuando se pudren, huelen incluso para los espíritus.

En ese instante, la garza blanca apareció en la puerta como si hubiese sido invitada. No entró del todo; se quedó en el umbral, elegante, con el cuello como una pregunta.

Kúmù, que había venido “solo para escuchar”, se quedó paralizado.

—¿La… la garza vive aquí ahora? —susurró.

La abuela sonrió.

—No es una garza cualquiera. Es un mensajero de Òṣun. Escucha, niña.

Amina se inclinó hacia la puerta. La garza ladeó la cabeza y, sin mover el pico, una voz suave se deslizó por la habitación, como viento entre juncos:

“El río no canta porque el hierro lo acusa. El hierro no brilla porque el río lo esconde. Encuentra la promesa enterrada. Encuentra la palabra perdida”.

Amina sintió un escalofrío, pero no de miedo: de llamado.

—¿Dónde está enterrada? —preguntó, casi sin pensar.

La garza golpeó el suelo con una pata. En el barro apareció una chispa, un pequeño signo, como un dibujo hecho con luz: un espiral atravesado por una línea recta.

La abuela asintió.

—Ese es el símbolo del Santuario de las Tres Piedras —dijo—. Está en el bosque de Ìrókò, donde el árbol más viejo guarda historias en su corteza.

Kúmù se aclaró la garganta, intentando parecer valiente.

—Yo… puedo llevar una linterna. Y… un poco de pan de maíz. Por si las historias dan hambre.

Amina soltó una risita, agradecida.

—Trae también tu mejor silencio —le dijo—. En el bosque, el ruido se mete donde no lo llaman.

La abuela colocó en la mano de Amina un paquetito envuelto en tela azul.

—Semillas de calabaza y una cuerda roja —explicó—. Para crear, para unir. Recuerda: la creatividad no es solo hacer cosas bonitas. Es inventar puentes donde otros ven paredes.

Amina cerró el paquete con cuidado, como si sostuviera una estrella pequeña.

—Mañana al amanecer —dijo, mirando a la garza—. Iremos.

Y la garza, sin despedirse, desapareció en la noche, dejando en el aire un olor a agua fresca.

Capítulo 3: El bosque de Ìrókò y las palabras escondidas

El amanecer no salió de golpe; se deslizó como pintura rosada sobre el cielo. Amina y Kúmù cruzaron los campos, donde el rocío les mojaba los tobillos y las ranas se despedían con saltos torpes.

El bosque de Ìrókò los recibió con un silencio distinto, un silencio que no era vacío, sino lleno de miradas. Las hojas susurraban nombres. Las raíces parecían dedos buscando tobillos. Y aun así, Amina caminaba con la seguridad de quien ha rezado muchas veces en la oscuridad.

—No me mires así —murmuró Kúmù, sintiendo que los árboles lo examinaban—. Yo también estoy caminando.

—Los árboles no juzgan —dijo Amina—. Solo recuerdan.

Más adentro, encontraron el Ìrókò mayor. Era tan grande que parecía sostener el cielo con los brazos. En su tronco había marcas: líneas, círculos, símbolos de generaciones. La corteza tenía la textura de una piel antigua que hubiera aprendido a aguantar tormentas.

Amina puso la palma sobre el árbol.

—Venimos por la promesa —dijo en voz baja—. Venimos por la palabra perdida.

El aire se movió. Una risa breve, como una campanita, sonó entre las ramas. Y luego, una voz grave y metálica, como un martillo golpeando una piedra:

“¿Una humana viene a decirme qué debo sentir?”

Amina giró. Del lado más oscuro del tronco, una figura surgió como si se despegara de la sombra: un hombre alto hecho de hierro viejo y brillante a la vez, con cicatrices en forma de caminos sobre los brazos. Sus ojos eran brasas quietas.

Kúmù se escondió detrás de Amina, olvidando por completo su linterna.

—Ògún —dijo Amina, inclinando la cabeza—. No vengo a mandar. Vengo a escuchar. Y a unir.

El espíritu soltó un resoplido que sonó a herrería.

—Unir. Palabra fácil. ¿Sabes lo que es abrir un sendero en la selva? ¿Sabes lo que cuesta cortar para que otros pasen?

—Sé que cortar también puede herir —respondió Amina—. Y sé que a veces el agua cura. Por eso estoy aquí.

Un aroma dulce, a miel y flores húmedas, se esparció de pronto. Entre las raíces apareció una mujer de piel luminosa como el reflejo del sol en el río. Llevaba brazaletes de cobre y su cabello parecía una corriente tranquila.

Sus ojos, sin embargo, tenían tormenta.

“Y tú”, Ògún —dijo Òṣun, con voz suave pero firme—, ¿sabes lo que es dar sin vaciarse? ¿Sabes lo que es sostener a todos y que te llamen débil?

Ògún apretó los puños. Se escuchó un crujido de metal.

—Yo construyo puentes. Tú solo los adornas con flores.

Òṣun sonrió, pero su sonrisa era afilada.

—Y tú confundes fuerza con ruido.

Kúmù, detrás de Amina, susurró:

—Esto se va a poner feo.

Amina dio un paso al frente. Abrió el paquetito azul y sacó la cuerda roja y las semillas de calabaza.

—No voy a elegir uno contra el otro —dijo—. El río y el hierro no son enemigos. Son herramientas del mundo. Pero alguien enterró una promesa y ustedes la convirtieron en cuchillo.

Ògún la miró con desconfianza.

—¿Y qué harás? ¿Un dibujo? ¿Una canción?

Amina alzó las semillas.

—Haré un juramento nuevo que recuerde el antiguo. Haré un puente de palabras, y si las palabras fallan, haré un puente de acciones.

Se arrodilló, cavó con los dedos en la tierra húmeda al pie del Ìrókò y dejó caer tres semillas.

—Una para crear —dijo—. Una para escuchar. Una para reparar.

Luego ató la cuerda roja alrededor de una raíz y de una piedra cercana.

—Esto no es magia complicada —explicó—. Es un recordatorio. Lo rojo une, lo rojo avisa: “Aquí hay algo importante. Aquí no se pisa sin cuidado”.

Òṣun inclinó la cabeza, intrigada.

—¿Y la promesa enterrada?

Amina apoyó la oreja en el suelo. Cerró los ojos. Su collar de cuentas vibró como si estuviera cantando sin sonido.

Y lo oyó: un “tic-tic” muy suave, como cuando una gota cae dentro de un cuenco de metal.

—Está cerca —susurró—. No es un objeto… es una frase. Una frase que alguien quiso esconder para que ustedes se olvidaran de ella.

Ògún y Òṣun se miraron, tensos, como dos relámpagos que no quieren tocarse.

Amina levantó la vista.

—Ayúdenme —pidió—. No como rivales. Como dos manos del mismo cuerpo.

Por primera vez, el bosque dejó de susurrar nombres y pareció contener la respiración.

Capítulo 4: El martillo y la miel

Ògún dio un paso, pesado, y clavó su pie de hierro en el suelo. El “tic-tic” se volvió más claro. Òṣun se acercó por el otro lado, y su presencia humedeció el aire como una lluvia fina.

—La frase está atrapada —dijo Òṣun, tocando la tierra—. Como una burbuja bajo el barro.

—Yo puedo romper el barro —gruñó Ògún.

—Y yo puedo suavizarlo —replicó Òṣun.

Amina levantó ambas manos.

—Juntos —insistió—. Uno rompe sin destrozar. La otra cura sin esconder. Juntos.

Ògún bufó, pero alzó un brazo. De su antebrazo surgió un martillo, no enorme, sino preciso, como una herramienta hecha para cuidar.

Òṣun, por su parte, dejó caer de sus dedos una gota de miel. Al tocar la tierra, la miel se transformó en una película dorada que la volvió elástica, como arcilla lista para moldear.

Kúmù, que ya se atrevía a respirar, murmuró:

—Nunca pensé que vería miel peleando con barro.

Amina le lanzó una mirada de “silencio”, pero con una sonrisa escondida.

Ògún golpeó una sola vez. El sonido no fue de destrucción, sino de apertura: “¡clon!”. La tierra se agrietó con cuidado, como una fruta madura. Òṣun sopló, y la grieta se llenó de luz suave, evitando que se cerrara de golpe.

De la abertura emergió un hilo de aire brillante, una frase hecha de resplandor. Flotó entre ellos y se deshizo en palabras que sonaban en la mente, no en los oídos:

“Abriré camino sin despreciar el agua. Cuidaré el agua sin ahogar el hierro. Cuando uno se enfade, el otro recordará. Cuando uno se canse, el otro sostendrá.”

Ògún parpadeó, como si le hubiera entrado humo en los ojos.

—Esa… —dijo, rascándose la nuca— esa era nuestra promesa.

Òṣun se llevó una mano al pecho.

—La hicimos cuando el mundo era joven —susurró—. Cuando aún aprendíamos a ser nosotros.

Amina sintió un alivio cálido, como cuando se encuentra una palabra perdida en un libro favorito.

—¿Quién la enterró? —preguntó.

El bosque respondió con un crujido. Un pequeño mono saltó a una rama y chilló, señalando hacia una piedra plana cubierta de musgo. Amina se acercó y vio marcas de uñas, como si alguien hubiera rascado con rabia.

—No fue una persona —dijo—. Fue la Envidia, ese espíritu sin rostro que odia ver cosas unidas. No necesita manos grandes. Solo necesita susurros pequeños.

Ògún apretó el martillo.

—Debería perseguirla.

Òṣun negó con la cabeza.

—La Envidia se alimenta de persecuciones. Mejor se muere de hambre.

Amina asintió.

—Entonces hay que actuar como si no tuviera casa aquí. Hay que fortalecer el juramento.

Sacó la cuerda roja y la estiró entre Ògún y Òṣun.

—Tomen —dijo—. No como cadena. Como señal. Como recordatorio visible.

Ògún tomó un extremo con dedos de metal. Òṣun tomó el otro con dedos de agua. La cuerda no se quemó ni se mojó; se volvió más brillante, como si hubiera encontrado su propósito.

Amina plantó la última semilla justo en medio.

—Que crezca algo nuevo —dijo—. Un símbolo que no se pueda enterrar tan fácil.

El suelo tembló apenas. Una planta brotó con rapidez: tallo verde, hojas anchas, y en la punta una flor roja con centro dorado. Parecía un sol pequeño.

Kúmù, fascinado, se acercó.

—Eso sí que es creatividad —soltó—. Yo planto ñames y tardan siglos.

Amina rió, y su risa sonó como un tambor alegre.

Ògún miró la flor. Su voz, cuando habló, fue menos dura.

—Amina, humana… ¿por qué te importa tanto que dos espíritus se reconcilien?

Amina pensó en el río mudo, en la gente preocupada, en su abuela moliendo hojas como quien sostiene el mundo con un cuenco.

—Porque cuando ustedes se reconcilian, nosotros respiramos —dijo—. Y porque mi fe me enseña que no se adora solo con palabras. Se adora reparando.

Òṣun sonrió, esta vez de verdad.

—Entonces aún falta una cosa —dijo—. Debemos ir al río. Debemos devolverle su canción.

Capítulo 5: La grieta azul y el coro del agua

Regresaron a Òdò-Àlà al atardecer, cuando el cielo parecía una calabaza abierta y el aire olía a carbón y mangos maduros. La grieta azul seguía en el agua, como un ojo sin pestañas.

En la orilla, algunas personas del pueblo se habían reunido. Susurros, preocupaciones, miradas al agua. La madre de Kúmù llevaba un pañuelo atado con fuerza, como si eso pudiera sujetar el miedo.

Amina se adelantó. Detrás de ella, invisibles para muchos pero presentes como un cambio de temperatura, caminaban Ògún y Òṣun.

—Amina —llamó la abuela Òmí desde una estera—. ¿Traes el puente?

Amina levantó la flor roja que había cortado con cuidado del bosque. La flor parecía seguir latiendo.

—Traigo un recuerdo —respondió—. Y una promesa desenterrada.

El viento se levantó. La superficie del río tembló. La grieta azul brilló con más intensidad, como si quisiera defenderse.

Ògún dio un paso hacia el agua. Su voz, sin gritar, sonó como metal afinado:

—Río, te acusé sin escuchar. Confundí tu calma con obstáculo.

Òṣun se arrodilló y metió los dedos en el agua. Sus palabras fueron un murmullo que se extendió como ondas:

—Hierro, te juzgué por tus golpes y olvidé tus puentes.

Amina respiró hondo. Y entonces, con la creatividad que su abuela le había enseñado —esa que inventa caminos—, hizo algo inesperado: colocó la flor roja sobre el agua, justo encima de la grieta.

La flor no se hundió. Flotó como un pequeño barco.

—No voy a tapar la herida —dijo Amina en voz alta para que el pueblo oyera—. La voy a convertir en boca. En una boca que cante.

Tomó dos piedras lisas de la orilla y las golpeó con ritmo: tac, tac-tac, tac. Un patrón simple, como pasos. Kúmù, sin saber por qué, empezó a seguir el ritmo palmoteando. Luego una niña imitó el sonido con una calabaza seca. Un anciano marcó con su bastón.

El ritmo creció, no como ruido, sino como corazón compartido.

Òṣun sopló suavemente. Ògún bajó su martillo y lo apoyó en el suelo, como si dijera: “Hoy no vengo a cortar”.

La grieta azul vibró. La flor roja tembló y, de repente, el agua hizo algo que nadie esperaba: soltó un sonido, una nota larga, clara, como si el río hubiera estado conteniendo el aliento por días.

Una nota. Luego otra. Y otra.

La música del río volvió, mezclándose con el ritmo de las piedras y las palmas. Era un coro extraño y hermoso: agua, gente, espíritus.

Kúmù abrió la boca, maravillado.

—¡Está cantando! —gritó— ¡El río está cantando!

La grieta azul empezó a cerrarse, no como una puerta que se golpea, sino como un párpado que se relaja. La luz se recogió, se hizo fina, y desapareció bajo la flor, que se abrió aún más, como celebrando.

Amina sintió que su collar se volvía ligero. Las cuentas ya no vibraban con alerta, sino con alegría.

Ògún y Òṣun se miraron. Por un instante, el aire pareció dorado alrededor de ellos.

—Promesa recordada —dijo Ògún.

—Promesa renovada —respondió Òṣun.

Y el río, como si entendiera, salpicó suavemente la orilla, mojando los pies de Amina. No fue una molestia; fue un toque cariñoso, como un “gracias” sin palabras.

Capítulo 6: La bendición que casi no se ve

La noche llegó con calma. En Ilé-Òrìṣà encendieron fogatas pequeñas. Se cocinó pescado, y el humo subió en espirales que parecían bailar con las estrellas. La gente reía con un alivio nuevo, como si el pecho les quedara más ancho.

Amina se apartó un poco, buscando silencio. Se sentó en la misma piedra donde Kúmù había bromeado el día anterior. El río ahora murmuraba contento, con esa voz de siempre que parecía contar secretos.

Kúmù se acercó con dos trozos de pan de maíz.

—Te guardé uno —dijo—. Para la heroína del río.

Amina rodó los ojos, pero aceptó el pan.

—No exageres —respondió—. Solo hice de puente.

—Eso es mucho —dijo Kúmù, masticando—. Yo a veces no puedo ni ser puente entre mi madre y mis notas de la escuela.

Amina soltó una carcajada.

—Empieza por no esconder los exámenes debajo de la estera.

Kúmù se atragantó de risa.

El aire se enfrió un poco, y Amina sintió presencias cercanas. No necesitó mirar para saber que Ògún y Òṣun estaban allí, aunque no se mostraran a todos.

—Amina —dijo Òṣun, y su voz sonó como agua en una jarra de barro—. Has usado tu imaginación como cuerda: para unir.

—Y tu valentía como herramienta —añadió Ògún—. No la usaste para pelear, sino para escuchar.

Amina bajó la mirada, humilde.

—Tenían derecho a estar enfadados —dijo—. Pero el enfado no tiene derecho a quedarse a vivir.

Hubo un silencio bueno. De esos que no pesan.

Òṣun extendió una mano y dejó caer una gota sobre la frente de Amina. No mojó; brilló un segundo y luego desapareció como si se hubiera convertido en luz dentro de la piel.

Ògún sopló, apenas, y el aire alrededor del collar de cuentas se calentó. Las cuentas tintinearon muy suavemente, como campanas diminutas que nadie más oyó.

—No haremos una ceremonia grande —susurró Òṣun—. Las bendiciones más fuertes no necesitan ruido.

—Te bastará con esto —dijo Ògún—: cuando tengas que crear un puente, encontrarás una idea donde otros ven un muro.

Amina sintió una alegría tranquila, discreta, como una lámpara bien protegida del viento.

—Gracias —murmuró—. Prometo seguir reparando.

El río respondió con un pequeño remolino que dibujó, por un instante, el mismo símbolo que la garza había mostrado: un espiral atravesado por una línea. Luego se deshizo, sin espectáculo, como si el agua guiñara un ojo.

Kúmù miró el río, confundido.

—¿Viste eso?

Amina se encogió de hombros, sonriendo.

—Quizá el río solo estaba… estirándose.

Kúmù la observó, sospechando que ella sabía más de lo que decía. Pero no insistió. A veces, el misterio es una manta suave: abriga mejor cuando no la sacudes demasiado.

Amina mordió el último pedazo de pan de maíz, escuchó el canto del agua y sintió, muy adentro, una bendición casi invisible acomodándose como una semilla.

Y en Ilé-Òrìṣà, esa noche, el mundo durmió peinado.

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Arcilla roja
Barro rojo que se usa para modelar objetos con las manos.
Collar de cuentas verdes
Adorno para el cuello hecho de pequeñas bolas verdes ensartadas.
Vibrar
Moverse muy rápido o temblar por dentro por un sonido o emoción.
Grieta de luz azul
Abertura o corte que se ve iluminado con color azul.
Desgarro
Ruptura o abertura que aparece en algo que estaba entero.
Mortero
Recipiente donde se machacan hierbas o semillas con un manojo.
Cuenco
Vasija redonda y abierta para guardar o mezclar alimentos.
Corteza
Parte exterior y dura de un árbol, como su piel.
Brasas quietas
Trozos de carbón caliente que arden sin moverse mucho.
Brazaletes
Aros que se llevan en la muñeca como adorno.
Martillo
Herramienta con cabeza dura que se usa para golpear.
Promesa enterrada
Un compromiso escondido o guardado bajo tierra o en secreto.
Envidia
Sentimiento que desea lo que otra persona tiene y causa malestar.

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