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Cuento sobre el acoso 11/12 años Lectura 10 min. (1)

Nilo y el valor de pedir ayuda

Nilo, un pequeño lobo, enfrenta las burlas de los zorros que lo llaman torpe y se siente aislado, pero con la ayuda de sus amigos y de un sabio búho, comienza a aprender sobre la valentía de pedir ayuda y la importancia de la amistad. A medida que los días pasan, Nilo descubre que no está solo en sus luchas.

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Un pequeño lobo llamado Nilo, con un pelaje gris suave y ojos brillantes de tristeza, se encuentra en el centro de la imagen, con las orejas caídas y la cola recogida, mirando al suelo con una expresión de melancolía. A su derecha, una ardilla llamada Vega, con un pelaje rojizo brillante y ojos chispeantes de compasión, se acerca a él, extendiendo una pata amistosa para consolarlo. A la izquierda, un joven tejón llamado Leo, con pelaje marrón y ojos redondos, muestra una expresión determinada, listo para defender a su amigo, con las patas hacia adelante, como si estuviera preparado para actuar. El escenario se sitúa en un claro soleado del bosque, rodeado de árboles con hojas verdes vibrantes y flores coloridas, donde la luz filtra a través de las ramas, creando sombras suaves en el suelo. En el fondo, un grupo de jóvenes zorros juega, riendo y corriendo, pero su mirada burlona se dirige hacia Nilo, añadiendo tensión a la escena. La situación principal muestra a Nilo, triste y aislado, rodeado de sus amigos que intentan apoyarlo frente a las burlas de los zorros, ilustrando así el tema del acoso y la importancia de la amistad y el apoyo. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: El primer día de primavera

El bosque despertaba con los primeros rayos de sol y todo olía a tierra mojada y a brotes tiernos. El pequeño lobo Nilo, con su hocico curioso y sus orejas siempre alerta, corría detrás de una mariposa azul. El rocío le mojaba las patas y él reía solo, feliz por sentir la libertad bajo el cielo claro.

Mientras perseguía la mariposa, oyó la voz de su amiga Vega, la ardilla. —¡Nilo, ven! ¡Han salido las fresas junto al arroyo!— gritó desde una rama muy alta. Nilo cambió de rumbo y, dando saltitos descoordinados, llegó hasta la base del árbol.

Allí se reunió con Vega y con Leo, el tejón, que ya tenía la cara manchada de rojo de tanto probar fresas. Nilo olió las frutas frescas y se relamió. Se sentía seguro, acompañado y con ganas de aventuras.

—Hoy parece un día perfecto para explorar la colina de los sauces —propuso Leo, relamiéndose aún.

A los tres amigos les encantaba descubrir rincones nuevos y compartir historias mientras caminaban, aunque a Nilo, a veces, le costaba seguir el ritmo de Leo y Vega. Sus patas seguían siendo un poco torpes y tropezaba con raíces y piedras, pero se esforzaba por no quedarse atrás ni parecer débil.

Tras la merienda, salieron juntos hacia el sendero del bosque. Nilo miraba a sus amigos y pensaba que, con ellos, podía enfrentar cualquier cosa.

Capítulo 2: El grupo de los zorros

Cuando los tres amigos llegaron a la colina de los sauces, vieron un grupo de jóvenes zorros jugando a saltar entre los arbustos. Nilo dudó un momento, pero Leo y Vega siguieron avanzando, así que él también.

Uno de los zorros, Ziro, el más grande y ágil, les sonrió con una media sonrisa y se dirigió a ellos: —¿Os animáis a una carrera? A ver quién llega antes al tronco hueco.

Leo aceptó enseguida y Vega se animó, pero Nilo no estaba seguro. Recordaba que, en las últimas carreras, siempre quedaba el último, y a veces los zorros se reían de sus tropiezos.

—Va, Nilo, inténtalo —le animó Vega, pero en su voz había más una petición que una certeza.

La carrera comenzó y, como Nilo temía, pronto se quedó atrás. Sus patas se enredaron y cayó al barro mientras los demás llegaban al tronco hueco entre risas y gritos.

Ziro se le acercó y le dijo: —¡Vaya! Casi llegas. ¿Te ayudamos a levantarte, pequeñín?

Nilo sintió que su cara ardía. Sabía que Ziro no lo decía en serio, pero sonrió, tratando de disimular su incomodidad.

—No pasa nada, estoy bien —murmuró, sacudiéndose el barro. Nadie pareció notar su tristeza, ni siquiera sus amigos.

De vuelta a casa, Nilo sintió un nudo en la garganta. No quería preocupar a nadie, así que no dijo nada.

Capítulo 3: Un secreto difícil de guardar

Al día siguiente, Nilo evitó pasar por la colina de los sauces. Decidió pasear solo por el bosque, olfateando las flores y escuchando a los pájaros. Pero al volver al claro, se encontró de nuevo con los zorros.

—¿Hoy tampoco tienes ganas de correr, lobo torpe? —escuchó la voz de Ziro tras él.

Nilo intentó ignorarlo y seguir de largo, pero los otros zorros se unieron a Ziro y comenzaron a repetir la frase, riendo: —Lobo torpe, lobo torpe…

Nilo bajó la cabeza y aceleró el paso. Pasó el resto del día escondido entre los arbustos, sin querer ver a nadie.

Por la tarde, Vega lo buscó y lo encontró bajo un sauce. —Te he echado de menos. ¿Por qué no has venido hoy?

Nilo dudó. Quería contárselo todo, pero tenía miedo de que Vega pensara que era débil. —No me apetecía correr, eso es todo —mintió.

Vega lo miró con cariño y le pasó una zarpa por el lomo. —¿Seguro que estás bien?

Nilo asintió, pero dentro sentía que el nudo en su garganta era cada vez más grande.

Capítulo 4: Palabras que duelen

Los días siguientes, Nilo intentó evitar a los zorros. No jugaba tanto con sus amigos y buscaba excusas para no ir a los sitios donde sabía que estaría Ziro.

Pero los zorros parecían estar en todas partes. A veces, le lanzaban comentarios por lo bajo cuando pasaba: —Cuidado, que viene el lobo torpe.

Otras veces, dejaban ramitas atravesadas en el camino para que tropezara. Nilo empezaba a pensar que de verdad era torpe, que no encajaba con los demás.

En casa, su madre notó que estaba más callado. —¿Te ocurre algo, Nilo? —le preguntó una noche, mientras él se acurrucaba junto a ella.

—Nada, mamá. Solo estoy cansado —respondió.

Al cerrar los ojos, pensó en las palabras de los zorros. Sentía rabia y tristeza a la vez. No entendía por qué algunos eran tan crueles.

Capítulo 5: Un consejo inesperado

Un día, mientras Nilo buscaba moras en el borde del bosque, se encontró con el viejo búho Ulises, que vivía en lo alto del gran roble.

—Buenos días, Nilo —saludó Ulises con su voz grave—. Hace tiempo que no te veía por aquí.

Nilo forzó una sonrisa. —He estado ocupado…

Ulises lo observó con ojos sabios. —A veces, cuando uno se esconde, es porque algo le preocupa. ¿Te gustaría contarme qué te pasa?—preguntó, con paciencia.

Nilo dudó. Nadie le había preguntado de esa manera. Se sentó a los pies del árbol y, tras unos segundos, susurró: —Algunos zorros se burlan de mí. Dicen que soy torpe y ponen cosas en mi camino. No sé qué hacer. No quiero que piensen que no soy valiente.

Ulises asintió, comprensivo. —No eres menos valiente por pedir ayuda. Ser valiente es saber reconocer cuándo necesitas a los demás —dijo el búho—. Hablarlo no te hace débil, te hace fuerte. Quizá hay otros que también han sentido lo mismo que tú.

Nilo miró a Ulises y, por primera vez, sintió que no estaba solo.

Capítulo 6: Compartir el peso

Esa tarde, Nilo reunió el valor para hablar con Vega y Leo. Los encontró buscando bellotas junto al arroyo y se sentó con ellos.

—¿Os puedo contar algo? —dijo, un poco avergonzado.

—Claro, lo que quieras —respondió Vega, dejando la bellota.

Nilo respiró hondo. —Los zorros me molestan. Se burlan de mí, me llaman torpe y me ponen trampas. He intentado ignorarlos, pero cada vez me siento peor. No sé qué hacer.

Leo frunció el ceño. —¡Eso no está bien! No tienes que aguantarlo solo. Podríamos hablar con la Señora Loba, tu madre, o con Ulises. Seguro que saben qué hacer.

Vega abrazó a Nilo con su cola. —No estás solo, Nilo. A mí también me asustó una vez uno de los zorros. Podemos pedir ayuda juntos.

Nilo sintió alivio al escuchar a sus amigos. El nudo de su garganta empezó a deshacerse. Se dio cuenta de que, al compartir su carga, todo parecía un poco menos pesado.

Capítulo 7: Buscar ayuda

Al día siguiente, Nilo fue con sus amigos a buscar a su madre. Juntos, le contaron lo que había estado pasando. La Señora Loba los escuchó con atención y acarició la cabeza de Nilo.

—Siento mucho que hayas pasado por esto, hijo —dijo con ternura—. Nadie debe hacerte sentir menos. Pedir ayuda es lo más valiente que puedes hacer.

Luego, la Señora Loba habló con el grupo de zorros y también con Ulises, el búho, para que estuviera atento en la zona de los sauces.

Ziro y sus amigos negaron al principio, pero cuando vieron que todos los animales estaban pendientes, dejaron de molestar a Nilo. Nadie les reía las bromas, y poco a poco, los zorros entendieron que sus palabras hacían daño.

Capítulo 8: Un bosque más amable

Con el paso de los días, Nilo recuperó la alegría de correr y explorar. Ahora, cuando sentía miedo o tristeza, recordaba que podía confiar en sus amigos y en los adultos del bosque.

Un día, mientras jugaba con Vega y Leo, vio a Ziro sentado solo bajo un arbusto. Dudó un momento, pero decidió acercarse.

—Hola, Ziro —dijo Nilo—. ¿Te gustaría jugar con nosotros?

Ziro levantó la cabeza, sorprendido. —¿Después de todo…? —murmuró.

Nilo asintió. —También puedes cambiar y aprender, igual que yo aprendí a pedir ayuda.

Ziro aceptó y, juntos, compartieron una tarde de juegos. El bosque parecía más grande, más seguro y más lleno de risas sinceras.

Nilo supo entonces que, aunque a veces las palabras pueden doler, también pueden curar. Y que, en el bosque, nadie estaba solo cuando necesitaba ayuda.

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Sugerir o presentar una idea o plan para que sea considerado.
Relamiéndose
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