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Cuento sobre el acoso 11/12 años Lectura 15 min.

La libreta verde y el valor de decir basta

Leo sufre burlas repetidas en el colegio y, con la ayuda de sus amigos y los profesores, aprende a identificar el problema y buscar apoyo para enfrentarlo.

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Hay cinco niños: Leo, chico de ~11 años, piel clara, pelo castaño corto, con sudadera azul marino y chaqueta gris claro; está centro-izquierda, ligeramente encorvado, aliviado pero tímido, sujetando una libreta verde contra el pecho. Inés, niña de ~11 años, piel morena, pelo negro largo en coleta, vestido verde con motivos, sentada a la izquierda de Leo, inclinada hacia él, mostrando una pequeña lista. Nora, niña de ~11 años, pelo rizado pelirrojo y pecas, camiseta amarilla, delante de Leo, de pie, puño cerrado pero rostro sereno, mirando a Mauro como para detenerlo. Sami, chico de ~11 años, pelo negro corto, gafas redondas, chaqueta kaki, a la derecha de Nora, brazos cruzados, postura protectora y seria. Mauro, chico de ~11 años, pelo rubio, cazadora negra, expresión sorprendida y apenada, al fondo a la derecha con dos compañeros difuminados, reculando tímidamente. Escena en un patio escolar al atardecer: suelo de hormigón con marcas de juego rojas y azules, banco de madera gastado a la izquierda, muro de ladrillo ocre y hojas caídas; luz dorada que alarga las sombras. Situación: confrontación pacífica: cuatro amigos rodean y apoyan a Leo mientras Mauro se aleja; gestos claros y no violentos (mano tendida, mano en el hombro, mirada firme). Estética: tensión disipada, colores cálidos alrededor del grupo que apoya, tonos más fríos y difuminados en los burlones, estilo acuarela con salpicaduras suaves para acentuar emociones sin dramatizar. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Un pasillo lleno de ruido

El lunes por la mañana, el instituto olía a suelo recién fregado y a bocadillos guardados en mochilas. Leo caminaba entre grupos que reían, se empujaban con cuidado y se contaban secretos como si fueran monedas.

Él también iba acompañado: a su lado estaban Inés, que siempre llevaba una libreta de tapa verde; Sami, que coleccionaba datos raros y los soltaba como si fueran chistes; y Nora, que tenía una risa rápida y una mirada que se fijaba en todo.

Aun así, Leo se sentía un poco perdido, como si estuviera en una fiesta donde conoce a mucha gente pero no sabe dónde dejar las manos.

En la puerta de clase, Mauro y dos chicos más hicieron un sonido con la boca, como imitando a un robot.

—Mira, ahí viene el “modo avión”—dijo Mauro, lo bastante alto para que se oyera.

Leo fingió que no era con él. Siguió andando, pero el cuello se le calentó y la mochila le pesó el doble.

Inés frunció el ceño.

—¿Otra vez con eso?

—No pasa nada—murmuró Leo. La frase le salió automática, como cuando alguien pregunta “¿qué tal?” y uno responde “bien” sin pensarlo.

Nora se acercó un poco más, como si su cuerpo pudiera hacer de pared.

—Sí pasa, aunque no te peguen. Te están buscando la vuelta.

Sami, que solía hablar de planetas y videojuegos, bajó la voz:

—Eso se llama burla repetida. Y si es todos los días, no es una broma.

Leo apretó los labios. No quería ser “el problema”. Había gente alrededor, profesores pasando, y aun así se sentía solo en medio del pasillo.

Cuando entraron en clase, la profesora de Lengua, Ana, saludó sonriendo:

—Buenos días, equipo.

Leo respondió también, pero con una sonrisa pequeñita, como prestada.

Capítulo 2: La libreta verde

En el recreo, se sentaron en el banco de siempre. El patio tenía el sonido de mil conversaciones y el golpe seco de una pelota contra la pared.

Leo abrió su bocadillo, pero apenas le vio el pan. Inés sacó su libreta verde y la empujó hacia él.

—He hecho una lista—dijo, como si fuera lo más normal del mundo.

Leo la miró. Había tres columnas: “Lo que pasa”, “Cómo me siento”, “Qué necesito”.

—¿Para qué es eso?—preguntó él.

—Para ordenar—respondió Inés—. Cuando algo te lía la cabeza, lo escribes y deja de dar vueltas como un calcetín en la lavadora.

Sami asintió con seriedad exagerada.

—La lavadora de los pensamientos, versión bolsillo.

Nora soltó una risita, pero enseguida se puso seria.

—Leo, no tienes que aguantar solo.

Leo tragó saliva. Notó que por dentro tenía un nudo, como cuando se te queda un cordón atrapado.

—Es que…—empezó, y se quedó sin aire.

Inés no lo apuró. Solo señaló la libreta.

—Puedes escribirlo tú o lo escribo yo, como quieras. No hace falta contar todo de golpe.

Leo cogió el bolígrafo. En “Lo que pasa” escribió despacio: “Mauro me llama ‘modo avión' y lo repite con otros”. En “Cómo me siento”: “Me da vergüenza y me confundo”. En “Qué necesito”: se quedó mirando la hoja, con el bolígrafo temblando.

Nora le sopló una idea, muy suave:

—Que pare. Y que alguien te crea.

Leo escribió: “Que pare y que me escuchen sin pensar que exagero”.

Sami levantó una ceja.

—Eso se puede pedir.

Leo miró alrededor. Vio a Mauro cerca de la pista. Mauro le miró un segundo, como comprobando si su broma funcionaba todavía. Leo bajó la vista.

—Hoy en tutoría vamos a la sala polivalente—recordó Nora—. Está programada una actividad de convivencia. Puede ser un buen momento.

—¿Y si se ríen más?—susurró Leo.

Inés cerró la libreta con cuidado.

—Si se ríen más, no significa que tengan razón. Significa que no saben hacerlo mejor.

Capítulo 3: La sala polivalente

La sala polivalente era grande y luminosa, con sillas apiladas en una esquina y líneas de colores en el suelo que marcaban diferentes juegos. Olía a madera y a pintura antigua. Allí cabía un partido, una obra de teatro o una reunión importante.

La tutora, Marta, pidió que se sentaran en círculo.

—Hoy vamos a hablar de cómo convivimos—dijo—. No para señalar, sino para aprender.

Leo sintió que el corazón le hacía un redoble. Inés, Sami y Nora se sentaron cerca, como si hubieran trazado un mapa invisible.

Marta sacó unas tarjetas.

—En grupos de cuatro, vais a leer situaciones y a decir: ¿es broma, es conflicto o es acoso? Y lo más importante: ¿qué se puede hacer?

Leo tragó saliva cuando le tocó leer una tarjeta que decía: “A alguien le ponen un apodo que no le gusta. Se repite cada día. Los demás se ríen”.

Sami se llevó la mano a la barbilla, teatral.

—Esto parece sospechosamente conocido, ¿eh?

Leo no se rió. Nora le tocó el codo.

—Respira.

Inés habló con claridad:

—Si se repite y a la persona le duele, no es broma.

—Y si hay gente mirando y nadie hace nada—añadió Sami—, eso lo alimenta.

Leo miró el suelo. Quería decir: “me pasa”. Pero su garganta era una puerta atascada.

Marta pasó por su grupo y se agachó un poco para quedar a su altura.

—¿Cómo lo veis?—preguntó.

Inés levantó la tarjeta.

—Creemos que es acoso si se repite y hay desequilibrio. Y que los testigos pueden ayudar.

Marta asintió, sin prisas.

—Muy bien. A veces, el primer paso es reconocerlo con palabras.

Luego, en voz alta, la tutora preguntó al círculo:

—¿Alguien quiere compartir algo que haya visto o vivido? No hay obligación. Solo un espacio seguro.

El silencio se estiró como un chicle. Leo notó que sus amigos lo miraban, pero sin empujar.

En el otro lado del círculo, una chica contó que en primaria le escondían el estuche. Un chico dijo que había visto a otros grabar con el móvil para reírse de alguien. Marta escuchó con la cara tranquila, sin poner etiquetas rápidas, sin decir “seguro que no fue para tanto”.

Leo levantó la mano a medias, como quien prueba el agua.

—Yo…—empezó.

Marta lo miró con atención suave.

—Te escuchamos, Leo.

Leo apretó la libreta verde, que Inés le había dado antes de entrar.

—Me llaman “modo avión”. No me gusta. Y… se repite.

No hubo risas. Hubo un murmullo pequeño, como cuando alguien suelta el aire.

Marta asintió.

—Gracias por decirlo. Eso requiere valentía. ¿Qué te gustaría que pasara ahora?

Leo se quedó un segundo en blanco. Nora susurró:

—Lo que escribiste.

—Que pare—dijo Leo—. Y… que no se rían si digo que me duele.

Marta miró al grupo.

—Eso es una petición clara. Y ahora viene la parte importante: no lo va a sostener Leo solo. Lo vamos a sostener entre todos.

Capítulo 4: Los testigos también cuentan

Después de la actividad, Marta pidió hablar con Leo un momento en una esquina de la sala polivalente. Inés, Sami y Nora se quedaron cerca, sin invadir, como guardianes discretos.

—Leo, has hecho lo correcto—dijo Marta—. Quiero que sepas algo: cuando un adulto escucha sin juzgar, no es para castigar a ciegas, sino para cuidar.

Leo se frotó las manos.

—No quiero que se arme un lío.

—Lo entiendo—respondió Marta—. Pero el lío ya existe; solo que te lo estabas tragando tú. Vamos a hacerlo manejable.

Le preguntó cosas concretas: cuándo pasaba, dónde, quiénes estaban. Leo contestó sin adornos. Marta tomó notas y le explicó el plan.

—Primero, vamos a hablar con Mauro y con los demás, sin espectáculo. Segundo, vamos a protegerte en los pasillos: profesores atentos, y tus compañeros sabrán cómo intervenir. Tercero, revisaremos si esto se repite. ¿Te parece?

Leo asintió. Por primera vez en días, el nudo se aflojó un poco.

Nora levantó la mano, como en clase.

—¿Podemos ayudar sin meternos en problemas?

Marta sonrió.

—Claro. Ayudar no es pelear. Es cortar la risa, cambiar el tema, decir “eso no”, acompañar a la persona, y avisar a un adulto. Ser testigo activo.

Sami, que siempre encontraba comparaciones, dijo:

—Como cuando ves un fuego pequeño. Si lo apagas al principio, no se convierte en incendio.

Inés añadió:

—Y si alguien te dice “no pasa nada”, pero lo dice con cara de que sí pasa, le crees.

Marta les dio una frase sencilla para usar:

“Eso no es gracioso. Déjalo.” Y otra: “¿Te vienes con nosotros?”

Leo repitió la segunda por dentro. Sonaba a puerta abierta.

Capítulo 5: Un recreo diferente

Al día siguiente, el patio parecía igual, pero Leo lo veía con otros ojos. No porque fuera más valiente de repente, sino porque ya no estaba solo con el secreto.

Mauro se acercó con su grupo. Leo sintió el viejo calor en el cuello, el cuerpo preparándose para encogerse.

—Eh, “modo avión”—empezó Mauro.

Antes de que Leo pudiera desaparecer, Nora dio un paso al frente, sin gritar.

—Eso no es gracioso. Déjalo.

Mauro parpadeó, como si no esperara respuesta.

Sami añadió, con tono firme pero calmado:

—Si a él no le gusta, se acaba.

Inés miró a Mauro directamente.

—No lo repitas. Y ya.

Hubo un segundo raro. Algunos chicos miraron a Mauro, esperando el chiste siguiente. Pero el chiste no llegó.

Mauro se encogió de hombros, incómodo.

—Bah, era broma.

Leo, con el corazón corriendo, consiguió decir:

—Pues a mí me hace sentir mal. Y no es una broma si se repite.

Su voz no tembló tanto como creía. O quizá tembló, pero salió igual.

Mauro miró alrededor. Vio a un profesor cerca, y vio que esta vez nadie se reía para acompañarlo. Su boca se torció, como si masticara una excusa.

—Vale, ya.

Se fue con su grupo, sin aplausos ni drama. Solo se fue.

Nora soltó el aire y, por hacer algo, le dio un empujoncito suave a Leo.

—¿Ves? No te has apagado. Estabas en modo… despierto.

Sami se rió.

—Modo “conexión humana”.

Inés abrió la libreta verde y escribió algo en una esquina: “Hoy: hablar funcionó”.

Leo miró a sus amigos. La sensación de estar perdido no desapareció del todo, pero ahora tenía señales, como flechas en un camino.

Capítulo 6: Conversación y cierre

Ese viernes, Marta volvió a citar a Leo en la sala polivalente. Esta vez también estaba el orientador del centro, Javier, con una carpeta y una voz tranquila. No había caras severas ni interrogatorios, solo un clima de “vamos a arreglar esto”.

—Hemos hablado con Mauro—dijo Javier—. Ha entendido que no era una broma, aunque al principio le costó. También hemos observado el recreo estos días.

Marta miró a Leo.

—¿Cómo te has sentido?

Leo pensó un segundo.

—Más… ligero. Todavía me pongo nervioso, pero ya no siento que me lo tenga que tragar.

—Eso es importante—dijo Javier—. El acoso se alimenta del silencio y de la risa alrededor. Cuando hay palabras y apoyo, se queda sin fuerza.

Marta propuso un cierre sencillo y realista: una conversación breve con Mauro, con un adulto presente, para que quedara claro el límite y la reparación. Leo dudó, pero Nora le apretó la muñeca con confianza.

Mauro entró, mirando al suelo. Se sentó a distancia, como si la silla quemara un poco.

Javier habló primero:

—No estamos aquí para humillarte, Mauro. Estamos para que entiendas el impacto y para que esto no se repita.

Mauro se revolvió.

—Yo… no pensé que fuera para tanto.

Leo notó la tentación de decir “da igual”. Pero esta vez recordó la libreta, el círculo, las frases.

—Para mí sí fue—dijo—. Me sentía mal y me daban ganas de desaparecer.

Mauro levantó la mirada. No parecía un villano de película, solo un chico de once años que se había acostumbrado a hacer gracia con alguien delante.

—Lo siento—dijo Mauro, con voz baja—. No lo vuelvo a hacer.

Marta asintió.

—Gracias por decirlo. Y recuerda: si ves que otros lo hacen, también puedes parar. Eso también es valentía.

Hubo un silencio corto, pero ya no era un silencio pesado. Era un silencio de final de tarea.

Javier miró a Leo.

—¿Te parece bien aceptar la disculpa?

Leo respiró. Se dio cuenta de que aceptar no era olvidar, sino cerrar una puerta para abrir otra.

—Sí, si se respeta.

Mauro se levantó. Dudó un segundo y extendió la mano, torpe.

Leo la tomó. La mano de Mauro estaba fría, la suya un poco sudada. Se estrecharon con firmeza, como un acuerdo sencillo.

Inés, Sami y Nora sonrieron, sin burlas, como quien celebra algo importante sin hacer ruido.

Al salir de la sala polivalente, el pasillo seguía lleno de vida. Leo caminó con su grupo. Esta vez, aunque hubiera gente alrededor, no se sintió perdido: llevaba, por dentro, la certeza de que hablar y apoyarse cambia las cosas.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Sala polivalente
Una habitación grande que sirve para actividades distintas, como juegos o reuniones.
Burla repetida
Bromas que se hacen muchas veces y dañan a la misma persona.
Tutora
La profesora encargada de guiar y cuidar a un grupo de alumnos.
Tutoría
Tiempo de clase para hablar y resolver problemas del grupo.
Convivencia
Manera de vivir juntos respetando a las otras personas.
Testigos
Personas que ven algo que pasa y pueden ayudar o contarlo.
Acoso
Cuando alguien molesta o amenaza a otra persona de forma continua.
Orientador
Adulto que ayuda a los alumnos con problemas y consejos personales.
Desequilibrio
Situación en la que hay falta de igualdad o justicia entre personas.
Reparación
Acto de arreglar un daño o pedir que algo se corrija.
Valentía
Capacidad de afrontar miedo o dificultad con esfuerzo y coraje.
Intervenir
Actuar para detener una situación mala o ayudar a alguien.
Recreo
Tiempo libre en el colegio para jugar y descansar entre clases.

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