Marina se despertó con la manta enredada y la cara caliente. No tenía ganas de saltar de la cama. Su osito Bruno la miraba con ojos de tela. Marina tocó su frente y dijo bajito: "Me siento rarita".
Mamá entró con una taza de agua y una cara tranquila. "Vamos a cuidarte", dijo. Marina sonrió un poco. Le gustó la voz de mamá. Su voz era como una canción lenta.
La llevaron al sofá. Papá puso una almohada extra. Bruno se sentó al lado. "Te contaré un cuento", dijo papá, "pero primero un besito en la frente." El beso fue fresco y tierno. Marina suspiró. "Gracias", dijo.
El doctor vino a casa. Tenía una bata blanca y unos calcetines verdes con patitos. Marina se rió. "¿Por qué tus calcetines son patitos?" preguntó. "Porque a los patitos les gusta curar risas", respondió él, y sonrió. Eso hizo que Marina se sintiera más tranquila.
El doctor miró los ojos y la garganta. "Tienes un pequeño resfriado", explicó con voz suave. "No te preocupes. Con reposo, agua y cariño, vas a mejorar." Marina parpadeó. "¿Y los patitos me curan si los veo?" preguntó. El doctor hizo un gesto divertido. "Los patitos curan las penas. Las medicinas curan el cuerpo. Y las caricias curan el corazón." Marina pensó en eso y abrazó a Bruno.
Mamá le puso una mantita con flores. Papá le leyó un poema corto. "Eres fuerte como un arbolito", dijo. Marina repitió: "Fuerte, fuerte." Le gustó decirlo. La palabra sonaba amable en su boca.
Los días pasaron despacio y cálidos. Mamá le hacía sopa de zanahoria. "¿Quieres una cucharita más?" preguntaba. "Sí, por favor", decía Marina. Papá le dibujaba caritas en las servilletas. "¡Mira!", decía él. Marina reía y se sentía mejor un poquito.
En la tarde, la abuela vino con una bufanda de lana. La abuela le cantó una canción. "Duérmete, nube, duérmete ya", cantó con voz suave. Marina cerró los ojos. Antes de dormir, la abuela susurró: "Eres muy valiente. Estoy aquí." Marina repitió la frase en su cabeza. Le dio calor.
Un día, Marina se levantó y la nariz ya no estaba tan mocosa. Se miró en el espejo y vio su sonrisa. "Estoy mejor", dijo. Papá aplaudió muy suave para no despertarla. Bruno también tenía una sonrisa cosida.
Esa noche, antes de dormir, Marina abrazó a Bruno, a mamá y a papá. "Gracias por cuidarme", dijo. Mamá le acarició la frente. Papá le dijo: "Tus palabras suaves nos ayudaron mucho." Marina pensó en el doctor con sus calcetines de patitos y en la canción de la abuela.
Cerró los ojos con el corazón tranquilo. Susurró para sí: "Palabras dulces, curan el miedo." Se quedó dormida con una sonrisa pequeña. Afuera, la luna miró y pareció decir: "Qué bien, pequeña."