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Cuento sobre un miedo de niño 7/8 años Lectura 8 min.

Luna y las luciérnagas de la noche

Luna, una niña que teme la oscuridad, aprende a enfrentar sus miedos con linterna, dibujos y ejercicios de calma, creando poco a poco herramientas y confianza para sentirse segura en su casa.

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Niña de 8 años, valiente pero tímida, coletas castañas, ojos grandes, pijama de lunares rosas, sostiene una linterna azul y un cuaderno abierto con dibujos de luciérnagas; padre (≈35), rostro amable y barba ligera, sonriente y arrodillado a la derecha sosteniendo una linterna grande; madre (≈33), cabello recogido, mirada benigna, de pie a la izquierda con una lámpara nocturna cálida con estrellas, lista para cubrir a la niña; habitación infantil acogedora con paredes crema, pósters de libros, estantería con libros y peluches, ventana al jardín oscuro, cama con manta a rayas y frasco de piedras brillantes en la mesita; la niña enciende su linterna azul y muestra sus dibujos, transformando miedos en pequeñas luces amistosas, escena suave y luminosa con sombras redondeadas y atmósfera reconfortante. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1

Luna tenía ocho años y vivía en una casa que olía a pan caliente y a libros. Esa casa era su refugio. Las paredes conocían sus risas y sus dibujos. La ventana del cuarto daba al jardín donde las plantas parecían sus amigas. Por la noche, Luna contaba estrellas desde su cama y sentía que todo estaba en su sitio.

Pero a veces, cuando la lámpara se apagaba, algo pequeño en su pecho se ponía nervioso. Una inquietud como un pajarito que da vueltas. Empezaba a imaginar ojos que brillaban en la oscuridad. No eran ojos de verdad, pero en su cabeza tomaban forma. Brillos verdes, como luciérnagas, que se escondían entre las sombras. Esos ojos la hacían sentir rara, pegada a la sábana, con el corazón apretado.

Sus papás la cuidaban. Antes de dormir le leían cuentos y le tapaban los pies. Ella les contaba que tenía miedo, y su mamá le decía: "Cualquiera puede sentir miedo, Luna. Los miedos se pueden aprender a tratar con cariño." Eso la calmaba un poco. Pero la idea de los ojos en el cuarto volvía cuando la casa se quedaba en silencio y solo se oía la respiración de la noche.

Capítulo 2

Una tarde de sábado, Luna decidió hacer algo pequeño y valiente. Cogió una linterna de color azul y un cuaderno donde dibujaba todo. Se sentó en el suelo de su cuarto y encendió la luz. La pieza se llenó de sombras que parecían bailar. Ella sonrió. "¿Y si imagino que los ojos son luces de luciérnagas amistosas?", pensó.

Dibujo tras dibujo, transformó esos ojos brillantes en cosas divertidas. Uno era una luciérnaga que llevaba gafas, otro era una bola de luz que tocaba la guitarra. Pintó una familia de ojos que leían libros y otra que dormía con pijamas de lunares. El cuaderno se llenó de personajes luminosos y ternos. Luna se rió al verlos. La risa era como una puerta que empezaba a abrir la noche.

Al caer la tarde, llamó a su papá. "Mira", dijo, mostrando las páginas. "No son malos. Solo quieren jugar." Su papá la miró y le hizo una mueca graciosa. "A veces lo que imaginamos es más grande que el problema", dijo él. "Si los dibujas, pierden poder." Ella se sintió fuerte. Sentir miedo no desaparecía de golpe, pero los dibujos le dieron un nuevo punto de vista.

Capítulo 3

Esa noche, antes de acostarse, Luna probó otro paso. Colocó su linterna junto a la cama y dejó una pequeña lámpara de noche encendida. La luz era cálida, como un abrazo. Había puesto tambien un frasco con piedras que brillaban al reflejar la luz. Eran simples piedras, pero a Luna le parecían estrellas en miniatura.

Cuando las sombras aparecieron, Luna cerró los ojos y respiró despacio. Contó hasta cuatro al inhalar y hasta cuatro al exhalar. La respiración la tranquilizaba. Pensó en su jardín y en el perro de su vecina que perseguía mariposas. Imaginó que los ojos brillantes eran curiosos y tímidos, como un gatito que se asoma a una puerta. No pensó en monstruos. Pensó en curiosidad.

En la oscuridad, oyó un crujido. Su corazón saltó. Pero en vez de saltar de la cama, encendió la linterna. La luz recorrió la habitación. Bajo la cama no había nada más que un calcetín y una carta sucia que había olvidado. Los ojos imaginarios se desvanecieron como humo. Luna sonrió, apenas. "No estaba solo", susurró. Se sentía valiente por haber mirado con luz.

Capítulo 4

Al día siguiente, Luna y su mamá hicieron un plan. Crearon una lista de pequeñas cosas que podía hacer cuando los miedos volvieran. Primero, encender la luz de la noche. Segundo, respirar contando. Tercero, imaginar que los ojos eran amigos curiosos. Cuarto, dibujarlos en el cuaderno. Quinto, decir en voz alta una frase que le diera calma: "Estoy segura en casa."

Practicar no fue instantáneo. Había noches que la inseguridad se asomaba igual. Pero cada día hacía un paso nuevo. Una vez, llamó a su papá cuando un ruido la despertó. No fue vergüenza. Él vino con una linterna y juntos revisaron el pasillo. Era solo la puerta del balcón que se movía por el viento. Se rieron. "Ves", dijo su papá, "la casa habla, pero no nos hace daño."

Otra noche, Luna invitó a su muñeca a dormir en la cama con ella. Le contó cómo fueron los dibujos de luciérnagas. La muñeca, silenciosa, parecía escuchar. Eso le dio compañía. Cuando la oscuridad empezó a besar las paredes, Luna ya no quería esconderse. Había creado cosas para protegerse: luz, respiración, dibujos y el coraje de pedir ayuda.

Capítulo 5

Una semana después, hubo una noche especial. La casa estaba más silenciosa que de costumbre. Luna sintió el primer cosquilleo de temor. Su mano buscó la linterna, como siempre. Pero algo en su pecho hizo click. Recordó los pasos de la lista. Respiró contando. Miró a su muñeca. Pensó en las luciérnagas con gafas. No notó la necesidad de mirar debajo de la cama.

Se quedó inmóvil y esperó. No hubo ruidos extraños. La calma entró como una gota de luz. Luna cerró los ojos sin necesidad de comprobar escondites. Esa simple confianza era un tesoro nuevo. Durmió con la linterna apagada y la lámpara de noche apenas encendida. Cuando se despertó, el sol bailaba en la pared y ella se sintió orgullosa.

Al desayunar, le contó a su mamá: "Anoche no miré debajo de la cama." Su mamá la abrazó fuerte. "Pequeños pasos", dijo. "Hoy fue uno grande." Luna sonrió. No era que el miedo hubiera desaparecido para siempre. Era que ella había aprendido a escuchar sus emociones y a tratarlas con cuidado. Cada vez que la oscuridad venía, ella tenía herramientas y ternura para responder.

La casa siguió oliendo a pan y a libros. Las paredes siguieron guardando risas y dibujos. Luna siguió siendo una niña casera, pero ahora con un secreto valiente: supo que los ojos que brillaban en la oscuridad podían ser dibujados, comprendidos y transformados en amigos de papel. Y una noche, al acostarse, se repitió su frase suave como un canto: "Estoy segura en casa." Cerró los ojos y durmió sin revisar debajo de la cama. Fue una pequeña victoria que la hizo crecer un poco más, con el corazón tranquilo y la sonrisa lista para nuevas aventuras.

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Refugio
Lugar donde te sientes seguro y protegido, como tu casa o cuarto.
Inquietud
Sentimiento de nervios o preocupación que no deja estar tranquilo.
Luciérnaga
Insecto pequeño que brilla en la oscuridad como una lucecita.
Linterna
Objeto que emite luz para ver cuando está oscuro.
Sombras
Áreas oscuras que aparecen cuando la luz no llega bien.
Respiración
Acción de entrar y salir aire del cuerpo para vivir y calmarse.
Inhalar
Tomar aire hacia los pulmones por la nariz o la boca.
Exhalar
Sacar el aire de los pulmones hacia afuera.
Mueca
Expresión de la cara que muestra un sentimiento o broma.
Frasco
Pequeño recipiente de vidrio o plástico para guardar cosas.
Calcetín
Prenda que se pone en el pie dentro del zapato.
Cosquilleo
Sensación leve y divertida que hace querer reír o moverse.

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