La niña del "ya pasará"
Luna tenía siete años y un lema pintado en su mochila: "¡Si no sale, ya pasará!". Lo decía en voz alta cada mañana. Lo decía cuando un calcetín se escondía. Lo decía cuando la sopa se enfriaba. Lo decía como si fuera un hechizo pequeño y muy práctico.
Un día, Luna decidió que quería hacer algo grande: quería preparar una poción capaz de colorear el cielo. "¡Imagina un cielo naranja con lunares morados!" dijo. Su abuelo se rió. "Bueno, cielo con lunares... sería curioso", dijo. Luna se puso su capa de estampados de estrellas y la brújula que solo apuntaba hacia los helados. Salió a buscar ingredientes.
Su destino era la Montaña de los Ecos Descarados. Era una montaña que repetía todo con un toque de chiste. Si uno decía "hola", la montaña respondía "¿hola? ¿en serio?". A Luna le gustaba, porque así la montaña le daba ánimo y risa.
El escudo que daba consejos
Al pie de la montaña, encontró un escudo apoyado en una roca. No era un escudo normal. Llevaba gafas diminutas y una barba de polvo. Parpadeó cuando Luna se acercó.
"Hola", dijo Luna.
"Hola", respondió el escudo con voz resonante. "¿Has pensado en usar colorante de arcoíris y no solo pétalos de amapola?"
Luna se sorprendió. "¿Tú... hablas?"
"Claro", dijo el escudo. "Soy Escudito, consejero de confianza. Doy consejos, aunque no siempre me hacen caso. Eso me pone... un poquito molesto."
"¿Te molesta que no te escuchen?" preguntó Luna. Ella se inclinó y le dio una palmadita. "No te preocupes. Yo escucho."
Escudito hinchó su borde metálico como si respirara hondo. "Gracias. A veces los objetos se sienten ignorados. Pero no te preocupes: un buen plan es un plan con equilibrio."
"Perfecto", dijo Luna, contenta. "Mi plan tiene pétalos, una sonrisa y... ¡un dragón que come ensaladas!"
"¿Un dragón vegetariano?" preguntó Escudito, levantando una ceja metálica. "Eso sí que es un giro."
"En la montaña vive uno", dijo Luna. "Dicen que es adicto a las hojas verdes."
Escudito gruñó muy bajito. "Si lo encuentras, pídele consejo. Los dragones, aunque comen ensalada, saben mucho de viento y cielo."
La ensalada y la huelga de escobas
Subieron. La montaña contestaba a cada paso: "¡A subir!" — "¿A subir?" — "¡A subir!" La risa se pegaba a las rocas. En la cumbre, una sombra enorme se movía entre las nubes bajas. Apareció un dragón con escamas color lechuga y ojos risueños.
"¡Hola!" dijo Luna. "Me llamo Luna."
"Soy Señor Lechuga", dijo el dragón, estirando el cuello. "Pero puedes llamarme Lechuga. ¿Traes aderezos?"
Luna sacó un frasco de vinagre mágico y una zanahoria chispeante. Señor Lechuga aplaudió con las alas. "¡Perfecto! Un buen aderezo alegra cualquier día."
Mientras comían, algo extraño pasó en la aldea de abajo. Las escobas decidieron hacer huelga. Se cansaron de barrer. Habían oído que nadie les pedía permiso para explorar. "¡Queremos viajar!" dijeron. Y dejaron de volar.
El polvo se amontonó. Los caminos olían a pan tostado y polvo. Un puesto de limonada ya no veía clientes. Los sombreros perdidos en las copas de los árboles no regresaban. La gente empezó a tropezar con hojas y calcetines en todas partes.
"Esto puede dificultar mi receta", dijo Luna. "Necesito que las escobas vuelvan a barrer para que mis ingredientes estén limpios."
"¿Y por qué se fueron?" preguntó Escudito. "Tal vez se sienten poco valoradas."
"Sí", dijo una escoba que había venido a hablar. "Nadie nos pregunta qué queremos. Solo nos usan."
Luna pensó. Recordó su lema. "¡Si no sale, ya pasará!", murmuró. Pero esta vez quiso que pasara pronto y bien. Tenía una idea.
"¿Qué les parece una fiesta de agradecimiento para las escobas?" propuso Luna. "Música, té de menta, y un cartel que diga 'Gracias, escobas'. Y si vuelven, yo les prometo una vuelta por la montaña."
Las escobas se miraron. "¿Una fiesta?" dijeron un coro. "¿Menta?"
"Sí", dijo Señor Lechuga. "Y yo contaré historias si vuelven."
"Trato hecho", dijeron las escobas, con un crujido de hojas. Volvieron a volar hacia la aldea, felices por sentirse escuchadas.
La poción que pintó el cielo
Con las escobas de nuevo en su trabajo, Luna recogió pétalos limpios, un trozo de nube prestada y unas gotas de risa. Escudito supervisó con sus gafas. Señor Lechuga ayudó a mezclar con sus enormes patas.
"Mezcla despacio", dijo Escudito. "No te apresures."
"Agita con diversión", dijo Lechuga, que usó una pata como cuchara. "Y añade una canción."
Luna cantó una canción de invención. Era sobre una nube que quería ser un globo y un calcetín que bailaba. La poción burbujeó y cambió de color como un arcoíris que no sabe qué color ser. Luna vertió la poción en una pequeña botella y la arrojó al cielo.
El cielo respondió con un suspiro. Primero se puso azul más brillante. Luego aparecieron rayas verdes como risas, puntos naranjas como ovillos de lana y un gran lunar morado que hizo cosquillas a las nubes.
La montaña, que siempre repetía con chiste, gritó: "¡Qué cielo más extraño!" y el eco añadió: "¡Extraño pero simpático!"
La gente miró hacia arriba y aplaudió. Las escobas, que pasaban barrriendo, hicieron una voltereta en señal de alegría.
Esa noche, junto a una hoguera de hojas, Señor Lechuga se acomodó con su plato de lechuga. Se aclaró la garganta con una hoja.
"¿Puedo contar un cuento?" preguntó, con voz profunda y suave.
"Sí", dijo Luna.
El dragón sonrió y empezó. Sus historias no eran de fuegos temibles. Eran historias de raíces que pedían perdón, de sombreros que bailaban y de escobas que aprendieron a cantar. Cada relato tenía una risa escondida. Cuando acabó, todos reían con la barriga contenta.
Escudito, ya menos molesto porque lo habían escuchado, dio un consejo final: "Jugar con magia es como peinar nubes. Hay que hacerlo despacio, con cariño y con orejas para escuchar."
Luna miró al cielo de lunares morados. "¡Si no sale, ya pasará!" dijo, y esta vez sonó a triunfo.
El dragón cerró los ojos y dijo, entre bostezos: "Y ahora... un cuento para dormir. Pero que tenga ensalada."
Todos rieron. La montaña, satisfecha, repitió: "Que tenga ensalada", y el eco respondió con una voz contenta: "Que tenga ensalada."