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Humor fantástico 7/8 años Lectura 19 min.

El sombrero del silencio mágico

Mateo y su abuela buscan en el Jardín de los Ruidos Pequeños un "silencio mágico" y, entre galletas, ruidos juguetones y un sombrero imaginario para el corazón, descubren maneras suaves de escuchar y compartir la calma.

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Mateo, un niño de 8 años, alegre y asombrado, de rostro redondo con pecas y pelo castaño desordenado, lleva un suéter verde menta y pantalón de lona; coloca suavemente un pequeño botón imaginario sobre su pecho como si cosiera un sombrero invisible en su corazón. A la izquierda, su abuela, mujer dulce de unos 70 años con cabello gris en moño, blusa estampada y sombrero de jardinería gastado, está sentada en un banco sonriendo y sosteniendo una taza de té humeante; en sus rodillas duerme Sopa, un gato atigrado rojizo que ronronea. A la derecha, en el borde de la fuente, está Tic-Tac, una criatura reloj en forma de dedal metálico que susurra su tic-tac para unirse al silencio. El escenario es un jardín encantado de colores vivos con banco pintado, fuente de piedra, plantas y flores de apariencia recortada, camino de piedras coloridas y un cartel inclinado que dice RUIDOS EN PRÁCTICA; la escena transmite ternura y humor, luz cálida de fin de tarde y una paleta pastel con toques de menta y óxido. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1

—¿Qué quieres escuchar hoy, Mateo? —preguntó la abuela, apartando las galletas con una sonrisa que sabía a canela.

Mateo, que tenía siete años y una cabeza llena de preguntas, se miró las manos. Sus dedos aún olían a pintura del dibujo que había hecho esa mañana: un árbol que parecía una palmera y un pez volador que hacía malabares.

—Quiero escuchar... —dijo bajito—, quiero escuchar el silencio mágico.

La abuela casi se atraganta con la galleta. Sus ojos se achinaron, y una arruga de sorpresa le bailó en la frente.

—¿El silencio mágico? —repitió ella—. ¿Estás seguro de que no quieres mejor escuchar un cuento de dragones con mostaza?

Mateo negó con la cabeza. Tenía un objetivo muy serio. En su cuarto, bajo la cama, había un mapa arrugado. No era un mapa normal: estaba dibujado con lápices que delataban secretos y con manchas que, a veces, sonreían. En el centro, en letras que parecían bailar, decía: “Silencio mágico. Escúchalo y ponle un sombrero al corazón.”

—¿Un sombrero al corazón? —susurró la abuela divertido—. Eso suena a algo de magas con sombreros y gatos que tocan la flauta. ¿Y dónde está ese silencio, pequeño buscador?

—En el Jardín de los Ruidos Pequeños —respondió Mateo con voz solemne—. Está justo detrás del árbol que cuenta chistes a los gorriones.

La abuela se puso su gorra de jardinería. Era una gorra vieja con flores de tela y un botón que decía “Aventuras para la merienda”.

—Muy bien —dijo—. Entonces, vamos a escuchar ese silencio.

Y así comenzaron. Salieron de la casa canturreando, como si fueran una banda de dos. El gato de la abuela, llamado Sopa, se unió con un maullido que sonó como una campana de té.

—Recuerda —advirtió la abuela—: cuando busques un silencio, escucha con el cuerpo entero. Las orejas son importantes, pero también los codos, las rodillas y el estómago.

—¿El estómago escucha? —preguntó Mateo, curioso.

—Claro —dijo la abuela—. Cuando tu estómago escucha, te avisa si necesitas galletas.

Mateo se rió. Sus risas eran pequeñas olas que rebotaban en la vereda. El Jardín de los Ruidos Pequeños no estaba lejos. Era ese rincón que parecía olvidado, donde las plantas susurraban chismes y los caracoles organizaban desfiles muy lentos.

En la entrada del jardín había un cartel: CUIDADO. RUIDOS EN PRACTICA. La letra estaba escrita al revés, como si alguien la hubiera hecho mientras hacía equilibrio sobre una pierna.

—Esto es prometedor —dijo la abuela.

Entraron. Había campanillas que tintineaban con el viento, hojas que aplaudían cuando pasaban y una fuente que tarareaba canciones de otro siglo. Mateo cerró los ojos.

—¿Lo oyes? —murmuró la abuela.

Mateo prestó la nariz, las pestañas, incluso las uñas. Tenía la sensación de que el silencio se estaba escondiendo detrás de un pétalo, riéndose con una risita de duende.

—Todavía no —dijo—. Está juguetón.

Y el silencio, como los niños que juegan al escondite, empezó a moverse.

Capítulo 2

El silencio del jardín no era como el silencio de la biblioteca. Ese era aburrido y sabio. El silencio del Jardín de los Ruidos Pequeños era bromista. Se disfrazaba, hacía muecas y se comía letras pequeñas.

—Hola, silencio —dijo Mateo tímido—. Soy Mateo. ¿Quieres jugar?

No hubo respuesta. Solo un leve temblor en las flores, como si alguien pusiera una mano suave sobre una campana de sopa. Mateo volvió a intentar, esta vez más bajito.

—¿Estás ahí? —preguntó.

Algo, que quizá era un suspiro, quizá era una mariposa que había estudiado magia, dejó caer una gotita de quietud sobre el banco donde estaban sentados.

La abuela sonrió y se sentó a su lado.

—¿Qué hay que hacer? —susurró.

Mateo pensó en todas las cosas que sabía de los silencios: que a veces se esconden en el primer bostezo de la mañana, que a veces se esconden cuando un perro sueña, que a veces se esconden debajo de la lengua cuando uno quiere decir “te quiero” y se le olvida.

—Creo que hay que escuchar sin decir nada —dijo.

—Eso suena muy difícil —comentó la abuela.

—No más que dejar que las galletas se enfríen —replicó Mateo—. Pero podemos intentar un trato: tú vigilas que ningún ruido travieso se acerque. Yo intento escuchar.

La abuela asintió y miró alrededor con ojos de búho cansado. Sopa, el gato, se acostó en el regazo de la abuela y empezó a ronronear. Fue un ronroneo que tenía el ritmo de una máquina de escribir que escribe cartas de amor.

—Shhh —dijo la abuela con voz de bibliotecaria—. Todo el mundo, hasta las piedras, guarden silencio.

Las piedras obedecieron. Una de ellas, que siempre había tenido ganas de cantar, cerró los poros y dejó de cantar por un rato. Las hojas dejaron de chismear. Los pájaros, que estaban a punto de recitar un poema, decidieron que podían esperarse.

Mateo cerró los ojos otra vez. Esta vez, la quietud llegó como una manta tibia. No era vacío. Era una cosa llena de cosquillas suaves. Se oyó el latido de su propio corazón, pero de una forma amable, como si el corazón le hablara al oído: “Todo bien, pequeño.”

—Lo oigo —susurró Mateo—. Es como una campana, pero sin tintinear. Es como una cama que respira.

La abuela frunció el ceño con expresión de alquimista.

—¿Y qué haces cuando lo escuchas? —preguntó.

Mateo pensó. Recordó el mapa que decía “ponle un sombrero al corazón”. ¿Qué clase de sombrero? ¿Un sombrero que hace cosquillas? ¿Un sombrero que canta?

—Creo que hay que... darle algo —dijo—. Algo suave.

Sacó del bolsillo un hilo, un botón y una hoja de te de menta que había recogido para la hora del té. Eran, para él, las piezas más valiosas del mundo. La abuela lo miró entre divertida y orgullosa.

—Un sombrero de hilo, botón y menta —dijo—. Eso suena como un sombrero que huele bien.

Mateo colocó el hilo imaginario sobre su pecho y, con cuidado, posó el botón. Luego sopló la hoja de menta como quien echa un poco de perfume a un sombrero invisible. El silencio se inclinó contento. No dijo nada, pero susurró con las plantas una canción que no tenía palabras.

—¡Está funcionando! —exclamó Mateo—. Lo siento. Lo siento en mis costillas.

De pronto, un sonido diminuto y risueño, que se parecía bastante a un dedal que bosteza, intentó colarse por una rendija. El silencio se movió, alerta, como un gato que persigue una luz.

—¡No, ruido travieso! —gruñó la abuela juguetona—. Este es un territorio reservado para la calma.

El ruido travieso suelteó unas notas como de silbato oxidado. Mateo lo miró con ternura.

—¿Y si lo invitamos a tomar té? —propuso.

La abuela tosió de la risa.

—Mateo, eres terrible. Invitar al ruido a tomar té es exactamente lo que hacen los duendes cuando quieren que te distraigas.

Mateo se volvió serio, pero con una seriedad suave.

—No vamos a enojarnos si viene —dijo—. Lo acompañamos. Así el silencio no se asusta si otro ruido quiere entrar a saludar.

Entonces, el ruido travieso se acercó con pasos de botones. Se presentó como Tic-Tac, que había perdido sus teclas debajo de una mesa y ahora se hallaba muy contento de conocer gente nueva. Se sentó junto al banco y pidió una galleta imaginaria.

—¿Puedo quedarme? —preguntó Tic-Tac con voz de reloj cansado.

—Si prometes bajar el volumen —contestó Mateo.

Tic-Tac hizo un movimiento con las manecillas y sonrió. Bajó el tic y bajó el tac. Se volvió un tic-tac susurrado. Y así, por primera vez, el silencio y el ruido compartieron una taza de calma.

Capítulo 3

El jardín se llenó de cosas pequeñas que no molestaban: una nube que practicaba a no llover, un caracol que meditaba con una pelotita y un grillo que ensayaba una canción sin dejarse llevar por el entusiasmo. Todo era tan amable que incluso las sombras se acurrucaron y cerraron sus ojos.

—Mateo —dijo la abuela—, ¿cómo te sientes?

Mateo puso la mano en su pecho, allí donde había puesto su sombrero imaginario.

—Como si alguien hubiera bordado una sonrisa dentro de mí —dijo—. No es silencioso para siempre. Es silencioso para ahora. Y suena como una cuerda de canciones que no se rompen.

—Eso es bonito —murmuró la abuela—. Es como si hubieras hecho un pacto con la calma.

Sopa, el gato, bostezó. De su boca salió una pequeña palabra que sabía a leche: mmm.

De pronto, una ráfaga de viento, que pasaba por ahí con botas y bigote, dejó caer un sobre. El sobre tenía una carta que decía: SE BUSCA SILENCIO. RECOMPENSA: UNA SONRISA.

—¿Quién mandó esta carta? —preguntó Mateo, recogiendo el sobre con cuidado.

—Tal vez el propio silencio —propuso la abuela.

—O tal vez alguien que perdió el suyo —dijo Mateo—. ¿Qué se hace con los silencios perdidos? ¿Se devuelven en la esquina de la plaza?

La carta tenía instrucciones: “Para encontrar el silencio que falta, primero debes entender qué ruido le gusta más: si le gustan las risas suaves, dale una; si le gustan las hojas que no se mueven, préstales una; si le gusta la melodía del latido, escucha la tuya.”

Mateo leyó y remiró. Todo tenía sentido en un modo de sentido que solo los mapas y las cartas comprenden.

—Entonces —decidió—. Vamos a compartir.

Invitaron a los vecinos del jardín a venir con sus ruidos. No ruidos molestos. Ruidos amables. Llegaron: la señora Rosa con su máquina de comentar historias, que hacía “hum-hum” como si contara chistes; el señor Pipo, inventor de zumbidos suaves; y tres niños con botellas que hacían sonajas de agua.

—Traemos ruidos de buena crianza —dijo la señora Rosa—. Se les ha enseñado a decir “por favor” y “gracias”.

Jesús, uno de los niños, sopló una botella que sonó como un suspiro de río. El silencio, curioso, se inclinó a escuchar. No se escapó. No se escondió. Le gustó la sonaja de agua. Y así, el jardín se convirtió en una orquesta de susurros.

La abuela estaba tan contenta que empezó a contar historias en voz baja, con palabras que eran como caramelos de menta: “Había una vez...”. Mateo cerró los ojos y escuchó. Cada palabra era una puntada de hilo que hacía el sombrero del corazón más abrigado.

—¿Y si un ruido abandona el jardín? —preguntó Mateo—. ¿Vendrá a buscar su casa?

—Siempre —dijo la abuela—. Los ruidos buenos tienen brújulas. Cuando extrañan, vuelven a la gente.

La tarde se fue poniendo naranja como una compota. Las sombras buscaron sillas para sentarse. Mateo sintió que el silencio lo miraba con cariño. No era un silencio que exigiera obediencia. Era un silencio que ofrecía la calma como quien ofrece un caramelo.

Mateo entonces hizo algo que nadie esperaba. Se levantó, caminó hasta la fuente y, con voz clara, dijo:

—Gracias, silencio.

La palabra no rompió la calma. Fue una nota más en la orquesta. El silencio contestó con una pausa larga y dulce, como si sus ojos fueran manos que aplaudían muy despacio.

—¿Te gustaría llevarte un recuerdo? —preguntó el silencio, que sonaba ahora casi como la abuela cuando deja una galleta para después.

Mateo miró su pecho. Allí, el sombrero de hilo y botón brillaba. Entonces recordó la carta que hablaba de recompensas: “UNA SONRISA”.

—Quiero compartir mi sombrero —dijo Mateo—. No me lo llevo. Se lo pongo a mi corazón para que sea fuerte.

La abuela aplaudió con una sola mano, porque con la otra sostenía una taza de té tibio. Tic-Tac, el ruido, marcó el compás.

El silencio aceptó. Se inclinó y, con una brisa que parecía coser, colocó el sombrero sobre el corazón de Mateo. No era un sombrero que se viera. Era un sombrero que se sentía. Pesaba lo justo: ni mucho, ni poco, como una promesa.

—¿Y ahora? —preguntó Mateo, con voz temblorosa de emoción.

—Ahora —contestó la abuela—, cada vez que quieras escuchar, solo tienes que ponerte el sombrero. Y recuerda invitar a los ruidos buenos. A veces, compartir es la mejor forma de escuchar.

Capítulo 4

El sol se escondía y las estrellas, que eran un montón de puntitos curiosos, empezaron a investigar el cielo. Mateo y la abuela recogieron el mapa. Sopa se lió en una bola contra la bufanda de la abuela.

—¿Nos iremos pronto? —preguntó Mateo.

—Claro —dijo la abuela—. Pero antes, hagamos una promesa.

Ambos se tomaron de las manos. Era una promesa de esas que suenan como melodías cortas.

—Prometo escuchar —dijo Mateo—. Y si el silencio se siente solo, le invitaré a un té.

—Y yo prometo recordarte que el silencio no es un lugar para esconder las cosas tristes —añadió la abuela—. Es un lugar para ponerles un silloncito y decirles: “Ven, quédate un rato.”

Mateo sonrió. El sombrero en su pecho le daba calor, como una mano que te aprieta el hombro sin apretar.

Caminaron de regreso por el sendero. Los arbustos les dijeron buenas noches. La luna, que parecía una cucharita en el cielo, les guiñó un ojo. Cuando llegaron a casa, la abuela dejó el mapa encima de la mesa, como quien deja una receta secreta.

—¿Volveremos? —preguntó Mateo mientras se ponía el pijama con dibujos de sapos que hacían yoga.

—Siempre —aseguró la abuela—. El jardín siempre está ahí. Solo que a veces los silencios toman vacaciones y van a la playa a leer.

Mateo bostezó. Tenía la cabeza llena de sonidos dulces: el tic-tac que aprendió a susurrar, el ronroneo de Sopa que ahora era casi un tamborillo, y la voz de la abuela que contaba cuentos como mantequilla derretida.

La abuela le acomodó la manta y le dio un beso en la frente. El beso tenía la temperatura de las tazas de sopa.

—Duerme, pequeño buscador —susurró—. Y recuerda tu sombrero.

Mateo cerró los ojos. Antes de dormirse, oyó algo muy leve, como un susurro que decía “gracias”. Se imaginó al silencio con un gorrito de lana, sonriendo.

En sueños, Mateo volvió al jardín. Esta vez, el silencio le habló con voz de acordeón.

—Has hecho bien —dijo—. Has aprendido que escuchar no siempre es cerrar la boca. A veces es abrir el pecho.

Mateo, en sueños, se puso el sombrero otra vez. Lo vio como un sombrero de colores que olía a menta y a galleta. No estaba solo: el ruido Tic-Tac bailaba con una nube, y el caracol meditador enseñaba a las hormigas a respirar despacio.

Cuando el sol volvió a asomarse, Mateo despertó con el corazón contento. Fue a la cocina. La abuela ya preparaba galletas.

—¿Qué aprendiste? —preguntó ella mientras las galletas crujían.

Mateo pensó en la carta, en el banco, en el botón que había descansado sobre su pecho.

—Que el silencio es un amigo que necesita compañía de vez en cuando —dijo—. Y que un sombrero sobre el corazón hace que todo sea más suave.

La abuela le sonrió y le puso, en la frente, un pequeño bocado de mermelada que parecía una mini bandera.

—Entonces, buen trabajo, capitán —dijo ella—. Y ahora, ¿a qué hora quieres la próxima aventura?

Mateo miró por la ventana. Afuera, las hojas discutían si eran verdes o más verdes. El mundo entero parecía un acorde suave.

—Hoy quiero escuchar todo el día —contestó—. Pero primero, ¿puedo invitar a Tic-Tac a mi desayuno?

La abuela asintió.

—Invita a quien quieras. Pero que traiga susurros, no trompetas.

Mateo rió y se sentó a la mesa. Mientras comían, el silencio se acomodó cerca, como una sombra amable. No hacía nada estruendoso. No tenía prisa. Simplemente estaba.

Antes de que la historia terminara, la abuela se acercó y, como haciendo un pequeño ritual, le puso a Mateo un sombrerito de fieltro en la mesita. No era el sombrero invisible; era uno de verdad, con una pluma muy chiquita.

—Para que te acuerdes —dijo ella—. Un sombrero sobre el corazón y otro sobre la cabeza. Así, por dentro y por fuera.

Mateo ajustó el sombrero. Era perfecto. Se sentía protegido, contento y valiente.

—Prometo cuidar del silencio —dijo.

La abuela le devolvió la promesa con un abrazo que sonaba a galleta recién hecha.

Y así, con un sombrero en la cabeza y uno en el pecho, Mateo salió a su jardín a invitar al mundo a hacer ruidos buenos. Cada vez que alguien preguntaba cómo escuchaba tan bien, él se quitaba el sombrero de fieltro, lo apoyaba en el pecho y decía:

—Escucho con el corazón. Tengo un sombrero sobre el corazón.

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Silencio mágico
Un silencio especial que parece divertido y cariñoso, como un amigo tranquilo.
Mapa arrugado
Un papel con un dibujo para buscar cosas que tiene muchas dobleces.
Malabares
Juegos donde alguien lanza y atrapa objetos sin dejarlos caer.
Arruga
Una línea o pliegue en la piel o en un papel, como en ropa vieja.
Susurrando
Hablar muy bajito para que casi nadie escuche.
Campanillas
Pequeñas campanas que hacen un sonido dulce cuando se mueven.
Tarareaba
Cantar una canción sin decir palabras, solo con sonidos suaves.
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