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Cuento de Navidad 7/8 años Lectura 15 min.

Los billetes imaginarios de Navidad

Tres amigos crean billetes imaginarios para regalar viajes de fantasía y repartir alegría por su barrio, descubriendo cómo pequeños gestos pueden provocar sonrisas y encuentros mágicos.

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Hay tres niños de unos 7 años: Bruno, cabello castaño corto, rostro tranquilo y sonriente, abrigo grueso y bufanda a rayas, sentado en un banco a la izquierda sosteniendo delicadamente un billete imaginario; Leo, cabello rubio despeinado, expresión vivaz y traviesa, gorro grande cayendo sobre una oreja, de pie en el centro de puntillas con los brazos abiertos en señal de entusiasmo; Martín, cabello negro y rizado, ojos abiertos de asombro, chaqueta a cuadros, sentado a la derecha mirando una pequeña bolsa roja abierta en sus manos que contiene tres chapitas brillantes. Situación: en una plaza de pueblo nevada de noche bajo un gran abeto de Navidad decorado con guirnaldas y bombillas, banco de madera bajo una rama baja y farol antiguo, tiendas al fondo con escaparates entreabiertos y humo en las chimeneas; los tres niños se reúnen al pie del árbol tras hallar la bolso rojo caído de una rama, con una atmósfera cálida y suave pese a la nieve, copos alrededor y expresiones de sorpresa y alegría; detalles visibles: pliegues de los abrigos, veta de la madera del banco y motivos de las chapitas (tren de caramelo, cine-nube, bosque de luciérnagas). reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Tres gorros, una idea brillante

La nieve caía despacito, como si tuviera todo el tiempo del mundo. En la plaza del barrio, las luces de Navidad parpadeaban y parecían guiñar un ojo a quien pasara. Bruno, Leo y Martín, tres amigos de siete años y muchas ganas de reír, caminaban dejando huellas redondas con sus botas.

Bruno era el más tranquilo. Cuando los demás corrían, él miraba el cielo y decía cosas como: “La nieve no se cae, se acomoda”. Leo era el de las ideas rápidas y los chistes aún más rápidos. Martín era curioso, siempre con la nariz cerca de todo, como si el mundo fuera una caja sorpresa.

“¡Miren!” dijo Leo, señalando un cartel en la panadería: SE ACEPTAN CUPONES DE SONRISAS.

“¿Cupones de sonrisas?” repitió Martín, abriendo los ojos. “¿Eso existe?”

Bruno se encogió de hombros, sereno como un muñeco de nieve recién hecho. “Si lo dice un cartel, algo de verdad tendrá… o alguien lo escribió con mucha imaginación.”

La panadera, la señora Paca, los vio por la ventana y los saludó con la mano. En su delantal había harina y también un muñeco de jengibre dibujado, como si el muñeco estuviera de vacaciones.

Leo se apoyó en una farola. “Se me acaba de ocurrir algo. Como es Navidad… podríamos regalar… ¡billetes imaginarios!”

Martín se rió. “¿Billetes de qué? ¿De tren? ¿De cine?”

“De lo que sea,” dijo Leo. “Billetes que lleven a lugares bonitos. Y no cuestan dinero.”

Bruno levantó una ceja. “Suena divertido. Y además, nadie se queda sin regalo.”

“¡Sí!” Martín dio un saltito y su gorro casi se cae. “Un billete para… eh… para una montaña de chocolate.”

Leo aplaudió. “¡Y otro para un tobogán de nube!”

Bruno sonrió con calma. “Yo quiero uno para un paseo lento, sin prisa, por un bosque lleno de luces.”

Los tres se miraron, y la plaza pareció más cálida de pronto, como si una taza de cacao se hubiera escondido dentro del aire.

“Entonces,” dijo Leo, “necesitamos hacerlos. ¡Billetes de verdad… pero imaginarios!”

Martín frunció el ceño. “Eso suena raro.”

Bruno se agachó, recogió una ramita y dibujó en la nieve un rectángulo. “Así. Un billete. Le ponemos un dibujo, un destino y… una promesa.

“¿Promesa?” preguntó Martín.

“Que quien lo reciba podrá viajar con la mente,” explicó Bruno. “Y con el corazón. Eso no necesita motor.”

Leo se rascó la cabeza. “¿Y dónde conseguimos papel?”

La señora Paca abrió la puerta de la panadería. “Si están tramando alguna travesura dulce, yo quiero saberla.”

“No es travesura,” dijo Bruno, muy serio. “Es… amabilidad navideña.”

La panadera se rió. “Ah, eso sí que es peligroso. Te puede dar un ataque de abrazos.” Luego les dio una bolsa con papelitos limpios de envolver pan. “Tomen. Pero cuidado: esos papeles son mágicos. Se arrugan si los tratas mal.”

“¡Gracias!” dijeron los tres a la vez.

Y así, con papelitos en el bolsillo y las mejillas rojas de frío, se fueron a la casa de Bruno, donde la mesa del comedor esperaba como un escenario listo para una obra de teatro.

Capítulo 2: La fábrica de billetes que no se gastan

En la casa de Bruno olía a mandarinas y a leña. La ventana tenía un dibujo de escarcha que parecía un dragón dormido, pero uno simpático, de esos que en vez de fuego sueltan confeti.

Sobre la mesa, Bruno puso lápices de colores, tijeras y una regla. Leo puso su gorro encima como si fuera el jefe del proyecto. Martín puso una galleta al lado, “por si el arte tiene hambre”.

“Primero,” dijo Bruno, “hagamos billetes claros. Que se entiendan.”

Leo hizo un gesto dramático. “¡Se abre la Gran Fábrica de Billetes Imaginarios!”

Martín anunció: “Norma número uno: no se aceptan bostezos.”

“Norma número dos,” añadió Leo, “si te equivocas, lo conviertes en decoración.”

Bruno asintió, paciente. “Norma número tres: no hay prisa. Si vamos rápido, se nos escapa la idea.”

A Martín le costaba quedarse quieto, pero lo intentó. “Vale… sin prisa. Aunque mi mano quiere correr.”

Empezaron a dibujar. Leo dibujó un tren con ruedas en forma de caramelos. En la esquina escribió: BILLETE PARA EL EXPRESO DE LA RISA. VÁLIDO PARA: UNA CARCAJADA Y DOS COSQUILLAS.

Martín dibujó un cine donde la pantalla era una nube. Escribió: ENTRADA A LA PELÍCULA “EL GATO QUE APRENDIÓ A PATINAR”. ASIENTO VIP: PRIMERA FILA, PERO SIN CHICLES.

Bruno dibujó un bosque de invierno con luciérnagas que parecían pequeñas farolas. Escribió: PASEO TRANQUILO ENTRE ÁRBOLES QUE SUSURRAN “TODO VA BIEN”. DURACIÓN: LO QUE NECESITES.

“Bruno,” dijo Leo, mirando su billete, “tus árboles parecen que cantan.”

“Es que cantan bajito,” respondió Bruno. “Para no asustar a los copos.”

Martín sopló sobre su dibujo para secar el color. “¿Y a quién se los damos?”

Bruno dobló con cuidado los papelitos. “A quien lo necesite. O a quien queramos alegrar.”

Leo se inclinó hacia una lista imaginaria en el aire. “Yo se lo doy al señor Tomás, el del quiosco. Siempre está serio, como si su bigote pesara.”

“Yo a mi hermana,” dijo Martín. “Hoy perdió su lazo y dijo que su día se había desordenado.”

Bruno pensó un momento. “Yo se lo daré a la señora Paca. Nos dio el papel. Y además… su pan siempre parece un abrazo.”

Hicieron más billetes: uno para “Saltar en Charcos sin Mojarte” (aunque eso era un poco sospechoso), otro para “Visitar la Isla de los Calcetines Perdidos” (Leo juró que existía), y uno para “Conversar con una Estrella” (Bruno lo escribió con letra muy redonda).

Cuando terminaron, Martín miró la pila y suspiró feliz. “Son muchos. ¿Y si se nos acaban las personas?”

Leo levantó el dedo. “¡Nunca se acaban las personas! Y además, también podemos regalarle uno a un perro.”

Bruno rió suave. “Con tal de que el perro no se lo coma. Aunque… si se lo come, quizá viaje por dentro.”

Los tres se quedaron un segundo en silencio, escuchando el crepitar de la leña. Afuera, las luces seguían parpadeando, como si aplaudieran en secreto.

“Ahora,” dijo Bruno, “toca lo más importante.”

“¿Qué?” preguntó Martín.

Bruno señaló la ventana. “Esperar el momento justo. La paciencia es como un gorro: si te lo pones bien, el frío no manda.”

Leo bufó, pero sonrió. “Está bien, señor Sabio. Esperamos. Pero rápido.”

“Eso no existe,” respondió Bruno, y Martín se rió tanto que casi se cae de la silla.

Capítulo 3: Un reparto con nieve en los zapatos

A la tarde, salieron con un sobre lleno de billetes imaginarios. La nieve crujía bajo las botas, y el aire olía a chimenea y a villancicos lejanos.

Primero fueron al quiosco del señor Tomás. Él estaba ordenando revistas con cara de pocos amigos… o de mucho frío.

Leo se acercó como si fuera un presentador. “Señor Tomás, tenemos algo para usted.”

“¿Una noticia?” gruñó Tomás.

“Mejor,” dijo Bruno, tranquilo. Le entregó un billete doblado con cuidado.

Tomás lo abrió. Era el del Expreso de la Risa, con las ruedas de caramelo. El hombre lo leyó dos veces, y su bigote se movió un poquito, como si intentara no reírse.

“Esto… esto es una tontería,” dijo.

“Gracias,” respondió Leo, encantado.

Tomás parpadeó, y al final se le escapó una sonrisa pequeña, pero verdadera. “Bueno… quizá funcione. Tengo un asiento VIP, ¿eh?”

“Y dos cosquillas,” añadió Martín, moviendo los dedos en el aire sin tocarlo, por si acaso.

Luego fueron a la panadería. La señora Paca les abrió con olor a pan caliente.

“Señora Paca,” dijo Bruno, “esto es para usted.”

Ella leyó el billete del Paseo Tranquilo. Se quedó quieta un segundo, y después se puso la mano en el pecho. “Ay, niños… justo lo que necesito cuando el horno se pone mandón.”

Leo miró el horno como si fuera un monstruo de metal. El horno, por suerte, no hizo nada más que calentarse en silencio.

“Y ahora,” dijo Martín, “mi casa.” Corrieron, pero Bruno no tanto; caminó rápido, sí, pero sin perder la calma, como si llevara una taza de chocolate imaginario que no quería derramar.

La hermana de Martín abrió la puerta. Tenía el ceño fruncido y el pelo un poco revuelto.

“Te traigo un billete,” anunció Martín, entregándole la entrada al cine de nube.

Ella lo leyó y soltó una risa que le desordenó el enfado. “¿‘Sin chicles'?”

“Es una película seria,” dijo Leo, muy solemne.

La hermana de Martín levantó la mirada. “Gracias. Creo que hoy necesito ver a ese gato patinador.”

Y así siguieron: a la vecina que estaba sola le dejaron “Conversar con una Estrella”; al niño nuevo del edificio, “Visitar la Isla de los Calcetines Perdidos” para que se riera y no se sintiera tan extraño; y a un perro con suéter, no le dieron uno en papel, pero sí en voz alta: “Billete para correr en un prado de almohadas”. El perro movió la cola como si ya hubiera comprado el pasaje.

Cuando el sobre quedó casi vacío, Leo miró a Bruno. “Oye… funciona.”

Bruno se encogió de hombros, sereno. “La amabilidad suele funcionar. A veces tarda, pero llega.”

Martín miró el último billete que quedaba. “¿Y este?”

Bruno lo abrió. Decía: CITA CON UNA SORPRESA DE NAVIDAD. LUGAR: BAJO EL ÁRBOL MÁS BRILLANTE DE LA PLAZA. FECHA: MUY PRONTO.

Leo silbó. “¡Eso suena importante! ¿Para quién es?”

Bruno dobló el billete con cuidado. “Para nosotros.”

Capítulo 4: El billete final y la cita muy pronto

Esa noche, la plaza parecía un cuenco lleno de estrellas. El árbol grande estaba cubierto de luces doradas, y arriba tenía una estrella que brillaba como si supiera un secreto divertido.

Los tres amigos se sentaron en un banco. Leo balanceaba los pies. Martín miraba cada luz como si fuera a hablarle. Bruno respiraba despacio, como si contara copos invisibles.

“¿Cuándo es ‘muy pronto'?” preguntó Martín, impaciente.

Bruno sacó el billete final. “Eso es lo bonito. ‘Muy pronto' puede ser mañana, o el día siguiente. Nos enseña a esperar sin enfadarnos.”

Leo frunció la nariz. “Yo puedo esperar… cinco minutos.”

“Podemos practicar,” dijo Bruno. “Miren el árbol. Cada luz se enciende cuando le toca. No se empujan.”

Martín miró las luces parpadear. “Es verdad… ninguna grita: ‘¡Yo primero!'”

En ese momento, algo cayó suavemente desde una rama baja del árbol. No era nieve. Era una bolsita pequeña de tela roja, atada con un cordón plateado.

Leo la tomó con cuidado, como si fuera un pajarito dormido. “¿La pongo en la lista de cosas raras y maravillosas?”

Bruno asintió. “Sí. En la primera página.”

Martín abrió la bolsita. Dentro había tres chapitas redondas, hechas de cartón brillante. En cada una había un dibujo: un tren de caramelo, un cine de nube y un bosque de luces. Y por detrás, una frase: “Gracias por repartir viajes.”

Leo se quedó quieto, y eso en él era un milagro navideño. “¿Quién…?”

Bruno miró la estrella del árbol. “Alguien que recibió un billete. O alguien que cree en ellos.”

Martín se puso una chapita en el abrigo. “Entonces… nuestros billetes sí viajan.”

“Claro,” dijo Bruno. “Viajan de mano en mano. Y a veces vuelven.”

Leo se puso la chapita del tren y sonrió. “O sea que tenemos una misión.”

“Tenemos una costumbre bonita,” corrigió Bruno. “Y una cita muy pronto.” Guardó el billete final en el bolsillo. “Volvamos aquí dentro de dos días, después de la escuela. Traeremos más billetes.”

Martín levantó la mano como en clase. “Yo traeré lápices nuevos. Y una galleta extra por si el arte vuelve a tener hambre.”

Leo se levantó del banco y dio una vuelta completa, como si fuera una estrella fugaz con bufanda. “¡Y yo traeré ideas! Muchas. Algunas buenas y otras… decorativas.”

Bruno se levantó el último, sin prisa, mirando la nieve caer con calma. “Y yo traeré paciencia. Para que nuestras sorpresas lleguen calentitas.”

Caminaron de regreso, con las chapitas brillando y las manos en los bolsillos. La noche era fría, pero no importaba: llevaban dentro una luz pequeña, de esas que no se apagan con el viento.

Y, mientras la plaza se quedaba atrás, el árbol seguía parpadeando, como diciendo: “Nos vemos muy pronto.”

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Parpadeaban
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Sereno
Tranquilo, calmado y sin prisa al actuar o pensar.
Rectángulo
Figura con cuatro lados, dos largos y dos cortos, y ángulos rectos.
Promesa
Palabra que dice que harás algo y te comprometes a cumplirlo.
Delantal
Prenda que se pone sobre la ropa para no ensuciarse al cocinar.
Escarcha
Hielo muy fino que aparece en ventanas o plantas cuando hace mucho frío.
Confeti
Pequeños papeles de colores que se lanzan en fiestas para celebrar.
Cosquillas
Sensación que hace reír cuando te tocan suavemente en la piel.
Crepitar
Ruido seco y pequeño, como el que hacen las ramas al quemarse.
Bolsita
Pequeña bolsa de tela o papel para guardar objetos o regalos.
Cordón
Cuerda delgada que sirve para atar cosas o cerrar bolsas.
Chapitas
Pequeñas piezas planas, a menudo redondas, que sirven de adorno.
Travesura
Acción divertida que puede molestar un poco, pero no hace daño.
Harina
Polvo hecho de cereal que se usa para hacer pan, pasteles y galletas.

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