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Cuento de Navidad 7/8 años Lectura 11 min.

El lobito Lino y la campana de Nochebuena

El pequeño lobo Lino quiere escuchar la campana de la iglesia en Nochebuena, pero una nube triste llamada Bruma cubre el campanario. A lo largo de su camino, Lino aprende que con pequeños actos de bondad y generosidad puede iluminar el mundo a su alrededor.

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Un pequeño lobo llamado Lino, con un pelaje suave y ojos brillantes de alegría, está de pie en la nieve, levantando la cabeza hacia el cielo. Lleva una bufanda roja alrededor de su cuello. A su lado, una niña humana, abrigada en un grueso abrigo, sonríe cálidamente sosteniendo una caja de galletas. Lleva la bufanda roja de Lino sobre sus hombros. En el fondo, un gato con un gorro de lana está sentado cerca de un puesto de castañas, contando monedas con una expresión concentrada. La escena tiene lugar en una plaza de pueblo nevada, decorada con guirnaldas luminosas y puestos de mercado navideño. Arriba, una gran iglesia con un campanario se eleva hacia el cielo, donde una fina capa de nubes se disipa, revelando estrellas centelleantes. La campana de la iglesia está sonando, y su sonido parece iluminar la escena con un resplandor cálido y festivo. reportar un problema con esta imagen

Capítulo 1: Nieve en la punta del hocico

La nieve caía despacito, como si el cielo estuviera sacudiendo un cojín muy grande. El pequeño lobo Lino salió de su madriguera con una bufanda roja que le daba vueltas y vueltas al cuello. Olía a humo de chimenea, a galletas de canela y a pino recién cortado.

En el pueblo, las luces colgaban de los balcones como estrellas cansadas pero felices. Lino movió las orejas, atento, porque tenía un deseo clavado en el pecho, brillante como una campanita: quería escuchar la campana de la iglesia en Nochebuena. No una campana cualquiera, no. Esa campana hacía “¡DIN-DON!” y, según decían, el sonido calentaba las manos y también el corazón.

—Hoy sí la escucharé —se dijo, dando un saltito.

Pero cuando levantó la vista, vio una nube gris grandota justo encima del campanario, como si alguien hubiera dejado una manta vieja sobre la torre.

Lino corrió hacia la plaza. Había un mercado navideño: puestos con manzanas brillantes, guantes tejidos y tazas humeantes. Un gato con gorro de lana vendía castañas.

—¡Lino! —lo llamó una ardilla con un cascabel en la cola—. ¿A dónde vas tan deprisa?

—A la iglesia. Quiero oír la campana —respondió él—. Pero mira esa nube… parece que se la quiere tragar.

La ardilla rió.

—Las nubes no comen campanas. ¡Solo comen… más nubes!

Lino sonrió, aunque por dentro se quedó pensando. En Navidad, decían, ocurrían cosas raras y bonitas. Y él estaba decidido a no perderse ni un “¡DIN-DON!”.

Capítulo 2: El copo que susurraba secretos

Lino cruzó la plaza. Sus patitas dejaban huellas redondas en la nieve. Al pasar junto a un puesto de juguetes, un copo de nieve más grande que los demás cayó sobre su nariz. No se derritió. En vez de eso, tembló como una luciérnaga helada.

—Pssst… —susurró el copo.

Lino se quedó quieto, bizco, intentando mirarse la punta del hocico.

—¿Quién habla?

—Yo, Copito. No me sacudas, por favor. Me costó mucho elegir tu nariz. Es una nariz muy… simpática.

Lino soltó una risita.

—Gracias, supongo. ¿Por qué me hablas?

El copo brilló un poquito más.

—Porque hoy hay magia de invierno y tú tienes un deseo claro: oír la campana. Pero esa nube gris está triste. Si está triste, se queda pegada al campanario y el sonido se pierde.

—¿Triste una nube? —preguntó Lino—. ¿Y por qué?

Copito se balanceó.

—Las nubes también sienten. Esa nube se llama Bruma. Tiene frío por dentro y cree que nadie la ve. Por eso se queda donde hay una torre alta, para sentirse importante.

Lino miró hacia la iglesia. La torre era alta y bonita, con piedra clara y una cruz que parecía una flecha señalando el cielo.

—Entonces… ¿qué hago?

—Dale algo que la caliente —susurró Copito—. No con fuego, no. Con generosidad. Con atención. Con un gesto.

Lino se quedó pensativo. Generosidad. Él no tenía muchas cosas. Tenía una bufanda, un bolsillo con dos nueces y un botón que encontró el verano pasado.

—Puedo compartir algo —dijo—. Pero… ¿cómo le doy un regalo a una nube?

Copito titiló.

—Las nubes beben palabras bonitas y risas suaves. Y también les gusta cuando alguien ayuda a otros, porque eso les hace cosquillas por dentro.

Lino levantó la cabeza, decidido.

—Entonces haré cosquillas a Bruma con un montón de cosas buenas. ¡Y después, campana!

Capítulo 3: Regalos que no caben en un bolsillo

Lino caminó hacia la iglesia, pero en el camino encontró pequeñas necesidades, como piedritas en un zapato. Cerca del puente, una niña humana estaba sentada en un escalón, con las manos metidas en las mangas. Tenía una cajita de cartón con galletas.

—Hola —dijo Lino con cuidado, para no asustarla.

La niña lo miró y no se asustó. Al contrario, sonrió como si los lobitos hablaran todos los días.

—Hola, lobito. Estoy esperando a mi abuelo. Fue a buscar leña y tarda mucho.

Lino notó que el viento soplaba fuerte.

—¿Tienes frío?

—Un poco —admitió ella—. Y mis galletas se van a poner duras como piedras.

Lino pensó en Bruma y en la generosidad. Se quitó su bufanda roja. Enseguida sintió el aire helado en el cuello, pero también sintió algo cálido por dentro.

—Toma. Es para ti —dijo, colocando la bufanda sobre los hombros de la niña.

La niña abrió los ojos.

—¡Pero tú…!

—Yo corro mucho. Se me pasa el frío —respondió Lino, y guiñó un ojo, aunque le salió medio raro—. Además, hoy es Navidad. Hoy se comparte.

La niña rió, y esa risa fue como un cascabel pequeño. En el cielo, la nube Bruma pareció moverse un poquito, como si hubiera escuchado.

Lino siguió. En la esquina de la panadería, el gato de las castañas estaba contando monedas con la lengua fuera.

—Ay, ay… —murmuró—. Me falta una moneda para comprar harina. Si no, mañana no hay panecillos.

Lino metió la pata en su bolsillo. Sacó sus dos nueces y el botón.

—No es una moneda —dijo—, pero puedes cambiar esto. Las nueces son buenas y el botón… es muy elegante.

El gato miró el botón como si fuera un tesoro.

—¡Elegante! ¡Eso sí que no me lo habían dicho nunca! Gracias, lobito.

—De nada —respondió Lino.

En ese momento, una ráfaga de viento llevó hacia arriba una pluma de harina, blanca, y se mezcló con la nieve. Bruma se asomó un poco más allá del campanario, como si oliera el pan que aún no existía.

Lino llegó a la plaza otra vez. La ardilla del cascabel intentaba colgar una guirnalda, pero no alcanzaba.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó Lino.

—¡Sí! Mis patas son rápidas, pero mi estatura no —dijo ella.

Lino se levantó sobre las puntas, estiró el cuerpo y sujetó la guirnalda para que la ardilla la atara. Quedó perfecta, como una sonrisa verde con luces doradas.

—¡Brillas! —dijo la ardilla—. Bueno, la guirnalda brilla, pero tú también un poco.

Lino se rascó la oreja, avergonzado. Miró hacia la torre. Bruma ya no parecía tan pesada. Se estaba volviendo más clara, como si alguien le hubiera cosido un agujerito para que entrara luz.

Copito, que aún seguía sin derretirse, susurró desde su nariz:

—¿Lo notas? Las cosquillas de la bondad.

Capítulo 4: La campana y el cielo despejado

Cuando llegó por fin a la iglesia, la puerta estaba entornada. Dentro olía a madera vieja y a velas. Lino entró despacito. El suelo estaba frío, pero había un silencio bonito, como si el aire estuviera esperando un secreto.

En lo alto, Bruma rodeaba el campanario. Ya no era una nube enfadada; parecía una manta suave, indecisa.

Lino salió al lado del edificio, justo debajo de la torre, y levantó el hocico.

—¡Bruma! —llamó, sin gritar—. Sé que estás ahí.

La nube se movió y dejó caer un copito tímido que rozó la oreja de Lino.

—Estoy —dijo una voz que sonaba como viento en una botella—. ¿Qué quieres?

Lino tragó saliva. Hablar con una nube era raro, pero también emocionante.

—Quiero escuchar la campana —dijo—. Pero Copito me contó que estás triste. Y… bueno… hice algunas cosas para que te sintieras vista.

Hubo un silencio. Luego, Bruma suspiró y el suspiro fue una brisa que olía a nieve limpia.

—Te vi —dijo Bruma—. Vi la bufanda, las nueces, el botón elegante… Vi la guirnalda. Nadie me había regalado algo así: momentos buenos. Yo me pegaba al campanario porque pensaba que si estaba cerca de algo importante, yo también lo sería.

Lino movió las orejas.

—Eres importante aunque estés en medio del cielo —dijo—. Además, mira: cuando ayudas a que la campana suene, todos sonreirán. Eso también es ser importante.

Bruma tembló, como si riera sin saberlo.

—¿De verdad?

—De verdad —contestó Lino—. Y si quieres, mañana puedes venir a ver cómo el panecillo sale del horno. Huele a abrazo.

Bruma se quedó un momento quieta. Luego empezó a subir, a estirarse, a hacerse más ligera. La nube se deshilachó poco a poco, como algodón que se suelta. Apareció un trozo de cielo azul oscuro, limpio, con estrellas puntudas.

—Me quedo un ratito aquí arriba, pero sin tapar —dijo Bruma—. Quiero escuchar también.

En ese instante, desde dentro de la torre, se oyó un movimiento de cuerda. Y entonces llegó el sonido que Lino había esperado: un “¡DIN-DON!” redondo, brillante, que parecía saltar por los tejados y meterse en los bolsillos de todos.

Lino cerró los ojos. El sonido le calentó el pecho, como chocolate.

“¡DIN-DON!” otra vez.

En la plaza, la gente y los animales se detuvieron un segundo. La niña con la bufanda roja levantó la mano y saludó hacia la iglesia. El gato de las castañas levantó el botón como si fuera una medalla. La ardilla movió su cascabel y la guirnalda parpadeó.

Copito por fin se derritió en la nariz de Lino, pero no dejó agua: dejó una chispa pequeñita de alegría.

Lino miró al cielo. Bruma se había vuelto una nube finita, blanca, casi transparente. Encima del campanario, el cielo estaba despejado, claro como una ventana recién limpiada. Las estrellas parecían reír.

—Lo lograste —susurró Lino, más para sí mismo que para nadie.

El viento le rozó el cuello, donde ya no estaba su bufanda. Aun así, no tuvo frío.

Porque, en esa Nochebuena, Lino entendió algo sencillo y fuerte: cuando das un poco de ti, el mundo suena mejor. Y el “¡DIN-DON!” de la campana lo acompañó hasta la madriguera, saltando alegre entre los árboles, bajo un cielo limpio y lleno de luz.

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Madriguera
Casa o refugio de algunos animales en la tierra.
Campanario
Torre donde están las campanas de una iglesia.
Generosidad
Actitud de compartir y ayudar a los demás.
Envolver
Cubrir algo completamente.
Bufanda
Prenda larga que se pone alrededor del cuello para abrigarse.
Cosquillas
Sensación que provoca risa cuando alguien te toca suavemente.
Chimenea
Conducto para que salga el humo de un fuego.
Deshilachó
Cuando algo se va deshaciendo en hilos o partes pequeñas.
Luciernaga
Insecto que brilla en la oscuridad.
Entornada
Cuando una puerta está un poco abierta.

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