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Cuento de vaquero 5/6 años Lectura 13 min.

Lola Montoya y el pequeño rastreador bajo la tormenta

Lola, una vaquera experta, guía al joven Nico para aprender a ser rastreador mientras buscan terneras perdidas en medio de una tormenta, y el viaje les enseña calma, observación y valor.

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Una vaquera de rostro dulce y concentrado sonríe con calma y confianza, lleva sombrero ancho de cuero beige, camisa a cuadros roja y azul, pañuelo azul y botas de cuero polvorientas; está agachada junto a un pequeño fuego acariciando una ternera marrón. Un niño de unos 7 años, pelo castaño despeinado y ojos asombrados, sostiene una manta y ofrece un trozo de sal a las terneras, sentado junto a un burro gris llamado Pompón. Un caballo alazán llamado Canela, hocico claro y crin ondulada, está detrás de la mujer observando con paciencia. Tres pequeñas terneras marrones, pelaje húmedo, se acurrucan juntas cerca del fuego bajo la protección de una roca. El lugar es un refugio natural de rocas rojas con techo bajo, suelo embarrado con huellas, llovizna afuera y claros de cielo azul; la escena transmite un momento cálido y reconfortante tras la tormenta, con la intimidad del fuego contrastando con el gris de la lluvia. reportar un problema con esta imagen

Parte 1: La vaquera y el aprendiz

El sol amanecía redondo y dorado sobre el Oeste. La pradera se estiraba como una manta verde y amarilla, con piedras rojizas y cactus que parecían manos saludando. El viento olía a polvo, a hierba seca y a caballo.

Lola Montoya, una vaquera adulta de mirada tranquila, ajustó su sombrero y dio una palmadita suave al cuello de su yegua, Canela.

—Hoy tenemos un trabajo especial, Canela —susurró—. Vamos a enseñar.

En el corral esperaba Nico, un niño pequeño con botas demasiado grandes y ojos como dos canicas curiosas. A su lado, un burro gris movía las orejas y masticaba despacio.

—¿De verdad voy a ser rastreador? —preguntó Nico, apretando su pañuelo azul.

—Eso intentaremos —dijo Lola con una sonrisa—. Un rastreador no corre sin pensar. Mira, respira y decide.

Nico se enderezó, como si esas palabras fueran una cuerda que lo levantaba.

Lola sacó del bolsillo una bolsita con sal.

—Primera lección: calma. Cuando uno se asusta, la cabeza se llena de ruido. Entonces, ni ves huellas ni oyes el río.

—¿Y la sal? —preguntó Nico.

—Para los caballos. Y para recordar que lo pequeño también ayuda.

De pronto, desde el rancho llegó un grito.

—¡Lola! —era la voz del capataz—. ¡Las terneras se han salido por la cerca norte! ¡Y el cielo se está poniendo feo!

Allá lejos, unas nubes oscuras se juntaban como un rebaño de bueyes. El viento cambió, más frío.

Lola miró a Nico.

—Esta es tu aventura, pequeño rastreador. Vamos a encontrarlas antes de la tormenta.

Nico tragó saliva.

—Tengo un poco de miedo.

—Eso está bien —dijo Lola—. El valor no es no tener miedo. El valor es caminar con miedo y con calma.

Montaron: Lola en Canela. Nico en su burrito, que se llamaba Pompón. El burro avanzaba con pasos cortos, pero firmes, como si contara uno, dos, tres.

—Recuerda —dijo Lola—: ojos al suelo. El suelo cuenta historias.

Cruzaron la cerca rota. La tierra estaba blanda, y eso ayudaba. Lola señaló.

—¿Qué ves?

Nico se inclinó tanto que casi besa el polvo.

—¡Huellas! Como… como medias lunas.

—Esas son de vaca —dijo Lola—. ¿Y hacia dónde van?

Nico giró la cabeza, siguiendo las marcas.

—Van… hacia el arroyo.

Lola asintió.

—Bien. Y ahora, segunda lección: escucha. El Oeste habla. A veces con silencio.

Siguieron el rastro. El viento traía un “muu” lejano, como un acorde triste.

—¡Las oigo! —dijo Nico, y se emocionó tanto que apretó las riendas.

Pompón se detuvo, testarudo.

—Ay… —Nico se sonrojó—. Se paró.

Lola rió bajito.

—Pompón también enseña calma. No se empuja. Se pide.

Nico acarició el cuello del burro.

—Por favor, Pompón. Vamos despacio.

El burro siguió, orgulloso.

Cuando llegaron al arroyo, el agua corría brillante entre piedras lisas. Unas huellas se mezclaban con charcos y barro.

—Aquí se complica —dijo Lola—. Tercera lección: inteligencia. Cuando el rastro se rompe, buscamos pistas nuevas.

Nico miró alrededor. Había ramas bajas, hierba doblada, una pluma blanca pegada en un arbusto.

—La hierba está aplastada por aquí —dijo—. Y el barro… tiene marcas frescas.

Lola se agachó.

—Muy bien. Eso es resiliencia: no rendirse cuando el camino se borra.

Nico respiró hondo, como Lola le había enseñado. El miedo se le hizo más pequeño, como una piedrita en el bolsillo.

—Siguen hacia las colinas —dijo.

Lola levantó la vista. Las colinas eran suaves, pero arriba se veía un paso estrecho entre rocas. Y la nube negra venía rápido.

—Entonces, allá vamos, rastreador —dijo Lola—. Y recuerda: un paso a la vez.

Parte 2: El paso de las rocas cantoras

Subieron por un sendero que olía a salvia. Los grillos cantaban, y el viento silbaba entre las piedras. A veces, una roca suelta hacía “clac” bajo las herraduras de Canela.

—Esas rocas cantan —dijo Nico.

—Cantoras y traicioneras —respondió Lola—. Aquí necesitamos cuidado.

En el paso estrecho, el camino se hizo como una cinta fina. A un lado, un barranco bajaba hasta un montón de arbustos. Al otro, paredes de piedra roja parecían gigantes dormidos.

De pronto, un crujido.

Una piedra rodó “rrrrr” y cayó. Pompón se quedó tieso, con las orejas en punta.

—¡No quiero caer! —dijo Nico, con la voz temblando.

Lola frenó a Canela y habló suave, como si el aire mismo fuera un bebé.

—Mírame, Nico. No mires abajo. Mira mi espalda. Respira conmigo.

Nico inhaló. Exhaló. Otra vez.

—Uno… dos… —contó Lola—. Ahora, manos quietas. Cuerpo quieto.

Nico imitó su postura. Pompón, al sentir la calma, dio un paso. Luego otro.

—Eso —susurró Lola—. Calma es como una cuerda fuerte.

Pasaron el paso. Al otro lado, el terreno se abrió como un gran cuenco. Había pasto alto y unas flores moradas que bailaban. Y allí, como un premio, estaban las terneras: cinco bolitas marrones, pegadas unas a otras.

—¡Las encontramos! —Nico levantó los brazos.

En ese mismo instante, un relámpago iluminó el cielo. “¡CRAC!” El trueno llegó después, profundo y fuerte, como un tambor enorme.

Las terneras se asustaron. “¡Muuu!” Corrieron hacia unos matorrales espinosos, y dos se separaron del grupo.

—¡Se van! —gritó Nico.

Lola giró a Canela con rapidez.

—Mini-revés —dijo—. Pero no es el final. Tú y yo haremos un plan.

Las gotas empezaron a caer, primero pocas, luego más. El olor a tierra mojada llenó todo.

—Nico, tú quédate con Pompón y con las tres terneras juntas —ordenó Lola—. Háblales suave. No las persigas. Yo iré por las otras dos.

Nico abrió los ojos.

—¿Yo solo?

—No estás solo. Estás con Pompón… y conmigo cerca. Confío en ti.

Nico tragó saliva. Luego asintió.

—Pompón, tú y yo… despacito.

Se acercó a las tres terneras. Ellas se movían nerviosas, resbalando un poco en el barro.

Nico recordó: “no correr sin pensar”. Se agachó, como cuando busca huellas, y habló en voz baja.

—Hola, terneritas. Todo está bien. Shhh.

Una ternera lo miró con ojos grandes. Otra olfateó el aire. Nico sacó un pedacito de sal de la bolsita.

—Mira, un poquito.

Las terneras lamieron, y eso las calmó. Nico sonrió.

Mientras tanto, Lola siguió el rastro de las dos terneras perdidas. La lluvia marcaba el suelo con puntitos. Los truenos hacían temblar el aire.

—Canela, conmigo —dijo Lola.

Vio ramas quebradas y barro salpicado: las terneras habían pasado por allí. Pero el rastro se dividía cerca de unas rocas.

—Listo, Lola —se dijo—. Usa la cabeza.

Se detuvo. Escuchó. Entre la lluvia, oyó un “muu” más fino, como un quejido. Venía de un hueco entre rocas.

Se acercó con cuidado. Allí estaba una ternera, atrapada con una pata en un agujero de barro.

—Tranquila, pequeña —dijo Lola, bajando del caballo—. No voy a hacerte daño.

La ternera pataleó.

—Calma —repitió Lola—. Calma.

Con manos firmes, empujó el barro a un lado, hizo espacio, y tiró suave de la pata. La ternera salió con un “¡plop!” y casi se cae, pero Lola la sostuvo.

—Bien hecho —susurró.

Faltaba una. La lluvia ahora era una cortina.

Lola vio algo moverse: la última ternera corría hacia un arroyo crecido. El agua estaba más alta, y el sonido era fuerte: “shhhhhh”.

—¡No! —Lola apretó los dientes—. Canela, rápido, pero seguro.

Canela avanzó con pasos firmes. Lola se puso delante de la ternera, abriendo los brazos como una puerta.

—Eh, pequeña. Por aquí no.

La ternera quiso pasar. Lola chasqueó la lengua y giró su cuerpo despacio, guiándola hacia un lado donde el suelo era más alto.

La ternera dudó. Lola bajó la voz, cálida.

—Eso es. Ven conmigo.

La ternera la siguió, resoplando.

Lola soltó el aire. Lo logró.

Ahora, debía reunirlas con Nico, y además buscar refugio antes de que la tormenta fuera peor.

Parte 3: La luz del campamento

Lola regresó con las dos terneras. A través de la lluvia, vio a Nico bajo un árbol grande, con Pompón quieto como una estatua. Las tres terneras estaban juntas, pegadas al tronco.

Nico levantó la mano cuando vio a Lola.

—¡Las mantuve aquí! ¡Les di sal! Y les hablé suave.

—Lo hiciste perfecto —dijo Lola, con orgullo en la voz—. Eso es ser rastreador.

Un nuevo trueno sacudió el cielo. Lola miró alrededor.

—Necesitamos refugio ya. ¿Ves esas rocas allá? Forman un techo natural.

Guiaron a las terneras hacia un saliente de piedra. Era como una cueva pequeña, seca por dentro. Lola sacó una manta del equipaje y la extendió. Nico ayudó, estirando una esquina con fuerza.

—Ahora, fuego pequeño —dijo Lola—. No grande. La tormenta es fuerte.

Nico sacó yesca seca de una bolsita. Lola juntó ramitas protegidas bajo la roca. “Fsssh”, prendió una llama. El fuego olía a madera y a hogar.

Las terneras se calmaron. Pompón se echó, como si fuera un sillón gris. Canela movió la cola, tranquila.

La lluvia golpeaba afuera: “tap, tap, tap”. Dentro, el fuego hacía “crac-crac”. El aire se volvió tibio.

Nico se abrazó las rodillas.

—Lola… cuando la piedra cayó en el paso, pensé que no podría. Y cuando tronó, pensé que las terneras se irían para siempre.

Lola le pasó una cantimplora.

—Y aun así, seguiste. ¿Cómo lo hiciste?

Nico bebió un sorbito.

—Respiré. Y miré el suelo. Y pensé en tu espalda… como dijiste.

Lola sonrió.

—Eso es. Un rastreador usa sus ojos, sus oídos… y su calma.

El fuego iluminó las caras. Afuera, el Oeste era gris y rugía. Adentro, era naranja y suave.

Cuando la lluvia aflojó, Lola se asomó. Las nubes empezaban a romperse, dejando pasar una franja clara. El aire olía a limpio.

—Ya casi —dijo—. En cuanto pare, bajamos al rancho.

Nico miró las huellas en el barro que se veían desde la cueva.

—Mañana… ¿me enseñarás más?

—Claro —respondió Lola—. Te enseñaré a leer huellas de coyote y de ciervo. Y también a saber cuándo descansar.

Nico bostezó.

—Me gusta descansar.

—Es parte del trabajo —dijo Lola—. La calma también es saber parar.

La tormenta terminó como termina una canción: poco a poco. Las gotas se hicieron menos, el viento se calmó, y el cielo abrió un azul nuevo.

Lola reunió al pequeño grupo. Con cuidado, guiaron a las terneras cuesta abajo. El barro era resbaladizo, pero Nico iba atento.

—Paso corto —se repetía—. Paso corto.

Al llegar al rancho, el capataz los vio y abrió la boca de sorpresa.

—¡Ahí vienen! ¡Y todos enteros!

Los demás vaqueros aplaudieron. Una señora del rancho le dio a Nico un panecillo caliente.

—Para el nuevo rastreador —dijo.

Nico lo sostuvo como si fuera un tesoro.

Lola bajó de Canela. Se acercó a Nico y se agachó para quedar a su altura.

—Hoy aprendiste mucho —dijo—. Fuiste valiente, inteligente y resistente. ¿Sabes qué te faltaba al inicio?

Nico pensó.

—¿Un sombrero mejor?

Lola soltó una risa.

—También. Pero sobre todo, confiar en ti.

Nico miró sus botas grandes. Luego miró el horizonte, donde el sol volvía a brillar sobre la pradera mojada.

—Creo que ahora sí puedo ser rastreador —dijo.

—Lo eres —respondió Lola—. Uno que sabe mantener la calma.

Canela resopló. Pompón rebuznó bajito, como si también celebrara.

Nico se acercó a Lola, y Lola acercó su boca a la oreja del niño. Su voz fue tan suave que parecía una pluma.

—Mañana, al amanecer… el suelo nos contará otra historia. Shhh.

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El cuestionario: ¿has entendido bien el cuento?

Pradera
Un campo grande con hierba donde pueden correr animales
Yegua
Una hembra de caballo, como una mamá caballo
Corral
Un lugar cercado donde se meten los animales del rancho
Capataz
La persona que guía y manda a los trabajadores del rancho
Rastreador
Alguien que sigue huellas para encontrar animales o caminos
Resiliencia
La fuerza para seguir adelante cuando algo difícil pasa
Herraduras
Las piezas de metal que se ponen en los cascos del caballo
Arroyo
Un pequeño río con agua que corre
Charcos
Lugares con agua que se forma en el suelo después de llover
Yesca
Material seco que sirve para encender fuego fácilmente
Cantimplora
Una botella que sirve para llevar agua cuando se viaja
Salvia
Una planta que huele fuerte, como una hierba del campo
Matorrales
Plantas bajas y enmarañadas donde se pueden esconder animales
Barranco
Una depresión en la tierra, como un hueco o pared muy empinada

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