Capítulo 1
Mateo era un joven vaquero. Tenía sombrero de ala ancha y botas que crujían. Montaba un caballo pardo que olía a heno. El sol ardía. El viento traía polvo y canciones lejanas. Mateo escuchaba siempre. Aprendió a oír el mundo con atención.
Una noche, al borde de la llanura, el cielo se llenó de estrellas. Mateo escuchó un aullido claro. Era un coyote. Otro contestó a lo lejos. Mateo sonrió. Los coyotes sabían caminos secretos. Él quería seguirlos para encontrar el arroyo perdido que buscaba su rancho.
—Vamos, amigo —murmuró Mateo—. Escucha.
El caballo resopló. Los coyotes aullaron como campanas en la noche. Mateo los siguió con paciencia. Caminó entre cactus que pinchaban la sombra. Después de horas, la tierra cambió. Olía a pasto. Había huellas de venado y un camino de piedras redondas. Mateo supo que iba bien.
Capítulo 2
Al amanecer, una tormenta se acercó. Las nubes eran como montañas oscuras. El viento empujó a Mateo y al caballo. De pronto, vieron una valla rota y un ternero atrapado dentro de unos arbustos. El ternero lloraba. Sus ojos eran grandes y asustados.
Mateo desmontó. Sus manos estaban fuertes pero suaves. Sacó su navaja y cortó las ramas con cuidado. El ternero tembló, pero después se sirvió en su pecho. Mateo le dio agua en la cantimplora. Compartió su pan. Sus dedos se pegaron de barro y miel. No se quejó. Ser generoso le parecía natural.
—Tranquilo —susurró—. Ya estás.
El ternero siguió a Mateo y al caballo como un amigo. Al rato, los coyotes aullaron lejos. Mateo escuchó otra vez. Los aullidos parecían señalar una colina con piedras blancas. Mateo subió con el ternero al hombro. En la cima, vio una roca con marcas. Era una señal antigua. Abajo, el arroyo brillaba como una cinta de plata.
Pero no todo era fácil. Un tronco caído bloqueaba el sendero hacia el agua. El caballo resopló cansado. Mateo miró a su alrededor. Había también un hombre mayor sentado bajo un árbol, con la mirada triste. Tenía la mano herida.
Mateo fue hacia él. El hombre se llamaba Don Ramón. Había perdido el camino y su bolsa con mapas. Mateo curó la mano de Don Ramón con agua y vendas que guardaba. Le ofreció pan y el último trozo de su manta. Don Ramón lloró de gratitud.
—Gracias, joven —dijo Don Ramón—. No sé cómo agradecerte.
Mateo sonrió. No necesitaba gracias. Le indicó al hombre que se montara en el caballo y le dio su guía. El ternero siguió. Compartir lo hizo sentir fuerte, como si el sol volviera a brillar dentro de su pecho.
Los coyotes aullaron otra vez, más cerca. Parecían felices. Guiaron al grupo por un sendero estrecho entre piedras. De pronto, un trueno sonó fuerte y una bandada de cuervos huyó. Mateo mantuvo la calma. Hizo señales con las manos al caballo para que bajara con cuidado. Con paciencia, colocó piedras grandes para hacer un puente pequeño sobre un barranco. El corazón le latía rápido, pero sus manos no temblaron.
Capítulo 3
Al cruzar el barranco, el cielo empezó a aclarar. Los rayos del sol encontraron garras de nube que se abrían como cortinas. El arroyo apareció entero y murmurante. El agua cantó al caer sobre las piedras. Mateo dejó que el caballo bebiera. El ternero lamió la mano de Don Ramón. Todos estaban cansados pero felices.
Don Ramón miró a Mateo con ojos brillantes.
—Eres valiente —dijo—. Eres generoso.
Mateo negó con humildad. Había escuchado a los coyotes, sí. Había ayudado. Había aprendido a no rendirse. Eso le bastaba. Don Ramón ofreció algo pequeño: una brújula vieja que encontró en su bolsillo. No era gran cosa, pero para Mateo era un regalo que guardaría siempre.
Los coyotes aullaron otra vez, esta vez como despedida. Mateo comprendió que ellos no sólo marcaron el camino. Habían enseñado a confiar en los sonidos del mundo. Habían mostrado que la naturaleza habla si uno la escucha.
Llegó la tarde. Mateo y sus compañeros marcaron las huellas alrededor del rancho. Construyeron una valla más fuerte para el ternero. Compartieron la comida y encendieron fuego al borde del arroyo. El humo olía a pino y tierra mojada. El caballo masticó pasto tierno. Don Ramón contó historias de estrellas y viejos caminos.
Antes de dormir, Mateo miró al horizonte. Las nubes retrocedían como barcos en retirada. Los últimos aullidos se fueron a lo lejos. Mateo cerró los ojos satisfecho. Había sido un día de viento y pruebas. Había sido un día de ayuda y amistad. Había aprendido que escuchar podía salvar, y que compartir daba luz.
Cuando el sol se hundió, el cielo se limpió por completo. Las estrellas brillaron como linternas pequeñas. En el lugar donde antes la tormenta había gritado, ahora sólo quedaba calma. Mateo respiró profundo y sonrió. El cielo quedó claro.